miércoles, 26 de octubre de 2016

ANDAR POR CASTILLA XVI: NOVIERCAS (Soria)


TRAS LOS PASOS DE G.A. BÉCQUER
         Noviercas es nombre de un pueblo, sí. Es el nombre de un pueblo de Castilla. Noviercas se sale de nuestros límites provinciales; pero, si he ser sincero, hace mucho tiempo que tenía verdaderos deseos de llegarme hasta él, tan sólo por conocer completa la pista vital de un poeta al que admiro desde mi juventud, o tal vez desde antes. Un pueblecito de dos­cientas personas a lo sumo, situado entre las villas de Gómara y Ágreda en la provin­cia de Soria, donde vivió durante largas tempora­das Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta del amor y del dolor, que pasó su vida malamente escribiendo versos inolvida­bles, y prosas con un algo divino entre sus líneas, por cualquiera de los lugares hacia los que el destino le quiso llevar: por Sevilla donde nació en 1836, por Madrid donde comenzó a darse a conocer entre infinitas estre­checes y sacrifi­cios, por Toledo, por Veruela y Tras­moz, y desde luego por Noviercas, el pequeño pueblecito al que llegué hace sólo unos días. Cono­cía todos los lugares becquerianos antes dichos, a excep­ción de No­viercas, lugar en el que el poeta sevillano debió de pasar muchas de las horas más amar­gas de su vida. Allí vivía su mujer, Casta Esteban, hija del médico rural de este pueblo, allí nacieron probable­mente los tres hijos fruto del matrimonio: Gustavín, Jorge y Emilín, (según les llama en sus cartas de familia), y allí pasaron temporadas largas cada verano al amparo económico del padre de ella, cuando los avatares torcidos de la vida -y en la de los poetas suelen ser cosa harto frecuente- afloraban en el ambiente fami­liar durante años y años. Mi estancia en este pueblecito de agricultores, en una mañana clara de otoño, supone ver cumplida una vieja ilusión, que días más tarde todavía cele­bro con cierto sabor agridulce -no sé decirlo de otra manera- en los pliegues del alma.

         En la obra literaria de Bécquer nunca, que yo sepa, se hace una sola referencia al pueblo de Noviercas. Sí que lo hizo alguna vez en las cartas a su mujer intere­sándo­se por ella y por los niños, cuando por razones de traba­jo o de salud tuvo que vivir apartado de su familia. Tal vez por eso en el pueblo se le considere tan poco, o al menos así me lo pareció a mí. Ni una calle, ni una plaza, ni siquiera el olvidado rincón donde, envuelta en las sombras de su memoria, de la ruina y el abandono, todavía se mantiene en pie la que fue su casa. Existe una pequeña exposición con recuerdos del poeta junto al ayuntamiento, que no pude ver por llegar fuera de hora; pero pienso que la atención oficial hacia su persona ha sido escasa, casi nula, durante el siglo y pico que ya se cuenta desde su fallecimiento. La gente, en cambio, es encantadora; te explica todo lo que ellos han oído contar relacionado con el poeta, y si les preguntas dónde vivió, te acompañan hasta el rincón en el que se encuentra la casa, en un entrante de la calle del Moral, y que no me explico cuáles han debido ser las razo­nes para que no lleve su nombre, si es que a las autoridades les parece una consideración excesiva rotular, no una calle, sino la plaza del pueblo, como "Plaza del poeta Gustavo Adolfo Bécquer" ¡Cuántos pueblos y ciudades lo hubieran hecho! Pero los caste­llanos somos a veces como nos pintó Machado, y a menudo salen a flor de piel en nuestro personal comportamiento  esas "cosas" que tanto desdicen del viejo señorío de esta tierra.
         Me hubiera gustado conocer cómo era aquel pueblo en el siglo en el que vivió el poeta. El soberbio torreón árabe que se alza como enseña de poderío en uno de los ángulos de la plaza, nos viene a decir que Noviercas gozó de cierta importancia mil años atrás y en las primeras centurias que le siguieron hasta su reconquista. La iglesia parroquial, dedicada a los santos niños Justo y Pastor, es un monumento digno de aquella importancia pretéri­ta, de la que destacaríamos su interesante portada plateresca, de piedra magníficamente trabajada y con una tonalidad velada­mente ferruginosa, como la piedra del torreón árabe, su vecino y competidor en altura, cuatro o cinco siglos más antiguo, pero con unos materiales extraídos quizá de la misma cantera. En esta iglesia, cerrada durante toda la mañana,  recibie­ron las aguas del bautismo dos, el mayor y el menor, de los tres hijos de Gustavo Adolfo y de Casta Esteban cuando las relaciones familiares todavía no habían llegado a malograrse; pues es sabido que el matrimonio se rompió definitivamente en 1868, dos años antes de la muerte de Bécquer en Madrid, víspe­ras de Navidad, herido de tuberculosis y al parecer en el más triste de los abandonos. Fue vox populi en toda la comarca que el hecho de su separación, entre algunas razones más, de puro carácter, se debió a las extrañas relaciones de Casta, su mujer, con el Rubio, un valentón de Noviercas de nombre Hila­rión, del que se cuentan acciones tremendas, y que a las gentes del pueblo les dio por decir que el último de los hijos de Casta tenía su misma cara.


         Hay un acontecimiento en el saber popular de este pueblo soriano que esclarece algo aquellas sospechas. Tras la muerte de Bécquer, en diciembre de 1870, su viuda contrajo segundas nupcias con un desconocido, con un recaudador de contribuciones algunos años mayor que ella. Cuentan que una noche de carnaval, cuando el matrimonio volvía a casa después de un baile de máscaras, se cruzó delante de ellos un enmascarado oculto entre andrajos y con una soberbia cornamenta sobre la cabeza, del pecho le colgaba un cartel que decía "Gustavo Adolfo". Sonó un disparo y en ese momento se desplomaba al suelo en las sombras de la noche el cuerpo muerto del segundo marido de Casta. Quienes oyeron el disparo comenzaron a murmurar que el asesino había sido el Rubio. Creo que jamás se supo nada de aquella muerte ni nadie acusó a nadie de tan cobarde crimen, seguramente por miedo ante las reacciones violentas del culpable.
         Uno, que lejos de su ambiente geográfico habitual piensa en estas cosas dando un paseo por las calles en la mañana soleada de Noviercas, toma café en un bar cercano a la carre­tera, donde con la efigie del poeta colocada al lado del televisor, unos cuantos hombres entrados en edad juegan a las cartas animadamente.
         El pueblo se encuentra situado sobre un alto. El respaldo de la iglesia sirve de mirador sobre la vega del arroyo Araviana, inmensa, que en lejanos tiempos dicen que dio pasto suficiente para mantener una cabaña de veinte mil ovejas, hoy tierras de labor a modo de caldera limitada en la media distancia que, al menos para mí, es el mayor de los parques eólicos que existen en España, donde cientos de hélices giran sopladas por el viento, todas en la misma dirección, al mismo ritmo, para producir energía, que no poesía. Intento imaginar lo que en este momento pensaría acerca del paisaje aquel que tuve delante de los ojos el poeta sevillano, el más grande de nuestros líricos del siglo XIX, situado precisamente allí, sobre la tierra plagada de hierbas secas que yo pisé y que tantas veces él debió de pisar en los lentos atardeceres de aquel campo abierto a tie­rras de Aragón y de Castilla. No comprendí nada.
         Sobre los cielos de Noviercas, cada madrugada y cada ocaso viaja suave, como a vuelo de golondrina, el espíritu doliente del poeta que hizo suspirar a media España cuando en nuestra tierra la poesía ocupaba el honroso lugar que le pertenece, hoy injusta e injustificadamente olvidado.
 
                  "Quién, en fin, al otro día,
                   cuando el sol vuelva a brillar,
                   de que pasé por el mundo,
                   quién se acordará."

NOTA: La última foto la tomé en la "Casa de Bécquer" hace unos 15 años. Creo haber oído después que el Ayuntamiento de Noviercas la quería derruir. Pienso y deseo que no lo haya hecho.

martes, 4 de octubre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XV): ROA DE DUERO (Burgos)



            A nadie debe extrañar que Roa, la Rauda de los celtíbe­ros, fuese conocida por gentes nómadas desde la más remota antigüedad. El altiplano que ocupa la villa, embalconada de cara al río Duero al cabo de una vertiente que aun en automó­vil cuesta trabajo subir, fue de gran servicio para la autodefensa de tantas tribus primitivas que de continuo se veían amenazadas por otros pueblos o por huestes viajeras que con frecuen­cia atravesaban la Meseta por aquellos fecundos valles, cuyas tierras planas, ahora sembradas de cereal, de viñedo o de forraje, han sido centro de codicias durante siglos y siglos desde la Edad del Hierro, tiempo aquel del que todavía quedan restos como para que los arqueólogos intenten ajustar cabos en el sensible cañamazo sobre el que se ha de tejer el cómo y el porqué de nuestras raíces como pueblo de Occidente, que más tarde, muchos siglos después, daría lugar a esta raza caste­llana nuestra, con sangre de infinitas etnias, y con una cultura que fue tomando cuerpo en la coctelera de la historia a partir de Túbal, el hijo de Jafet y nieto de Noe, a quien tantos historiadores han señalado como el primer hombre, que escapado de la Biblia, pisó en nuestro suelo no mucho después del Diluvio Universal.
            Dicen los eruditos que fueron los vacceos el primero de los pueblos de la antigüedad que asentó por los para­jes de la vega media del Duero, que tomarían aquel poyal como atalaya ventajosa para la guerra cuerpo a cuerpo, y, desde luego, como enclave insutituíble para el ataque cuando la artillería, ya desde su etapa más rudimentaria, comenzó a contar como el recurso de mayor utilidad en los enfrentamientos bélicos de la Edad Moderna, pongamos media docena de siglos atrás en el cómputo del tiempo a partir de hoy. En el ahora apacible Paseo del Espolón, en la villa de Roa de Duero, mirando a la vega, hay una enorme bombarda de a principios del XV que nos lleva a refrescar la memoria.

            Roa, más conocida hoy como sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen de los buenos vinos de la Ribera del Duero, es ante todo historia. Muy cerca de allí, en Castrillo de Duero, nació en 1775 Juan Martín Díez, El Empecinado, y allí lo vieron matar sus paisanos en la "ominio­sa década", después de haberlo torturado cruelmente como si de una fiera salvaje se tratara, metido en una jaula de hierro. Allí fue a morir en 1517, marcado por la edad, y agotado por el cansan­cio y por la res­ponsabilidad del mando como regente, el carde­nal Jiménez de Cisneros, cuando viajaba a lomos de una mula hacia los puertos de mar del norte de España, donde pensaba recibir en buena hora y descargar el peso de la regencia sobre Carlos I, el rey adolescente con la cabeza llena de pajaritos por entonces, luego poderoso emperador y hábil monarca de las Españas, al que no llegó a conocer siquiera. Allí murió un hijo de Fernando III el Santo, que según se ha escri­to no fue un ejemplo de virtud, precisamente. Y allí se lucen, sobre las fachadas de los más destacados edificios, los escudos nobilia­rios de tantas familias con apellidos de noble resonancia en toda la comarca burgalesa: los Velasco, de la Cueva, Zúñiga Avellaneda, conde de Miranda del Castañar, ante cuyos nombres entran ganas de descubrirse, cuánto más ante sus emblemas. Cosas de la gloria efímera, que el soplo de la vida se acaba por llevar, dejando señal de permanente en los epita­fios de sus tumbas y en los escudos murales -auténticas mara­villas, por cierto, algunos de ellos- como los que allí pueden verse, reflejando el sol de la mañana, en la fachada principal de la excolegiata de Santa María, y que corresponden a los apellidos de la Cueva y Velasco, sostenidos por dos salvajes que pisan cabezas de esclavos.

            Es difícil no recordar a quienes han estado en Roa la fachada de su iglesia de Santa María, obra de transición, de extraordi­naria belleza, donde los mejores detalles ornamentales y arquitectóni­cos del Renacimiento tardío castellano quedan patentes. En el interior conservan capillas, historiadas y ricas en verjas del XVI, como la de los Burgos y la de los señores condes de Siruela, sin pasar por alto la imaginería de la misma época, excepcional­mente representada por una Trinidad de autor anónimo y por un altorrelieve policromo del XV, obra magnífica de Diego de Siloé.


            Era día de mercado y la Plaza Mayor se encontraba plagada de tenderetes y de expositores de productos a la venta, de gentes de la comarca y del propio Roa que habían acudido al coso a comprar a eso de la media mañana para no quedar mal con la diosa costumbre. En otro de los laterales de la plaza, haciendo ángulo con la fachada principal de la iglesia de Santa María, queda el edificio del ayuntamiento, donde un guardia municipal y dos señoritas empleadas atienden con prontitud al público de manera amable, dato a destacar por no ser en otros lugares demasiado frecuente. Y luego a ver el pueblo; un pueblo al que también se le reconoce como experto por tradición en el cultivo de su vega, como destilador de alcoholes y como productor o fabricante benemérito de pastas para sopa.
            Entre la fronda de un jardinillo anexo a la plaza de toros, allí donde los raudenses llaman la Cava, está el monu­mento en bronce con el que el pueblo recuerda a perpetuidad al más conocido de sus personajes históricos, El Empecinado. Aparece de cuerpo entero, y tiene sujeta con cadenas entre las piernas la silue­ta recortada del mapa de España, por cuya libertad contra la atadura del emperador francés Napoleón, peleó en guerrillas tantas veces y dio su vida en 1825, odiado, azotado y escupido, como perro rabioso.
            Casi al otro extremo de la localidad, bien cruzando por la Plaza Mayor o por la calle comercial de Santo Domingo, en el ya dicho Paseo del Espolón -muy semejante en estructura a los paseos marítimos de las ciudades costeras del Mediterrá­neo, pero dando vistas, no al mar, sino al río Duero, que baja escoltado por frondosas alamedas, y a la vega fertilísima que llega hasta la ciudad de Aranda, todo en línea recta-, queda un tanto disimulada bajo las plataneras la efigie de Cisneros, un busto de bronce sobre alto pedestal que en 1995 le dedica­ron los Amigos de la Historia de Roa, y que uno piensa que no es para menos. Allá, lejos, rayando el horizonte, se deja ver sobre la colina gris la silueta de un castillo famoso: el de Peñafiel por tierras de Valladolid, que abre en los ánimos hoy cansados del caminante el deseo de perderse algún día por allí, quizás no demasiado tarde.
            Los productos propios del lugar: el queso de oveja, los asados de cabrito y de cordero tan famosos, no sólo allí sino en toda la comarca, los exquisitos vinos de la Vega del Duero, el blanco pan de sus trigales, son materia de especialización gastronómica, a los que uno tan sólo se atreve a calificar de excelentes.


lunes, 19 de septiembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA XIV: PEÑAFIEL (Valladolid)

                                                               

            Peñafiel es pueblo de sonoras reminiscencias en la histo­ria de España. Peñafiel es centro de una comarca extensa de campos de trigal, de viñedos y de hortalizas a la que da nombre. Peñafiel, en fin, a la sombra de su célebre castillo sobre la estirada colina de rocas que lo sostiene, muestra al visitante la nobleza de su origen y el encanto infinito de sus piedras labradas, a la vera de uno de los ríos que más saben de dichas y desdichas del alma castellana: el Duratón, que precisamente aquí, a las puertas de esta antigua ciudad de palacios y conventos, entrega al padre Duero las aguas que a lo largo de leguas y leguas por la ancha Castilla, fue reco­giendo desde los altos de Somosierra en que fue fuente.
            Por uno de los puentes que cruzan sobre el río, entro en Peñafiel de buena mañana. La torre puntera del castillo se pierde al contraluz, arrojando sombras geométricas sobre las últimas casas. La Plaza de España es en este viaje a Peñafiel el primer destino. La Plaza de España tiene al mediodía una iglesia de porte renacentista que en la actualidad emplean como Museo Comarcal de Arte Sacro; levanta un soberbio torreón y está dedicada a Santa María. Al frente, en la misma plaza, las tiendas bajo soportal que al instante nos ponen en camino hacia la Plaza del Coso.

            Después del castillo, la Plaza del Coso es por su origi­nalidad lo más significativo de Peñafiel. En la Plaza del Coso se vienen capeando toros desde la Edad Media; espectáculo tradicional que el público contempla desde los cientos de balcones adornados con arabescos que, según alguien me expli­có, fueron colocados según su actual estructura a mediados del siglo XVIII sobre su primitiva planta medieval. En la Plaza del Coso tiene lugar otro de los acontecimientos más colo­ris­tas, multitu­dinarios y emotivos, que el pueblo celebra cada año como remate a su Semana Santa desde tiempo inmemorial. Se trata de la Bajada del Angel en la mañana del domingo de Resurrección, y consiste en el descendimiento por medios mecánicos de un muchacho disfrazado de ángel que anuncia a la Virgen, colocada sobre las andas entre la multitud, la resu­rrección de Cristo. La visión plástica de la Plaza del Coso, rodeada de balconajes de madera en sus cuatro caras con el castillo al fondo, traslada al espectador a tiempos remotos, a la España de los Austrias o antes aún, en aquel ideal esce­nario testigo de añosos acontecimientos escritos en legajos polvorientos o sobre la misma piedra, soporte tantas veces de pequeñas páginas con las que se hilvana el gran tapiz de la historia de los pueblos:"Santiago Fernández. Ha fallecido el día 15 de agosto a los 21 años de edad. Fue cojido por un toro. Año de 1896.R.I.P.", se lee sobre la plancha de piedra en un lateral de la Plaza del Coso.
            En la villa de Peñafiel no es posible echar en olvido al autor de "El Libro de Patronio". El Infante don Juan Manuel, miem­bro importante de la realeza castellana allá por la primera mitad del siglo XIV, iniciador de la narrativa en nuestra propia lengua, fue su gran Señor, y así la tomó como lugar preferida de todos sus estados y centro de sus correrías literarias, cinegéti­cas, políticas, por la ancha Castilla de Cifuentes, de Garcimu­ñoz, de Galve, de Pozancos, donde puso punto final al "Libro de los Estados". Reyes y magnates toma­ron como asiento a Peñafiel durante largas temporadas, y allí nació, sírvanos de ejemplo, el desdichado don Carlos, príncipe de Viana. 
            En la Plaza del Coso se encuentra la Oficina Municipal de Turismo que atiende con prontitud una amable señorita. Allí se recibe información acerca de lo mucho que puede verse en Peñafiel cuando se viaja a ciegas. En la oficina de turismo ofrecen material suficiente en concepto de guía y una tarjeta horario para realizar visitas, sin peligro a topar con las puertas cerradas de los museos o monumentos de interés como ocurre tan a menudo.


            El Castillo se abre al público en horario de verano, previo pago de una modesta aportación (120 ó 75 pesetas por persona, según sean mayores o menores de edad) durante tres horas por la mañana y cuatro por la tarde. La visita al casti­llo de Peñafiel resulta instructiva y curiosa al mismo tiempo. Las proporciones de la fortaleza son desmesuradas. Se trata de un edificio alargado extraordinariamente, cuya planta va dibujando el altiplano roquero que le sirve de peana. Sus dimensiones son 210 metros de largo por 20 de ancho, con torre del homenaje colocada en mitad que alcanza una altura de 34 metros. En ambos lados de la torre quedan los patios que sirvieron de albergue a las caballerizas y guarniciones por sur, mientras que el aljibe y los almacenes ocupan el ala norte. El castillo se levantó por primera vez sobre el longo roquedal en el siglo X, se volvió a recons­truir a finales del XI, lo restauró de nuevo el infante Don Juan Manuel a princi­pios del XIV, y un siglo más tarde se le día la estructura definitiva durante el reinado de Juan II. En el año 1917 fue declarado Monumento Nacional.
            El nuevo Peñafiel, no obstante, es por todo lo demás una ciudad moderna, bien arbolada y pulcra, repleta de tiendas y de servicios. Una ciudad de calles estrechas donde la gente es amable y complaciente.
            La iglesia y convento de San Pablo, a cuatro pasos de la Plaza del Coso, y el convento de Clarisas al otro lado del río, son monumentos a destacar con todo lo ya dicho. La facha­da plateresca de la iglesia de San Pablo es toda una filigra­na, sobre la que se disparan sin querer las cámaras de los turistas.
            - ¿Ha estado usted por aquí alguna vez cuando el Corro de los Toros?
            - No señor ¿Eso qué es?
            - Pues las fiestas, las corridas, las capeas, y todo el jolgorio que tiene lugar en la plaza y en sus alrededores para la fiesta de Nuestra Señora y de San Roque, a mediados de agosto.
            Como en todos los pueblos y villas importantes de la Vega del Duero: de Burgos, de Segovia, de Valladolid, a estas alturas, las capeas, las corridas de toros, las verbenas y las multitudi­narias comparsas cantando por las calles, tuvieron y siguen teniendo en Peñafiel una importancia suprema. Los exquisitos vinos de la uva verdeja, de la albilla y la tinta del toro que por allí se dan, juegan su papel en esas ocasio­nes, nadie lo duda. Parte de un todo en el que se vienen conju­gando, creo que de manera magistral, el peso de la tradi­ción con la vaporosidad festiva de los nuevos tiempos, el espíritu veladamente socarrón del castellano viejo, con el ímpetu de la juventud olvidadiza y marchosa de finales de siglo. 


miércoles, 7 de septiembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XIII) EL TOBOSO (Toledo)


“Señor, respondió Sancho, en cada tierra su uso; quizá se usa aquí, en el Toboso, edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes,; y así suplico a vuesa merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen, pudiera ser que en algún rincón topase con ese alcázar, que le vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y asenderados.”                                                  (De “El Quijote”)


         Es muy poco lo que se sabe del aspecto urbanístico del Toboso en el siglo XVI, tiempo casi mítico en el que lo conoció Cervantes, si bien es fácil imaginarlo como el que debió corresponder a una ciudadela castellana habitada por honestos labradores y por impenitentes hidalgos, valiéndose de los datos que se desprenden de “El Quijote” y del conocimiento sociológico de la época, condicionado por el lugar de su emplazamiento y por las características climatológicas de la Mancha. No ocurre así con la noticia documental de esta villa referente ahora a una centena de años atrás; pues sabido es que el maestro Azorín dedica un par de capítulos de su obra «La ruta de don Quijote» a contarlo con meticulosidad, con la palabra justa, milimétrica, de su prosa. Nos habla el maestro alicantino de un pueblo dañado en su entraña por el desinterés, decrépito y ruinoso, sin movimiento apenas en su condición de estrella de la Mancha. Muy lejos queda hoy, por fortuna, de aquella visión lóbrega que nos dejó Azorín. El Toboso es un pueblo limpio, aseado mimosamente, que ha vuelto a levantar, con el empeño por delante de sus pobladores, la enseña de sus pasados señoríos, de sus años de hidalguía, que como en ningún otro lugar o circunstancia, se advierte sin el menor esfuerzo al andar por sus calles.
         Acabo de recorrer –con menos tiempo del que fuera preciso para conocerlas a fondo- muchas de las calles y algunas de las plazas más representativas del Toboso. El pueblo, sobre el mantel sin final de los campos manchegos, más de doce kilómetros de calles en las que uno descubre a cada paso el remoto encantamiento de lo que pudo ser en un tiempo para nosotros tan lejano.
         A El Toboso, como a casi toda Castilla, lo han ido haciendo los hombres, el paisaje y la literatura. Para cualquier autor resulta comprometido escribir acerca de las tierras manchegas, y sobre todo acerca de este retazo de llanura sin fin sobre el que hemos dado en pisar después de un largo viaje. Los ojos del cuerpo apenas advierten el impacto fortísimo, casi cegador, de los albos encalados, muchos de ellos centenarios, sobre los muros de cualquier rincón o de cualquier callejuela; los del alma se empañan de místicos pudores, pensando a cada paso que sobre el mismo empedrado, y con la mirada sobre idénticos horizontes, posó sus plantas el padre y señor de nuestro idioma patrio, ídolo inamovible a perpetuidad de escritores y de gentes de la Mancha.
         Estoy en el centro de la Plaza Mayor bajo un sol de justicia. Las piedras labradas de la iglesia de San Antonio Abad se alinean delante de nosotros, dando lugar a un espectáculo de sillería deslumbrador. Las sombras de los aleros bajan sobre el pavimento de la plaza. En ángulo con la iglesia alinea sus formas y sus ventanales el remozado edificio del ayuntamiento. Discretamente alejados de nuestra vista quedan, frente a frente sobre sus peanas de granito pulido, las siluetas en hierro forjado de don Alonso Quijano y de Aldonza Lorenzo, la sin par Dulcinea, ante cuya figura de labradora se ve a don Alonso postrado de rodillas. La Plaza Mayor se abre a partir de aquí en cuatro, en seis bocacalles distintas, una en cada dirección. Sobre algunas de las esquinas se ven escritas con oscuros caracteres metálicos asidos a la pared, escogidas frase del Quijote.

         Por la calle que rotulan como de Ana Zarco, se baja en un instante hasta la Casa de Dulcinea, una vieja mansión reconstruida que ahora dedican a guardería y a exposición de recuerdos, enseres, aperos e instrumental de labranza, muy al uso de la Mancha campesina de los cuatro últimos siglos. No lejos, se encuentra casi por sorpresa al recoleto paraíso que llaman Plaza de Don Federico, con el busto como fondo, pensativo el semblante, del insigne académico don Federico García Sanchiz, tan ligado en su vida, y más aún en su muerte, al pueblo del Toboso. “España fue su Dulcinea”, se lee escrito con letras de molde sobre la piedra, al lado de su estatua de bronce. En un ala de esta romántica plazuela queda el convento de Clarisas, uno de los dos -el otro será el de Trinitarias- que compiten a la hora de manifestar, con la línea severa de sus fechas, el fervor de siglos y la religiosidad de la gente de esta villa.
         Las calles del Toboso, en cualquier dirección y a cualquier hora del día, ofrecen al visitante la imagen que por aquellos lugares esperaba y deseaba encontrar. Riqueza y variedad en rejería que contrasta con el blanco luminoso de las paredes; portadas a mitad de camino que lucen sobre la piedra labrada de sus dinteles, siempre visibles, la fecha de su construcción allá por los años centrales del siglo XVI, con el sello acreditativo de un blasón de piedra a la sombra del alero; arcos a cuyo través se deja ver la maravilla de una calle recta, luminosa, infinita. Como fondo a estas largas rúas nos se vislumbran en la lejanía las aspas de los molinos manchegos, sencillamente porque jamás se contó en sus alrededores con el altillo oportuno en donde colocarlos.
    

  
   Andando a través de ellas, uno se da cuenta de que las calles del Toboso se 
enmarcan con viviendas de altura comedida, con casonas y palacetes uniformes de una o de dos plantas solamente. Este, como casi todos los pueblos de la Mancha, prefiere crecer en superficie, que para eso la tienen llana y abundante a todo lo largo y ancho, y no en altura. Tan sólo el campanario de la iglesia rompe la norma. Las calles del Toboso se llaman de Dulcinea, de Ramón y Cajal, de Miguel de Cervantes, calle del Arco, calle de los Bancos…En la calle de los Bancos está la sociedad Dulcinea Humanitaria, un casino antiguo con una sala espaciosa, elegante, evocadora, donde los lugareños de más edad emplean sus hora de ocio jugándose la consumición al truque, al dominó, al tute por parejas, o hablando por hablar de las gracias y desgracias de los viñedos.
         En el Parque Municipal tiene la villa su refrigerio. A falta de otro sitio mejor en donde colocarlo, el pueblo plantó de manera testimonial su propio molino de viento en un ángulo del parque. Con la fuente surtidor que lo engalana y los bien cuidados arbustos del jardín a la sombra de la arboleda, el Parque Municipal es todo un lujo que enriquece no poco el ambiente, monótono de por sí, de los pueblos manchegos.

         A distancia, no sólo en el espacio sino también en el tiempo, uno echa en falta sus horas del Toboso. Por fortuna me ha sido posible contemplar con los ojos y con el corazón, una puesta de sol en tarde calinosa desde el solitario ventanal del Centro Cervantino –aquella especie de museo en donde se guarda la más larga colección de “Quijotes” que yo conozco. Con los tejados de las casas desparramados en graciosa anarquía por debajo de nosotros, casi al alcance de la mano; con la luz cárdena del crepúsculo apagando la tarde allá por los horizontes sin fin; con el pueblo en místico recogimiento, a punto de recibir la noche…, uno comprendió e hizo suya la locura de don Quijote, y en algún momento deseó tirarse a la aventura por los cielos manchegos como defensor de entuertos a lomo de un Rocinante etéreo, rondador, inquieto y sentimental, volando entre dos luces por la inmensa plataforma de los campos del Toboso.    

jueves, 4 de agosto de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XII) SEPÚLVEDA (Segovia)

                                 

   
         «Sepúlveda, mirada desde donde se la mire, tiene un aire vetusto y noble, guerrero y medieval, con algo de Toledo, desde lejos: quizás su situación; algo de Cuenca, desde cerca: es posible que sus casas subiendo la pina ladera como cabras, y algo de Santillana del Mar desde dentro: quién sabe si su profusión heráldica» (C.J.C. "Judíos, moros y cristianos")

         Desde el pretil de la ladera opuesta, que sirve de mirador al otro lado del barranco por el que se cuela el Duratón entre los huertos y las choperas, Sepúlveda no es, ni mucho menos, el pueblo castellano, salpicado de torres y de palacios, de conventos y viejas casas solar, que uno había pintado en su imaginación antes de conocerlo. No es un pueblo llano en la ancha Castilla este que ahora tengo delante de los ojos; todo él aparece escalonado por encima del soberbio roquedal que tiene por peana, mostrando al espectador, unas sobre otras, sus callejuelas estrechas, sus casonas nobles, sus iglesias románicas, sus hoteles y restaurantes, y el roído muñón de su castillo, con un orden, o un desorden, vaya usted a saber, imposible de definir.
         El Duratón es el río de Sepúlveda. El Duratón es un río viejo como el mundo y antiguo como la primera civilización que ocupó sus cuevas, aquella de los cazadores nómadas y de los agricultores que, hartos de patear mundo, optaron por quedarse a vivir en el interior de las cuevas. Gentes de la raza de Cromagnon, como dejó establecido el señor Marqués de Cerralbo, autoridad indiscutible en este tipo de oscuras sabidurías. Por estos valles y hoces del Duratón a la altura de Sepúlveda, pasó el conde Fernán González desde su castillo de Haza hasta la roca de Peñafiel, donde el río se junta con el Duero.
         No es la villa de Sepúlveda de hoy aquella otra que refieren las crónicas, ni la que describen los viajeros de este siglo que anduvieron por allí a la caza de impresiones. El pueblo viejo y destartalado, montón de escombros y de recuerdos del que hablan algunos autores al referirse a la villa, muy poco tiene que ver con éste otro al que acabo de llegar; y no es que los observado­res del pasado dieran en contar las cosas de manera distinta a como las captaron sus retinas, no; pues Sepúlveda fue así hasta no hace mucho, un pueblo cargado de historia, un despojo de grandezas pretéritas donde el arte medieval apuntaba en cualquier rincón y en cualquier edificio, y abandonado, no sé si de la mano de Dios, pero sí de las manos de los hombres.


         Afortunadamente, los sepulvedanos se dieron cuenta a tiempo de lo que eran y de lo que podrían llegar a ser, y dieron un giro al pueblo acertado y definitivo. La vieja villa de braceros, de criadores de ganado y de hortelanos, es hoy uno de los centros de atracción turística más importantes de toda la región, con motivos bastantes que ofrecer al viajero, y con comodidades hoteleras suficientes para cubrir la demanda por fuerte e impuntual que ésta sea. Las añosas tiendecitas sombrías, con olor a esparto, a alcanfor y azafrán, dieron paso a los supermercados, a los establecimientos especializados y a las tiendecitas de souvenirs. Por sus calles y plazas son los turistas quienes sustituyen a los tratantes del día de mercado, a las buenas gentes de Urueñas o de Perorrubio que cada fin de semana acudían a la villa con su reata de acémilas a cambiar productos, a proveerse de lo imprescindible en la mercadería.
         - La vida, ya lo ve usted; ha cambiado en cuestión de años de manera radical -explica en una esquina de la plaza el dueño de una tienda de regalos-. Vivir para ver, como yo digo.
         No existe unanimidad entre los historiadores y eruditos acerca del origen de Sepúlveda como lugar con nombre y entidad propios. Mientras que algunos apuntan que se trata de la antigua Confloente de los arévacos, citada por Ptolomeo, otros ven en ella a la romana Septumpública, a razón de las siete puertas que por aquellos lejanos siglos debió tener.
         La nueva imagen de estas villas señeras -álbum de aconteci­mientos bélicos entre cristianos y moros, cuando unos y otros anduvieron la gresca condenados a vivir juntos sin entenderse por siempre jamás-, obliga al visitante a poner su mente en orden, a esforzarse en situar el escenario a punto con sus actores en el sitio justo en donde deben de estar, con aquellos personajes de renombre que a veces encontramos por las páginas de la historia y que para bien o para mal anduvieron por allí, y que hoy viajan como fantasmas del pasado en boca de los espiquers, o en las páginas en papel couché de las guías de turismo sin saber qué hacer con ellos.


         Sepúlveda -así lo anuncia un cartel a la entrada del pueblo- es monumento nacional en todo su conjunto. Sus calles son estrechas, sombrías y cuestudas; algunas de ellas albergan bajo los oscuros aleros de sus tejados riquísimos palacios de piedra oscura, fachadas heráldicas donde parecen yacer tras la quietud de los escudos y de la vieja sillería las almas en pena de sus señores, como ésta, por ejemplo, de la calle del Conde de Sepúlveda, que entre arcos y escalinatas, recodos y escondrijos pintorescos, nos suben con esfuerzo hasta la iglesia del Salvador en lo más alto, la más espectacular y con mejor estampa de las cuatro iglesias de Sepúlveda, en cuyo atrio y ábside románicos, uno vuelve a admirar por enésima vez con motivos bien fundados, la habilidad, el tesón, y el exquisito gusto de los hombres del medievo, que tuvieron a bien sembrar media España con lo mejor del arte de su tiempo. La iglesia de la Virgen de la Peña anuncia a distancia formas parecidas, y la de San Bartolomé, y no tanto la de San Justo, más céntrica que las otras, que guarda como templo distinguido los enterramientos de muchos de los hidalgos que hubo en la villa.
         Tras la fachada del ayuntamiento en la Plaza Mayor, en llamativo contraste con las viviendas restauradas de tres y de cuatro plantas que sostienen sobre sí artísticos soportales, se dejan ver los lienzos derruidos del Castillo. Es muy antiguo el castillo de Sepúlveda; data de los primeros tiempos de Castilla como condado independiente. En el interior de esos muros, cuando era sólida y segura fortaleza, estuvo encerrado el condestable don Alvaro de Luna, otro de los personajes insignes del pasado que, más para mal que para bien, como aseguran las crónicas, sorbieron las hieles y no la mieles de este Sepúlveda tan diferente a como lo pinta la Historia.
         Y en lo festivo -dato nada desdeñable en las viejas villas castellanas- ahí está Sepúlveda para darse a conocer bajo otro ángulo. El diablillo, Santiago y San Miguel, son los motivos a celebrar, con sus fechas correspondientes (23 de agosto, 25 de julio y 29 de septiembre) que arrastra la tradición. El cordero asado, no mejor ni peor, diferente sí, del de Cuéllar y Pedraza, la estrella de su gastronomía.


jueves, 21 de julio de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XI). PEDRAZA (Segovia)

                                              


          
            -¿Sabrá usted lo de la americana aquella; la amiga de don Ignacio?
            -Sí; alguien me lo contó la primera vez que pasé por aquí.
            El pintor Zuloaga, que vivió largas temporadas en el castillo de Pedraza, había advertido a su admiradora Mrs. Lydig, que Pedraza era el único pueblo del mundo al que no se podía entrar pasadas las diez de la noche. La hacendada norteameri­cana vino a tierras de Segovia con el fin de comprobarlo. Llegó al pueblo bien entrada la noche, y el pintor, que sabía de aquel viaje, hubo de acudir en persona a abrir el portón de la muralla, paso único de entrada y de salida que tienen quienes van allí.
            Pedraza se balancea movida por todos los vientos sobre la muela pétrea en que la colocaron sus primeros moradores. Se trata de un pueblo antiguo, con su primera raíz clavada seguramente en la cultura de los arévacos cuya capitalidad fue Numancia. Se llamó Petracia durante la dominación romana, y en ella parece ser que vivieron su madre Aurelia y varios familiares de Trajano; allí sufrió martirio San Entridio, sobrino del emperador romano, y hay quienes aseguran -Alfonso el Sabio entre ellos- que Trajano nació en Pedraza y no en Itálica como la gente ha llegado a creer.
 Pueblo rico en el siglo XVII debido a las carnes y, sobre todo, a la buena calidad de la lana de sus merinas, reclamada con insistencia por los telares de Segovia y por otros más lejanos de Brujas y de Florencia. Varios de los escudos heráldicos que aún vemos lucir sus relieves mate sobre las fachadas de las antiguas casonas de Pedraza, proceden de aquella época, y no son otros que los de algunas de aquellas familias de hidalgos y ricoshombres. La rejería que adorna tantas de aquellas añosas mansiones, es otra más de las características propias de la villa.

            La Plaza Mayor, como siempre ocurre a quienes desconocen un pueblo, es el destino primero de los viajeros que llegan a Pedraza. Pero antes hay que pasar, entre aquel revoltillo de calles estrechas y sombrías, por la "Casa de Pilatos", con su balcón esquinero recortado en ojiva que de algún modo nos recuerda -quizá éste aún sea más llamativo- aquel otro de la Plaza del Mercado en la villa de Atienza. Más adelante las casonas solariegas que fueron de los Bernaldo de Quirós, de los señores marqueses de la Floresta y de Lozoya, de los Ladrón de Contreras, todas con sus escudos de piedra sobre el dintel, y alguna de ellas, ¡vaya por Dios!, convertida en restaurante como parachoques al fortísimo boom turístico que se volcó sobre la villa en los últimos veinte años. Y al cabo la Plaza Mayor.
            La Plaza Mayor de Pedraza, rodeada casi toda ella de antiquísimas columnas de soportal, de galerías y balcones oscurecidos por el sol y por las lluvias, de escudos y de leyendas por cualquier rincón, intenta conservar aquel sabor multicentenario que guardó hasta hace media docena de años o poco más, y que hoy entorpecen los anuncios y las puertas de los establecimientos abiertos a su sombra. Tras uno de los ángulos destaca altiva la torre de la iglesia de San Juan, con sus parejas de arcadas románicas a la altura del campanario, situadas en cada frente. Debió de conservar su estilo medieval la iglesia de Pedraza hasta finales del siglo XVII, tiempo de renovación -y de posibilidades económicas para el pueblo- que prefirió adaptar su decoración a los nuevos tiempos, con el gusto barroco como enseña:«Mi casa es casa de oración», recuerdan las desgastadas letras de molde sobre la piedra. Y justo al pie mismo de la torre, mirando a la plaza, todavía existe el que las gentes del lugar conocen por "el balcón verde", con su correspondiente escudo heráldico en el muro interior, y una leyenda sobre el dintel de la puerta de acceso en donde está escrito: «Este sytio y Balcón es de Don Juan Pérez de la Torre deste Orden caballero». Lo mandó instalar su dueño -santiaguista por la cruz inscrita a mitad de leyenda- para tener un palco en lugar de privilegio desde donde poder ver las corridas de toros, en otro tiempo tan famosas en aquella plaza.


            Y sobre la triple grada de la plaza del Ganado el tronco muerto de la olma concejil; la vieja olma bajo cuya sombra se cerraron miles de tratos en días de mercado y expusieron su mercancía de barro y de cristal a vista del público los ferian­tes. Y no muy lejos la Calle Mayor que lleva hacia el castillo, al fondo de la explanada. Cuentan que hace un siglo eran todo casonas hidalgas en ambas aceras. Restos quedan aún de todo aquello que uno se esfuerza en imaginar. Al fondo, alzado en el mismo canto que asoma al precipicio, el castillo que rescató el pintor Zuloaga. Del castillo dicen que se reconstruyó a mediados del siglo XVI, sobre los terrenos en donde había existido un castro romano. La portada de gruesa sillería esta trazada en ojiva, y las hojas que la cierran son de álamo negro, claveteadas con pinchos de hierro en mitad de dos garitones sobre peanas escalonadas. El escudo que aparece sobre la piedra clave es el de don Pedro Fernández de Velasco, cuarto condestable de Castilla. La fortaleza estuvo al servicio del rey cuando la guerra de las Comunidades. La torre del homenaje fue restaurada y convertida en vivienda -creo que muy elegante y acogedora- por don Ignacio Zuloaga, y todavía se encuentran en su interior, no sólo recuerdos y utensilios personales, sino algunas estupendas telas del pintor vasco. Ni qué decir que hubiera deseado verlo por dentro; pero, al menos en la hora que yo estuve allí, y creo que siempre, las puertas permanecen cerradas a calicanto, con la impenetrable seguridad de un castillo.
            Unamuno, sensible siempre ante toda imagen o novedad de las tierras de la Meseta, lo llamó "castillo castellano, no alcázar morisco". Una de sus dos torres, considerada por muchos como la más inexpugnable de España -seguro que ni uno sólo de esos muchos llegó a ver la molinesa del castillo de Zafra- fue cárcel de Francisco de Valois, delfín de Francia, y de su hermano el duque de Orleans, don Enrique, que sería rey más tarde.
            Aparte de la de San Juan, la iglesia de altiva torre que hay junto a la plaza y que domina con su esbeltez al resto de los edificios pedraceños, hubo en el pueblo seis iglesias más. Casi todas han desaparecido. Queda de entre ellas como templo con leyenda la de las Vegas, advocación mariana de la Patrona de la villa. Prevalece en el sentir de las gentes con respecto a la iglesia de la Virgen de las Vegas, románica del siglo XII, la creencia como dogma de fe de que en ella fueron bautizados los siete infantes de Lara. En el atrio tiene siete arcos laterales sobre dobles columnas sosteniendo los capiteles. Aseguran que bajo cada uno de esos arcos ingresaron los infantes en los brazos de sus respectivas nodrizas. La leyenda resulta hermosa como tal leyenda, y muy en la línea del creer medieval que ha llegado a nosotros roído e increíble como la piedra de los viejos templos.
            -Oiga. No ha dicho nada de los asados que preparan por aquí. Ni de don Jaime de Armiñán; ni del señor don Torcuato Luca de Tena, ni de otros famosos que hicieron casa en nuestro pueblo.
            -Es verdad. Usted lo ha dicho. Pedraza es mucho Pedraza para resumir en tan poco espacio. Otra vez será.

                     



miércoles, 13 de julio de 2016

ANDAR POR CASTILLA (X): OCAÑA (Toledo)


Después de puesta la vida
tantas veces por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero
después de tantas hazañas
a que no pude bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la muerte a llamar
a su puerta.
       (Jorge Manrique)

            Hasta hace sólo unas fechas que anduve por allí, oteando monumentos y buscando impresiones de un lado para otro, la villa de Ocaña apenas había significado para mí una leve referencia que apenas aportaba a la imaginación acaso una idea turbia, fugaz, imprecisa, sin un punto de apoyo sobre el que mantenerse en pie. Era hasta entonces la villa en la que el comendador don Rodrigo de Manrique encontró la muerte, según las famosas "Coplas" de su propio hijo; era la villa cuya picota dio pie a uno de los mejores artículos de G.A.Bécquer, y que su hermano Valeriano ilustró con un dibujo magistral en la primera ocasión que vio la luz; era, en fin, con referencia a tiempos más actuales, la villa toledana del famoso penal.
            La Mesa de Ocaña, comarca de la que la villa es cabecera, se extiende como una prolongación de la última Alca­rria a la que se asemeja por la condición natural del terre­no, en tanto que, por la altura, y por la climatología de la que suele gozar a lo largo del año, es tierra manchega, y así la podemos tomar en cuenta, como la inmensa portona que abre cara a las tierras del sur los campos de la Mancha.
            En Ocaña, como en cualquiera de las ciudades históricas repartidas por ambas Castillas, hay que buscar meticulosamente la huella del pasado, que irá apareciendo a trechos oculta entre el sedimento de la modernidad, entre el olor a asfalto, los semáforos y el murmullo de las cafeterías. El palacio de los Duques de Frías, de estilo Isabel, que mandó construir don Gutierre de Cárdenas, aquel prohombre que negoció la boda de los Reyes Católicos, es sólo un dato a tener en cuenta a la hora de considerar la importancia de la villa; y otro lo hubo en el camino de Aranjuez, donde se hospedó siempre que pasó por Ocaña la Reina Católica, y usaron después en sus frecuen­tes viajes los reyes de la Casa de Austria; y de la época imperial, o ligeramente posterior, lo es la fábrica de la Fuente Nueva, situada en un ligero valle de extramuros.

            Pero nos habremos de detener un instante en la Plaza Mayor; en una de las plazas castellanas más sonoras, mejor dispuestas, notorio monumento por sí sola a la par, y sin salvar en exceso las distancias, con las plazas mayores de Madrid o de Salamanca, por hacer referencia a dos de las más representativas de las que pueden servir de modelo sin salir de nuestra patria. Es ésta una plaza cuadrada, simétrica, señorial, soportalada, de trazado barroco, mandada construir por el rey Carlos III en 1777 y acabada cuatro años después a expensas de los fondos públicos. En dos de los lados laterales del cuadrilátero perfecto que tiene por planta, se alinean 18 arcos, y 17 en los otros dos. Como fondo a una de sus caras se levanta el edificio del ayuntamiento, con balconaje y carillón de voluminosa campana, que en algo nos recuerda al del mítico reloj madrileño de la Puerta del Sol.
            Y no lejos de la Plaza Mayor, medio escondida en el centro de una plazuela que se abre a mitad de la calle de Lope de Vega, frente al teatro del mismo nombre que fue convento de Jesuitas antes de la Desamortización, continúa por los siglos la famosa picota, para mi uso, con la de Villalón de Campos en Valladolid y con la de Fuentenovilla en Guadalajara, la más monumental y artística que hay en España. A la picota de Ocaña va unido de modo inseparable aquel artículo de Bécquer que la inmortalizó como monumento: «Es alto como una mediana torre, y esbelto y delgado como una palma; el arte ojival trazó su silueta, reuniendo al más puro y ligero de sus contornos góticos los rasgos más sencillos y característicos de su graciosa ornamentación. El tiempo ha completado la obra del artista, prestando la riqueza de color y la variedad de tonos que los años dan al granito; las mutilaciones propias de las injurias de la edad contribuyen a hacerlo pintoresco». Todo sigue siendo lo mismo que cuando pasó por allí el poeta sevi­llano, con siglo y medio a sumar de deterioro, pero digna y monumental como se desprende de las líneas transcritas, dema­siado encerrada quizás, en medio de una placita que el ayunta­miento dedicó a José María de Prada, cuando pudo haberlo sido al propio Bécquer en testimonio de gratitud.

            A la vera de la Calle Mayor, Avenida del Generalísimo o Carretera de Cuenca, queda en un rinconcito sombrío el conven­to de Carmelitas Descalzas de San José. Es de estilo renacen­tista con pequeño claustro y una sola nave. El cumplido epita­fio de un enterramiento que hay en el interior de la iglesia conventual, habla sobradamente de su importancia:«Aquí yacen los restos mortales de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, caba­llero del hábito de Santiago y gentil-hombre de cámara del emperador Carlos V. Los de su hermana doña Magdalena de Zúñiga y los de su mujer, la señora doña María de Bazán, fundadora en el año 1595, de este convento de San José de la Orden de Carmelitas Descalzas de esta villa de Ocaña. Falleció en Madrid el 10 de marzo de 1603. R.I.P.». Hoy, más por la impor­tancia de quien allí está enterrado, autor de "La Arauca­na"y conquistador de Chile, que por mérito propio, el modesto convento de Carmelitas es Monumento Histórico Nacional, con todos los beneficios y consideraciones que ello le haya podido aportar. En el exterior, un juego de azulejería adosado al muro, recuerda con hermosos versos de Lope de Vega la talla humana y literaria de don Alonso de Ercilla.
            Es mucho lo que todavía queda por ver y por decir de la Vicus Cuminarius romana; plaza que no fue recuperada a los árabes por las armas, sino como regalo de bodas del emir Aben-Abed al rey Alfonso VI, parte de la dote que entregó al monar­ca castellano al casarse con su hija, la princesa Zaida.
            En torno a los cuatro o cinco mil habitantes debe de contar en su censo la villa de Ocaña; sin duda una de las más importantes de la Mancha toledana, en donde, a pesar de todo, y sin perder el nivel que a finales de siglo los nuevos tiem­pos señalan y requieren, aún se advierte en sus calles y rinco­nes el recio sabor de la nobleza española del XVII.

            Con sus torres y sus campos de mies en la llanura, compo­nen­tes inseparables de la conocida Mesa de Ocaña, el pueblo queda allí, como cirio encendido de un pasado que no conviene olvidar.