sábado, 2 de septiembre de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXIX): HUETE (Cuenca)




            En línea recta, desde el punto más meridional de la serrezue­la de San Sebastián, entre los términos de Illana por Guadalajara y de Mazarulleque por Cuenca, la villa de Huete no queda más allá de quince kilómetros de distancia del límite alcarreño de las dos provincias.
            Uno se decide a llenar media docena de cuartillas hablando de Huete, después de haber leído mucho acerca de la ciudadela conquense más importante de aquel rincón de la Alcarria; después de haberse informado de lo más importante de su historia, de sus costumbres, de su arte múltiple e incomparable, de sus peculiares maneras de vivir y de su paisaje. Por lo demás, la visita ha sido breve, fugaz, un viaje de tránsito con el único fin de situar sobre la física realidad de la villa toda esa serie de conoci­mientos con los que ya se cuenta.
            Presenta Huete hoy todo el aspecto de un pueblo distinguido, cabecera de comarca, con movimiento especial en hora punta durante día de mercado. Son muchos menos que antes -pues los modernos sistemas acabaron con aquella necesidad del tiempo de nuestros antepasados- los ciudadanos de los pueblos limítrofes que acuden puntuales en la mañana del sábado a la mercadería. Hay, eso sí, gente en los bares, recogidos a la sombra como protegiéndose junto a al tubo de cerveza del calor de las doce. Entro a comprar dos postales en una tiendecilla céntrica. Me gustaría volver a visitar la exposición de pinturas del Museo Florencio de la Fuente que se guarda de manera continua en el convento de la Merced. No sé si estarán abiertas al público las puertas de la Fundación; pero ando con demasiadas prisas, como para dedicarle el tiempo que merece, y prefiero pasar de largo. En el Museo existe una estupenda colección de pinturas de autores famosos, como Picasso, Dalí, Vázquez Díaz, Benjamín Palencia y no sé cuántos más, conseguidos todos ellos -a base de sacrifi­cios y dejando colgado de un clavo su patrimonio- por don Florencio de la Fuente, a quien llegué a conocer, un hombre de comedida estatura y de inmenso corazón, entrado en edad, que ha querido dejar como herencia perpetua a la villa de Huete todo aquel tesoro. Paso junto a la fachada, larga y de seguidos balcones, del antiguo convento, archivo de arte por tradición y, según se ha dicho, también por destino; pues de él procede el magnífico "Cristo con la Cruz" del Museo Diocesano de Cuenca, en la mejor réplica que plasmó el Greco sobre lienzo, en torno a un tema por él tantas veces repetido, y que voló hacia los expositores catedralicios de la capital de provincia, cuando el convento de la Merced comenzó a manifestar los primeros síntomas del abandono.

            Es difícil darse cuenta en estos tiempos, al menos que se llegue a Huete ex profeso o por casualidad en cualquiera de sus dos fiestas más representativas, de la dualidad y de la legenda­ria rivalidad de sus dos barrios: el de Atienza, sanjuanista de artesanos, y el de San Gil, de quiterios agricultores. Rivalida­des festivas que marcaron a la villa y, aunque el viento de la modernidad no sople en favor de las tradiciones, ni siquiera de las más arraigadas como ésta de los quiterios y sanjuanistas de Huete, por siempre permanecerá en el recuerdo, y en los escritos también, como una de sus manifestaciones históricas más señeras y más reconocidas.
            La villa de Huete fue en la historia de fundación romana con el nombre de Opta. Tuvo castillo moro, cuyas llaves debieron ser una de las piezas de más valor que la princesa Zaida, hija del rey moro de Sevilla Ben-Abed, aportó en su dote como esposa al rey castellano Alfonso VI. La reconquistó en 1085 Alvarfáñez de Minaya, el año de su paseo triunfal por tierras de la Alcarria. De sus conventos e iglesias -diez dicen que tuvo- son todavía realidad, ruina o simple recuerdo, aparte del espacioso y ya referido de la Merced, los de San Francisco, de Santo Domingo, de San Benito, el colegio de la Compañía de Jesús, el de Nuestra Señora de la Misericordia, el de religiosas de Santa Clara y el de San Lorenzo Justiniano; algunos de ellos, quizás, bajo otros nombres o advocaciones en tiempos diferentes. Son sus patronas la Virgen de la Merced y las santas Justa y Rufina, si bien el fuerte de las devociones lo acapara el milagroso Nazareno, resto de la imagen de "Jesús el Rico" de la iglesia de San Pedro, salvado en parte de la profanación e incendio indiscriminado al que en 1936 se vieron sometidos tantas iglesia y conventos. Hubo otro Nazareno, "Jesús el Pobre", que se veneró en la parroquia de San Nicolás el Real de Medina y que fue imposible poner a salvo de las llamas cuando la guerra civil. De la imagen auténtica del Nazareno de Huete se conservan la cabeza, la mano derecha y los pies, el resto del cuerpo desapareció en las llamas. Se desconoce quién fue su escultor; pero cuenta la tradición que una vez terminada la figura completa del Cristo, ésta habló con frase lapidaria que bien conocen las gentes de Huete:"¿Dónde me viste, que tan bien me retrataste?" A lo que el artista respondió hincado de rodillas: "En mi corazón, Señor". Consta que los reyes de España, siempre que pasaban por Huete en sus frecuentes viajes hacia los baños de La Isabela, se detenían a rezar ante la imagen del Cristo. Felipe IV le regaló una casaca bordada en oro, de la que se pudo hacer una túnica que todavía se conserva.

            En los subsuelos de su término se extrajo la cabeza del toro ibérico, el famoso "torete" de Cuenca, que es con mucho la más popular de las variadas muestras de la alfarería conquense y, desde luego, la más representativa de todas ella, como embajador de la artesanía tradicional de aquella provincia. El singular hallazgo se muestra al público en una de las vitrinas del Museo Arqueológico de la capital; otra muestra más de la importancia de la villa alcarreña en el cómputo general de los valores históricos, culturales, artísticos y costumbristas, de la vieja Castilla. 
            Se podría seguir hablando -con entusiasmo, pero nunca con pasión- de este pueblo callado y de su pasado nobilísimo, como puede verse; y se hablaría de sus hijos ilustres, entre los que habría que contar a ocho obispos, nada menos; y se podría hablar de su frondosa Chopera, tan ligada a la estampa de Huete, y de sus cantos y tradiciones populares un poco más a fondo, y del buen hacer de sus gentes honradas y emprendedoras, y de toda su comarca como rama nada desdeñable de esta Alcarria común en la que somos y vivimos, con todos sus encantos y con sus defectillos endémicos también, pues todo cuenta.

            Las tardes largas y apacibles del verano, pueden ser ocasión propicia para descubrir esta importante ciudad de extramuros, de la que apenas en este relato se da una sucinta referencia.

jueves, 29 de junio de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXVIII): MOLINA DE ARAGÓN (Guadalajara)

                                                   

            Henos hoy, al cabo del tiempo y la distancia, en la nobilísima ciudad cabecera del Señorío. Son cientos de veces las que por éste o por aquel otro motivo tuvimos ocasión de ver como ahora vemos las torres almenadas y las murallas de su castillo dibujadas entre la neblina de la vega que, paso a paso, conduce al caminante hasta sus aledaños. Ahí, en los restos magníficos del pasado que se extienden cerro abajo hasta las mismas puertas de la ciudad, se guardan, asidos a sus piedras centenarias, el vivir y la historia grande de las gentes de Molina.
            El hecho fue así de sencillo. Un rey de Aragón que lo libera del poder sarraceno; un acuerdo entre dos por el que las tierras reconquistadas pasan a pertenecer a la corona de Castilla, y una entrega en calidad de Señorío a don Manrique de Lara, que era a su vez vasallo del rey castellano Alfonso VII, y que pasaría a ser su primer señor. Estamos en el siglo XII. Un fuero personal para aquel inmenso legado de tan duro enclave, al margen después de las ordenanzas castellanas y aragonesas durante un largo periodo de su historia, dieron lugar a un pueblo de característi­cas especiales y muy marcadas: amante de lo suyo, afable y respetuoso, leal, sobre cuya piel curtida por los siglos resbala la garra de la desunión y del menosprecio que da carácter en tantos casos a las gentes de nuestros días.
            De nuevo he vuelto a clavarme de codos en la barandilla que sirve de mirador hacia el puente románico que hay sobre el río Gallo, cuyas aguas, igual que las del Mesa, se me antoja que corren en dirección opuesta a como deberían correr. A un lado el altivo Giraldo del convento de San Francisco, negro y quieto como la muerte porque la mañana también está tranquila. Luego la moderna avenida que los molineses titulan Paseo de los Adarves, su calle principal, bulliciosa y repleta de comercios, de restaurantes y de entidades bancarias como una pequeña Wall Street. Los ancianos, viejos zorros de la paramera, de Gallocanta o de la Serranía de Cuenca, con su característica cadencia molinesa en el decir, buscan un poquito de sosiego y de conversa­ción sentados a la sombra mientras que la gente bulle de un lado para otro.

            -Yo soy de La Yunta -dice uno
            -Y yo de Tortuera -explica otro después.
            -Casi vecinos, pues -les digo.
            -Ya lo creo. Y buenas mozas las que había entonces por allí. Todas éstas que andan ahora medio en cueros, nada de nada, ni chicha ni limonada, que decía un boticario que hubo en mi pueblo.
            -Yo soy de Poveda -dice un tercero. Seguro que ni le suena.
            -Sí, que me suena. También conozco aquello. El pueblo de don Segundo.
            -Ahí está la cosa. Algo primo mío era el Segundo. Que si la guitarra, que si no, hizo carrera. Fue un personaje el Segundo.
            Ahora la calle del Chorro, la de las Tiendas, la Plaza de San Pedro, estrechas y sombrías en donde parecen desvanecerse o revivir aquellos años grises de primeros de siglo. Calles en las que comparten vecinazgo los escudos de armas de las fachadas con la pescadilla fresca de los escaparates, con los artículos de regalo, con las prendas de vestir y con los cestos de fruta.
            La Plaza de España se asoma a estas antiguas callejuelas capitalinas con la gracia evocadora de sus rejas y de sus ventanales, orlada en cuadro por acacias moñudas de recortada fronda.
            Con la amurallada fortaleza siempre por montera, que como es sabido comanda la llamada "Torre de Aragón" al norte de la ciudad vieja, uno deambula de acá para allá, de un lado para otro, conmovido por la intimidad de sus rejas, por el silencioso embrujo de sus calles enlosadas. Rincones donde se respira el pasado envuelto en la penumbra que proyectan los aleros sobre el pavimento humedecido, frío e intransitado. En un azulejo prendido en la cara trasera de una esquina se lee:"Calle de Quemadales". Uno piensa que el apelativo tendrá su porqué, parejo tal vez con la antigüedad de aquellos vericuetos.

            El hecho simple, pero muy significativo, de que en pleno siglo XVII viviesen en Molina nada menos que 286 familias distinguidas, entre nobles e hidalgos, nos pone en antecedente de que esta ciudad, alejada por situación de cualquier urbe, con todos los riesgos e inconvenientes que ello suele llevar consigo, es ante todo una ciudad señorial casi por naturaleza, aparte de las singulares prerrogativas que la historia medieval hiciese recaer sobre ella. En Molina de Aragón, Molina de los Caballeros, Molina la Grande, vamos a acostumbrar nuestras retinas a la esbeltez venerable de sus palacetes, de sus casonas solariegas en las que se lucen, cargados de mensaje, los escudos de armas pertenecientes a familias ilustres que moraron en ellas.
            Henos pues aquí, apenas atravesar el puente románico, en la plazuela que dicen de Trespalacios, porque son tres, uno a cada lado, los que al pequeño coso de junto al Gallo asoman sus fachadas. Es la plazuela romántica y cautivadora a la que en hermosos versos cantó no ha mucho el poeta Suárez de Puga. Luego nos habremos de perder por callejas enrevesadas en las que nos sorprenderán muchas más casonas notables, como la del Virrey de Manila, con su escudo magnífico, que sale a la calle de Quiñones; la del Marqués de Villel; la casona familiar de los Arias, la de los Marqueses de Embid, la de los Garcés de Mancilla, la del obispo Díaz de la Guerra, sin contar ésta y aquella otra, que con su arco adovelado como reseña llaman la atención e invitan a la curiosidad en lugares tan importantes para la vida molinesa como la Calle de las Tiendas o la mismísima Plaza de España, donde, ahora recuerdo, queda desierta y fuera de culto la iglesia de Santa María del Conde, una más de las seis u ocho que tuvo, y que fue templo de la nobleza molinesa, mandada construir por su primer señor don Manrique de Lara.
            A la hora del paseo el público se sale a los Adarves. Es una calle ancha y moderna, con bulevar y bancos donde sentarse a la sombra de los árboles. Por los Adarves suelen verse en las mañanas del fin de semana gentes de muchos de los pueblos del Señorío, diversas entre ellas porque el terreno es extenso y diferente; pero que coinciden en ciertos rasgos comunes de los que siempre se destacaron la afabilidad, la hospitalidad y la cordura para con quienes vienen de fuera.
            Hace tiempo, en un establecimiento chiquito de la calle de las Tiendas se podían comprar las "patas de vaca". El estableci­miento aquel ya no existe, y es preciso proveerse de esa especialidad gastronómica en una moderna pastelería del Paseo de los Adarves. las "patas de vaca" son una especie de pasteles de gran tamaño, con forma a veces de media luna, que cuentan, no sin mérito, como enseña de la rica y variada repostería molinesa.
         

viernes, 9 de junio de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXVII) AYILLÓN (Segovia)



            Salgo de las tierras de Guadalajara por los páramos de Villacadima, allá por el alto de la Rivilla en la Sierra de Grado. La tarde se presenta oscura en las vegas del Aguisejo y es casi seguro que comenzará a llover de un momento a otro. A la altura de Grado del Pico comienza a descargar después de un trueno la nube de verano. Minutos más tarde el cielo queda limpio. En Grado hay una hermosa iglesia de origen románico, con atrio cegado, media docena de arcos que no se lucen, entre los que se deja ver parte de unos capiteles que son puro modelo. Por Santibáñez, Estebanvela y Francos, la gente no sabe si salir a pasear por la carretera o esperar un rato más a que el campo se oree. Santibáñez de Ayllón, con su elevada torre dieciochesca por encima de la arboleda, se me antoja al pasar un bello motivo para estampa de calendario. En Estebanvela andan de preparativos pensando en la romería a la ermita del Padre Eterno, la más popular y multitudina­ria de toda la comarca, que cada año se celebra el domingo de la Santísima Trinidad. Más campos de frutal, más veguillas de mies sin sazonar y de arboledas a lo largo del río, y luego Ayllón. 
            Fue esta villa cabecera de comunidad, con más de veinte pueblos de su contorno, en la antigua federación de Segovia. La conocí hace un cuarto de siglo, cuando el azote del despoblamien­to sacudía con fuerza irresistible a todos -sin excepción- los enclaves castellanos del medio rural. Veinte años después descubro que la villa ha resistido con garbo, y hasta con elegancia, el tirón de las últimas décadas. Hoy es Ayllón una ciudadela elegante, acogedora, señorial, en donde a uno se le antoja que su escaso millar de habitantes debe vivir a gusto.
            Rodeo la zona céntrica y me llego hasta la antigua portada de la muralla cortando por una desviación que llaman travesía de Los Adarves. De hecho voy a entrar al pueblo bajo el doble arco de la muralla, estampado de escudos, que da paso al magnífico palacio de los Contreras, con su artística fachada isabelina, salpicada de enseñas heráldicas, con imposta a manera de alfiz labrada con oficio, y arquitos de diferentes trazados en cada una de las ventanas. Recuerdo que hace años, aún no sé cómo, alguien me llevó al palacio de don Juan Contreras; guardo de él en la memoria la imagen de una habitación empapelada con materiales pintados a mano algo más que centenarios, y algunas tallas importantes en algún lugar, de entre las que quise ver una Virgen del Rosario de la escuela castellana de los Carmona. El dueño era un señor elegante, alto de estatura, entrado en edad, que me enseñó todo lo que allí había y de lo que pasado el tiempo recuerdo muy poco.
            La Plaza Mayor aparece plagada de vehículos. Bajo los soporta­les de la Plaza Mayor están los bares y una buena parte de los reconocidos establecimientos comerciales de los que se abastece la villa y varios de los pueblos de su contorno. La imagen grandiosa de la Plaza Mayor es una de esas que difícilmen­te desaparecen de la memoria. La fachada del ayuntamiento es de doble arquería, restaurada, pero guardando su línea primitiva y su vieja elegancia. A mano derecha del ayuntamiento, según lo miro desde el centro de la plaza, se alza el esbelto campanario de la parroquial de Santa María, con sus múltiples vanos para las campanas calando en lo más alto la enorme paleta de sillería. A mano izquierda del ayuntamiento queda la más importante nota medieval de toda la villa: la iglesia de San Miguel, con bella portada románica de transición y ábside del mismo estilo y época sobre la alta espadaña de la iglesia de San Miguel, la cigüeña machaca el ajo en un castañoleo que resuena por toda la plaza.

            La iglesia de Santa María está precedida por sombrío jardini­llo en cuyo centro se alza una cruz de piedra. El interior de la iglesia es de nave única con crucero. Bellísimo el retablo mayor de impecables dorados, en el que distingo una imagen de San Cristobal y otra de la Madre de Dios en lugar destacado, como corresponde a la titular de la parroquia. Un cumplido coro con tramado de cancela y órgano de tubos, anoto en mi cartera como detalles más interesantes de cuanto vi en los escasos minutos que estuve en el interior del templo.
            Un grupo de chiquillos se divierten chapoteando el agua de la fuente redonda de la plaza. Por la calle de San Miguel uno se pierde oteando los rincones de la villa. Las calles de Ayllón son limpias, homogéneas, señoriales, muchas de ellas franqueadas con escudos como las calles de Atienza, de Pedraza o de Santiago de Compostela. Las calles de Ayllón se llaman de San Juan, del Ángel del Alcázar, del Dr.Tapia, de Manuel de Falla, de Pellejeros, del Obispo de Vellosillo... En la plazuela del Obispo de Vellosillo está el Museo de Arte Contemporáneo y la Biblioteca Pública. El edificio es uno de los más representativos de la pasada nobleza de la villa. La fachada es toda ella un escaparate de motivos palaciegos: una portada elegante que encuadran en perfecta simetría cuatro balcones y siete escudos de piedra con diferentes motivos y tamaños. En su interior se distingue una sólida escalinata que sube desde la primera planta hasta la galería del piso alto en donde está la biblioteca.
            De las iglesias más viejas y olvidadas, justo será hacer referencia a los restos románicos de la de San Juan, y a la escasa señal del siglo XII en la ermita de San Sebastián. Por un momento alcanzo a ver las ruinas del viejo convento de San Francisco, o del ex-convento, como lo reconocen en el pueblo. Se ha dicho que el convento franciscano de Ayllón lo fundó en persona el propio Francisco de Asís, tal vez en uno de los viajes que el santo hizo por España como peregrino a Compostela. Lo que sí parece hasta documentalmente cierto es que en el convento vivió alguna temporada el que fue regente de Castilla, y luego rey de Aragón, don Fernando de Antequera, quien con el condesta­ble don Álvaro de Luna -cada uno en su época-, desterrado aquí después de su primera derrota por parte de los nobles, convirtió a la villa durante el tiempo que en ella estuvo en el lugar más cortejado de Castilla, por encima incluso de la misma ciudad de Segovia. No parece pasar del turbio campo de la leyenda, pero también se ha escrito que en esta villa pasó los días de Cuaresma del año 1304 doña María de Molina, madre del rey Fernando IV, por ser uno de los pocos lugares del reino donde no le faltaría pescado para comer durante las fechas de abstinencia de carne que señalaba la Santa Madre Iglesia.

            El sol de las ocho reaviva el espíritu emprendedor de la villa. Los patos navegan de un lado para otro bajo los puentes en las tranquilas aguas del río Aguisejo, que atraviesa el pueblo canalizado y solemne, transparente y limpio como mandan los cánones de la buena compostura. Un matrimonio de avanzada edad pasea por los jardines de junto al río, mientras que un grupito de adolescentes contemplan desde el barandal el nadar suave de los patos que se van de retirada a la caída del sol.
            No es día de mercado en Ayllón. Ignoro si aún lo son, pero hace años, los días de mercado eran días de excepcional movimien­to; horas señaladas de compraventa que solían rematar -y esa fue su fama- con los jugosos asados, de los que don Dionisio Ridruejo dejó escrito en cierta ocasión que era éste «el punto de la geografía castella­na donde ese producto llega a las cimas de la sublimi­dad».

            Por mi parte celebro el reencuentro con el pueblo amigo tomando cerveza fresca en un bar de los soportales. Luego dejo Ayllón con el ambiente propio de los atardeceres de un fin de semana; con su Plaza Mayor soportalada; con sus casonas ilustres, sus iglesias y sus recuer­dos, hasta otra nueva oportunidad que preveo llegará pronto.         

lunes, 22 de mayo de 2017

ANDAR POR CASTILLA: MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES (Avila)


ANDAR POR CASTILLA (XXVI):
MADRIGAL DE LAS ALTAS TORRES (Ávila)

         No puedo negar que desde mis años de adolescente me empezó a interesar esta importante villa de la Moraña, señora por su historia y por su contenido artístico, esencia de la más refinada castellanía. Desde Cantalojas, era verano, el camino es fácil, un poco largo quizás: Riaza, Segovia, Arévalo, y a media hora más de carretera uno puede permitirse el capricho de adentrarse en lo que en otro tiempo fuera su importante cerco de murallas por la puerta que dicen de Arévalo, la situada más al este de las cuatro que todavía existen en Madrigal. Le tenía muy buena lay a esta villa desde muy antiguo, repito, pues debió de ser por aquellos primeros cursos del antiguo Bachillerato cuando tuve noticia de su existencia, como lugar en el que un 22 de abril de 1451 vino al mundo la reina Isabel la Católica; aquella idea se marcó para siempre en mi memoria y no menos su nombre, tan pomposo, tan solemne, tan rotundo e irrebatible, cuando hasta entonces yo había creído que no había en todo el mundo un nombre más bonito que el de mi pueblo.
         Madrigal de las Altas Torres, casi nada. Después he sabido que cuando la reina nació, sólo se llamaba Madrigal, que lo de las Altas Torres le vino cuatro siglos más tarde, que en realidad lo de “altas” fue un error, que lo que se trató, para distinguirla de cualquier otra Madrigal de las que hay en España, fue apellidarla de las “Albas Torres”, y con el error, que le cae muy bien, por cierto, ha llegado hasta nosotros, y con él -qué más nos da- la conocemos y la admiramos. Don Camilo J. Cela, dice de él “demasiado nombre para tan poco pueblo”, lo que no deja de ser una opinión, que yo respeto y hasta cierto punto comparto.  Los no más de mil quinientos habitantes que puede tener hoy se deben sentir orgullos de ello, y nosotros también.

         La comarca de la Moraña, de la que Madrigal de las Altas Torres puede considerarse como su capitalidad, es famosa entre los cazadores por sus inmejorables condiciones cinegéticas. De la historia de la villa se sabe que tuvo por primera señora a doña María de Molina, obsequio y título que le otorgó su propio hijo el rey Fernando IV, en el año 1311. Por su situación en plena llanura, no debe extrañarnos que en lejanos tiempos se protegiera de un potente cerco de murallas y gran cantidad de torres, cerca de cien, de las que todavía quedan muchas de ellas, además de cuatro puertas de entrada en distintas direcciones que se solían cerrar durante la noche. El cerco de murallas está catalogado de bien cultural.
         Como tantas villas y ciudades más de la ancha Castilla, Madrigal se nos muestra salpicada de iglesias, de conventos y de palacios, donde el ladrillo se empleó como principal elemento para su construcción. Hoy, considerado su valor en la Historia, la encuentro como un poco dejada de la mano de Dios, y sobre todo de la mano de los hombres.
         La Plaza Mayor es, como corresponde a la categoría de la villa en su pasado, espectacular sobre todo en amplitud. En mitad de la plaza se alza, un poco solitaria creo yo, la estatua en bronce sobre elevado pedestal de Isabel la Católica, y por aquí y por allá los típicos bancos donde se sientan al sol o a la sombra, depende, los más viejos del lugar deseosos de conversación.


         - ¡Que plaza más bonita! –le digo a un anciano medio adormilado sobre un banco a la sombra en un lateral de la plaza.
         - Sí señor –me responde. La mejor de todos estos pueblos. A la de la estatua sí que la conocerá usted.
         - Todavía no me he acercado a verla; pero me imagino que se trata de la reina Isabel la Católica –le contesto.
         - Hombre, claro. Era una mujer muy guapa. Hace poco salió en la televisión no sé cuantas veces.
         - Además fue una buena reina, y una gran persona según se dice en los libros.
         - Ya lo creo que lo fue. Entre ella y su marido, el rey Fernando, que era aragonés, pusieron en orden las cosas en España. Podían darse una vuelta por aquí ahora, que buena falta nos hace ¿No le parece a usted?
         - Desde luego que sí. ¿Cómo se vive en Madrigal?
         - Pues ya lo ve, vamos tirando. Hace veinte años el pueblo tenía doble de habitantes de los que somos ahora. Los jóvenes se marchan a buscarse la vida en otros sitios, y los viejos se van muriendo. Lo natural.
         - ¿Vienen muchos turistas?
         -Nunca faltan; pero el pueblo no vive de los turistas. Cuando vienen, se dan una vuelta por el pueblo, entran en las iglesias si están abiertas, sacan cientos de fotografías y enseguida se van.

         Las iglesias de Madrigal, al menos las que yo visite, son dos: la de San Nicolás de Bari y la de Santa María del Castillo.      

miércoles, 10 de mayo de 2017

ANDAR POR CASTILLA: BRIHUEGA (Guadalajara)





           A veces suele ocurrir que éste o aquel otro lugar escondido en los rincones de la memoria, vuelve a poner no sólo el corazón, sino también los pies en movimiento. Acercarse a Brihuega desde la capital de provincia en una limpia tarde de abril, es algo que está al alcance de cualquier ciudadano que lo desee. El tiempo a emplear, ya se sabe, media hora de viaje a una velocidad más que prudente, y otros tantos para el camino de vuelta disfrutando del paisaje, que por aquellas fechas en la Alta Alcarria, a eso de la caída de la tarde, suele ser bastante sugestivo.
            Una vez allí, y después de haber saboreado a placer el agua de cualquiera de sus dos fuentes -en Brihuega las fuentes nunca vienen solas- que cubren la entrada al Parque de la Alameda, lo aconsejable es colarse por debajo del arco que dicen de la Cadena, teniendo sobre las sienes y en la imaginación, la trifulca guerrera que recuerda al caminante una plancha de apretada lectura que aparece sobre la piedra clave de la histórica puerta y que, nadie lo diría, da paso a la plazuela de Herradores y a las callejas más evocadoras y sugerentes de la vieja villa, para concluir, no mucho después, en la otra plaza, en la plaza grande, que allí se le sigue llamando con su nombre de toda la vida: la Plaza del Coso.
            La Fuente Blanquina -bonito nombre-, es uno de los monumentos más representativos y más bellos que tiene Brihuega. Los doce caños en línea de la fuente manan a todo manar sobre un pilón común que acoge toda el agua. Uno piensa que sólo el desagüe de la fuente Blanquina debe de formar un arroyo más importante en contenido que tantos riachuelos de postín como aparecen los mapas, con su característico trazo azul rodeado de afluentes. Ni qué decir que luego de haber servido para regar los huertos que los hábiles campesinos cultivan en la vega, el agua que todavía sobra de ésta y de las demás fuentes que tiene Brihuega, irá a parar a las gargantas del Tajuña.

            Cruzando hacia la calle de las Armas, el pueblo muestra de un tiempo a hoy el lustre ocre de sus más modernos edificios. Los laureles sobresalen por encima de las tapias de los jardines en varias de sus calles. En la de las Armas me encuentro con una casona antigua que llama la atención. Los escudos de familia en blanco alabastrino que adornan la entrada, son como timbres que sellan el talante señorial de su casco histórico. Hay una señora sentada sobre un banco al final de la calle, muy cerca de la casa en donde se lucen los cuedos. Es una anciana amable y decidora, una mujer atenta y de fácil conversación.
            - Qué casa más bonita tienen aquí.
            - No está mal. A los que vienen de fuera les gusta verla.
            - ¿Quién vive en ella?
            -Viven dos vecinos. Todo eso es de unos que seguro que los conoce usted. Les decimos los Pepitos. Son de los más conocidos de Brihuega.
            Produce un verdadero gozo andar por estas calles que bajan hasta la Plaza del Coso, donde las viviendas con más de un siglo de antigüedad se sostienen sobre columnas de piedra, dejando en el frescor de la sombra los típicos soportales alcarreños, parte de la histórica estampa de Brihuega.
            La Plaza del Coso, tan evocadora y tan cargada de luz, se encuentra a estas horas de la tarde casi desierta. Un grupo de turistas se asoman a la “Cueva Árabe” a través de la reja. El pueblo se torna más interesante a medida que nos vamos aproximando al “Pradillo de Santa María”. Son muchos y muy distintos los motivos que, cuando se llega a este lugar, llaman nuestra atención. Creo que la última vez que anduve por aquí aún duraba, espeso y bien pegado al muro, el manto de yedra que tapizaba el añoso paredón del Castillo por esta parte.
            En el Prado de Santa María, a un lado y al otro los arcos en la muralla de las puertas de la Guía y del Juego de Pelota, hay una romántica fuente-surtidor, un par de juegos de parteluz en el muro de la Peña Bermeja, y una serie de placas conmemorativas con las que Brihuega recuerda hechos y personas cuyos nombres, con el mejor criterio, considera que jamás debieran desparecer: “Don Jesús Ruiz Pastor Serrada. Brihuega agradecido, 4 de Septiembre de 1969”. Sobre un tremendo pedrusco se sostiene el busto ennegrecido del famoso empresario al que la leyenda se refiere. No lejos, y ahora en dos sencillas placas, se rinde homenaje a los hermanos Sebastián y Diego Durón, insignes músicos briocenses, y a la memoria del maestro Cabezudo, compositor y director de la banda de música local durante cincuenta años. Sépase, sin que ello tenga parangón posible en ningún otro lugar de la provincia, que Brihuega se distingue a lo largo de su historia, entre otras atribuciones más que aquí dejaremos pasar de largo, por su importantísima tradición musical, ya que los hermanos Durón, por ejemplo, allá por la segunda mitad del siglo XVII en que vivieron, y el maestro Jesús Villa Rojo en este tiempo nuestro, son nombres señeros en la creación y en la ejecución instrumental del “divino arte”, difícilmente superables.
            Desde los barrotes de hierro que en brihuego de andar por casa llaman “los guinches”, que salvan del precipicio a derecha e izquierda la explanada del Prado de Santa María de la Peña, se pierde ante los ojos la vega del Tajuña, con sus bancales de tierra mullida, sus huertecillas verdes y el continuo sonar del agua que corre.
            La gente pasea por los senderos que avecinan a las murallas hasta perderse en la sombra por el camino que cruza al otro lado del arco. Por estos alrededores el arco se llama de Cozagón, antigua puerta principal de entrada a la villa, levantada en el siglo XIII sobre la vía que llegó desde Brihuega hasta Toledo, por la que entraron y salieron tantos grandes personajes de la antigüedad: reyes, príncipes, arzobispos y cardenales, como en siglos pasados anduvieron por allí. Todavía, en su forzoso abandono, el arco de Cozagón ofrece al caminante sus ingentes volúmenes de piedra sillar en la que prevalecen, tras larga batalla ganada el tiempo y a los elementos, las marcas de los canteros tardomedievales.
            Son muchas más, infinitos, los temas de interés que en este trabajo se han pasado por alto y que resultan injustificables al hablar de Brihuega: la Virgen de la Peña; sus famosos Jardines; algunas de sus leyendas y conocidas historias, como la de la princesa Elima.
            Sería imperdonable obviar, una vez situados en estos parajes que rodean a Brihuega, cómo dos batallas de las más importantes que registra nuestra Historia se dieron aquí. Me refiero a las que han pasado a la posteridad con los nombres de “Batalla de Villaviciosa” y “Batalla de Guadalajara” respectivamente.
            La primera tuvo lugar en la llamada “Guerra de Sucesión”, entre los ejércitos del Archiduque Carlos de Austria y los del francés Felipe de Anjou, ambos pretendientes al trono española tras la muerte sin sucesión de Carlos II, último rey de los Austrias. Una vez que la suerte de Valencia se decidió en Almansa, las muestras de alegría de los soldados del futuro Felipe V fue grande. En diciembre de 1710 los aliados se vieron derrotados en Brihuega y en sus vecinos llanos de Villaviciosa. El futuro rey en persona estuvo al frente de su ejército, que salió victorioso. La victoria del de Anjou sirvió para instalar en España la dinastía Borbónica.
La “Batalla de Guadalajara” tuvo lugar por estos mismos campos durante la Guerra Civil Española entre los días 8 y 13 de marzo de 1937. Las tropas italianas (50.000 hombres) respaldadas por otros 20.000 al mando del general Moscardó, resultaron ser inoperantes. El tremendo desastre, presente todavía en la memoria de muchos ancianos de estos pueblos, lo contó con bastante precisión y detalle Ernest Hemingway, en crónica estremecedora que concluye con estas palabras: «Brihuega tendrá un lugar entre las batallas decisivas de la historia militar del mundo.»     


martes, 2 de mayo de 2017

SANTUARIOS MARIANOS DE GUADALAJARA




            Tal vez sobrepasen la cifra de dos centenares los santuarios marianos que existen en la provincia. Demasiados como para que sea factible el hacer referencia a cada uno de ellos. Tampoco sería correcto sentar como firme la idea de que en este corto trabajo se vayan a mencionar siquiera los más importantes, pues son varios los factores que determinan el interés por cada uno, nunca exentos de subjetividad: factores históricos, etnológicos, religiosos, e incluso literarios, los que habría que manejar sin pasión alguna, y ello resulta complicado de llevar a término en asunto tan delicado como el que aquí nos ocupa.
            En abierta primavera climatológica, y evocando del modo más sutil los viejos recuerdos de nuestra niñez en el medio rural, donde a tantos nos cupo la suerte de asomarnos a la luz por primera vez, como plantas silvestres nacidas a su antojo, parémonos a pensar en estas radiantes tardes de mayo en aquellas ermitas solitarias de nuestra tierra que, apartadas de donde vive la gente, perviven tras el pasar de los siglos como lámparas encendidas en honor y alabanza a la Madre de Dios. Luminarias de fe prendidas al paisaje donde, a pesar de los pesares, todavía se reúnen en determinadas ocasiones multitud de romeros y de excursionistas, y lo que es mejor, recias almas de lugareños que en la soledad del campo se acercan al piadoso ventanuco de la solitaria puerta, rezan una oración, y dejan prendido a la rejilla tras la que se ve la imagen un puñado de flores amañadas de las que da la tierra. Almas pueblerinas de buena sangre, en cuya poquedad se luce colmado hasta los bordes el vaso de la suprema sabidu­ria.
            No hace mucho tuve ocasión de pararme a descansar de un viaje por aquella sierra en la ermita de Los Enebrales. La visión de las montañas, con firlachos de nieve sobre las cubres, empapaban el ánimo del viajero con impresiones de un mundo en el que el solo hecho de vivir ya ofrece visos de aventura. Los campos de Tamajón que hay junto a la ermita, se embravecen como homenaje a la Señora.
            El capítulo más glorioso de la historia de Atienza se escribió en la madrugada del domingo de Pentecostés del año 1162, a las puertas de una ermita que, restaurada siglos más tarde, alza su nimio campanil en el fondo de un vallejo que dicen de La Estrella. Esa es la advocación mariana a la que rezan los atencinos. A sus puertas danzaron los arrieros de la villa, allá a las del alba, para burlar las huestes del monarca leonés que pretendían arrebatarles al rey niño Alfonso VIII, quien como uno de tantos viajaba con los demás disfrazado de recuero y a lomos de acémila.

      
      En Cendejas del Padrastro, donde el valle del Henares se abre a las sierras del norte, tienen como meca, tanto para propios como para comarcanos, el santuario de la Virgen de Valbuena. Durante la mañana y parte de la tarde en el último domingo de mayo, las gentes de una veintena de pueblos suelen acudir a la cañada de Valbuena con sus cruces parroquiales en romería. La primitiva imagen de la Patrona de aquellos valles desapareció profanada durante el verano de 1936. En la paz del santuario, los paisanos besan con fervor cada primavera la cabecita menuda de la primera imagen, lo único que quedó perdido entre las cenizas después del saqueo, y que conservan en una urna o relicario de cristal a la veneración de los fieles.
           
Dicen que en el santuario de la Virgen de Montesinos, término municipal de Cobeta en el Alto Tajo, se convirtió a la fe cristiana y se hizo ermitaño un capitán moro llamado Montesi­nos, tras haber sido curada de parálisis una pastorcilla que solía apacentar por aquellas dehesas. La primitiva ermita del siglo XII desapareció doscientos años más tarde, siendo reedifi­cada en 1512 y acondicionada a principios del siglo XVIII. Tiene fama de milagrosa la imagen de Nuestra Señora de Montesinos. La anual romería se suele celebrar la víspera de la fiesta de la Ascensión. El paraje en el que se levanta aquel importante foco de devocio­nes, junto al arroyo Arandilla y bajo los riscos, es uno de los más apacibles y espectaculares que tiene la provincia.
          
  En Molina de Aragón, Corduente y Ventosa, veneran con especial fervor a la Virgen de la Hoz, y por añadidura en las demás tierras del Señorío de las que es reina y señora. Su devoción se pierde de puro antigua en la noche de los tiempos, y por tanto está basada en un hecho sobrenatural (historia, leyen­da, tradición) que por aquellos lugares la gente bien conoce. Fue un pastor de Ventosa quien descubrió, por primera vez bajo aquellos riscos, los fulgores de la Madre de Dios mientras buscaba en noche oscura una res que se le había extraviado a orillas del río Gallo. Qué decir de la devoción de los molineses a la Madre Común. Qué al espectáculo natural del Barranco, bajo cuyos impresionantes farallones se esconde la ermita. Qué de las fiestas y romerías que durante siglos se han venido celebran­do a su sombra...
            Los principales santuarios marianos que hay por la Alcarria son cuatro: el del Madroñal, el del Saz, el del Peral y el de la Esperanza. Hay varios más, qué duda cabe, pero debo reconocer que como caminante de aquellas tierras son, al menos para mí, los más representativos. En ellos se veneran las imágenes de la Virgen que son patronas de Auñón de Alhóndiga, de Budia y de Durón. La Virgen de la Alcarria se venera en la iglesia de Fuentes. Debiera ser, así se me ocurre, la patrona de toda la comarca, pero no lo es. La primitiva imagen de Nuestra Señora del Madroñal, no es la que hoy veneran -pequeñita y solemne- en el santuario que da vista a las aguas del Entrepeñas, no; aquella la destruyeron cuando la Guerra Civil; dicen que la talló el evangelista San Lucas. La de la Esperanza de Durón, se asoma también al embalse desde el mirador de su nueva ermita, que sustituye a la que, con gran dolor de todos, un día se tragaron las aguas del pantano.

            En Alhóndiga, cerca de las riberas del Arlés, queda la romántica ermita de la virgen del Saz. Dicen que se apareció por allí sobre uno de los sauces que rinden su ramaje a la par de las fuentes. El pueblo celebra su tradicional romería el lunes de Pentecostés, como voto de gratitud por haber salido indemne de los desastres del cólera que asoló la comarca en 1833.
            La villa de Budia dedica sus plegarias cada año a la Virgen del Peral, cuyo santuario se halla a media legua del pueblo. Gozó la ermita del Peral de una valiosa colección de obras de arte, entre las que había que contar la propia imagen de su Patrona, desaparecida como tantas más en 1936. Las fiestas con romería hasta la ermita tienen lugar el segundo domingo de septiembre.
            Una vez agotado el espacio del que se dispone para este grato menester, uno se da cuenta de que apenas si ha cubierto los primeros pasos por los santuarios marianos de la provincia de Guadalajara. Fuera de nuestra relación se quedó el de Santa María de la Salud de Barbatona; el de la Virgen de los Olmos de Maranchón, el de la Virgen del Robusto en los campos de Aguilar, el de la Bienvenida en El Recuenco, el de la Virgen de la Vega a los pies de Valfermoso y a orillas del Tajuña...
            Existen dos trabajos sobre esta misma temática que recomien­do al lector. Se trata de los libros "Rutas marianas de Guadala­jara", de Epifanio Herranz, y "Advocaciones marianas alcarreñas" de Jesús Simón. Resulta hermoso perderse -más ahora que el tiempo es propicio- por las páginas de estos libros que, con el tiempo, habrá que considerar clásicos y en cualquier caso imprescindibles dentro de la nutrida bibliografía de esta tierra.

(Las las fotografías pertenecen a los santuarios del Madroñal, Auñón; Los Enebrales, Tamajón; y de la Hoz, Ventosa-Molina)


sábado, 29 de abril de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXV): A L M A G R O (Ciudad Real)

                                               
         Ancha es Castilla; pero mucho más ancha, más luminosa, más fértil, más infinita, lo es aún por estas llanuras manchegas donde el campo no tiene fin y los caminos se alargan en carrete­ras rectas que dan la impresión de no acabar nunca. Es difícil andar por tierras de la Mancha sin caer en los tópicos ni en los lugares comunes que la atenazan desde que Cervantes escribió “El Quijote” y que, para bien suyo, a pesar de su sol ardiente y de su inenarrable monotonía, o quizá por eso, se ha convertido en la más universal de las comarcas españolas.
         No es mal momento éste de principios de primavera para andar por la Mancha. Los agricultores de Herencia, de Pedromuñoz, de Puerto Lápice, de Valdepeñas, sueñan con aplicar la cuchilla a la cosecha de cereal en ciernes, mientras que los racimos, todavía en embrión, buscan acomodo bajo la cruz de las cepas. Cuarteles planos sembrados de girasol, de cebada, de olivar en las laderas suaves que a menudo dibuja el campo, de vid en los grandes espacios de majolar reservados para ello, y de tarde en tarde, los molinos de viento alineados a lo largo de las colinas. Esto es la Mancha, amigos. La llanura es inmensa. Tras los campos de vid, cruzados por caminos que acaban perdiéndose en la distancia, surgen otra vez los viñedos al pie del oterillo leve de olivar que ondula el horizonte; y abajo, salpicando los campos entre los majuelos y la barbechera, las casillas blancas de guardar los aperos durante la noche, de mantener el hato a la sombra hasta la hora de la comida. Luego, otra vez la carretera recta, la autovía, el ferrocarril, y siempre la inmensa plataforma manchega que las gentes de esta tierra saben cultivar como verdaderos maestros.
         Los pueblos de la Mancha son grandes; aparecen lejos unos de otros, aunque todos se dejan ver desde lo alto de los campana­rios. Por donde ahora voy, casi todos los pueblos tienen como sobrenombre el de la orden militar a la que pertenecieron, la de los calatravos: Calzada de Calatrava, Moral de Calatrava, Bolaños de Calatrava..., y a cuya cabecera, la histórica villa de Almagro, estamos a punto de llegar.
         Ya estamos en Almagro. Desde fuera de sus límites es ésta una ciudad manchega conocida por sus famosas berenjenas adereza­das, por la gracia y el arte sin par de sus encajes hechos a mano por expertas mujeres, y por la reliquia de su Corral de Comedias que es en su género único en el mundo. Son éstos, qué duda cabe, tres de los atractivos más importantes que tiene Almagro, pero no los únicos; pues cuando uno alcanza con toda la fuerza del sol los primeros edificios, y se pone la villa entera delante de los ojos, se da cuenta de que ante todo y sobre todo Almagro es una ciudad monumental, morada retrospectiva de una raza de hidalgos manchegos al estilo de don Alonso Quijano el bueno, cuyo recuerdo convertido en piedra heráldica sobre las fachadas de sus casonas y palacios -se aproxima al centenar-, dejando a un lado la media docena de iglesias y conventos memorables, además de la magnífica plaza acristalada que tanta fama le dio, muestra de la inimaginable diversidad del urbanismo español, en este caso con claras reminis­cencias nórdicas, debido, según me contaron, a los señores condes de Fuggfer, banqueros del emperador Carlos V, que desde el propia Almagro administraron las minas de mercurio de Almadén hace más de cuatro siglos.


         Bajo los soportales de la Plaza Mayor están abiertas al público las tiendas de objetos de regalo, donde se muestran, algunos de ellos colgados de las columnas de piedra, los finos encajes de manufactura local, los platos de cerámica, los más variados objetos que la habilidad de los hombres y mujeres de la Mancha han sido capaces de imaginar y de convertir en utensilio o pieza de adorno doblando el mimbre. En uno de los extremos de la plaza, como elemento ornamental ocupando el centro de un sombrío jardín, la estatua ecuestre del adelantado de Chile don Diego de Almagro, detalle evocador en el que sus paisanos no escatimaron medios.
         Pero vamos a perdernos sin un orden previsto desde la Plaza Mayor por las calles y por los vericuetos del lugar al amparo de los últimos soles del mes de abril; un sol que en los pueblos de la Mancha ya se deja sentir. Los escudos arrastran la sombra de sus relieves por el blanco encendido de las fachadas en los diferentes palacios. Las rejas vienen a ser a veces una original exposición de formas, trabajadas artísticamente en las viejas ferrerías manchegas, tal vez de la propia Almagro. Varias de las fachadas son todas ella una filigrana visual, un deleite para la vista y para la imaginación. Los palacios de los condes de Valparaíso, del señor marqués de Torremejía, de Rosales, la Casa del Prior, y otras casonas más en las que habitaron cuando la España Imperial otros tantos caballeros, son en Almagro el sello perdurable de sus grandezas ya idas. Algunas de estas fachadas manchegas encontraron réplica, cuando no sirvieron como punto de referencia, para bastantes edificios coloniales de la América descubierta por Colón, donde nombres sonoros de estas tierras tuvieron tanto que ver y que decir en asuntos de fundación y de primer urbanismo.

         Hace tiempo que anduve por Almagro. Los turistas se dejaban ver de forma esporádica y en muy pequeños grupos por las tiendas de souvenirs de la Plaza Mayor. A mediados de agosto, cuando allí tenga lugar otra nueva edición de los Festivales de Teatro Clásico, el pueblo se llenará de ellos. Cuando los turistas recorren el pueblo cámara en ristre, gafas de sol y sombrero de lona, se detienen ante la puerta del Corral de Comedias bajo los soportales de la plaza que suelen encontrar cerrado; luego se marchan hacia la iglesia tardogótica de la Madre de Dios; hacia la de San José de estilo jesuítico, muy cerca del antiguo colegio de la Compañía de Jesús; hacia la iglesia de San Agustín del siglo XVII, y hacia el convento de la Encarnación de monjas dominicas, para acabar la ruta, bien como clientes o como meros visitantes, en el de San Francisco, que después de una restaura­ción a fondo se convirtió en Parador Nacional de Turismo, uno de los más importantes establecimientos hoteleros de toda la región manchega. Hay visitantes que se acercan hasta la ermita de las Nieves, en las afueras, fundada por decisión testamentaria de don Alvaro de Bazán, famosa por ser una muestra extraordinaria de azulejería talaverana, y por la plaza de toros anexa al santuario con el cortijo del marqués de Santa Cruz en un mismo conjunto.
         Es tarde. El sol ha teñido de color sangre el horizonte y los tejados de Almagro. Los muros de cal viva reflejan la luz vespertina con resplandor de fuego. Las piedras de San Bartolomé y de la Madre de Dios parecen de oro viejo que acabará brillando por encima de las cúpulas. A medida que la tarde se va, la llanura manchega se adormece; aparecen las luces eléctricas en las esquinas de los pueblos, y se dejan ver al acercarse a ellos los letreros luminosos de los escaparates. Una ráfaga de viento sopla sobre las tierras llanas. Enseguida anochece.


martes, 11 de abril de 2017

ANDAR POR CASTILLA, (XXIV) T O R O (Zamora)


            Estas viejas ciudades castellanas, como a la que hoy acabo de llegar a media mañana, después de varias horas de viaje sin salirme ni un solo centímetro de la ancha Castilla, me merecen, en su conjunto y en particular cada una de ellas, el título de señoras porque realmente lo son. Toro, amigo lector, sin que haya perdido ni mucho menos el tren de la vida moderna, es una de esas ciudades; una de esa media docena de villas selectas que tanto han tenido que ver en la formación y consolidación del Reino de Castilla, y por extensión de España como país desde el tiempo de los Reyes Católicos, que haciendo uso inteligente del buen entendimiento, consiguieron unir por vías de matrimonio los dos grandes reinos existentes en la década fina del siglo XV, los de Casilla y Aragón, dando lugar en consecuencia a la nación única e indivisible de la que somos y nos sentimos ciudadanos.  Pudo ser aquí, y de hecho lo fue, donde se dio uno de los primeros pasos hacia la unidad nacional en la llamada Batalla de Toro; pues en estas vegas de uno y otro lado del caudaloso Duero, que tan gratamente nos sorprenden desde el que los torensanos conocen por El Espolón, a la altura de la Colegiata, se solventó el problema de Sucesión Castellana, a favor de la reina Isabel frente a los partidarios de coronar como soberana del reino a doña Juana, la que en la Historia se conoce por La Beltraneja, acontecimiento de singular relieve, del que tanto se ha hablado y tanto se ha escrito. En la villa de Toro, hijo de Enrique III el Doliente, y de doña Catalina de Lancaster, nació en el año 1405 el que después pasaría a ser Juan II de Castilla, un rey de escasa valía, al que sacó las castañas del fuego en su enfrentamiento contra los nobles castellanos, insaciables de poder, el condestable don Álvaro de Luna, a quien por capricho de su segunda mujer, la portuguesa Isabel de ojos azules, mandó degollar en la Plaza Mayor de Valladolid, estremecedor espectáculo público, que los castellanos contemplaron con verdadero horror. Su mayor mérito ante la Historia, al menos para mí que he procurado estudiar su vida con cierta profundidad, fue el de haber sido el padre de Isabel la Católica.
         Historia, monumentos, paisaje, son los tres aspectos que enaltecen a la ciudad de Toro, a los que hay que añadir un cuarto que da a toda la  comarca una importancia extraordinaria; me refiero al cultivo y elaboración de uno de los más acreditados vinos del país, con denominación de origen y con justa y merecida fama.
         Se sabe que esta villa fue una de las primeras que se plantearon el problema de su repoblación con mayor premura. Este hecho se fija en el año 899, y lo llevó a cabo el infante don García con gentes de las regiones vecinas: vascones, asturianos y navarros en su gran mayoría. Se refundó con el mismo nombre que todavía conserva, al parecer debido a una antiquísima estatua en piedra, que la ciudad guarda con veneración en una plazuela destacada, a la que la gente conoce por El verraco, figura de muy primitivo aspecto, pareja en su forma a los conocidos Toros de Guisando y también en su antigüedad, considerada como el principal icono de la ciudad.
         Desde las primeras décadas del siglo XII, Toro se convirtió, tal vez pos su situación estratégica, en un importante centro de poder no sólo en lo político, sino también en el aspecto religioso y militar, de ahí que entre sus monumentos más importantes destaque la iglesia colegiata de Santa María la Mayor, levantada durante la segunda mitad de aquel siglo. Una más de las joyas arquitectónicas del medievo, de las que puestos a distinguir, yo lo haría haciendo referencia al llamado Pórtico de la Majestad, comparable, al menos para mí y con cierta inclinación en su favor, con el famoso Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana; si bien con la ventaja añadida de conservar en más que aceptable estado la pintura original sobre la piedra después de nueve siglos, debido a encontrarse en recinto cerrado, libre del efecto pernicioso, lento pero eficiente, de la intemperie. Algo grandioso y como tal único.
         Son varias en la ciudad de Toro las iglesias dignas de ser conocidas, de las que por haberlas visto y admirado, sólo me referiré a éstas: la del Santo Sepulcro, la de San Lorenzo, el monasterio de Santi Spíritu, y la de San Julián de los Casballeros. Los monumentos no de carácter religiosos, como es fácil suponer, también son abundantes: palacios, casonas señoriales, torres, miradores, y un monumental puente sobre la Vega del Duero, van marcando la fisonomía de la ciudad que, según alguien me contó, llegó a ostentar alguna vez la categoría de capital de provincia. Como símbolo urbanístico, no quiero pasar por alto la que en Toro se conoce como la Torre del Reloj, con cuatro cuerpos sobre arco al fondo de la Calle Mayor, en pleno centro de la ciudad. Se dice que en la construcción de la Torre del Reloj se empleó vino en lugar de agua para preparar la argamasa, con lo que se dan dos ideas a la vez: la abundancia de vino en toda la zona y la dificultad que en su tiempo debería suponer el subir hasta la ciudad el agua del Duero. “Si non e vero e ben trovato”, dirían los italianos.
    
     Y ahora, al hablar de Toro no puedo olvidar el hecho de hacer mención a la principal de sus producciones y, como consecuencia, a la más conocida de sus industrias: la del vino, ya apuntada antes. El cultivo de la vid le viene a toro y a toda su comarca desde tiempos anteriores a la romanización. El vino que le da fama es conocido desde muy antiguo no sólo en la Literatura -Góngora, Quevedo, Lope de Vega, y antes aún el Arcipreste de Hita, nos hablan de él-, sino también en la Historia, pues hay constancia de que en la expedición colombina que descubrió el Nuevo Mundo, no faltaba el prestigioso elixir de esta tierra. Derivados de este producto sin par, los frailes del convento de PP. Mercedarios elaboran licores muy reconocidos y variados. Será cosa de hacerles una vista si alguna vez pasas por esta ciudad zamorana, que estoy seguro te llegará a impresionar.
         Cuanto aquí se ha dicho, y otro tanto como todavía se podría decir de esta magnífica villa castellana, lo avala el hecho de que en el año 1963 se le otorgara de manera oficial el título de Conjunto Monumental histórico-artístico, pienso que sobradamente conocido. Como muy pocas ciudades y villas de nuestro país, Toro se nos ofrece como un importante reclamo para hacerle una visita si surge la ocasión. Yo lo he hecho en dos ocasiones, y estoy dispuesto a repetir llegado el momento.              

jueves, 23 de marzo de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXIII) UCLÉS "CAPUT ORDINIS" (Cuenca)


        
          No hace todavía demasiado tiempo que anduve por Uclés. Al atravesar las tierras de Cuenca por aquellos rápidos llanos de la autovía, la silueta estilizada del elegante monasterio invita a llegarse hasta sus muros. No sabría decir si la última en que lo hice, fue la tercera o la cuarta vez que he subido al leve altiplano que sirve de peana al severo edificio. En esta ocasión no he necesita­do guía. Uclés se hizo para ser visto, pero más todavía para sentirlo una vez que se conocen medianamente las principales vicisitudes del monasterio y de su entorno a lo largo de la Historia. Piedra callada a las puestas del sol, en unas horas en las que el arte acrecienta su dulzura, en un instante en el que el pasado vuelve a la vida con toda su balumba de impresiones, de nostalgias, de recuerdos.
         El elegante cenobio de a orillas del arroyo Bedija, aquel que alzado sobre un leve roquedal sirvió de cárcel a Quevedo y de sala de espera hacia la eternidad al más profundo de nuestros poetas del Renacimiento, Jorge Manrique, es uno de esos paraísos en los que el tiempo se detuvo y se durmió la Historia. Uclés, cabecera que fue de la Orden de Santiago y sede de sus comendadores y maestres durante décadas y siglos, se tuesta bajo el clemente sol de la primera Mancha a una hora escasa de automóvil desde el corazón de Madrid.

         No es el de Uclés, por mucho que los conquenses nos empeñemos en catalogarlo para nuestro uso como "El Escorial de la Mancha", uno de esos monasterios castellanos de raigambre, por lo menos como pieza destacada dentro del catálogo de los monumentos españoles en el mundo de la popularidad. Y no será ello porque le reste interés la calma de los campos de trigal que envuelven su paisaje; ni porque su pasado carezca de raíz asida con fuerza al núcleo mismo de los grandes acontecimien­tos de la Historia de España; ni porque al monumento como tal, le falten motivos para agradar por sí mismo a quienes lo ven, o por el mérito de tantos enseres y ornamentos de singular hechura que muestra en sus patios, en sus celdas, en sus salones... El monasterio de Uclés, amigo lector, lo tiene todo, hasta el amoratado color de sus piedras al caer de la tarde como enseña y memorial de un pasado sangran­te, luctuoso, violento, que malamente consiguen disimular las bellas formas arquitectónicas del XVI y de siglos posterio­res, que hacen de él una de las más sonoras maravillas de esta región.
         En el siglo XVI se comenzó a construir el monasterio sobre las ruinas de una vieja fortaleza medieval que en tiempo pasado fuera testigo de batallas memorables, como aquella que se dio durante el invierno del año 1108 en la que perdió la vida el joven infante don Sancho, hijo predilecto del rey Alfonso VI y de la princesa Zaida, en la que murieron además siete condes castellanos, y que los moros triunfadores dieron en llamar por esa misma razón de los "Siete Puercos", nombre que los comendado­res santiaguistas tornaron por el de la "Batalla de los Siete Condes", con el que habría de atravesar los umbrales de la Historia.
         Las formas recargadas que adornan con suntuosidad las portada principal del monasterio son una imagen antológica de lo que fue capaz de alcanzar el arte barroco por tierras de Castilla. En el patio interior, obra del siglo XVII, todo se ajusta en torno a su soberbio brocal de un pozo principesco con el escudo real como enseña. Treinta y seis son los arcos que cierran el patio interior, y otros tantos los ventanales que lo engalanan por encima de los arcos, uno por cada maestre de la Orden que pasaron por allí y de los que se tiene memoria.
         Hay quien dice que lo más valioso, o por lo menos lo más original que guarda en su interior el edificio, es la escalera regia, que sube desde la primera planta hasta el claustro alto en donde se alinean las aulas del Seminario y algunas dependen­cias administrativas del mismo. La escalera es todo un aconteci­miento que bien merece ocupar un sitio de honor en los anales de la arquitectura clásica, destacando los arcos laterales y la bifurcación tan peculiar que presenta a partir del segundo tramo.
         El refectorio lo emplean de comedor los seminaristas durante el curso. Se cubre con uno de los más bellos artesonados del siglo XVI que se conocen en España. Entornando el sublime juego de arabescos, aparecen a modo de cenefa lateral una serie de medallones con magníficos relieves en madera noble; son en total treinta y seis, y en ellos se adivinan los bustos de otros tantos maestres y priores santiaguistas entre los que se cuentan el Emperador Carlos I y el Condestable de Castilla don Álvaro de Luna, aquel que en vida se burló de la muerte, aparece aquí solo en su osamenta revestido con manto y corona propia de su condición.

         La iglesia -ignoro si acabada de restaurar- es la pieza más noble de todo el monasterio. Es obra de un conquense algo dejado al olvido, Francisco de Mora, discípulo predilecto de Herrera y hombre de confianza de su maestro durante las obras de El Escorial. Mide la iglesia, así consta, doscientos veintinueve pies de larga por cuarenta y dos de ancha. La cúpula que se alza sobre la vertical del crucero es obra magnífica de Antonio de Segura, de la que sale al exterior un orondo chapitel con vistoso bolón de cobre. Por debajo de las capillas laterales se da por seguro que yacen enterrados los restos del maestre don Rodrigo de Manrique, y los de su hijo Jorge, el autor de las Coplas, sin que se sepa el sitio exacto donde reposan sus huesos, lo que rodea su delicada personalidad de un mayor misterio. En una celda próxima al panteón de personalidades, ya casi en la sórdida cripta de los enterramientos de priores, obispos y otras dignidades de la Orden, estuvo preso durante medio año el más inspirado y ocurrente de los escritores barrocos de nuestra Literatura, don Francisco de Quevedo y Villegas, quien dio allí durante larga temporada con su carne mortal por haber dirigido, al parecer de una manera impía y desconsiderada, los dardos de su ingenio contra don Francisco de Acevedo, a la sazón arzobispo de Burgos. Esto ocurrió en la primera mitad del año 1621.

         De los tormentos y horrores sufridos por el pueblo de Uclés durante la Guerra de la Independencia -complemento inseparable de la historia del monasterio-, se podrá hablar llegado el momento en una segunda entrega.