lunes, 13 de febrero de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXII) COVARRUBIAS (Burgos)


         Castilla es ancha y diversa. Desde las montañas de Santander hasta Despeñaperros; desde los confines de la Manchuela en el bajo valle del Júcar hasta la Sierra de Gredos ya en los rayanos con la Extremadura, ancha es Castilla. La Castilla total, la que tantas veces y en tantas ocasiones dejó como marcado a fuego su nombre en las más célebres páginas de la Historia de España, es la que, con trabajo y paciencia, deseamos traer en pequeñas porciones a nuestros lectores con una periodicidad mensual probablemente. ¿Un homenaje a la tierra madre en toda su integridad...? Tal vez sí. ¿Un intento de recordar, o de dar a conocer lo que desde hace más de diez siglos fue el corazón de España...? Seguramente. ¿Un pretexto para viajar sin agobios por los lugares más entrañables de la vieja piel de toro...? De todo un poco.
         Andar por Castilla es algo muy serio. A Castilla -me dijo en cierta ocasión un conocido que no era de aquí- se la ama con pasión o se la aborrece. La oferta es amplia e interesante; cualquier sitio es bueno para quedarse allí, para hurgar en sus piedras, en las costumbres ya envueltas en ceniza de sus gentes, para hacer memoria sobre el propio escenario de un hecho importante que ya pasó, o para detenerse a mirar con los ojos de la cara y con los de la imaginación un paisaje en cuyos llanos se dio una batalla famosa, o el solitario pueblecito donde vino al mundo o acabó sus días un hombre famoso. Castilla está llena de motivos para celebrar.
        

        
           Iniciamos el recorrido hoy mismo. Lo hacemos con el orden y el respeto que esta tierra merece. Vamos a comenzar la andadura junto al sepulcro del conde Fernán González, el hombre que más hizo por la independencia de Castilla hace mil años cuando aún dependía de los reyes de León. Sus restos mortales descansan en el presbiterio de la colegiata de Covarrubias, allá por las vegas burgalesas del río Arlanza, donde se escribieron las páginas más antiguas de la historia de Castilla con cierta independencia, antes de que éstas se constituyesen en reino tras la victoria de los llanos de Tamarón, donde Fernando I derrotó a Vermudo III de León, con lo cual Castilla se inserta bajo corona en la vida política de la España Medieval a mediados del siglo XI. Pero antes, casi cien años antes, fue el conde Fernán González quien había dado el empujón definitivo a la autonomía castellana, lo que vino a proporcionarle por los siglos de los siglos carácter y personalidad propios, quedando de aquella manera ante la Historia como fundador o padre de esta inmensa región tan cargada de glorias pasadas, y ahora, ¡vaya por Dios!, de añoranzas y de abandonos a la sombra de tantas piedras, de tantos monumentos, de tantos sarcófagos nobilísimos, como es ejemplo señero el que en este momento, en la penumbra del presbiterio de San Cosme y San Damián de Covarrubias, tengo delante de los ojos: «AQUI YACEN LOS RESTOS MORTALES DE FERNAN GONZALEZ SOBERANO DE CASTILLA TRASLADADOS EN ESTE SU SEPULCRO DESDE EL EX MONASTERIO DE S.PEDRO DE ARLANZA A ESTA YNSIGNE REAL YGLESIA COLEGIAL EN 14 DE FEBRERO DE 1841». Junto a él, en un sepulcro hispanorromano del siglo IV, mucho más afiligranado y lujoso que el suyo, está el de su mujer, doña Sancha, traídos ambos del monasterio de San Pedro Arlanza donde se encontraban desde el día de su enterramiento, a consecuencia del despojo que llevó consigo la Desamortización. Las distintas capillas de la iglesia se encuentran repletas de sepulcros de infantas y de abadesas, bajo sus bellas estatuas yacentes de alabastro.

         En la plaza de doña Urraca aparece, macizo y acastillado el torreón que dicen de Fernán González, obra de a finales del siglo X y rodeado de matacanes en la parte alta. Una leyenda cuenta que en su interior fue emparedada y muerta una condesa llamada doña Urraca, tal vez hermana del conde García Fernández y viuda de Ordoño III. Resulta francamente evocadora esta plaza de la Covarrubias histórica y monumental, la agracia el crucero de piedra antigua que se alza en mitad y el portón en ojiva que más tarde le añadieron en la muralla.
         El Arco del Archivo del Adelantamiento de Castilla queda como fondo a una calle céntrica y muy transitada, al otro lado de la plaza de doña Sancha. El Arco del Archivo es obra renacen­tista, magnífica en prestancia y en ornamentación, levantado por orden de Felipe II en 1575, bajo proyecto de Juan de Herrera y ejecución del maestro Juan de Vallejo.
         Como casi todas las ciudades históricas, Covarrubias muestra al visitante infinidad de tiendecitas en sus calles, pequeños zocos donde se venden piezas de artesanía como recuerdo pensando en el turismo. En verano es un chorreo constante de forasteros el que pasa por allí. Los preparativos hosteleros son los adecuados, y la oferta a los ojos del visitante cumplida y original. Sus calles -siglos después de aquellas pasadas glorias- siguen siendo un ejemplo de la arquitectura popular castellana del XVI, que ha llegado hasta nosotros cuidada y uniforme. Viviendas blasonadas muchas de ellas, de paredes blancas con entramado, donde cuenta la vieja estructura de palitroques y adobe revestido con aleros oscuros y saledizos.



         Hay al salir un puente de piedra sobre el río Arlanza, que sirve de viaducto para tomar la carretera que al cabo de unos minutos de automóvil, con un pequeño puerto de cuestas y curvas de por medio entre ruda vegetación boscosa, pone al viajero en las inmediaciones de Silos, el monasterio del famoso ciprés y del canto gregoriano en pura esencia, que algún día deberemos visitar detenidamente, al menos por lo que en lejanos tiempos tuvo que ver con los inicios de la lengua castellana, y como contrapunto a éste otro de San Pedro de Arlanza, a diez o doce kilómetros de distancia desde Covarrubias, alzadas hoy sus ruinas sobre un bello paraje a la vera del río donde el conde Fernán González pidió ser enterrado; homenaje a una de las leyes más descabella­das y crueles que a veces imponen los poderosos para su cumpli­miento, y que supuso el expolio de gran parte de nuestro patrimonio artístico y cultural que se perdió para siempre, de lo que Castilla está sembrada de muestras venerables. A pesar de todo, antiguo e imponente, todavía se deja sentir por estos lugares el latido rítmico y lejano del corazón de España.               

viernes, 6 de enero de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXI): PASTRANA (Guadalajara)


                                         (A mi hijo José Antonio, pastranero de por vida)

     Señora y bien señora lo es de las Alcarrias. Pastrana. La Villa de los Duques; la que se introdujo en las páginas de la Historia enmarcada por dos nombres de mujer: Ana y Teresa. Aún recuerda Pastrana en la encrucijada de calles cuestudas por cualquiera de sus barrios, aquellos tiempos viejos como ella misma, en los que se vieron envueltos, dentro del complicado juego de la vida diaria, hombres y mujeres de distinta procedencia, de diferente credo, de raza dispar, todos con un empeño común, el de engrandecer la villa al amparo de sus señores duques.
            Ana y Teresa. Ana de Mendoza, la de Éboli, un carácter de bronce irresistible, una mujer marcada que había nacido para sembrar la discordia por donde pisaran sus pies y, sobre todo, para sufrir, para ser víctima de las circunstancias y de su personal manera de ser desde que fue niña. Y Teresa de Jesús, la Teresona de Ávila, demasiada Teresa para ser mujer y para ser santa; maestra de espiritualidad donde las haya, insigne doctora de la Iglesia, renovadora eficiente de la Orden del Carmelo, fémina inquieta y andariega, y mujer de Dios sobre todas las cosas. La sombra de estas dos damas, a las que la casualidad decidió enfrentar, precisamente aquí, se mece día y noche sobre Pastrana como latido de su cansado corazón de Señora de la Alcarria.
            Por las angostas calles de Pastrana se respira al andar los añosos aires de la España del Renacimioento. “Pastrana recuerda, de una manera imprecisa, a Toledo, y algunas veces a Santiago de Compostela” escribió como impresión de urgencia C. J. Cela. Son tres, contados y diferentes, los barrios que recuerdan al visitante la vida española del siglo XVI, tal como en realidad lo fue o tal como nosotros nos la imaginamos: Albaicín, Palacio, y el viejo barrio cristiano de San Francisco, que tiene como enseña la ingente fábrica de la Colegiata.
            En el barrio de Palacio, queda abierta al mediodía, a todos los soles de la Alcarria, la “Plaza de la Hora”, con solo tres caras y una potente barbacana que sirve de balcón a la vega del Arlés, la vega de las huertas, de los granados y de los laureles. El nombre -lo saben bien las gentes de aquí- le viene dado por haber sido una hora cada día el tiempo que a la desdichada princesa se le permitió contemplar el mundo a través de una reja que asoma por una de las torres, y así durante los largos años de prisión que cerraron su vida en su propio palacio, y que hubo de cumplir inexcusablemente por mandato expreso del rey Felipe II.

            El Albaicín, como es fácil de adivinar por su nombre, fue el barrio morisco, en el que residieron los granadinos traídos por los Primeros Duques para instalar en Pastrana la industria de la seda. Era éste del Albaiciín el barrio de los tejedores y de los artesanos, cuya producción hasta bien entrado el siglo XVIII gozó de justa nombradía en los mercados de toda la Península y de Ultramar. No faltan quienes aseguran que “Las Hilanderas” de Velázquez representan un telar del barrio morisco de Pastrana. El Albaicín se encuentra separado del resto de la villa por la carretera que baja hacia la vega. Al volver de una curva, con su galana faz de sillería orientada al saliente, se encuentras la recia mansión de la Casa de Moratín. El autor de “La Comedia nueva” pasó largas temporadas en Pastrana. Su abuela paterna, doña Inés González Cordón, dama bellísima e hija de humildes labradores, era natural de Pastrana. Se dice que Leandro Fernández de Moratín escribió en esta su casa de la Alcarria “La Mojigata” y una buena parte del “Sí de las Niñas”. Razones éstas muy posibles pero que, como tantas cosas, no es fácil demostrar.
            En el barrio de San Francisco destaca como principal monumento la iglesia Colegiata. Es el barrio con más sabor antiguo que tiene la villa. Muy cerca de la plazuela de la Colegiata se encuentra la de los “Cuatro Caños”, nombre que le presta una fuente en forma de copa estriada de la que penden cuatro chorros, sobre un pilón octogonal de piedra labrada, construido en 1588. Cuenta la tradición que en una de las viviendas que sirven de entorno a esta plaza, recoleta y popular, habitó durante algún tiempo la reina doña Berenguel de Castilla, madre del rey Fernando III el Santo.
            Después callejones perdidos en plena cuesta, aleros que casi se dan mano, dejando entre su oscuro maderamen un estrecho firlacho de luz por el que se advierte el cielo de la Alcarria, sin permitir que el sol bese las piedras del suelo. Esquinas faroladas, o con la señal acaso de candilejas que alumbraron las noches de otros siglos, alguna cruz de madera ennegrecida, o nicho sombrío que los antiguos colocaron a devoción, como protector de sus vidas y de sus hogares, con la imagen de algún bienaventurado. En la calle de La Palma, aflora en su portada de dovelas la Casa de la Inquisición, en la del Heruelo la Casa de los Canónigos, y algo más arriba la del Deán, mientras que el Callejón del Toro desciende como encajado desde los barrios altos a desembocar junto al Palacio en la Plaza de la Hora.

            Aguas abajo del río Arlés, o camino delante de la calle de Santa Teresa -“La Castellana” le llaman aquí-, como a un kilómetro de distancia de las últimas casas, en plena vega, uno se encuentra con el complejo conventual de lo que hasta hace medio siglo fue Seminario de Padres Franciscanos y hoy hostería. Todo son por allí recuerdos de sus ilustres moradores de otro tiempo cuya señal todavía prevalece. Es interesante, y muy completo, el museo de pintura de los frailes; evocadoras las cuevas y las ermitas de la huerta, recuerdo vivo del pasar por estos lugares de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, y de los primeros carmelitas descalzos con los que se llevó a cabo la fundación. Desde los alrededores del convento, las vistas son diferentes hacia una y otra vega. Se ha dicho, y es materia de fe para los hijos de esta villa, que por aquellos altos de cara a la vega, se inspiró San Juan de la Cruz y llevó al papel muchos de sus mejores versos:

“Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de su hermosura.”

            Pero Pastrana no es sólo eso. A la par de su riqueza artística y monumental, documental y artesana, está la villa del confort, de la comodidad y de las nuevas maneras de vivir. Ahí quedan para demostrarlo las diversas y estupendas construcciones de los últimos tiempos, los chalés que salpican sus alrededores, las instalaciones deportivas de última hora, el boom cultural en tantas de sus manifestaciones, el hecho en sí de haber sabido despertar perdidas tradiciones como contribución a esa Pastrana total, a la Pastrana grande.
            Se ha hecho famosa, a pulso y por mérito propio, la Feria Apícola Internacional del mes de abril. Media docena de años fueron suficientes para lanzar el interés de la feria más allá de los límites del municipio, de la provincia, y de tantas regiones de España. Un mérito sobre el que los pastraneros, agobiados en apariencia por el peso de la Historia, por la ramplona condición de su campo -hecha la debida excepción de la vega-, se deben de sentir protagonistas.

            Me quedo junto a la barra de un bar en la Plaza de la Hora con la fachada del Palacio de los Duques como testigo, después de haber rendido la debida pleitesía al enterramiento de los de Éboli en la cripta de la Colegiata, y de haberme encontrado una vez con sus famosos “Tapices” de Alfonso V de Portugal, en su nueva e ideal instalación. Tomo un vaso de cerveza y pienso en Pastrana. Hay mucha historia escondida entre sus piedras, mucho arte recogido y muchos enseres personales de célebres personajes en el “Museo”. Muchos hijos de la villa a los que referirse -al pintor Maino, por ejemplo-, a cuya memoria, a manera de lección magistral, prefiero seguir atento. Pastrana, amigo lector, es un mundo aparte, un mundo que conviene conocer.

martes, 27 de diciembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XX) L E R M A (Burgos)

        
         El haber sido durante veinte años (de 1598 a 1618) la capital del Estado más poderoso de la Tierra, adorna a esta bellísima villa burgalesa de una importancia histórica que rara vez se le suele dar. A esa misma situación con la que la Historia quiso marcarla a partir del siglo XVII, se debe añadir el poso que dejó sobre ella para la posteridad la tal circunstancia, y que ha llegado hasta nosotros en una docena de monumentos que la España turística de los últimos cincuenta años ha dado en descubrir y en dedicarle el interés y la importancia que merece.
         Fue don Francisco de Rojas y Sandoval, más conocido en los primeros tiempos de la llamada decadencia española como el Duque de Lerma, su verdadero impulsor; digamos que algo así como el creador y padre de la villa moderna, de esta villa situada sobre una colina que domina el valle del Arlanza, y de la que todavía no he conseguido sacudir del paño de mis re­cuerdos la gratísima impresión que me produjo. Diría que el español medio, abierto más o menos al arte y a la historia de nuestro país, es deudor de un detalle de reconocimiento y desagravio con la villa de Lerma. La gente suele (solemos) hacer un giro a sus mismos pies, y dejarla a un lado como hito en el camino, cuando viaja por la ancha Castilla hacia aque­llos otros motivos de atracción que la comarca esconde por allí, algo más adelante. A Silos y a Covarrubias me refiero; sobre cuyo interés pensando en el visitante resulta innecesa­rio insistir.
                   Lerma -chapiteles, pináculos, espadañas al aire de sus conventos e iglesias- se está dando a conocer con todos los méritos del mundo. Durante los meses de verano, sobre todo, es un deambular constante de turistas -españoles en su inmensa mayoría- los que andan por allí recorriendo sus calles, los que se sorprenden a diario ante aquel rosario de monumentos, de nombres famosos de personajes que pasaron por allí y que cualquier rincón nos mueve a recordar; de gentes que vienen y van, que compran baratijas de recuerdo en sus establecimien­tos, que almuerzan en la media docena de restaurantes abiertos al público durante los últimos años a la vista del despertar masivo de gentes interesadas por entrar, con los ojos y con el corazón, en aquellos lugares, casi míticos, que a poco les suena como un rescoldo de los viejos textos de bachiller, a punto de apagarse en los pliegues de la memoria.


         Lerma -chapiteles, pináculos, espadañas al aire de sus conventos e iglesias- se está dando a conocer con todos los méritos del mundo. Durante los meses de verano, sobre todo, es un deambular constante de turistas -españoles en su inmensa mayoría- los que andan por allí recorriendo sus calles, los que se sorprenden a diario ante aquel rosario de monumentos, de nombres famosos de personajes que pasaron por allí y que cualquier rincón nos mueve a recordar; de gentes que vienen y van, que compran baratijas de recuerdo en sus establecimien­tos, que almuerzan en la media docena de restaurantes abiertos al público durante los últimos años a la vista del despertar masivo de gentes interesadas por entrar, con los ojos y con el corazón, en aquellos lugares, casi míticos, que a poco les suena como un rescoldo de los viejos textos de bachiller, a punto de apagarse en los pliegues de la memoria.
         Hemos llegado a Lerma a media mañana. La parte nueva de la villa, que coincide con ambos arcenes de la carretera que nos introduce, está dedicada de manera casi exclusiva al servicio del turista. Es allí donde se han ido instalando, uno a continuación de otro, los restaurantes, con sus toldos y veladores sobre la acera. Arriba destaca el solemne torreón, al gusto herreriano, de la colegial de San Pedro, el más llamativo a primera vista de los legados que el Duque dejó como recuerdo a la villa que fue cabecera de su casa y terri­torios.
         Se sube hacia la ciudad vieja bajo un arco inmenso, situado entre dos cubos de torreón cilíndricos que fueron puerta de acceso a la primitiva villa medieval y luego sirvie­ron de cárcel. Al instante el barrio antiguo, anterior al Lerma ducal del siglo XVII, donde quedan, entre otras, la calle de José Zorrilla, en la que tuvo casa propia el célebre poeta romántico autor del Tenorio y que todavía se conserva. Cuenta la villa -no podía ser menos- con su buen nombre y tratamiento distinguido en la literatura española del Siglo de Oro, el siglo del Duque. La escogió Lope de Vega como escena­rio para una de sus obras más recordadas: "La burgalesa de Lerma", en la que reconoce a la villa de su tiempo con el apelativo de La Galana.
         Pero sigamos calles arriba. La Plaza de Santa Clara, en la que se encuentra el convento de religiosas franciscanas Clarisas, es casi toda ella un cuidado jardín que tiene en mitad, no como en otras partes el monumento a su memoria, sino la tumba de don Jerónimo Merino Cob, el “Cura Merino”, famoso guerrillero de la Guerra de la Independencia contra la france­sada, cuyos restos mortales se guardan allí protegidos por rejas, desde la primavera del año 1968. Al fondo de esa misma plaza, los arcos del pasadizo volandero que sirve de mirador (espectacular visión) sobre la ancha vega del Arlanza.



         No lejos de la Plaza Mayor, cuadrada, extensa, soportala­da en una de sus cuatro caras, con el palacio ducal como motivo de fondo. La Plaza Mayor, como había de ser la Plaza Ducal de todo un estado, se trazó y se construyó a gusto del Duque. El palacio anda por estas fechas en obras de restaura­ción. Quieren devolverle toda la prestancia y la elegancia primitiva que le dio don Francisco de Rojas Carvajal cuando fue valido del rey Felipe III. Domina la fachada del palacio la plaza entera. La superficie total del edificio supera los tres mil metros cuadrados, y de lo que pudo ser su interior nos dan idea las doscientas diez ventanas y los treinta y cinco balcones exteriores que tuvo. Los escudos de armas de Sandoval y Rojas figuran en lugar preferente sobre la portona principal del edificio; también en tantos muros nobles de iglesias y conventos repartidos por todo el casco antiguo de la villa. Fue erigido el palacio entre los años 1601 y 1617 por Francisco de Mora, sobre el solar de un castillo en rui­nas.

         Es mucho más, y todo ello digno de ser visto, lo que ofrece al visitante la villa de Lerma. Por supuesto damos que esta especie de crónica viajera no pretende ser una guía de turismo, ni siquiera una invitación interesada a nuestros lectores para que tomen su vehículo y se pasen por allí; no. Creo, más bien, que estas tierras nuestras -y en ellas se incluye de manera muy especial todo el centro de España- fueron médula de nuestra historia común, y hoy, querámoslo o no, las vemos un poco echadas al olvido por parte de todos; más en lo que se refiere al medio rural por toda Castilla. Y la tenemos ahí, galana y magnífica, como la propia Lerma, como Pastrana, como Medinaceli, o Chinchón, o Campo de Criptana, o Arévalo, o Belmonte, cuentas de ese rosario interminable de pueblos y villas castellanas en las que (la frase suena a pensamiento del noventa y ocho) uno siente latir, vivo pero cansado, el corazón de España.

jueves, 8 de diciembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XIX): LOECHES (Madrid)


       
  No está Loeches tan lejos de nosotros como para que, al menos para mí, haya sido hasta hoy una villa desconocida. Había pasado muchas veces por sus orillas, cruzando desde Alcalá de Henares a la Nacional III por Arganda, pero jamás saqué un minuto de tiempo para conocerla, para andar por ella.
         Loeches es pueblo de paso por su situación, asentado en un terreno árido y de poca fortuna. Después de haber estado en él, pienso además que es un pueblo adormilado, escondido un poco en el refugio de su propia identidad como el buen paño, pero que, también como el buen paño, corre el riesgo de su deterioro por inacción, por falta de ese oxígeno vitalizador que necesitan las cosas, y que deben tomar, claro está, con la debida cautela y en dosis justas.
         La villa de Loeches es un lugar de contrastes: calles planas y cuestudas; viviendas cómodas de moderna estampa y recias casonas encaladas de primeros del siglo XX; viejitas silenciosas sentadas a la sombra de los portales y niños que gritan al sol y corren en bicicleta; pueblo y ciudad; el hoy y el ayer sobre un mismo tapete; balcones floreados de colorines y paredones roídos sosteniendo algún escudo de piedra; terraza de bar y chapitel de monasterio.
         Acabamos de estrenar el otoño y en Loeches aún hace calor. El hombre del quiosco, bajito él y de escueto parlamento, me ha dicho que no tiene postales para vender, que vaya al estanco.
         -¿Y dónde es el estanco?
         -Allí.

         El allí del hombre del estanco está justo al otro lado de la plaza. La señora del estanco es más expresiva, más servicial, más amable. Se nota que la señora del estanco está acostumbrada a tratar con el público y a que le pregunten qué es lo más interesante que tiene el pueblo.
         -El convento. Lo más interesante que hay en Loeches es el convento. Mucha gente viene a verlo aposta desde muy lejos. No siempre se puede ver, porque las monjas son de clausura y la mujer que lo enseña no tiene un horario fijo. A veces hay que avisarle para que suba.
         -¿Queda cerca de aquí?
         -Sí; aquí no hay nada lejos. Pueden ir en coche; y a pie subiendo por aquellas calles de enfrente. Enseguida se ve la torre.
         Efectivamente, desde la plaza de Loeches, se llega en seguida al convento de Dominicas, cuyo majestuoso chapitel plomizo se alcanza a ver muy pronto, apenas subir las primeras calles. Luego es el sentido común el que te va acercando hasta el sorprendente edificio barroco, copia exacta o reproducción, por lo menos en la fachada, del convento de la Encarnación de Madrid, obra maestra, como tantas más que aún testifican su calidad de magnífico arquitecto, de Juan Gómez de Mora y de su discípulo Alonso Carbonell.
         Este bello monumento que tengo frente a mí, y al que procuraré entrar si me fuera posible, lo fundó don Gaspar de Guzmán y Pimentel, valido de Felipe IV, y su esposa doña Inés de Zúñiga, condeduques de Olivares, duques de San Lucar la Mayor, de Medina de las Torres y marqueses de Eliche. Lo mandó edificar para su propio enterramiento y para el de los suyos, y quiso que fuera regentado por Dominicas por ser don Gaspar descendiente de  Santo Domingo.
         Un largo corredor acolumnado nos lleva hasta la estancia sombría y silenciosa en la que se encuentra el torno de las religiosas. A través del torno, las madres sirven postales, recuerdos y cajitas de golosinas o repostería conventual en cuyo arte son maestras.
         -Fotografías no se pueden hacer en el panteón. Los señores duques lo tienen prohibido.
         Los fundadores colmaron el convento y el palacio anexo de pinturas extraordinarias de Rubens, de Tiziano, de Tintoretto y no sé de cuántas maravillas más que ahora son historia. Se las llevaron los franceses cuando la Guerra e la Independencia con un enorme cargamento de candelabros de plata, de orfebrería y de ornamentos sagrados. Los lienzos de Rubens han sido sustituidos por frescos, bellísimos también, de Fernando Calderón, sobre los motivos religiosos que representaban aquellos robados y de cuyo paradero nadie sabe nada.

         La casa de Olivares pasó a ser panteón de la casa de Alba tras el matrimonio de don Francisco Álvarez de Toledo, décimo duque, con doña Catalina de Haro y Guzmán, duquesa de Olivares. El nuevo panteón ocupa parte del antiguo palacio; lo mandó construir en memoria de sus padres el decimoséptimo duque, don Jacobo Fitz-Stuart y Falcó, y asistió a la primera misa la Emperatriz Eugenia de Montijo. Se trata de una sala poligonal, simétrica, de gran capacidad, con friso, cúpula, y ventanales con vistosas vidrieras de color azul. Allí está enterrado el Condedu­que de Olivares y su esposa doña Inés de Zúñiga, en un enterra­miento discreto y vertical. El panteón guarda cierta semejanza con el de los Reyes de El Escorial y con el maltrecho de los Mendoza en el antiguo convento de San Francisco de Guadalajara. Pero conviene anotar que el mausoleo principal, el más vistoso e importante de todo el panteón es el de doña Francisca de Montijo, esposa del decimoquinto duque de Alba, con bellísima estatua yacente sobre el túmulo, para la que posó su propia hermana, nada menos que la Emperatriz Eugenia. Es obra, según me contaron, del escultor inglés Juan Bautista Clésinger, a la sazón yerno de la escritora George Sand, la amante y compañera en su retiro balear del músico Federico Chopín.
         El convento de las M.M..Dominicas de Loeches está desprovisto de su antiguo tesoro, de las muchas y valiosas riquezas con las que lo dotaron sus fundadores. Dijo de él Marañón que su verdadero tesoro todavía prevalece y que jamás le podrá ser arrebatado, el tesoro de su Historia. Sí, el recuerdo desvaído del pasado entre aquellos magníficos salones que se encargan de cuidar unas cuantas religiosas apartadas del mundo; a la espera de servir de urna sepulcral a los miembros de la noble familia de los de Alba, donde la tierra caliza de aquellos campos desangelados les aguarda como sala de espera a la eternidad.
         Merece la pena darse un paseo hasta Loeches. Un pueblo activo de nuestros contornos en el que, como de lo antedicho puede deducirse, siempre hay algo que ver.        


lunes, 21 de noviembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XVIII): CAÑETE (Cuenca)


         Cuando se está a punto de entrar en Cañete, siguiendo de cerca las aguas del río, el paisaje se torna de una provocadora agresividad. Las peñas de arenisca van surgiendo a uno y otro lado del hocino, montadas en formas caprichosas que los siglos y los vientos, en efectiva labor conjunta con la de las aguas, se encargaron de modelar de forma admirable. A este paisaje, en donde los pinos mimbrean sus copas sobre los vértices de las rocas, le llaman los serrano la Boca de la Hoz. Muy pronto la histórica, la singular villa de Cañete.
         La villa de Cañete cuenta con el común beneplácito de la comarca para ser considerada como la capitalidad de la Baja Serranía de Cuenca, allá por los primeros angostos y vegas del Cabriel.
         La visita al pueblo natal del condestable de Castilla don Alvaro de Luna, produce en quien hasta él se acerca por primera vez, cuando menos una impresión de curiosidad y extrañeza. Resulta muy difícil imaginarse, sin antes haberla visto, una ciudadela medieval en plena serranía, rodeada casi toda ella de enormes lienzos de muralla, con los restos de una antiquísima fortaleza roquera guardándola de los vientos de poniente y de los postreros soles del atardecer. Como saludo al visitante, se dejan ver cuando se llega una serie de casas suspendidas de la roca, a manera de anfiteatro en torno a una sombría depresión que los campesinos suelen sembrar de hortalizas cada primavera. Atrás, con la cumbre a pico como peana del cerro que lleva su nombre, un monumento al Sagrado Corazón mirando al pueblo.

         Dice la Historia que Cañete fue anterior en el tiempo a las invasiones bárbaras, y que los visigodos la consiguieron dominar en tiempos de Witerico, a principios del siglo séptimo. Es posible que ya por entonces se diera comienzo a las obras de su castillo, que habrían de acabar definitivamente dos siglos más tarde. En el otoño de 1177, el rey Alfonso VIII, en acción guerrera casi simultánea a la reconquista de la ciudad de Cuenca, la recuperó del poder de los moros y la incorporó a la corona de Castilla.

         En Cañete nació, todo parece indicar que en el año 1390, hijo del Copero Mayor del rey Enrique III y de una humilde mujer de la villa de no muy honesta condición a la que la Historia reconoce por "La Cañeta", el gran maestre de la Orden de Santiago y condestable de Castilla don Alvaro de Luna, cerebro, voluntad, y poder, en la corte de Juan II; hombre capaz y ambicioso, enemigo de por vida de los Infantes de Aragón, a quien el rey, al que había servido con lealtad y ensombrecido tantas veces, mandó degollar en la Plaza Mayor de Valladolid a principios del verano de 1453. Queda como recuerdo en su pueblo natal una casona antigua, con arco de dovelas en el pórtico junto a la iglesia, a la que la gente tiene por costumbre reconocer, sin demasiado rigor, el Palacio de don Alvaro de Luna.
         Fue su primer marqués don Diego Hurtado de Mendoza, título de nobleza que recibió para sí y para sus descendientes por gracia de los Reyes Católicos.
         Como es fácil suponer, una vez conocida su antigüedad y algunas de las principales notas características de su pasado, Cañete es pueblo de calles estrechas y evocadoras; de casonas antiguas acordes con el modo de vivir durante los siglos de su mayor esplendor. Las galerías serranas de elemental carpintería, los artísticos balcones de fina forja, se adornan cuando el buen tiempo de flores y parrales, lo que presta un encanto peculiar al pueblo viejo. Algunas de sus viviendas lucen todavía el tosco maderamen del entramado, del adobe o del mortero de cal, lo que se torna en rincones pintorescos cuando varias de ellas se reúnen en juego sin igual con el ambiente agreste y grave del entorno.
         El pueblo nuevo, el de los bares y las hosterías, las tiendas de comestibles y ultramarinos, las panaderías y las entidades bancarias, es la nota que advierte al visitante que Cañete no ha perdido, pese a su antigüedad manifiesta, el tren en marcha de los tiempos modernos. Su censo actual sobrepasa en poco el millar de almas.
         En la porticada Plaza Mayor, de a principios del siglo XV, la Villa del Condestable justifica su condición capitalina sin que para ello le hayan de faltar motivos. Las columnatas de la castilla popular de tiempo de los Austrias, sostienen por encima de sus añosos fustes las maderas sobre las que descansan las viviendas que enmarcan, a modo de mirador, toda la plaza. Sigue siendo, como lo fue en pasados siglos, el centro vital y el corazón de Cañete. Una fuente posterior en hechura que el resto de la plaza, vierte de continuo sobre el pilón, agraciando su imagen y llenando el silencio de sus noches de rumores ininte­rrumpidos. Como nota arquitectónica de mayor interés, además del conjunto general de la plaza, habría que señalar la portada renacentista de la iglesia de San Julián, obra por su aspecto de a principios del siglo XVII.
    
  
  Si hubiera tiempo suficiente para verlo todo -y al llegar a Cañete es un elemento preciso con el que se debe contar-, conviene darse un paseo por las calles que se entrecruzan por la periferia de la plaza, siguiendo, más o menos, la misma dirección que marcan las murallas. Son murallas, con raíz musulmana, pero vueltas a levantar en el siglo XII y a restaurar en el XIX cuando las Guerras Carlistas, en las que se pueden observar fragmentos derruidos, otros en aceptable estado de conservación, y otros, en fin, remozados en época reciente quizás sin demasiada fortuna. Parece ser que fueron varias las puertas que sirvieron de entrada a los distintos barrios, de las que todavía existen en impecable estampa la de San Bartolomé; la de las Eras, con pluralidad de arcadas morunas, y la de la Virgen, románica del siglo XII, junto a la ermita patronal de Nuestra Señora de la Zarza.
         Consta que la ermita de Nuestra Señora de la Zarza fue convertida en parroquia el año 1772. En ella se guarda y se venera la imagen de la celestial patrona de Cañete: una talla antiquísima de origen impreciso -aseguran que del siglo octavo-, con cofradía propia fundada posiblemente en los años álgidos de la Baja Edad Media. Las fiestas en su honor se celebran con gran pompa el 8 de septiembre de cada año. Es casi seguro, aunque el autor no la menciona, que en esta vieja ermita de Nuestra Señora de la Zarza tuvo lugar el hecho portentoso que relata Alfonso X el Sabio en una de sus famosas "Cantigas", aquella en la que una imagen puesta sobre el altar cambiaba de sitio de la noche a la mañana, tantas veces como el cura del lugar intentaba dejarla en el sitio que él consideraba oportuno.

         Cañete, vieja villa castellana de renombre, con reflejo en otra importante ciudad de Sudamérica próxima a los Andes, es toda un portento. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XVII): TORRELAGUNA (Madrid)


            Había pasado junto al pueblo en varias ocasiones, pero nunca estuve dentro de él. Tuve de siempre a esta nobilísima ciudadela del Valle de Jarama bajo su justa consideración, pero jamás había estado en sus calles. He ido, al fin, a Torrelaguna de manera exclusiva y no de paso, como el pueblo merece y en fechas todavía recientes. La distancia es corta desde Guadalajara. En media hora se puede llegar por carretera buena. El viaje en cualquier caso se verá recompensado, merece la pena.
            Conocía algunos detalles históricos, y artísticos también del pueblo natal de Cisneros, aunque no muchos, pero sí los suficientes como para tener una base en la que apoyar lo que allí me aportase la experiencia, y, ciertamente, me ha servido.
            La tarde despedía un fortísimo olor a mies apenas había cruzado El Casar, entre las dos provincias. Abajo el calor del asfalto y el de las rastrojeras; arriba, nubarrones oscuros que a nadie extrañaría acabasen en tormenta cerrada al caer el día. Los picachos afilados en diente de sierra que se vislumbran adelante nos ponen en aviso de que estamos llegando a Torrelagu­na. La urbanización de Caraquiz, por su parte, nos recuerda que hemos entrado en las tierras llanas de don Juan de Vargas que aró Isidro Labrador, el santo Patrón de Madrid, vecino que fue de estos lares y cuya presencia tampoco debe pasar desapercibida cuando se viene a Torrelaguna. Luego el puente sobre el Jarama, el río con reminiscencias literarias que baja desde las sierras del norte jugueteando entre las dos provincias. A mano izquierda dejamos la carretera que sigue hasta Guadalix, para tomar la dirección en horquilla que nos colocará en cuestión de minutos dentro del casco urbano. Como referencia, la solitaria espadaña del antiguo convento Franciscano de la Madre de Dios, y más a la derecha la torre y chapitel renacentistas de la parroquial de Santa María Magdalena.
            Torrelaguna es una ciudad antigua. Su fundación tal vez haya que buscarla en la Hispania de los emperadores; durante la dominación árabe estuvo amurallada; pero en los siglos XVI y XVII gozó de un esplendor que todavía se adivina, tal vez bajo la influencia y protección del Cardenal Cisneros, y que bien demuestran las múltiples casonas nobiliarias, los escudos heráldicos a centenares, y los múltiples enterramientos importan­tes que se conservan en la iglesia y que en seguida veremos. Se hundió más tarde, cuando la guerra de la Independencia, y ahí queda, como brillante reliquia del pasado para gozo de quienes quisieren dedicarle dos o tres horas de su tiempo, que es lo que yo hice.
            La primeras impresión que produce Torrelaguna cuando uno entra en él, es la de encontrarse en el fondo de un valle feraz y próspero, de un valle colmado de vida y de vegetación. Conseguí sitio de aparcamiento inmediatamente, junto al primer cruce importante de calles, ya en la zona céntrica. Me acerqué a un jardinillo donde se divisaba de cerca el busto en bronce de algún personaje importante. El caserón contiguo es a manera de palacete al que en el pueblo dicen "La Casa Grande"; tiene un letrero sobre la añosa portada renacentista, en donde aún se puede leer: "Memento Homo"; ahora se emplea como casa-cuartel de la Guardia Civil: «A Cisneros, Cardenal y Regente de las Españas, en su villa natal de Torrelaguna. La Diputación Provincial de Madrid. 14-10-1960», dice bajo el busto que en su propio pueblo han dedicado al que a ellos gusta llamar "El Gran Cardenal".

           Pasaría después bajo el arco de San Bartolomé, y al momento, sólo cruzando un callejón que no tiene nombre, estaría en la Plaza Mayor. Me llevó, sin necesidad de ver el pináculo, el sonido de las campanas de la torre que estaban tocando a muerto. En la Plaza Mayor se concentran los monumentos más importan­tes que tiene la villa. En la Plaza Mayor está el Ayuntamiento con una gran inscripción sobre el muro que recuerda al Cardenal Cisneros, y en frente la Cruz de Piedra, instalada en 1802 sobre una grada, con cerca de cuatro metros de altura, que señala el lugar exacto donde estuvo la casa en que nació el ilustre Franciscano en 1436; y allí viene a caer el convento de Francis­canas Descalzas y la soberbia fachada y torreón de la iglesia parroquial de la Magdalena..
          La iglesia de Torrelaguna fue reconstruida por Cisneros sobre otra románica ya existente en el siglo XV. Se adorna, en cuantos espacios medianamente tiene ocasión, con el escudo ajedrezado del Cardenal. Tiene en su interior tres naves, y es muy interesante el juego de nervaduras que recorre la bóveda de la nave central. El retablo mayor es una pieza de enorme mérito, con dorados refulgentes que preside una imagen de la Magdalena, obra, según dicen, de Luis Salvador Carmona, el glorioso imaginero del XVII que dio forma al Cristo del Perdón de la iglesia de Atienza. Sorprende la cantidad de enterramientos que cubren, creo que un su totalidad, el piso de la iglesia, y, desde luego, la calidad artística y el misterio de algunos más que cunden por las capillas laterales, con imágenes orantes de buena talla, que representan a personajes ilustres que allí vivieron en la época de mayor efervescencia para la ciudad, es decir, la primera mitad del siglo XVII, como la de San Felipe, donde quedan las figuras en piedra de D.Felipe Bravo y de doña Petronila Pastrana, su mujer, esculpidas en 1626.
            Es mucho lo que hay que decir acerca de aquella maravilla arquitectónica que ennoblece a Torrelaguna; pero es justo salir a la calle para palpar el ambiente de la pequeña ciudadela en una tarde cualquiera de verano.
            La calle de las tiendas parte desde la misma Plaza Mayor. Es una calle peatonal, y en ella están la mayor parte de los establecimientos de Torrelaguna, que no son pocos: es la calle del Cardenal Cisneros. Entré primero a comprar unas postales en un estanco, y luego una especialidad de la casa en la pastelería que hay poco más adelante en la misma acera. A la especie de bollos que adquirí les llaman soplillos, seguro que por la cantidad de aire que llevan dentro. Noto enseguida que, tanto el señor del estanco como la chica de la pastelería, son personas amables.

            - Hermoso pueblo tienen.
            - No está mal. Es muy bonito. Aquí, la historia y los monumentos pesan mucho.
            - Cinco mil habitantes, más o menos.
            - En verano es posible que sí. En invierno nos quedamos en la mitad, escasamente.
            - Viene gente de Guadalajara.
    - No; y no será porque hay mala comunicación, que tanto por Uceda como por El Casar se viene enseguida.
            Se podría estar horas y horas recorriendo Torrelaguna; y horas y horas también contando el sinfín de impresiones que allí se recogen, pero que por falta de tiempo, y sobre todo de espacio, se deberán quedar sin decir.
            Otra calle principal, la Cava, lleva hasta el convento de Carmelitas y hasta el arco de Burgos. El arco de Burgos guarda una cierta semejanza con los de Sigüenza de la Travesaña, en el barrio del Castillo. Sobre el potente dovelaje del arco de Burgos aparece, romántica y solitaria, una imagen que desde su hornacina acrecienta el silencio según va entrando la tarde.
            Volví a casa. Lo hice por el mismo camino por el que llegué. También se puede volver por Uceda. Tanto por una parte como por la otra se atraviesan muy pronto las corrientes serranas del Jarama, cuando todavía es y huele a río. La tormenta acabó por manifestarse en un discreto festival de truenos y de luces en el firmamento. Luego la lluvia; un turbión leve que apenas sirvió para refrescar el ambiente hostil de la tarde y para cargar el aire de un olor a ozono característico.
                                                             


miércoles, 26 de octubre de 2016

ANDAR POR CASTILLA XVI: NOVIERCAS (Soria)


TRAS LOS PASOS DE G.A. BÉCQUER
         Noviercas es nombre de un pueblo, sí. Es el nombre de un pueblo de Castilla. Noviercas se sale de nuestros límites provinciales; pero, si he ser sincero, hace mucho tiempo que tenía verdaderos deseos de llegarme hasta él, tan sólo por conocer completa la pista vital de un poeta al que admiro desde mi juventud, o tal vez desde antes. Un pueblecito de dos­cientas personas a lo sumo, situado entre las villas de Gómara y Ágreda en la provin­cia de Soria, donde vivió durante largas tempora­das Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta del amor y del dolor, que pasó su vida malamente escribiendo versos inolvida­bles, y prosas con un algo divino entre sus líneas, por cualquiera de los lugares hacia los que el destino le quiso llevar: por Sevilla donde nació en 1836, por Madrid donde comenzó a darse a conocer entre infinitas estre­checes y sacrifi­cios, por Toledo, por Veruela y Tras­moz, y desde luego por Noviercas, el pequeño pueblecito al que llegué hace sólo unos días. Cono­cía todos los lugares becquerianos antes dichos, a excep­ción de No­viercas, lugar en el que el poeta sevillano debió de pasar muchas de las horas más amar­gas de su vida. Allí vivía su mujer, Casta Esteban, hija del médico rural de este pueblo, allí nacieron probable­mente los tres hijos fruto del matrimonio: Gustavín, Jorge y Emilín, (según les llama en sus cartas de familia), y allí pasaron temporadas largas cada verano al amparo económico del padre de ella, cuando los avatares torcidos de la vida -y en la de los poetas suelen ser cosa harto frecuente- afloraban en el ambiente fami­liar durante años y años. Mi estancia en este pueblecito de agricultores, en una mañana clara de otoño, supone ver cumplida una vieja ilusión, que días más tarde todavía cele­bro con cierto sabor agridulce -no sé decirlo de otra manera- en los pliegues del alma.

         En la obra literaria de Bécquer nunca, que yo sepa, se hace una sola referencia al pueblo de Noviercas. Sí que lo hizo alguna vez en las cartas a su mujer intere­sándo­se por ella y por los niños, cuando por razones de traba­jo o de salud tuvo que vivir apartado de su familia. Tal vez por eso en el pueblo se le considere tan poco, o al menos así me lo pareció a mí. Ni una calle, ni una plaza, ni siquiera el olvidado rincón donde, envuelta en las sombras de su memoria, de la ruina y el abandono, todavía se mantiene en pie la que fue su casa. Existe una pequeña exposición con recuerdos del poeta junto al ayuntamiento, que no pude ver por llegar fuera de hora; pero pienso que la atención oficial hacia su persona ha sido escasa, casi nula, durante el siglo y pico que ya se cuenta desde su fallecimiento. La gente, en cambio, es encantadora; te explica todo lo que ellos han oído contar relacionado con el poeta, y si les preguntas dónde vivió, te acompañan hasta el rincón en el que se encuentra la casa, en un entrante de la calle del Moral, y que no me explico cuáles han debido ser las razo­nes para que no lleve su nombre, si es que a las autoridades les parece una consideración excesiva rotular, no una calle, sino la plaza del pueblo, como "Plaza del poeta Gustavo Adolfo Bécquer" ¡Cuántos pueblos y ciudades lo hubieran hecho! Pero los caste­llanos somos a veces como nos pintó Machado, y a menudo salen a flor de piel en nuestro personal comportamiento  esas "cosas" que tanto desdicen del viejo señorío de esta tierra.
         Me hubiera gustado conocer cómo era aquel pueblo en el siglo en el que vivió el poeta. El soberbio torreón árabe que se alza como enseña de poderío en uno de los ángulos de la plaza, nos viene a decir que Noviercas gozó de cierta importancia mil años atrás y en las primeras centurias que le siguieron hasta su reconquista. La iglesia parroquial, dedicada a los santos niños Justo y Pastor, es un monumento digno de aquella importancia pretéri­ta, de la que destacaríamos su interesante portada plateresca, de piedra magníficamente trabajada y con una tonalidad velada­mente ferruginosa, como la piedra del torreón árabe, su vecino y competidor en altura, cuatro o cinco siglos más antiguo, pero con unos materiales extraídos quizá de la misma cantera. En esta iglesia, cerrada durante toda la mañana,  recibie­ron las aguas del bautismo dos, el mayor y el menor, de los tres hijos de Gustavo Adolfo y de Casta Esteban cuando las relaciones familiares todavía no habían llegado a malograrse; pues es sabido que el matrimonio se rompió definitivamente en 1868, dos años antes de la muerte de Bécquer en Madrid, víspe­ras de Navidad, herido de tuberculosis y al parecer en el más triste de los abandonos. Fue vox populi en toda la comarca que el hecho de su separación, entre algunas razones más, de puro carácter, se debió a las extrañas relaciones de Casta, su mujer, con el Rubio, un valentón de Noviercas de nombre Hila­rión, del que se cuentan acciones tremendas, y que a las gentes del pueblo les dio por decir que el último de los hijos de Casta tenía su misma cara.


         Hay un acontecimiento en el saber popular de este pueblo soriano que esclarece algo aquellas sospechas. Tras la muerte de Bécquer, en diciembre de 1870, su viuda contrajo segundas nupcias con un desconocido, con un recaudador de contribuciones algunos años mayor que ella. Cuentan que una noche de carnaval, cuando el matrimonio volvía a casa después de un baile de máscaras, se cruzó delante de ellos un enmascarado oculto entre andrajos y con una soberbia cornamenta sobre la cabeza, del pecho le colgaba un cartel que decía "Gustavo Adolfo". Sonó un disparo y en ese momento se desplomaba al suelo en las sombras de la noche el cuerpo muerto del segundo marido de Casta. Quienes oyeron el disparo comenzaron a murmurar que el asesino había sido el Rubio. Creo que jamás se supo nada de aquella muerte ni nadie acusó a nadie de tan cobarde crimen, seguramente por miedo ante las reacciones violentas del culpable.
         Uno, que lejos de su ambiente geográfico habitual piensa en estas cosas dando un paseo por las calles en la mañana soleada de Noviercas, toma café en un bar cercano a la carre­tera, donde con la efigie del poeta colocada al lado del televisor, unos cuantos hombres entrados en edad juegan a las cartas animadamente.
         El pueblo se encuentra situado sobre un alto. El respaldo de la iglesia sirve de mirador sobre la vega del arroyo Araviana, inmensa, que en lejanos tiempos dicen que dio pasto suficiente para mantener una cabaña de veinte mil ovejas, hoy tierras de labor a modo de caldera limitada en la media distancia que, al menos para mí, es el mayor de los parques eólicos que existen en España, donde cientos de hélices giran sopladas por el viento, todas en la misma dirección, al mismo ritmo, para producir energía, que no poesía. Intento imaginar lo que en este momento pensaría acerca del paisaje aquel que tuve delante de los ojos el poeta sevillano, el más grande de nuestros líricos del siglo XIX, situado precisamente allí, sobre la tierra plagada de hierbas secas que yo pisé y que tantas veces él debió de pisar en los lentos atardeceres de aquel campo abierto a tie­rras de Aragón y de Castilla. No comprendí nada.
         Sobre los cielos de Noviercas, cada madrugada y cada ocaso viaja suave, como a vuelo de golondrina, el espíritu doliente del poeta que hizo suspirar a media España cuando en nuestra tierra la poesía ocupaba el honroso lugar que le pertenece, hoy injusta e injustificadamente olvidado.
 
                  "Quién, en fin, al otro día,
                   cuando el sol vuelva a brillar,
                   de que pasé por el mundo,
                   quién se acordará."

NOTA: La última foto la tomé en la "Casa de Bécquer" hace unos 15 años. Creo haber oído después que el Ayuntamiento de Noviercas la quería derruir. Pienso y deseo que no lo haya hecho.