martes 9 de febrero de 2010

EN LOS PUEBLOS MÁS ALTOS DE ESPAÑA



Esto era dicho, pienssan de cabalgar,
e cuanto que pueden, non fincan de andar.
Troçieron Santa María e vinieron albergar a Francha­les
e el otro día vinieron a Molina pasar.
(Poema de Mio Cid).

Es difícil contar con elementos fidedignos acerca de cuales son o no son los pueblos más altos de España. Después de haber consultado datos, me atrevo a colocarlos por este orden, siempre con el debido riesgo: primero Trevélez, en las Alpujarras granadinas, cuya altitud anda en torno a los 1700 metros sobre el nivel del mar; segundo Gúdar, junto al río Alfambra en la sierra turolense de su nombre, a 1632; y tercero Griegos, también en la provincia de Teruel, con 1612 en la puerta de su iglesia, seguido de algunos otros de la comarca por añadidura y que le andan a la par: Bronchales, Noguera, Tramacastilla, Guadala­viar, todos ellos con su encanto infinito y su leyenda, en donde ahora estoy.
Carmelo, amigo y eficiente cicerone de la comarca, me llevó desde Orea, su pueblo natal, a la fuente de la Jícara, en pleno pinar, en donde puede ver un ejemplar curioso de la especie que, a poco más de un metro de altura desde el suelo, el tronco se abre en seis ramas diferentes, paralelas y rectas como velas, para cerrar en una frondosa copa común con una altura superior a los veinte metros. Al lado la fuente de la Jícara, abundante y fría por sus dos chorros, el río Cabrillas al poco de nacer, y el cerro Caballo, con la mejor madera, dicen, de la Península, que en su día hubo de servir para cerrar la cubierta del real monasterio de El Escorial, arrastrados los troncos río abajo por expertos gancheros de aquella serranía.
Estamos en Bronchales. Después de Albarracín, o quizás antes, Bronchales es el pueblo con mejores ofertas paisajísticas y hoteleras de todo el Bajo Aragón y de los Montes Universales. El pueblo, con su término municipal en conjunto, es un escaparate inmenso de interés de cara al verano. De ello saben muy poco, sabemos muy poco, las gentes de tierra adentro, y conocen casi palmo a palmo los que vienen del Levante, valencianos de las tres provincias que de alguna manera tienen por suyo, y de ellos precisamente se sostienen a lo largo del año las instalaciones hoteleras que por allí hay. Los 450 habitantes de derecho que totalizan el censo de Bronchales, se aproximan a los 5000 de hecho cuando llega el verano, y sus bosques se convierten en un hervidero de visitantes atraídos por la excelencia de su clima, el gozo de sus sombras, lo saludable de su ambiente, y la inmejorable condición del agua de sus fuentes que, sólo en el término municipal de Bronchales, hay más de veinte con nombre propio, de las que es justo destacar la fuente del Canto, orgullo de los bronchaleros, con propiedades curativas y un cómodo merendero alrededor, cuyo contenido suele viajar en vasijas que la gente llena por cualquiera de los dos chorros y se lleva en cantidad para su uso doméstico. La fuente del Canto es el origen del segundo río molinés en importancia, el de la Hoz Seca, afluente del Tajo, que en su origen lleva más agua que aquel. Las peñas que llaman del Fraile y de la Monja, poco más arriba de los chalés en las mismas orillas del pueblo, son hitos importantes de la identidad del pueblo, como lo puede ser la ermita de Santa Bárbara que sobresale entre un roquedal por encima de las casas, con visibles detalles románicos que definen su antigüedad, o la piedra gris, tallada por expertos albañiles de la zona, que viene sirviendo como material base para las sólidas construcciones del nuevo Bronchales.
ES singularmente amable y acogedora la gente de la comarca. Jesús, el auxiliar del ayuntamiento, se ofreció a proporcionarme toda clase de datos que de antemano sabía que no habría de necesitar, como la estupenda guía de don Ignacio Carrau, presidente que fue de la Diputación de Valencia y casi vecino de Bronchales; los dueños del Hostal Suiza me enseñaron las magníficas instalaciones del hotel (130 camas, que ya es decir); y Leoncio, desde el otro lado del mostrador en su estupendo bar del centro del pueblo, que nos regaló amistad y nos preparó al instante un sustancioso muestrario gastronómico a la hora de comer, a base de morteruelo extra (más completo en sabores que el de Cuenca), jamoncillo de la tierra y otras delicias de buen recuerdo que consumimos con prudencia y con la ayuda de un excelso Cariñena servido en jarra de barro. El hilo de la tradición lo conserva, con su antigua tienda convertida en pequeño supermercado con arreglo a los tiempos, el establecimien­to comercial "Casa Lucas", ejemplo luminoso de lo que están haciendo en tantos lugares del mapa rural las tiendecillas familiares, si bien, en este caso, con la ventaja de estar instalada en un pueblo vivo.
No llegué a ver por dentro la iglesia parroquial cercana a la plaza. Estaba cerrada. Me interesó, no obstante, la línea renacentista de su fachada y la solidez del recio campanario, creo que excepcionalmente más al gusto castellano que al aragonés, según lo poco que uno ha podido detectar en la zona. Creo que en su interior pocas cosas merecen la pena. Tiene una sola nave, y en el muro frontal del presbiterio se echa en falta el retablo mayor del XVII desaparecido cuando la guerra civil; aunque cuenta con algunas imágenes interesantes, tales que la dieciochesca de Cristo en la Cruz, dramática en el porte, que ocupa el centro de su propia capilla. En la plaza estaban instalados los tenderetes ambulantes del día de mercado.
En Griegos estaban de boda la mañana que anduve por allí. Se casaba una chica del pueblo con un muchacho de Orihuela del Tremedal. En los cruces de carretera habían colocado cartelinas blancas sobre los indicadores, alusivas a la simpar condiciones de las gentes de ambos pueblos. Una parte de la serranía estaba de fiesta y a la plaza de Griegos iban acudiendo puntuales los coches de los invitados. El pueblo queda en la solana. Frente al caserío hay una vega, y al otro lado el famoso cerro de la Muela de San Juan, a cuyos pies tiene su nacimiento el río Guadalaviar; no lejos de allí el Tajo, y a poca distancia el Júcar y el Cabriel; aguas que nacen en el cuadro de un pañuelo y, debido a la singular distribución del terreno, van a desembocar en mares distintos.
Alguien me contó que casi todos los pueblos de la serranía están separados unos de otro por distancias exactas de ocho kilómetros. No sé si eso es verdad ni conozco la razón por la que lo sea. La excepción se presenta yendo a Guadalaviar. Sólo tres kilómetros separan a Griegos de Casas de Bucar, y otros tantos a Guadalaviar poco más adelante. Este último es otro de los pueblos a destacar en aquella sierra. Lo rodean los pinares y las extensas praderas en vertiente en las que pastan los rebaños de ovejas. De Guadalaviar me quedo, tras lo poco que pude ver, con el sublime entorno de los campos que lo rodean, y, desde luego, con su bello campanario de pináculo octogonal y con la portada renacentista de la iglesia, magníficamente adornada con relieves y con una esculturilla maltrecha del Apóstol Santiago a caballo, dentro de la hornacina que se esconde bajo el arco del pórtico.
Hoy, excepcionalmente, hemos viajado demasiado lejos para lo que es costumbre. Sirva al lector de recordatorio, y de invitación para viajar con mayor o menor detenimiento, por estos pueblos que en su conjunto pueden considerarse los más altos de España. El tiempo lo permite, y quien anduvo por allí lo aconseja.
(Guadalajara, 1997)

domingo 7 de febrero de 2010

A RODRÍGUEZ DE LA FUENTE EN PELEGRINA

En un viaje reciente por tierras de Sigüenza pasé junto al monumento que levantaron en su memoria al lado de la carretera sobre el Barranco de Pelegrina. El simple hecho de pasar por allí, y el no tan simple de detenerme y echar un vistazo hasta el fondo del precipicio, me ha recordado, veinticuatro años después de su muerte, que éste podría ser un buen momento para traer a la memoria de nuestros lectores la personalidad y la obra del Dr. Rodríguez de la Fuente, de Félix, el amigo de los animales, como a él gustaba que le reconocieran, sobre todo los niños. Murió en un desgraciado accidente de avión por las heladas montañas de Alaska una mañana del mes de marzo de 1980, cuando trabajaba con sus fervientes colaboradores Teodoro Roa y Alberto Mariano tomando algunas secuencias sobre las carreras de trineos tirados por perros en los lejanos caminos de hielo del Polo Norte.
Félix Rodríguez de la Fuente tuvo como escenario para sus correrías naturalistas un rincón escogido de nuestra provincia, donde filmó infinidad de tomas para aquellas series de programas de televisión, interesantísimas y novedosas, que tituló La fauna ibérica y El hombre y la tierra, siendo la primera de ellas la que tuvo como “plató” preferente algunos parajes del campo seguntino, el Barranco de Pelegrina, que llora su ausencia y perpetúa su memoria con un sencillo monumento en piedra del lugar por encima del mirador desde donde se dominan en su totalidad las regueras del arroyo, las cárcavas que labró el agua en la pendiente, los cortes ondulados de las peñas que dan carácter al lugar, y el alto de los riscos que sirvieron a nuestro hombre para registrar con las cámaras imágenes irrepetibles, momentos maravillosos en el vivir diario de los animales salvajes a campo abierto dentro de nuestra propia geografía.
Los menores de treinta años no han tenido la dicha de conocer en su momento el trabajo extraordinario de aquel hombre singular, pionero de los documentales televisivos dedicados al medio natural, tan en boga por tantos imitadores después de su muerte. Tampoco el resto de sus compatriotas, entre lo que me cuento, hemos sabido corresponder a su memoria de una manera justa según mi criterio. Pienso que, llevados por la corriente de este mundo bufón en el que vivimos, hemos venido a perder entre otros valores el noble sentido de la gratitud, los deseos de pagar en justicia lo que otros han hecho en nuestro propio beneficio, deficiencia bastante común que tantas veces raya con la estrechez de espíritu. Dentro de unos meses se celebrará el XXV aniversario de su muerte. Espero que con ese motivo España celebrará su memoria con diversos actos, con volvernos a recordar su palabra y su imagen ya tan lejana. Vaya, pues, este mi trabajo de hoy como un adelanto.
Como desagravio decidí echarme al camino en la primera oportunidad, pensando sobre todo en esta generación tierna de compatriotas que no tuvieron la suerte de seguirle a través de la televisión por los rincones más comprometidos del Planeta, y, sobre todo, por los parajes insólitos de España en los que habilitó escenario y montó cátedra a campo abierto para hacernos saber que la aventura de la vida es algo mucho más sencillo, y a la vez más sublime, que el hormigueo ciudadano de las horas punta, que el griterío histérico de un concierto de rock, que las voces de entusiasmo o de repulsa en un campo de fútbol lleno a rebosar.
Ahí quedaron los muchos reportajes de Rodríguez de la Fuente para la posteridad, para una posteridad que prefiere echarlos al olvido de una manera irracional y estúpida, tal vez para no dejar al descubierto que en el vivir aparentemente elemental de los animales del campo existen unas leyes que se cumplen con exactitud, dentro de un orden admirable, unos valores fijos en su forma de actuar que a los hombres y a las mujeres de hoy pudieran sonrojarnos con su rotundo ejemplo.
Sobre los crestones violentos y las barranqueras angostas que oprimen en su fondo las aguas del río dulce, una pareja de buitres rayan el cielo de la mañana como rúbrica de lealtad al amigo muerto. Desde el mirador, unos turistas contemplan confundidos la bravura de la depresión. Desde el mirador, los padres cuentan a sus hijos pequeños historias vivas de animales que ocurrieron allí.
–Mira; desde lo alto de aquel pico se arrojó al barranco por los aires un águila real con un chivo colgado de las garras.
Y corrieron los lobos a la luz de la luna, y se escondieron los zorros listos después de retirarse con el hopo entre piernas por la pendiente arriba, y silbó el alcaraván, y punteó los aires el cuclillo de malas costumbres, y cantó el macho de la perdiz en celo...Y por los llanos trigueros de La Torresaviñán, se ejercitó el maestro en juegos de cetrería con el halcón encapuchado a la sombra del viejo torreón del castillo de la Luna.
«Existía un campamento base que en realidad se trataba de un campo de operaciones, de una suerte de gigantesco plató situado en las hoces del río Dulce, junto al pueblo de Pelegrina, en Guadalajara. El ambiente del campamento era francamente hermoso, un oasis en plena paramera. Tenía un río regular, arboledas y roquedos. Allí se instalaron un buen número de cercados para animales, incluido uno de grandes dimensiones para lobos. Era como un zoológico sumamente dinámico, en el que los animales hacían ejercicios todos los días, y en el que, incluso, se desarrollaron algunas investigaciones, como las referentes a la conducta del lobo y del alimoche.» Así lo cuenta Joaquín Araujo, naturalista, compañero de venturas y de aventuras del doctor Rodríguez de la Fuente en muchas de sus empresas más notorias.
Las buenas gentes de Pelegrina, el pueblecito enriscado que todavía conserva sobre pintoresca prominencia los restos de su viejo castillo, recuerdan con cariño al doctor amigo, al hombre que les hizo correr por trochas y páramos de su propio campo tras el lobo asesino, y que después compartirían con él horas felices de taberna y amistad, de jolgorio y de trabajo, sin necesidad de tener que apartarse para ello de su pequeño gran mundo.
–Lo recordamos mucho ¿Qué quiere que le diga? Ese señor es el que más supo de Pelegrina y de su término. Antes de que lo viéramos por aquí con aquellos aparatos que traían de la televisión, ya se conocía él todas las cuevas en las que nadie del pueblo se había atrevido a entrar alguna vez.
La tierra de Guadalajara se resiste a olvidar en sus campos laberínticos la presencia del amigo. Pocos han apuntado como él lo hizo los valores ecológicos de la humilde tierra en que vivimos. Creo recordar, por haberlo oído en su propia voz, que distinguió hasta trescientos trinos y cantos de pájaro diferentes sólo en la comarca natural de las Alcarrias, y eso, amigo lector, es penetrar con todo la fuerza de su sensibilidad de naturalista y de hombre de ciencia en un campo del saber que, quienes aquí vivimos, somos los primeros en no sospechar siquiera.

(En la fotografía: Monumento a Rodríguez de la Fuente, en el Mirador de Pelegrina)

martes 2 de febrero de 2010

POR LA SOLANA DE LAS BELLAS FUENTES


El arroyo Vadillo baja desde las vegas de Alboreca y, después de roer casi en los muros del pueblo las casas de Pozancos y de Ures, se une al Salado para emprender juntos el viaje hacia el Henares. Cuando uno sube desde el empalme de Palazuelos a estos pueblecitos de la solana, lo hace en dirección contraria a las aguas del arroyo.
Anduve por aquí hace escasas fechas, un mes, o dos a lo sumo; prometí volver y lo hago en la primera ocasión que me ha sido posible. A pesar de lo adelantado del otoño, y de que las temperaturas por estas latitudes suele mostrarse con excesivo rigor cuando llega diciembre, la mañana es hermosa: el sol cae sobre los campos con la oblicuidad del invierno, pero limpio y claro como el celofán. En los abrigos junto a las encinas pica sobre la piel el sol de la mañana.
A Ures se entra sin avisar. Ures se adormece entre los cerros pedregosos a la sombra de las nogueras. El correr de la fuente de Ures invita a soñar en la tremenda soledad del pueblo. Ures en vasco significa agua. El nombre se lo pusieron al pueblo no sé si los pastores o unos frailes vascongados que anduvieron por aquí allá por el siglo XII. Aún queda su recuerdo en la pobre ornamentación de la pequeña iglesia románica cuya única puerta sale a la plaza; la otra puerta de la iglesia daba al primitivo cementerio, ahora en el humedal, cubierto de hierbas y de zarzas, que se cegó en época de la que nadie recuerda.
Casualmente, y bien que parece extraño, la puerta de la iglesia está abierta. Voy a pasar. Es reducida por dentro. En los ocho bancos que se reparten ordenados, cuatro a cada lado de la pequeña nave, se han de acomodar los asistentes durante las grandes solemnidades. Hay un sacerdote de mediana edad celebrando misa. Se llama Juan Martín y es hijo del pueblo. Está solo, no le acompaña feligrés alguno. El retablo tras el altar es pequeño, pobre, lo preside una imagen de San Martín de Tours, patrón del pueblo, revestido con los ornamentos episcopales, y no sobre un caballo repartiendo su capa con un mendigo, como es la imagen habitual que estamos acostumbrados a ver. Desde el interior de la iglesia se siente el zurar de las palomas por encima de la cubierta. Fuera, los detalles románicos se advierten desgastados por la lija del tiempo. Espero a don Juan Martín a la salida. Durante la media hora que pasé en Ures no vi ni una sola alma aparte del cura.
-No, claro; es que no hay gente. En este momento cuatro o cinco personas mayores. No hace mucho tiempo, estuvo el pueblo durante tres meses completamente solo.
El cerro del Picozo y el cerro de la Cruz protegen al pueblo de los fríos que soplan desde arriba. Al saliente, recorta sus riscos plomizos el cerro del Mediodía.
-Se le llama así porque antiguamente, cuando aquello de tener reloj era un artículo de lujo entre la gente, los vecinos se solían regir por la sombra de las peñas. Cuando la sombra desaparecía de aquella superficie vertical de los riscos, era justo la hora del medio día.
En amena conversación con el sacerdote supe de los orígenes del pueblo, de los frailes que lo fundaron según la tradición, del convento de monjas que hubo en extramuros, de la vaquería y del convento. Anoto el encanto de la fuente pública al pie de los árboles; una fuente de agua fresquísima y con sabor a agua; una fuente generosa y de correr rumoroso y abundante. Junto al chorro hay unos azulejos con inscripción en los que se dice: "Agua del valle Bayo". Se refiere al lugar de su procedencia en los altos, con el recuerdo de Bayo, el apellido de la persona que en su día cedió las aguas de su finca para abastecimiento del pueblo; pues en tiempos precedentes, lejanos ya, parece ser que los malos entendidos con los vecinos de Pozancos eran perpetuos, precisa­mente por eso, por el origen del agua que las gentes de Ures necesitaban consumir.
Subo después hasta Pozancos. Un par de kilómetros a lo sumo separan a un pueblo del otro. Aunque tan sólo cuenta con un censo estable de treinta o de cuarenta personas durante los meses de invierno, Pozancos es como una pequeña ciudad al lado de Ures. Cruzo el pueblo de parte a parte. A la entrada hay estacionado sobre el rellano un coche con matrícula de Andorra. Durante los fines de semana soleados del otoño es un gozo estar por aquí, y las gentes acuden al reclamo de la segura bonanza de los pueblos y de los campos. Las calles de Pozancos tienen los nombres en las esquinas escritos sobre artísticos azulejos. La posesión del alfar distingue al pueblo. La calle Mayor es estrecha, y acaba en una luminosa plazoleta en la que concurren todos los elementos de interés que hay en Pozancos: la fachada principal del palacete de los señores; la artística fuente pública bajo un castaño corpulento; el lavadero y la portada románica de la iglesia parroquial de la Natividad. La fuente chorrea por los dos caños del monolito central sobre el pilón de piedra labrada; a cada lado tiene otros pilotes similares, más pequeños y con sendos grifos por los que no corre el agua. Consta que se instaló la fuente en el año 1923.
Hay dos o tres mujeres faenando en el lavadero. Las mujeres haciendo la colada en el lavadero es por este tiempo nuestro una imagen extraña.
-Pues sí que parece raro; pero se lava muy bien -dice una.
-El agua demasiado fría en este tiempo.
-Un poquito.
Las lavanderas me han dicho que en la casona palacete de los señores vive gente. Se ve que está restaurada. Los aleros son de una elegancia y de una solidez para mí comparable tan sólo a los que se lucen en la plaza de Atienza. A pesar de todo, del fin de semana y de lo agradable del día, la puerta está cerrada, sin que se deje entrever que haya alguien en su interior. Como cerrada está también a cal y canto la puerta de la iglesia, con su arcada románica apoyada sobre capiteles y columnillas alineadas y maltrechas por el paso del tiempo.
En las proximidades de la iglesia, del lavadero, de la fuente de la plaza y del palacete de los señores, están los huertos. Las matas secas sobre los surcos dan a entender que hubo buena cosecha de verduras en el verano. Una pareja de buitres planean majestuosos planean por el cielo limpio de Pozancos, y por encima, muy por encima del campanario y del rebrote de chopo que nació en la espadaña por entre las juntas de las piedras. Los buitres levantaron vuelo en las peñas del cerro que hay situado al norte, por donde está el repetidor de la televisión. Pozancos, como Ures, es pueblo rodeado de montañas rocosas, donde, de vez en cuando, asientan las rapaces majestuosas y elegantes, parte integradora como las fuentes y como las viejas estructuras de sus iglesias medievales, del encanto singular que jamás faltó a estos pueblecitos olvidados.
Guadalajara, 1996
(En la fotografía, la pequeña iglesia de Ures)

miércoles 27 de enero de 2010

UN VALLE, DOS VALLES, TRES VALLES



La pequeña Mesopotamia a que dan lugar las tierras de la Alcarria situadas entre los arr­oyos Ungría y Matayeguas, a no mucha distancia de la capital por los caminos de Iriepal, tu­vieron desde siempre para el coleccionista de paisajes y bus­cador de impresio­nes viajeras a campo abierto un encanto simpar.
Mira por dónde, amigo lec­tor, en tarde soleada de un ve­rano acabado de estrenar, me encuentro a la entrada de uno de estos pueblos míticos. Los chi­quillos que han venido con su familia a pasar el fin de sema­na, gritan como condenados por la primera bocacalle jugando a esconderse. Un abejaruco atra­viesa la carre­te­ra en vuelo ba­jo, dejando en el aire una este­la de espuma y de arco iris que se desvanece con la velocidad del rayo. Por el ventanuco de la ermita de la Concepción sólo se ven sombras. Los campos a estas alturas están cubiertos por un áspero peludo de mieses a punto de hoz. Allá lejos, al final de unas hazas, se deja ver el ro­llo, la picota jurisdiccio­nal que en siglos pasados otorgó al pueblo la categoría de villa. Entro en Atanzón.
Es la hora de los calores insoportables de a final de ju­nio. La torre del pueblo recibe con fuerza el sol de las cinco. Atan­zón bosteza adormilado a la espera de que decaiga, al cabo de un rato, el peso de la caní­cula.
Hace años que caí -creo que por estas mismas fechas y, segu­ro que también a esta misma ho­ra- por las calles que piso. Si enton­ces me pareció Atanzón un pueblo hermoso, un burguillo de la Alcarria lleno de vitalidad, ahora no me lo ha parecido me­nos. Llama la atención la limpí­sima plaza, pavimenta­da de lose­ta en cuadraditos rojos y amari­llos. En mitad la característica fuente de piedra y poco más arr­iba la estupenda fábrica de la parroquia de Nuestra Señora de la Zarza, una iglesia recién restaurada que muestra como po­cas, tanto en su exterior como en sus naves inte­riores y capi­llas, el distinguido empaque de lo que en otro tiempo debió ser, no sólo la iglesia, sino el pue­blo en su con­junto. El recuerdo, y sobre todo la influencia de los Gómez de Ciudad Real que fueron sus señores, todavía no se ha borrado.
Unas niñas se asoman a la plaza desde la barbacana de la iglesia, mientras tanto, un par de chavalines se mecen por rigu­ro­so turno en los colum­pios que hay perdidos en la hierba, entre la plaza del pueblo y el sombrío jardinillo de San Blas. Una pla­ca en lugar bien visible deja escrito: «Parque San Blas. Como homena­je a nuestros mayores que lo construyeron para generacio­nes venide­ras. Atanzón, 3.2.19­92». Escondidos por el sombraje del parque cantan los pájaros de dos, de tres, de cinco clases dife­rentes. A la caída el ancho valle del Mataye­guas que baja desde Aldeanueva, y que en cues­tión de minutos volveremos a contemplar todavía más al descu­bierto aguas arriba.
Y vamos viajando por tie­rras llanas, caminando entre campos de segunda clase rebo­santes de fruto. Las lluvias abundantes de mayo convirtieron estas hazas ásperas en un sober­bio tapiz de mieses dispuesto para la siega. La carreterilla cruza dibujando altibajos. A un lado y a otro los ruines oliva­res de la Alcarria, los encendi­dos pinavetes de la repoblación, las nogueras de espeso sombraje. Andamos salvando curvas y preci­pi­cios, ahora a contra­luz, hasta el siguiente valle, el de Cente­ne­ra.

El pueblo de Centenera toma el sol de la tarde que le viene por la espalda. Es éste un pue­blo mimado por sus alrededores. Centenera, situado al fondo de la mansa vega que los antiguos enriquecieron de hortaliza, sa­luda y despide a un tiempo a quien por allí camina con la fronda siempreviva de la chope­ra, con el afilado chapitel en bandolera de su afilada torre; la torre de la parroquial de la Asunción, sí, aquella en la que se lució su señor de señores don Carlos de Ibarra, comendador que fue de Villahermosa, caballero de Santiago, y de cuya obra y personali­dad hoy nadie se acuer­da; sit transit gloria mundi.
Campos desangelados y fie­les, campos de sudor. Un leve ramal, que nos entretiene duran­te cinco o seis minutos casi en dirección opuesta, da con noso­tros al fin en la villa de Al­dea­nueva. A la entrada del pue­blo me cruzo con un hombre y una mujer de edad cumplida montados en bicicleta. Se ve que son ine­xpertos y que lo hacen por prac­ticar deporte. La mujer llanea lentamente, no puede con su al­ma; el hombre, esa es la verdad, anda a ramal y media manta, su­dando la gota gorda.

Los de Aldeanueva de Guada­lajara suelen decir que su pue­blo natal tiene mucha historia. No saben exactamente por qué, pero lo dicen y se sienten com­placidos y honrados en su afir­mación.
- Como nuestra iglesia hay pocas por aquí. La arregla­ron estos años de atrás y quedó muy bien.
Solamente alcanzo a ver en la remozada plaza del pueblo a dos o tres hombres que reposas sentados a la sombra, junto a la puerta de un bar.
Aldeanueva tiene por sus calles un Vía Crucis muy bonito; un Camino del Calvario con ca­torce cruces de piedra en tamaño no menor al de una persona, que parte de los aledaños de la igl­esia y sigue sin perderse hasta la ermita de la Sole­dad, junto al romántico camino del cemente­rio. A la calle -nada más natu­ral- se la rotulo con el nombre de "Calle de las Cru­ces". La ermita, dice en clara leyenda, se construyó para "honra y glo­ria de Dios Nuestro Señor y de su bendita Madre. Año de 1690"
Desde el tambor románico del ábside, al respaldo de la iglesia, la visión hacia la vega es de verdadero ensueño a estas horas de la tarde tomada con el sol poniente. Aquí el tronco muerto de una olma; allá lejos, por encima de la vaguada, las ruinas de una iglesia o fortale­za que para los de la comarca es El Santo, un pueblo que se co­mieron las hormigas, y para los eruditos que no pisan la piel de la tierra, sino que palpan de tarde en tarde las polvorientas tapas de cartón de los legajos, pudieran ser los despojos del poblado de Santa Fe, que hace casi doscientos años se quedó sin gente.
Pero veamos la iglesia por dentro. Nos proporciona la llave y la ocasión Sagrario, y nos acompaña su marido, Víctor. Esta de Aldeanueva es una iglesia tardorrománica. La influencia mudéjar se advierte en su es­tructura. Se construyó en el siglo XIII, y fue restaurada -trabajo meritorio- en 1973. El interior es de nave única. Los materiales que aquellos hábiles constructores del Medievo em­plearon para levantarla son el ladrillo y la piedra caliza. La techumbre descansa sobre fortí­simas pilastras a través de tres arcos apuntados. Un arco triun­fal separa el presbiterio de la nave. En el centro casi geomé­trico del ábside se abren tres ventanucas de escasa luz, que mantienen en penumbra el inte­rior del templo. En la sacris­tía, uno vuelve a lamentar como ya lo hizo la primera vez que lo vio, el aspecto desastroso que por ignoran­cia o menosprecio ofrecen las pinturas al fresco, del siglo XVI, que hay sobre la pared; enseña de uno más de los injustificables desatinos que, so pretexto de la restauración, con frecuencia se cometen.
Aún hace calor en estos altos de la Alcarria. Aldea­nueva de Guadalajara, con su valle inolvidable, sus cruces de pie­dra, y su magnífica iglesia me­dieval, quedan aquí viendo co­rrer el tiempo. Testigo fiel de una época que -uno supone- no debe ser la más mala, ni tampoco la mejor, en la vida del pueblo.
(En la imagen, Calle de la Cruces en Aldeanueva de Guadalajara)

Guadalajara, verano de 1994

domingo 17 de enero de 2010

PUEBLOS MUERTOS Y PUEBLOS MORIBUNDOS


En marzo de 1990 publiqué un largo artículo al que titulaba “Los pueblos muertos". Aunque hubo algún lector del periódico que se molestó por la cruda realidad de aquellas columnas dedicadas a los pueblos abandonados de esta nuestra tierra -quizás por un simple remordimiento de conciencia, del que uno no siempre se acaba de convencer-, no estaba la acción centrada, por lo menos en el referido escrito de marras, en pueblo alguno de manera específica, sino en varios al mismo tiempo. A mitad de aquel trabajo se daban los nombres de dieciséis pueblos de la provincia de Guadalajara en los que habitualmente y de manera continua no vive nadie. Es posible ver en cualquiera de ellos, sobre todo durante los fines de semana y en el buen tiempo, algún alma solitaria moverse por sus calles; pero es sólo entonces, ocasionalmente, de tarde en tarde y coinci­diendo con las temporadas que preludian el estío, que son ya propio verano, o que se alargan por inercia para los más avanzados en edad hasta el día de Difuntos o sus fechas inmediatas, cuando los vientos fríos comienzan a soplar por el llano de las eras. Las casas y las calles a partir de entonces se convierten en auténticos cementerios al aire libre, y en esos pueblos, guste o no a quienes un día se marcharon de él dejándolo solo, apenas se siente el silbido del viento en las esquinas o el estruendo de alguna cubierta que se viene abajo arrancada por el ímpetu del huracán, por el efecto demoledor de la carcoma, por la humedad de tantos inviernos en desamparo, y siempre por el abandono de quienes antes vivieron en él; pero jamás se oye el grito de un niño, el ladrido de un perro ni el canto madrugador del gallo desde lo alto de la barda en el lejano corral. Son los pueblos muertos con todo nuestro pesar, de los que Castilla sabe tanto y nosotros también.

Aprovechando la bonanza de las tardes del verano, tuve a bien hace algunos meses dar un paseo por una de las zonas más olvidadas de la provincia, por donde las viviendas abandonadas de los pueblos se van desmoronando poco a poco, donde hay una fuente que corre sin que su manar constante sirva para nada ni para nadie. Alrededor, tierras de cultivo, tierras frías que de una o dos décadas a hoy trabajan con potente maquinaria agricultores que vienen de fuera. Querencia, Tobes, Torrecilla del Ducado, se llaman estos pueblos situados al norte de nuestra provincia; una lista que podría completarse con otros cuarenta o cincuenta nombres más. Son los pueblos muertos, los pueblos en los que durante todo el año no vive nadie, y las vientos, las lluvias, las fuertes heladas y otras inclemencias, por nombrar tan sólo algunos elementos puramente naturales, van acabando por convertirlos en ruina sin que nadie, ni siquiera sus propios dueños, mueva una mano por ponerle remedio.
No hace mucho he tenido ocasión de releer un hermoso artículo de Miguel Delibes, publicado en un periódico nacional de gran tirada hace más de cincuenta años, cuando la tormenta de la despoblación se comenzaba a cerner sobre los pueblos de Castilla. El ilustre escritor habla en aquel trabajo un pueblo burgalés, Cortiguera, en el que por entonces aún alentaba la vida, una vida lánguida, feble, apenas perceptible -decía él-, donde en sus abandonadas casas de piedra, muchas de ellas con blasón en sus fachadas y airosos arcos de dovelas en sus zaguanes, habitaban dos matrimonios de viejos y dos mujeres viudas, viejas también. Un pueblo moribundo, un pueblo en agonía. Titulaba a su interesante comentario "Los pueblos moribundos".
Ignoro, pero confieso que me gustaría saber, que ha sido de Cortiguera pasado medio siglo de la visita del notable periodista; qué fue de sus dos matrimonios de viejos y de sus dos viudas viejas también; qué fue de los recios muros amarillos de sus casas; qué de aquel aliento de vida lánguida, feble, apenas perceptible.
Justo por aquellos años visité en dos o en tres ocasiones uno de nuestros pueblos muertos, uno de aquellos que integraban la fatídica lista de dieciséis que en 1990 se me ocurrió tildar por muertos. Tenía el pueblo por entonces más de doscientas almas, y pasaban de veinte los niños que a diario acudían a su escuela mixta que regentaba, como Dios le daba a entender, una maestra anciana.
Volví algunos años después y lo encontré completamente vacío, sin una sola alma. Ocho o diez puerta cerradas a cal y canto, nada más, y por toda compañía el ruido del viento al chocar contra las cuatro paredes del campanario. Hice muchas fotografías, eso sí; fotos y más fotos de la bellísima portada románica de la iglesia. Hubiera querido arrancarla de allí, piedra a piedra, y lo hice foto a foto, que es una manera velada de robar para que sirva de alimento al estómago furtivo de los buenos deseos.

Como a Delibes, me hubiera gustado topar a la vuelta de cualquier esquina con la única viejita de la calle, y lamentarme en su presencia como él se lamentó delante de aquella superviviente de Cortiguera, y hablarle del despoblamiento, y de la desolación, y de la ruina que cunde irreversible.
- Qué pena -le dice a la buena mujer en su artículo el autor de "El Camino".
Y la viejita del pelo estoposo y la punzante mirada azul, argumenta en seguida:
- A ellos no les dio pena marchar.
Una lección de profunda filosofía en la que ahora y en la distancia me detengo a recapacitar. Y sigo caminando con la imagina­ción calle arriba por el pueblo abandonado. A derecha e izquierda veo haces apretados de florecillas lila y de malvas en flor; flores silvestres bordeando el pequeño muro de piedras movedizas que entornan la callejuela y a las que nadie mira. Al final, una detrás de otra, las fuentes públicas junto al lavadero chorrean en los pilones de ovas, cantando a duo su rutinaria e inútil salmodia. Sobre mí la bandada de buitres al acecho de la carne muerta que ventean por encima de las nubes. Y advierto con agrado que, como al olmo viejo de Machado, algunas hojas verdes le han salido. Son las viviendas rehabilitadas de última hora, las que los que se fueron, o tal vez sus hijos, han vuelto a poner en orden pensando en el pueblo como terapéutica contra los males del siglo que cada día amenazan con mayor virulencia. Pero el pueblo, éste y otros más, se vuelven a quedar solos apenas el otoño comienza a imponer su ley avistando el invierno.
Los cantos de sirena de los nuevos tiempos dieron lugar, en cuestión de muy pocos años, al éxodo imparable del medio rural que dejó en cuadro a cientos de lugares por toda Castilla con un antiquísimo historial, con siglos y aun con decenas de siglos de existencia. Los duros a seis pesetas es posible que tuvieran su época, pero fue efímera y pienso que engañosa. Se saturó el mercado, por razones que no vienen al caso, y es tiempo de balances, hora de ponerse a echar cuentas con tantos años de historia, de ilusiones por parte de nuestros antepasados que rara vez se llegaron a cumplir, de reflexión ante triste realidad de los campos baldíos y las recias casonas de nuestros abuelos criando amapolas, y malvas, y jaramagos, y zarzas, en el mismísimo suelo del zaguán, o en el de la cocina donde se hacía la vida, recuerdo hoy perdido para tantos de nuestros años de niñez. Es el momento de ajustar cuentas con nosotros mismos, y no de exigir responsabilidades que sólo las podremos encontrar en el loco correr de los años y de las modas, creadores de circunstancias que, a la larga, apenas sirven como filón de experiencias para quienes tengan a bien emplearlas y aprender de ellas.
Ante el efecto cambiante en la vida del hombre, víctima al fin del caprichoso movimiento pendular de los tiempos que en tantas ocasiones sacude con fuerza irresistible, uno se pregunta si todo ha merecido la pena, si habremos acertado dejando morir el viejo escenario de tantos años de nuestro pasado, al que tan reacios somos a renunciar sólo de palabra. Ni las piedras de junto al camino, ni los campos que entornan el ejido, ni el aplomo de las viejas campanas sobre la torre, ni el halo de respeto y de piedad que inspira el solitario cementerio a la caída tarde, me han sabido dar respuesta.

sábado 9 de enero de 2010

VIAJE POR LA ALCARRIA DE ERNEST HEMINGWAY


Han transcurrido muchos años, casi sesenta, desde que suce­die­ron los hechos que en este trabajo estamos dispues­tos a traer a la memoria; no con intención crítica y, desde luego, eludiendo cualquier tipo de impresión peronal que se salga de lo mera y puramente literario, o si se quiere documental, por lo que supone el que haya sido uno de los más célebres escrito­res de nuestro siglo, Premio Nobel de Literatu­ra en 1954, quien se ocupó, no sin riesgo, de patear a pie los campos de batalla para enviar en el momento oportuno la correspondiente crónica a su periódico newyorquino, The New Republic, que lo sacaría a la luz en la edición del día 5 de mayo de 1937, es decir, casi dos meses después de haber ocurrido los hechos que en ella se cuentan.

Hemingway mantuvo en pie la atención de sus compatriotas durante una larga temporada, dándoles cumplida noticia del acontecer bélico de las tierras de España que, según todo parecía en prin­ci­pio, habría de durar mucho menos de lo que en realidad duró, precisamente por el rumbo que tomaron los acontecimientos guerre­ros aquí, en nues­tro suelo, a cuatro pasos de donde hoy de manera calmosa y pacífica intentamos convivir en orden y en mutuo enten­di­miento, aun dentro de las más diversas ideologías, fruto de la libertad encauzada que los españoles de final de siglo nos hemos impues­to para nuestro uso como traje a la medida.
La Batalla de Guadalajara, que tuvo como campo una buena porción de las tierras de la Alcarria, se libró durante los días del 8 al 14 de marzo de 1937, y según el párrafo que transcribo de la crónica de guerra de Hemingway, ha debido subir al podio -ignoro en qué posición respecto a otras- de los más sonoros enfrentamientos bélicos registrados en la Historia del Mundo. Escribe el honorable cronista:
«El autor de estos despachos ha pasado cuatro días estudian­do la batalla de Brihuega, recorriendo el terreno con los jefes que la dirigieron, con los oficiales combatientes que tomaron parte en ella, verificando las posiciones, siguiendo las huellas de los blindados, y afirma sin reservas que Brihue­ga tendrá un lugar entre las batallas decisivas de la historia militar del mundo».
Hemingway llegó a España el 16 de marzo de 1937. Vino con la intención de contar al mundo el final de la Guerra Civil que por aquellos días se vislum­braba. Salió hacia Madrid en automóvil pasando por Valencia a primeras horas del 22 de marzo. Hacía varias fechas que habían tenido lugar los tremen­dos sucesos ocurri­dos en el campo de Brihuega, pero todavía llegó a tiempo de contemplar con ojos de asombro escenas como las que él mismo refirió para los lectores de su periódico: «se apilan ametralla­do­ras abandonadas, cañones antiaéreos, morteros ligeros, granadas y cajas de munición para ame­tralladoras, y camiones empantanados, tanques ligeros y tractores se acumula­ban al costado de la carre­tera bordeada de árboles. En el campo de batalla situado en las alturas que dominan Brihuega, estaban diseminadas cartas y pape­les, mochilas, palas de cavar trinche­ras y, por doquier, los muertos».
La redacción definitiva de los apuntes tomados a vuelapluma en el propio escenario de los acontecimientos, se haría días más tarde en la habitación de su hotel en Madrid, oyendo desde más lejos o desde más cerca los estallidos des­tructores de la avia­ción que por aquellas fechas actuaba en la capital de España. En otro párrafo distinto a los anteriores, el cronista escribe: «Los bosques de encinas situados al nor­deste del palacio de Ibarra, muy cerca de un brusco recodo de la carretera de Brihuega y Utande, toda­vía están llenos de muertos italianos que no han sido recogidos por los sepulture­ros; las huellas de los carros de asalto llevan al lugar en que murieron, no cobardemente, sino defendiendo posiciones hábil­mente preparadas para ametralladoris­tas y fusileros, en las que fueron descu­biertos por los carros de asalto y donde aún ya­cen»,
Escribo estas líneas en el día justo en que se cum­plen los cincuenta y siete años del final de aquella batalla cruel, peno­sa, intolerable; fruto como en todas las batallas de todas las guerras de la ambición de unos pocos que descono­cen el valor de una vida distinta a la suya, del odio hasta el extremo de unos cuantos más, y del egoísmo diabólico de quienes tienen al alcance de sus manos el botón de poner las guerras en funcionamiento o la potestad de evitarlas. En aquella oca­sión no se evitó la tragedia.
Pero terminemos. Que la lección permanente del libro de la historia nos sirva para algo, nos sirva para mucho. Precisamente en el día de hoy, pero del año 1937, a cuatro o cinco leguas del cómodo escritorio en donde me hallo en este instante tan a gusto, teniendo como fondo la música gratifican­te de una sonata de Mozart, sucedían cosas tan terribles como éstas que apuntó al final de su crónica de guerra por los caminos de la Alcarria Ernest Hemingway: «Fue una batalla de siete días, duramente disputada, con la lluvia y la nieve inutilizando la mayor parte del tiempo los transportes motori­zados. El último día, durante el ataque final que rompe el frente de las tropas italianas y las pone en fuga, las condi­ciones atmosféricas apenas permiten a los aviones levantar vuelo; y ciento veinte aparatos, sesenta blinda­dos y alrededor de diez mil soldados gubernamentales derrotan a tres divisiones italianas de cinco mil hombres cada una. Es esta coordinación entre aviones, blindados e infantería lo que lleva hoy a la guerra a una nueva fase. Es posible que esto no les guste, y quizás quieran ver en ello propaganda, pero yo he visto el campo de batalla, los prisioneros y los muertos».
No era la intención de quien esto escribe sacar a la luz recuerdos amargos, esa es la verdad; pero el momento ha sido oportuno, y siempre -aunque lo aquí dicho sea parte de una histo­ria ya no tan reciente- es tiempo de meditar sobre los propios errores para no caer en las mismas trampas que a menudo tiende la vida sin que nosotros se las pidamos.

Guadalajara, abril 1994

martes 5 de enero de 2010

DESDE EL MAMBRÚ A LA ERMITA DE LA BIENVENIDA


Cada vez que, como conse­cuencia de tanto viajar, uno va teniendo una idea bastante com­pleta de la tierra que pisa, ocurre que cuanto de ella en­cuentra escrito le ofrece un extraordinario interés. Y así, hurgando en el pasado del pue­blecito serrano hacia el que ahora voy, me encuentro con una serie de datos que desconocía, tales como que tuvo al norte del caserío una fábrica de vi­drio; que sus vecinos solían padecer dolores reumáticos y fiebres inflamatorias; que las ciento cuarenta casas que lo integraban eran bajas y mal distribuidas, y que el empedra­do de la plaza y calles era el natural de su propio suelo. Lo cuenta en su Diccionario Geo­gráfico-Estadísti­co don Pascual Madoz, haciendo referencia al pueblo de Arbeteta en el año 1848. Lo de que la villa, como todos los demás pueblo de su entorno, pertene­cía a la dióce­sis de Cuenca, es asunto más conocido, pues bien sabemos que lo fue hasta mediados de nues­tro siglo, tiempo en el que la distribución territorial de las diócesis españolas se procuró ajustar a la que ya tenían las respectivas provincias desde 1833, de manera que la de Si­güenza entonces fue una de las que más hubo de modificarse.
Voy de camino por los bajos de Arbeteta. La ca­rretera y el arroyo corren parale­los al pie de la peña sobre la que se yergue lo que todavía queda de su antiguo castillo de los Condes de Medinaceli. Me detengo un instante para obte­ner una fotografía del castillo con esta perspectiva. Los cam­pesinos de Arbeteta siguen aún trabajando, con sabiduría y paciencia, en los huerte­ci­llos que hay junto al arroyo, al pie de la enorme roca que sostiene las ruinas de la fortaleza. Arriba, situadas como en línea a lo largo de la loma, las ca­sas del pueblo que comanda la estupenda torre de la iglesia parro­quial de San Nicolás, sobre cuyo chapitel metálico se mece a impulsos del viento la figura del nuevo Mambrú.
Le han dado la vuelta a la villa de Arbeteta durante la última década. El pueblo, cómo­do, limpio, seguro, nada tiene que ver con el que nos reseña Madoz, y muy poco con aquel otro que yo conocí hace una docena de años. Voy con direc­ción a la plaza. Algunos de los ancianos que hay sentados a la sombra en las esquinas, o junto a las portadas de redondos ar­cos, me miran con curiosidad. La de Arbeteta es una plaza hermosa. Todavía se pueden ver en su entorno las viviendas de los poderosos del pueblo cuando los hubo. Una de ellas conserva la galería corredi­za sobre co­lumnas de madera vieja. Frente a mí el moderno y funcional edificio del ayuntamiento, reh­abilitado en 1991; una casona antigua con tejadillo en ángulo sobre el balcón de la primera planta, y la torre barroca de la iglesia. En medio de la pla­za, solitaria, elegante, moder­na y rumorosa, la fuente surti­dor arrojando agua por cinco chorros que suben y bajan.
- Señoras, por favor ¿Me permitirían entrar un par de minutos a ver la iglesia?
- Sí señor, todo el tiempo que quiera. Hemos estado lim­pian­do y ya nos íbamos a casa.
La iglesia en su interior es de nave única, con crucero del que salen como dos capillas más, una a cada lado del pres­biterio. Tras el altar mayor, desnudo y sin retablo, preside la nave central una imagen de San Nicolás de Bari, obispo titular de la parroquia. Es una iglesia confortable, recién pintada. En una capilla ínfima que se abre a uno de los late­rales de la nave, hay una ima­gen de La Dolorosa.
Sobre la torre de la igle­sia se alza el nuevo Mambrú, interesante trabajo en metal del artesano de Alcolea, García Perdices. El anterior Mambrú, el que conocí hace años, aquel que dicen las leyendas tuvo amores con la Giralda de Escamilla, lo des­truyó un rayo. Escrito sobre una placa, a la puerta de la iglesia, se puede leer en rela­ción con la nueva veleta: "El Mambrú fue reimplantado por la Excma. Diputación Provincial siendo su presidente el Excmo. Sr. don Francisco Tomey, y al­calde don Agapito Martínez. 1-10-1988". Cando me voy dejo tras de mí una de las pla­zas más meritorias de la pro­vincia, por su lumino­sidad, por los edificios que la rodean, y por el gusto con el que los vecinos procuran cuidarla.
El pueblo de El Recuenco está situado por aquellas mismas sierras, a quince kilómetros de distancia al sur de Arbeteta. Ya estoy próximo a él. Un indicador de carretera anuncia que estoy tan sólo a 6 km. y a 27 de la villa de Priego. Uno se precia de conocer estos valle­juelos complicados y legenda­rios de las vertientes del arr­oyo Alcantud, incluso en su tramo mayor, ya en la provincia de Cuenca.
Hasta llegar al pueblo la carretera es difícil. Curvas y más curvas que, a veces, se cortan al derecho por desvíos de tierra y cantos apenas tran­sitables. Los monstruosos mura­llones de caliza quedan a tre­chos bordeando el camino; for­maciones rocosas, oscurecidas al puro contacto con la atmós­fera, dan carácter al pueblo que ya divisamos en la distan­cia; un pueblo escondido en los rayanos donde las tradiciones y las costumbres, la artesanía y otras prerrogativas, le dan una personalidad que ya quisieran para sí otras villas y ciudade­las de renombre. El pueblo que­da como desparramado en el va­lle, precedido de choperas y bajo la severa vigilancia del cerro de la Rastra, aquel que los romeros suelen hollar en procesión cada año para llegar a la er­mita patronal de Nuestra Señora de la Bienvenida.
Se adorna El Recuenco con un buen número de chalés en las orillas; viviendas cómodas para los veraneantes y para los ori­undos, que un día se marcharon y luego decidieron volver, con­scientes de que ninguna tierra como la propia cuna les brinda­ría la paz y el descanso que reclama la vida moderna.
Pienso que en pleno in­vierno el pueblo no cuenta con más de cincuenta almas como población de hecho. Tuvo mil antes de la emigración de los años sesenta. Fueron famosos los objetos de vidrio que sa­lían de cualquiera de sus tres fábri­cas. En El Recuenco se llegaron a fabricar las piezas más codiciadas del periodo pa­laciego de nuestra historia. Sabido es que algún rey de Es­paña se llegó a interesar per­sonalmente por los objetos de cristal salidos a la luz en esta villa, y que una gran par­te del instrumental conque fue equipada la Real Botica tuvo este origen. Todavía, las anti­guas redomas, los matraces y jarrones de El Recuenco, suelen viajar hasta el otro lado del mar como piezas de incalculable valor en las maletas de los coleccionistas. Los paisanos aseguran que sus abuelos solían salir con caballerías a vender el vidrio hasta la provincia de León.
Nada queda ya de todo aqu­ello. La última de las fábricas cerró sus puertas a principios del presente siglo, hace más de noventa años. Cuando estuve en el Recuenco la primera vez, los hombres y mujeres se dedicaban a cultivar el mimbre en su fe­raz veguilla del arroyo Alcan­tud. Tuvieron que dejarlo. Una especta­cu­lar bajada en los pre­cios aconsejó no trabajar en balde. Ahora el pueblo está ocupado por la gente mayor, un mínimo residuo de su antigua población. A pesar de todo, y gracias, creo yo, a los que acuden a él por temporadas, es un pueblo digno, elegante, y envidiable, más ahora en tiempo de verano cuando casi todas las casas se llenan de público.
Guadalajara,1995