jueves, 4 de agosto de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XII) SEPÚLVEDA (Segovia)

                                 

   
         «Sepúlveda, mirada desde donde se la mire, tiene un aire vetusto y noble, guerrero y medieval, con algo de Toledo, desde lejos: quizás su situación; algo de Cuenca, desde cerca: es posible que sus casas subiendo la pina ladera como cabras, y algo de Santillana del Mar desde dentro: quién sabe si su profusión heráldica» (C.J.C. "Judíos, moros y cristianos")

         Desde el pretil de la ladera opuesta, que sirve de mirador al otro lado del barranco por el que se cuela el Duratón entre los huertos y las choperas, Sepúlveda no es, ni mucho menos, el pueblo castellano, salpicado de torres y de palacios, de conventos y viejas casas solar, que uno había pintado en su imaginación antes de conocerlo. No es un pueblo llano en la ancha Castilla este que ahora tengo delante de los ojos; todo él aparece escalonado por encima del soberbio roquedal que tiene por peana, mostrando al espectador, unas sobre otras, sus callejuelas estrechas, sus casonas nobles, sus iglesias románicas, sus hoteles y restaurantes, y el roído muñón de su castillo, con un orden, o un desorden, vaya usted a saber, imposible de definir.
         El Duratón es el río de Sepúlveda. El Duratón es un río viejo como el mundo y antiguo como la primera civilización que ocupó sus cuevas, aquella de los cazadores nómadas y de los agricultores que, hartos de patear mundo, optaron por quedarse a vivir en el interior de las cuevas. Gentes de la raza de Cromagnon, como dejó establecido el señor Marqués de Cerralbo, autoridad indiscutible en este tipo de oscuras sabidurías. Por estos valles y hoces del Duratón a la altura de Sepúlveda, pasó el conde Fernán González desde su castillo de Haza hasta la roca de Peñafiel, donde el río se junta con el Duero.
         No es la villa de Sepúlveda de hoy aquella otra que refieren las crónicas, ni la que describen los viajeros de este siglo que anduvieron por allí a la caza de impresiones. El pueblo viejo y destartalado, montón de escombros y de recuerdos del que hablan algunos autores al referirse a la villa, muy poco tiene que ver con éste otro al que acabo de llegar; y no es que los observado­res del pasado dieran en contar las cosas de manera distinta a como las captaron sus retinas, no; pues Sepúlveda fue así hasta no hace mucho, un pueblo cargado de historia, un despojo de grandezas pretéritas donde el arte medieval apuntaba en cualquier rincón y en cualquier edificio, y abandonado, no sé si de la mano de Dios, pero sí de las manos de los hombres.


         Afortunadamente, los sepulvedanos se dieron cuenta a tiempo de lo que eran y de lo que podrían llegar a ser, y dieron un giro al pueblo acertado y definitivo. La vieja villa de braceros, de criadores de ganado y de hortelanos, es hoy uno de los centros de atracción turística más importantes de toda la región, con motivos bastantes que ofrecer al viajero, y con comodidades hoteleras suficientes para cubrir la demanda por fuerte e impuntual que ésta sea. Las añosas tiendecitas sombrías, con olor a esparto, a alcanfor y azafrán, dieron paso a los supermercados, a los establecimientos especializados y a las tiendecitas de souvenirs. Por sus calles y plazas son los turistas quienes sustituyen a los tratantes del día de mercado, a las buenas gentes de Urueñas o de Perorrubio que cada fin de semana acudían a la villa con su reata de acémilas a cambiar productos, a proveerse de lo imprescindible en la mercadería.
         - La vida, ya lo ve usted; ha cambiado en cuestión de años de manera radical -explica en una esquina de la plaza el dueño de una tienda de regalos-. Vivir para ver, como yo digo.
         No existe unanimidad entre los historiadores y eruditos acerca del origen de Sepúlveda como lugar con nombre y entidad propios. Mientras que algunos apuntan que se trata de la antigua Confloente de los arévacos, citada por Ptolomeo, otros ven en ella a la romana Septumpública, a razón de las siete puertas que por aquellos lejanos siglos debió tener.
         La nueva imagen de estas villas señeras -álbum de aconteci­mientos bélicos entre cristianos y moros, cuando unos y otros anduvieron la gresca condenados a vivir juntos sin entenderse por siempre jamás-, obliga al visitante a poner su mente en orden, a esforzarse en situar el escenario a punto con sus actores en el sitio justo en donde deben de estar, con aquellos personajes de renombre que a veces encontramos por las páginas de la historia y que para bien o para mal anduvieron por allí, y que hoy viajan como fantasmas del pasado en boca de los espiquers, o en las páginas en papel couché de las guías de turismo sin saber qué hacer con ellos.


         Sepúlveda -así lo anuncia un cartel a la entrada del pueblo- es monumento nacional en todo su conjunto. Sus calles son estrechas, sombrías y cuestudas; algunas de ellas albergan bajo los oscuros aleros de sus tejados riquísimos palacios de piedra oscura, fachadas heráldicas donde parecen yacer tras la quietud de los escudos y de la vieja sillería las almas en pena de sus señores, como ésta, por ejemplo, de la calle del Conde de Sepúlveda, que entre arcos y escalinatas, recodos y escondrijos pintorescos, nos suben con esfuerzo hasta la iglesia del Salvador en lo más alto, la más espectacular y con mejor estampa de las cuatro iglesias de Sepúlveda, en cuyo atrio y ábside románicos, uno vuelve a admirar por enésima vez con motivos bien fundados, la habilidad, el tesón, y el exquisito gusto de los hombres del medievo, que tuvieron a bien sembrar media España con lo mejor del arte de su tiempo. La iglesia de la Virgen de la Peña anuncia a distancia formas parecidas, y la de San Bartolomé, y no tanto la de San Justo, más céntrica que las otras, que guarda como templo distinguido los enterramientos de muchos de los hidalgos que hubo en la villa.
         Tras la fachada del ayuntamiento en la Plaza Mayor, en llamativo contraste con las viviendas restauradas de tres y de cuatro plantas que sostienen sobre sí artísticos soportales, se dejan ver los lienzos derruidos del Castillo. Es muy antiguo el castillo de Sepúlveda; data de los primeros tiempos de Castilla como condado independiente. En el interior de esos muros, cuando era sólida y segura fortaleza, estuvo encerrado el condestable don Alvaro de Luna, otro de los personajes insignes del pasado que, más para mal que para bien, como aseguran las crónicas, sorbieron las hieles y no la mieles de este Sepúlveda tan diferente a como lo pinta la Historia.
         Y en lo festivo -dato nada desdeñable en las viejas villas castellanas- ahí está Sepúlveda para darse a conocer bajo otro ángulo. El diablillo, Santiago y San Miguel, son los motivos a celebrar, con sus fechas correspondientes (23 de agosto, 25 de julio y 29 de septiembre) que arrastra la tradición. El cordero asado, no mejor ni peor, diferente sí, del de Cuéllar y Pedraza, la estrella de su gastronomía.


jueves, 21 de julio de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XI). PEDRAZA (Segovia)

                                              


          
            -¿Sabrá usted lo de la americana aquella; la amiga de don Ignacio?
            -Sí; alguien me lo contó la primera vez que pasé por aquí.
            El pintor Zuloaga, que vivió largas temporadas en el castillo de Pedraza, había advertido a su admiradora Mrs. Lydig, que Pedraza era el único pueblo del mundo al que no se podía entrar pasadas las diez de la noche. La hacendada norteameri­cana vino a tierras de Segovia con el fin de comprobarlo. Llegó al pueblo bien entrada la noche, y el pintor, que sabía de aquel viaje, hubo de acudir en persona a abrir el portón de la muralla, paso único de entrada y de salida que tienen quienes van allí.
            Pedraza se balancea movida por todos los vientos sobre la muela pétrea en que la colocaron sus primeros moradores. Se trata de un pueblo antiguo, con su primera raíz clavada seguramente en la cultura de los arévacos cuya capitalidad fue Numancia. Se llamó Petracia durante la dominación romana, y en ella parece ser que vivieron su madre Aurelia y varios familiares de Trajano; allí sufrió martirio San Entridio, sobrino del emperador romano, y hay quienes aseguran -Alfonso el Sabio entre ellos- que Trajano nació en Pedraza y no en Itálica como la gente ha llegado a creer.
 Pueblo rico en el siglo XVII debido a las carnes y, sobre todo, a la buena calidad de la lana de sus merinas, reclamada con insistencia por los telares de Segovia y por otros más lejanos de Brujas y de Florencia. Varios de los escudos heráldicos que aún vemos lucir sus relieves mate sobre las fachadas de las antiguas casonas de Pedraza, proceden de aquella época, y no son otros que los de algunas de aquellas familias de hidalgos y ricoshombres. La rejería que adorna tantas de aquellas añosas mansiones, es otra más de las características propias de la villa.

            La Plaza Mayor, como siempre ocurre a quienes desconocen un pueblo, es el destino primero de los viajeros que llegan a Pedraza. Pero antes hay que pasar, entre aquel revoltillo de calles estrechas y sombrías, por la "Casa de Pilatos", con su balcón esquinero recortado en ojiva que de algún modo nos recuerda -quizá éste aún sea más llamativo- aquel otro de la Plaza del Mercado en la villa de Atienza. Más adelante las casonas solariegas que fueron de los Bernaldo de Quirós, de los señores marqueses de la Floresta y de Lozoya, de los Ladrón de Contreras, todas con sus escudos de piedra sobre el dintel, y alguna de ellas, ¡vaya por Dios!, convertida en restaurante como parachoques al fortísimo boom turístico que se volcó sobre la villa en los últimos veinte años. Y al cabo la Plaza Mayor.
            La Plaza Mayor de Pedraza, rodeada casi toda ella de antiquísimas columnas de soportal, de galerías y balcones oscurecidos por el sol y por las lluvias, de escudos y de leyendas por cualquier rincón, intenta conservar aquel sabor multicentenario que guardó hasta hace media docena de años o poco más, y que hoy entorpecen los anuncios y las puertas de los establecimientos abiertos a su sombra. Tras uno de los ángulos destaca altiva la torre de la iglesia de San Juan, con sus parejas de arcadas románicas a la altura del campanario, situadas en cada frente. Debió de conservar su estilo medieval la iglesia de Pedraza hasta finales del siglo XVII, tiempo de renovación -y de posibilidades económicas para el pueblo- que prefirió adaptar su decoración a los nuevos tiempos, con el gusto barroco como enseña:«Mi casa es casa de oración», recuerdan las desgastadas letras de molde sobre la piedra. Y justo al pie mismo de la torre, mirando a la plaza, todavía existe el que las gentes del lugar conocen por "el balcón verde", con su correspondiente escudo heráldico en el muro interior, y una leyenda sobre el dintel de la puerta de acceso en donde está escrito: «Este sytio y Balcón es de Don Juan Pérez de la Torre deste Orden caballero». Lo mandó instalar su dueño -santiaguista por la cruz inscrita a mitad de leyenda- para tener un palco en lugar de privilegio desde donde poder ver las corridas de toros, en otro tiempo tan famosas en aquella plaza.


            Y sobre la triple grada de la plaza del Ganado el tronco muerto de la olma concejil; la vieja olma bajo cuya sombra se cerraron miles de tratos en días de mercado y expusieron su mercancía de barro y de cristal a vista del público los ferian­tes. Y no muy lejos la Calle Mayor que lleva hacia el castillo, al fondo de la explanada. Cuentan que hace un siglo eran todo casonas hidalgas en ambas aceras. Restos quedan aún de todo aquello que uno se esfuerza en imaginar. Al fondo, alzado en el mismo canto que asoma al precipicio, el castillo que rescató el pintor Zuloaga. Del castillo dicen que se reconstruyó a mediados del siglo XVI, sobre los terrenos en donde había existido un castro romano. La portada de gruesa sillería esta trazada en ojiva, y las hojas que la cierran son de álamo negro, claveteadas con pinchos de hierro en mitad de dos garitones sobre peanas escalonadas. El escudo que aparece sobre la piedra clave es el de don Pedro Fernández de Velasco, cuarto condestable de Castilla. La fortaleza estuvo al servicio del rey cuando la guerra de las Comunidades. La torre del homenaje fue restaurada y convertida en vivienda -creo que muy elegante y acogedora- por don Ignacio Zuloaga, y todavía se encuentran en su interior, no sólo recuerdos y utensilios personales, sino algunas estupendas telas del pintor vasco. Ni qué decir que hubiera deseado verlo por dentro; pero, al menos en la hora que yo estuve allí, y creo que siempre, las puertas permanecen cerradas a calicanto, con la impenetrable seguridad de un castillo.
            Unamuno, sensible siempre ante toda imagen o novedad de las tierras de la Meseta, lo llamó "castillo castellano, no alcázar morisco". Una de sus dos torres, considerada por muchos como la más inexpugnable de España -seguro que ni uno sólo de esos muchos llegó a ver la molinesa del castillo de Zafra- fue cárcel de Francisco de Valois, delfín de Francia, y de su hermano el duque de Orleans, don Enrique, que sería rey más tarde.
            Aparte de la de San Juan, la iglesia de altiva torre que hay junto a la plaza y que domina con su esbeltez al resto de los edificios pedraceños, hubo en el pueblo seis iglesias más. Casi todas han desaparecido. Queda de entre ellas como templo con leyenda la de las Vegas, advocación mariana de la Patrona de la villa. Prevalece en el sentir de las gentes con respecto a la iglesia de la Virgen de las Vegas, románica del siglo XII, la creencia como dogma de fe de que en ella fueron bautizados los siete infantes de Lara. En el atrio tiene siete arcos laterales sobre dobles columnas sosteniendo los capiteles. Aseguran que bajo cada uno de esos arcos ingresaron los infantes en los brazos de sus respectivas nodrizas. La leyenda resulta hermosa como tal leyenda, y muy en la línea del creer medieval que ha llegado a nosotros roído e increíble como la piedra de los viejos templos.
            -Oiga. No ha dicho nada de los asados que preparan por aquí. Ni de don Jaime de Armiñán; ni del señor don Torcuato Luca de Tena, ni de otros famosos que hicieron casa en nuestro pueblo.
            -Es verdad. Usted lo ha dicho. Pedraza es mucho Pedraza para resumir en tan poco espacio. Otra vez será.

                     



miércoles, 13 de julio de 2016

ANDAR POR CASTILLA (X): OCAÑA (Toledo)


Después de puesta la vida
tantas veces por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero
después de tantas hazañas
a que no pude bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la muerte a llamar
a su puerta.
       (Jorge Manrique)

            Hasta hace sólo unas fechas que anduve por allí, oteando monumentos y buscando impresiones de un lado para otro, la villa de Ocaña apenas había significado para mí una leve referencia que apenas aportaba a la imaginación acaso una idea turbia, fugaz, imprecisa, sin un punto de apoyo sobre el que mantenerse en pie. Era hasta entonces la villa en la que el comendador don Rodrigo de Manrique encontró la muerte, según las famosas "Coplas" de su propio hijo; era la villa cuya picota dio pie a uno de los mejores artículos de G.A.Bécquer, y que su hermano Valeriano ilustró con un dibujo magistral en la primera ocasión que vio la luz; era, en fin, con referencia a tiempos más actuales, la villa toledana del famoso penal.
            La Mesa de Ocaña, comarca de la que la villa es cabecera, se extiende como una prolongación de la última Alca­rria a la que se asemeja por la condición natural del terre­no, en tanto que, por la altura, y por la climatología de la que suele gozar a lo largo del año, es tierra manchega, y así la podemos tomar en cuenta, como la inmensa portona que abre cara a las tierras del sur los campos de la Mancha.
            En Ocaña, como en cualquiera de las ciudades históricas repartidas por ambas Castillas, hay que buscar meticulosamente la huella del pasado, que irá apareciendo a trechos oculta entre el sedimento de la modernidad, entre el olor a asfalto, los semáforos y el murmullo de las cafeterías. El palacio de los Duques de Frías, de estilo Isabel, que mandó construir don Gutierre de Cárdenas, aquel prohombre que negoció la boda de los Reyes Católicos, es sólo un dato a tener en cuenta a la hora de considerar la importancia de la villa; y otro lo hubo en el camino de Aranjuez, donde se hospedó siempre que pasó por Ocaña la Reina Católica, y usaron después en sus frecuen­tes viajes los reyes de la Casa de Austria; y de la época imperial, o ligeramente posterior, lo es la fábrica de la Fuente Nueva, situada en un ligero valle de extramuros.

            Pero nos habremos de detener un instante en la Plaza Mayor; en una de las plazas castellanas más sonoras, mejor dispuestas, notorio monumento por sí sola a la par, y sin salvar en exceso las distancias, con las plazas mayores de Madrid o de Salamanca, por hacer referencia a dos de las más representativas de las que pueden servir de modelo sin salir de nuestra patria. Es ésta una plaza cuadrada, simétrica, señorial, soportalada, de trazado barroco, mandada construir por el rey Carlos III en 1777 y acabada cuatro años después a expensas de los fondos públicos. En dos de los lados laterales del cuadrilátero perfecto que tiene por planta, se alinean 18 arcos, y 17 en los otros dos. Como fondo a una de sus caras se levanta el edificio del ayuntamiento, con balconaje y carillón de voluminosa campana, que en algo nos recuerda al del mítico reloj madrileño de la Puerta del Sol.
            Y no lejos de la Plaza Mayor, medio escondida en el centro de una plazuela que se abre a mitad de la calle de Lope de Vega, frente al teatro del mismo nombre que fue convento de Jesuitas antes de la Desamortización, continúa por los siglos la famosa picota, para mi uso, con la de Villalón de Campos en Valladolid y con la de Fuentenovilla en Guadalajara, la más monumental y artística que hay en España. A la picota de Ocaña va unido de modo inseparable aquel artículo de Bécquer que la inmortalizó como monumento: «Es alto como una mediana torre, y esbelto y delgado como una palma; el arte ojival trazó su silueta, reuniendo al más puro y ligero de sus contornos góticos los rasgos más sencillos y característicos de su graciosa ornamentación. El tiempo ha completado la obra del artista, prestando la riqueza de color y la variedad de tonos que los años dan al granito; las mutilaciones propias de las injurias de la edad contribuyen a hacerlo pintoresco». Todo sigue siendo lo mismo que cuando pasó por allí el poeta sevi­llano, con siglo y medio a sumar de deterioro, pero digna y monumental como se desprende de las líneas transcritas, dema­siado encerrada quizás, en medio de una placita que el ayunta­miento dedicó a José María de Prada, cuando pudo haberlo sido al propio Bécquer en testimonio de gratitud.

            A la vera de la Calle Mayor, Avenida del Generalísimo o Carretera de Cuenca, queda en un rinconcito sombrío el conven­to de Carmelitas Descalzas de San José. Es de estilo renacen­tista con pequeño claustro y una sola nave. El cumplido epita­fio de un enterramiento que hay en el interior de la iglesia conventual, habla sobradamente de su importancia:«Aquí yacen los restos mortales de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, caba­llero del hábito de Santiago y gentil-hombre de cámara del emperador Carlos V. Los de su hermana doña Magdalena de Zúñiga y los de su mujer, la señora doña María de Bazán, fundadora en el año 1595, de este convento de San José de la Orden de Carmelitas Descalzas de esta villa de Ocaña. Falleció en Madrid el 10 de marzo de 1603. R.I.P.». Hoy, más por la impor­tancia de quien allí está enterrado, autor de "La Arauca­na"y conquistador de Chile, que por mérito propio, el modesto convento de Carmelitas es Monumento Histórico Nacional, con todos los beneficios y consideraciones que ello le haya podido aportar. En el exterior, un juego de azulejería adosado al muro, recuerda con hermosos versos de Lope de Vega la talla humana y literaria de don Alonso de Ercilla.
            Es mucho lo que todavía queda por ver y por decir de la Vicus Cuminarius romana; plaza que no fue recuperada a los árabes por las armas, sino como regalo de bodas del emir Aben-Abed al rey Alfonso VI, parte de la dote que entregó al monar­ca castellano al casarse con su hija, la princesa Zaida.
            En torno a los cuatro o cinco mil habitantes debe de contar en su censo la villa de Ocaña; sin duda una de las más importantes de la Mancha toledana, en donde, a pesar de todo, y sin perder el nivel que a finales de siglo los nuevos tiem­pos señalan y requieren, aún se advierte en sus calles y rinco­nes el recio sabor de la nobleza española del XVII.

            Con sus torres y sus campos de mies en la llanura, compo­nen­tes inseparables de la conocida Mesa de Ocaña, el pueblo queda allí, como cirio encendido de un pasado que no conviene olvidar. 

lunes, 20 de junio de 2016

ANDAR POR CASTILLA (IX): MEDINACELI (Soria)


 «Medinaceli le pareció un pueblo frío, de alrededores pelados, con montes a lo lejos de extrañas siluetas. Hacía día de viento seco y polvoriento. Álvaro vio el arco romano que la gente llama el Portillo; la torre de la parroquia, convertida en baluarte, y en el cmenterio, restos de una fortaleza, con grandes muros exteriores y matacanes (…)Luego pasó por delante del Humilladero y recorrió el paseo de la Luneta, contemplando el paisaje.» (Pío Baroja, “La nave de los locos”)

            No es preciso andar mucho. Apenas salimos de nuestro mapa por la general de Zaragoza, pasado Alcolea, ya estamos allí. La distancia es breve y la repercusión de la vieja villa con el devenir de los tiempos posee algún que otro reflejo en la verdadera historia de esta provincia de Guadalajara, allá en la persona de sus duques, que también aquí sentaron plaza dejando perpetua señal en nuestra arquitectura, y, si no, ahí está el palacio de Cogolludo para demostrarlo, como rememoranza en piedra de platería que se empeñaron en alzar la familia de la Cerda -estirpe que fundaron el Conde Foix y su mujer, Isabel de la Cerda, nieta ésta del Rey Sabio-, tan vinculados todos ellos a las familias más hidalgas de esta tierra, precisa­mente en las épocas de mayor gloria.
            La vieja Ocilis de los árabes se airea al soplo de todos los vientos sobre el leve altiplano que aún en tierras de Soria dibuja, a no mucha distancia del valle del Jalón, la Sierra Ministra. El Jalón y el Henares son dos ríos con diferente destino que, uno al sureste y otro al noroeste, vienen a nacer casi juntos a cuatro pasos de Medinaceli.
            La Medina-Ocilis de los cristianos se quedó sin gente porque a sus habitantes les dio por bajarse a vivir al barrio de la Estación, y con ellos las instituciones, las autoridades locales y los funcionarios. Las tierras bajas y más productivas de la vega, la proximidad a la autovía y al llano de las salinas, pudieron como lugar de asentamiento con más de veinte siglos de historia, lo que ha supuesto dejar al antiguo burgo alzado allá arriba, sobre su peana, a título de exposición permanente, de museo, de reliquia de otros tiempos, de residencia para artistas, soñadores y otras raras variedades de la especie humana asidas de raíz a las más nobles inclinaciones del espíritu.
            Entro en Medinaceli en tarde fría de finales de otoño. Había visto a distancia la silueta imprecisa del arco romano en otras ocasiones, pero nunca tuve la oportunidad de subir hasta sus mismas piedras. Al fin llegó el momento y he aquí que uno cuenta en su haber de caminante con una nueva experiencia, con un nuevo y fortísimo elemento de apoyo sobre el que hacer descansar su pasión por esta Castilla de nuestras dichas y de nuestros pecados.

            Había leído algunas cosas acerca de la histórica villa de Medinaceli. La consideraba como una vieja ciudadela cargada de recuerdos, pero un poco dejada de la mano de Dios y más todavía de la mano de los hombres; un burguillo medieval de casonas destartaladas y palacetes que apenas si podrían sostener el peso de las cubiertas sobre la piedra tambaleante de sus cuatro muros; de mansiones señoriales selladas por encima de los dinteles de sus puertas con escudos de nobleza que han sabido burlar tan guapamente el peso de los siglos y el zarpazo impío y prolongado de la desconsideración. Ahora he visto que no es así, que la gente se volcó en favor de su pueblo con obras de restauración hasta conseguir de él una nueva imagen, quizá demasiado nueva al contraste con la realidad de su pasado y con lo que Medinaceli representa como solar de las más antiguas civilizaciones; pues consta que el primer caserío o castro levantado sobre el soberbio balcón fue obra de las tribus celtíberas; que romanos, visigodos y árabes anduvieron por allí atraídos por su situación estratégi­ca como lugar de paso.
            Estamos a 1014 metros de altura sobre el nivel del mar. Abajo, como a un par de kilómetros de nosotros y separados por una carreterilla estrecha de asfalto serpenteante, queda el barrio de la Estación, la nueva Medinaceli de los hotelitos, de los restaurantes y de las tiendas. Aún mas allá las famosas salinas . Del arco romano de Marcelo, similar en estilo y en compostu­ra a los de Septimio Severo y Constantino en la ciudad de Roma, y único en la Península con triple arcada, se llega hasta las murallas de poniente atravesan­do el pueblo. En el maltrecho lienzo de muralla se abre una portona medieval que los vecinos reconocen por la Puerta Arabe. Agujero de entrada y de salida para nobles y campesinos, para clérigos y guerreros, por donde nadie pasa y por donde -a uno se le ocurre pensar- saldría a bienconocer Castilla el juglar que compuso, nada menos, que el "Poema de Mio Cid", la más vieja muestra de la literatura nacional que se conoce a título de obra argumentada y seria y cuyo autor, anónimo, por supuesto, era natural de allí.

            En el centro mismo de la villa se abre su Plaza Mayor, flanqueada por el añoso palacio de los duques y por el edificio sobre arcos y soportales de la vieja alhóndiga. En esa plaza se corrió hasta hace muy poco el "toro jubilo o jubillo", preparado con dos bolas de estopa y de pez encendidas sobre la cornamenta, y con el cuerpo recubierto de barro líquido para librarse de la quema, coincidiendo con las fiestas otoñales de los Cuerpos Santos, que no eran otros que los de San Arcadio, Pascasio, Eutiquiano, Probo y Paulino, martirizados en tiempos del bárbaro Genserico, y que al decir de las gentes se guardaban allí, tal vez en la colegiata de Santa María, cuya torre cuadrangular sobresale por encima de los soportales, de los arcos y de los tejados que rodean a la plaza.
            Me cuenta un hombre anciano, que atraviesa la plaza embozado en su tapabocas, que por aquellos campos de Medinaceli murió el moro Almanzor, cosa que ya nos cuenta la Historia. El hombre vacila al final, se mueve en medio de un mar de confusiones. Nadie sabe -dice- donde está enterrado; aseguran unos que en el patio de la alcazaba que ahora sirve de cementerio, otros que en todo lo alto del Cuarto Cerrillo, fuera de las murallas. Vaya usted a saber. El que lo escucha, tampoco se encuentra en condiciones de opinar si es en un sitio o es en otro, o tal vez, quizá lo más probable, en ninguno de los dos.

            Todavía quedan algunos detalles más, registrados con fatal caligrafía, en el cuaderno de notas que llevé a Medinaceli. La falta de espacio aconsejan omitirlos. A la cámara de fotos, en cambio, sí que le hice trabajar dirigiendo el objetivo ahora hacia los dilatados campos del entorno, ahora hacia el estrecho callejón que castiga el viento, ahora hacia el arco romano o hacia los restaurados soportales de la plaza...No obstante, puedo asegurar que el acercarse a la histórica villa nunca es tiempo perdido, que es imbuirse en la España de hace un montón de siglos, y un magnífico motivo de gozo para los sentidos y para el espíritu. 

domingo, 12 de junio de 2016

ANDAR POR CASTILLA (VIII): CUÉLLAR (Segovia)


          «El castillo de Cuéllar corona el cerro sobre el que se levanta el pueblo, y desde él se ven, con buena vista y cielo limpio, las torres de Segovia, a naciente, y las de Olmedo, a poniente. El castillo de Cuéllar es fortaleza roquera, con planta cuadrilonga, de fábrica de mampostería y flanqueado por cubos que parecen cada cual de su padre y de su madre, con arco árabe defendido por garitas y sólida torre cuadrada. El castillo de Cuéllar levantó pendones por la Beltraneja, en su guerra contra Isabel» (C.J.CELA: “Judíos, moros y cristianos”)  

            La villa de Cuéllar, allá en los rayanos de las tierras de Segovia, llamando a tiro de piedra en el picaporte a los campos de Valladolid por las riberas del Cega, es uno de los enclaves castellanos de renombre con mayor contenido. Quiere ello decir que el tiempo y el espacio a tratarla debieran ser extraordina­rios, lo que en esta serie de trabajos dedicados a prensa no es posible por razones obvias. No obstante, nunca es peor que la tal advertencia quede marcada en su lugar y a su debido tiempo; más si el lector da en advertir que las referencias a esta completí­sima villa llegan a él de manera concisa, comprimida, a modo de torrente en cuyos contenidos sería conveniente entrar con mayor detalle. En todo caso, y pensando en el lector más interesado, queda el remedio de acercarse por allí, de emplear un día de su vida a mirar por el nítido celofán de los siglos el alma de Castilla, puesta al día, eso sí, pero que en pocos lugares de nuestro entorno se vislumbra con la autenticidad y la pureza conque puede palparse, y hasta vivirse al amparo de la imagina­ción, en la villa de Cuéllar.
            Es ésta una de las más reconocidas y más visitadas de las viejas ciudades castellanas. Sus vecinos, y sus autoridades sobre todo, se preocupan porque así los sea. Los acertados folletos anuales que publican para darla a conocer, y las atenciones que el forastero encuentra al tratar con sus gentes, colaboran de modo eficaz en la popularidad de Cuéllar. Para su uso, y también para el uso de quienes a menudo caen por allí, los cuellaranos dividen los intereses más notables de la villa de cara al visitante en una serie de apartados diferentes, pero que son a manera de escaparate en el que se expone todo cuanto en el pueblo puede verse; a saber: el Castillo, el arte Mudéjar, las tres culturas, el pinar, los encierros, el Henar y la Gastronomía. Todo ello es interesante, todo ello completa la oferta que la villa posee para dar de cara al público.
            Como "Isla Mudéjar" y "Mar de Pinares" gusta a la gente de allí mostrarse de cara al mundo. Uno no entra ni sale en los slogan que la gente considera como más convenientes para darse a conocer. Cuéllar es, efectivamente, tierra de pinares; y es también un muestrario variadísimo del arte musulmán de los sometidos, del arte pobre, presente nada menos que en once de sus iglesias; pero es mucho más; es historia, es costumbrismo, es castellanía puro sobre todo, que el visitante descubre apenas se introduce en los entresijos del casco urbano y respira los aires viejos que llegan del campo, con olor a mies, a resina, a tierra húmeda según la época del año.
            El castillo queda en lo  más alto del pueblo. A partir del siglo XII al castillo de Cuéllar lo han ido completando, poco a poco, con detalles propios de cada momento: mudéjar, renacimien­to, barroco, neoclásico, casi todos los estilos que cuentan en nuestra cultura occidental desde entonces aparecen en él. El dato más importante de toda su historia es, sin duda, la concesión por parte de Enrique IV a Beltrán de la Cueva, primer duque de Alburquerque, de aquella recia fortaleza a finales del XV, con lo que comienza su crecimiento, desarrollo y madurez. Pocos edificios españoles, por muy cargados de siglos y de avatares, fueron lugar de estancia a lo largo de la historia, de tantos personajes de renombre como lo fue esta inmensa casona solar de los Alburquerque: María de Molina, el infante Don Juan Manuel, Fernando IV, Pedro I el Cruel, Juan II, Espronceda, Wellington y el general Hugo, Beltrán de la Cueva, Enrique IV, Doña Mencía, Doña María de Velasco, Doña Isabel de Girón, entre una lista interminable de nombres a los que hay que unir acontecimientos tan importantes como la boda del rey Pedro I con Doña Juana de Castro, o la defensa por parte de Doña María de Molina de los derechos de su hijo Sancho IV a la corona de Castilla. Es original, y extrañísimo en su forma según lo dicho, el castillo de Cuéllar.

            Estamos en el parque de San Francisco; tal vez lo más actual y saludable de la villa en donde todo es antiguo. Atrás queda, desmantelada sobre su propio esqueleto, la iglesia convento del Santo de Asís; a mano derecha el de Santa Isabel, y a nuestra izquierda el de la Concepción; todo en la parte baja de la villa. La gente camina, conversa y descansa a placer por el Paseo de San Francisco, junto a la fuente redonda y al monumento en bronce a los encierros.
            Los encierros de Cuéllar son los más antiguos de España, por lo menos de los que se tiene noticia; no son los más sonoros ni los más universales, que para eso están los pamplonicas de San Fermín, pero sí los más antiguos. Datan del siglo XV, y bajo documento que lo acredite desde el año 1546, edición aquella en la que los regidores de la villa hicieron constar el evento en las ordenanzas municipales. Los cuellareños, a los que se suele unir por aquellas fechas una buena parte de la juventud de la comarca, tienen para sí sus encierros como una liturgia sobre la que descansa con fuerza el peso de la tradición. El monumento a los encierros, sobre pedestal elevado y en sitio bien visible, muestra la figura en tamaño natural de un toro de lidia y la de un mozo que corre delante de él, casi al alcance de las afiladas astas. Las gentes de Cuéllar se sienten honradas con la escena inamovible y, sobre todo, con lo que es y con lo que representa.
            Como pueblo castellano de añosa tradición y de activo pasado, es éste cuna de hombres que durante su vida se hicieron notar, y mal que mal el tiempo va borrando su memoria. Ignoro si en el pueblo se les honra con el nombre de alguna calle o plaza que haga perpetuo su recuerdo, y sirva de enseña para los que ahora son y para las generaciones que habrán de venir más tarde; supongo que sí. Diego Velázquez de Cuéllar nació en este lugar el año 1465. Fue desde 1511 gobernador de la isla de Cuba, y en 1514 fundó la ciudad de La Habana. Otro personaje, coetáneo del anterior y sobrino de aquel por vía directa, fue Juan de Grijalva, nacido en Cuéllar en 1488, capitán de la segunda expedición que exploró los litorales del golfo de México, después de haber participado activamente en la conquista de Cuba. Murió a mano de los indios en la villa de Olancho en 1527.

            Nombres y situaciones que bien atestiguan por sus calles las piedras de los palacetes e iglesias, como el que hoy ocupa el ayuntamiento en la Plaza Mayor, o la iglesia de San Miguel en la misma plaza, simple botón de muestra de cuanto se ha dicho.
            Pero habremos de acabar, y jamás debiéramos hacerlo pasando por alto su gastronomía. Cuéllar es la tierra de la achicoria -se llegaron a contar en tiempo pasado hasta diez fábricas de aquel popular sustituto del café por toda la villa-, de las endibias, y del lechazo churro asado al horno. Sus embutidos caseros gozan de justa fama, y los bollos (duros y blandos) se siguen ofrecien­do al visitante como estrella de su repostería. A partir de ahí, ya sabe el caminante, el viajero o el turista, a qué atenerse.

            A tope dicen que raya la fuerza de la costumbre y la piedad popular en la romería a la ermita de El Henar a mediados de septiembre. La imagen morena, románica del XII, de la celestial patrona de los resineros y de la ciudad de Cuéllar, protagoniza cada año aquella fiesta masiva desde su santuario a una legua del pueblo. Sostén para unos, memorial para otros, de vieja castella­nía.

martes, 31 de mayo de 2016

ANDAR POR CASTILLA: CAMPO DE CRIPTANA (VII) (Ciudad Real)

                                             

            "He llegado a Criptana hace dos horas; a lo lejos, desde la ventanilla del tren, yo miraba la ciudad blanca, enorme, asentada en una ladera, alumbrada por los resplandores rojos, sangrientos, del crepúsculo. Los molinos, en lo alto de la colina, movían lentamente sus aspas; la llanura bermeja, monótona, rasa, se extendía abajo".  (Azorín."La ruta de Don Quijote")

            Criptana es por excelencia la ciudad manchega de los molinos de viento. Los molinos de viento son, sobre todo lo demás, la enseña y distintivo de Criptana. No he podido saber cuál es en este instante el número exacto de molinos que hay en Criptana. He contado hasta doce, pero es probable que haya alguno más. El número de los molinos de viento que hay sobre la serrezuela de Criptana es algo que ha variado con el tiem­po. En El Quijote se habla de "treinta o pocos más, desafora­dos gigantes, con quien hacer batalla"; hacia el año 1750, el Marqués de la Ensenada puso en catálogo treinta y cuatro molinos; cien años después, don Pascual Madoz contabilizó veintisiete; y otros cien años más tarde, es decir, hacia 1950, eran sólo tres los que quedaban, con estos nombres: Infante, Sardinero y Burleta. Ahora son doce o más los que alzan sus aspas en el Cerro de la Paz de Campo de Criptana, que los turistas prefieren como primer atractivo. Sardine­ro, Culebro, Lagarto, Pilón, Burleta, Infante, Poyatos, Quime­ra, Cariari, Inca Garcilaso, son los nombres de algunos de ellos, casi todos cumpliendo alguna misión específica pensando en el turismo, aparte de la meramente decorativa de la cual se beneficia el pueblo. El molino Culebro, por ejemplo, está dedicado a Museo de Sara Montiel, el Pilón es Museo del Vino; el Poyatos funciona como oficina de turismo, y el Inca Garci­laso sirve como Museo de Artesanía.
            Las callejuelas que quedan al pie del altiplano en donde se airean los referidos monumentos a merced de las corrientes del aire, llevan casi todas ellas nombres de personajes saca­dos de la inmortal obra de Cervantes. Campo de Criptana, tal y como lo hemos podido ver al andar por sus calles, es un re­cuerdo continuo al autor del Quijote, que tiene por culmen la magnífica estatua en bronce que en su memoria colocaron en un lateral de la Plaza Mayor.
            El pueblo se extiende hasta el llano ocupando casi todo él la suave ladera que baja desde los molinos hasta las vías del ferrocarril. El nombre de Campo de Criptana, del que siempre dude si era tal o era Criptana solamente, pareció ser el más acorde con el que referirse a un tiempo a los tres primitivos núcleos de población que lo integraron, a saber, Criptana, El Campo y Villajos.
            Alguien me explicó en Criptana que durante largos años de la Baja Edad Media, sus tierras fueron campo de batalla entre cristia­nos y moros después de la con­quista de Cuenca, circuns­tancia que se agravó con la derrota de Alarcos, y así hasta la batalla de las Navas de Tolosa -todo bajo el reinado de Alfon­so VIII de Castilla-, que trajo, entre otras conse­cuen­cias, el fin del dominio musulmán por todas aquellas tierras.
            Pero Campo de Criptana es además uno de los pueblos más importantes de aquella provincia de Ciudad Real de pueblos grandes, y tanto o más sonoro que muchos de ellos, no sólo por su presencia en la literatura española de éste y de pasados siglos, sino más bien por lo que representa en el conjunto general de las tierras de la Mancha, y porque ha dado al mundo de la fama nombres tan reconocidos como el del músico Luis Cobos o la actriz Sara Montiel, quienes, además, y en un gesto que les honra, hacen honor a su patria chica siempre que llega la oportunidad de hacerlo.

            Se ha dicho -y va de anécdota- que es tanto entre las gentes de Criptana su apego a la literatura, que mantienen como dogma de fe la creencia de que don Alonso Quijano existió como personaje de carne y hueso, y que era natural y vecino de aquellos pagos; que fue en su tiempo uno más de los caballe­ros de la Hermandad de los Treinta Hidalgos que hubo en el pueblo hasta bien entrado el siglo XVIII. Son, nadie lo duda, reflejos de la importancia universal de la obra cervantina, que revolucionó las tierras de la Mancha y cuyo influjo no ha cesado, ni cesará probablemente en mucho tiempo, como prueba el que todos los pueblos, villas y aldeas de la comarca, se crean en el derecho de haber sido escenario de algún pasaje de El Quijote, sin otro argumento a veces que la buena inten­ción, cuando no el deseo de favorecerse tomando parte de la llamada Ruta de Don Quijote, en la que todos quieren estar, siendo muy pocos, en cambio, los nombres que en el libro aparecen escri­tos por mano de Cervantes. Al autor, incluso, se ha intentado repetidas veces regalarle alguna ciudad manchega como cuna, más por celo hacia la persona que universalizó sus tierras, que por el ruin deseo de apropiarse de lo que no le correspon­de; lo que parece humanamente comprensible.
            En la Plaza Mayor, haciendo ángulo con el renovado edifi­cio del ayuntamiento, y junto al vistoso parque donde los más viejos del lugar pasan las horas muertas hablando de la cose­cha de vid, se levanta la torre de la iglesia de la Asunción; dicen que la más alta de toda la provincia hasta que en el año treinta y seis fueron demolidas ambas, torre e iglesia, y con ellas su magnífico retablo mayor de Berruguete. Ha sido susti­tuida por otra con chapitel de pizarra, no menos galana, pero que se deja notar la falta de aquella primitiva, de cuyas formas góticas todavía guardan memoria los ancianos y las viejitas manchegas que en las calles de Criptana se sientan a la sombra de sus casas cada tarde viendo al mundo correr.


            Campo de Criptana es un pueblo blanco, como ya lo era en tiempos de Azorín y como lo fue siempre. El color blanco refleja los rayos del sol y evita que el calor penetre a través de los muros. Campo de Criptana es tal vez el más blanco y decoroso de todos los pue­blos de la Mancha. De cuando en cuando un fuerte azul prusia destaca aobre al blanco hi­riente de las paredes distinguiendo una puerta, un roda­pie, la franja estirada de un friso. Y no lejos, blanco tam­bién como el sueño de los ánge­les, el santuario patronal de la Virgen de Criptana, ocupando otro altozano de generosa expla­nada, conti­nuación quizá de la Sierra de los Molinos, desde donde se domina, hasta que la vista se pier­de, la inmensa llanura manchega que limita, muy en la lejanía, la línea del horizonte sobre el mar de los campos.     

lunes, 23 de mayo de 2016

ANDAR POR CASTILLA. (VI) CHINCHÓN (Madrid)


            Desde la barbacana de la Plaza Palacio, junto a la torre del Reloj, el pueblo de Chinchón rezuma historia a todo lo largo y a todo lo ancho. Había leído acerca de este pueblo situado en la Alcarria de Madrid; conocía las fotografías habidas y por haber de los monumentos y de los rincones más representativos que esconde por sus calles y por sus orillas; guardaba en la memoria la imagen de tantas escenas y planos tomados en su personalísima Plaza Mayor; pero nunca pude imaginar la realidad de Chinchón de no haberlo visto.
            No puede considerarse a la Muy Noble y Muy Leal Villa de los Condes bajo uno o dos de sus aspectos solamente, que es lo que la mayor parte del público anda buscando por allí, según he podido constatar en mi reciente viaje. El pueblo de Chinchón tiene algo más que una plaza espectacular; algo más que una estupenda gastronomía; algo más que el recuerdo perenne de grandes personajes del pasado que lo prefirieron como lugar de encuentro o de estancia; algo más que una magistral pintura de don Francisco de Goya; algo más que el rico -así lo aseguran los entendidos- anís que sale de sus destilerías; algo más, en fin, que un nombre sonoro, rayano al mito, que tan a menudo quienes no lo conocen le suelen aplicar.
            Es preciso ir a Chinchón, patear sus cuestudas calles, observar con los ojos de la cara y con los del espíritu, escuchar en el silencio sepulcral de la historia lo que el pueblo es y cómo desea mostrarse ante nosotros. Por la singulari­dad indecible de la antigua villa, anduvieron con el corazón arrastras infinidad de hombres famosos, y por ella misma se engolfan en un mar de impresiones que intentan buscar acomodo en las celdillas de la memoria tantos personajes, conocidos o no, como a lo largo del año pasan por allí.
            Conviene conocer medianamente cuando se llega a Chinchón lo que hay debajo de las mortecinas piedras de sus calles para entrar en él; echarse luego a imaginar desde la barbacana de la Plaza Palacio -pongamos por caso- junto a la torre del Reloj, miles de peripecias y situaciones de las que fue escenario, acontecimientos y paradojas, como paradoja es mirar a un lado y a otro y encontrarse, casi juntas las dos, con una torre sin iglesia y con una iglesia sin torre. Es verdad, y, como todo allí, tiene su porqué enredado en la trama novelesca de su pasado.

            La villa ha sido maltratada en repetidas ocasiones por los caprichos de la Historia, y mimada siempre o casi siempre también. A lo lejos, poco en la distancia y mucho más en el tiempo, parecen como dejarse ver por encima de los muros de piedra y los torreones esquineros de su castillo, las llamas devoradoras con que los franceses vengaron la oposición del pueblo a la pretendida conquista de Napoleón, cuando años antes había sido saqueado, primero por los comuneros y después por las tropas del Archiduque Carlos en plena Guerra de Sucesión; pues, conviene saber que en 1706, el 3 de agosto de aquel año, el pueblo de Chinchón proclamó como rey de España a Felipe de Anjou en su Plaza Mayor, cuando los altercados, sangrientos, gravísi­mos, por la posesión de la Corona, tendrían que durar todavía cuatro años más, hasta diciembre de 1710, tiempo en el que las batallas de Brihuega y Villaviciosa se inclinaron definitiva­mente a favor del primero de los Borbones que habría de sentarse en el trono español.
            El antiguo convento de San Agustín, famoso centro de formación humanística durante los siglos diecisiete y dieciocho, luego cárcel, y juzgado después, es ahora parador de Turismo, situado muy cerca de la plaza, en el centro del pueblo, con la Casa de la Cadena a cuatro pasos, caserón en el que el futuro rey Felipe V recibiera atenciones sin cuento repetidas veces durante las largas guerras que acabaron sentándole en el trono.
            Y detrás de nuestro puesto vigía en la Plaza Palacio, en terna de monumentos históricos con la torre del Reloj, y con la iglesia parroquial en cuyo retablo mayor la gente puede admirar a diario el cuadro de "La Asunción de la Virgen" pintado por Goya para aquella iglesia -de la que su propio hermano, Camilo, fue sacerdote-, queda el teatro Lope de Vega, construido en 1891 sobre lo que fuera el viejo Palacio de los Condes, casona solar de sonoras hidalguías en donde el Fénix de los Ingenios escribió y firmó alguna de sus obras, lo que le valió el nombre, con una capacidad, tras la última remodelación, para cuatrocien­tas personas. Y algo más allá, con dirección a la abierta vega y a los declives de olivar aún lejanos, otro convento, el de las Clarisas, fundado en 1653. Pero habremos de bajar hasta la Plaza Mayor, todo el tiempo a nuestros pies, separada por un zig-zag de callejuelas pinas, de arquillos pintorescos y de placetuelas, en donde parecen sentirse si uno está atento, los movimientos arrítmicos de sístole y diástole del corazón de la villa.

          
  En la Plaza Mayor de Chinchón se encuentra, no sólo la mayor actividad, sino la vida del pueblo. Viene a ser -con su planta irregular un tanto ovalada como base, pero anchísima en capacidad y no sé si ligeramente inclinada-, algo así como la inmensa cazuela de un teatro antiguo, rodeada por galerías de dos y tres pisos, homogéneas, con columnatas y barandales de madera pintados de un oscuro tono verde, donde se han instalado, desde hace varios años a hoy, media docena o más de restaurantes, de bares, de tiendas de regalos, en las que destaca el lujo y el señorío propios de una villa cuyos pobladores se han planteado en buena parte vivir de las prometedores posibilidades que en la vida moderna aporta el turismo.
            En el viejo coso tiene lugar cada año cuando menos un festival taurino, allá por el mes de octubre cuando se cierra la temporada; y en algunas de las paredes del entorno pueden verse referencias, sobre placas o azulejos, a ciertas celebridades del mundo de la torería, como al mítico Frascuelo, quien justamente allí, en la antigua posada del Tío Tamayo, convaleció de una grave cogida que sufrió en julio de 1863 en aquella misma plaza; o el recuerdo a Marcial Lalanda, más próximo a nosotros, sobre una placa bien visible de mármol blanco en la que se puede leer: "Peña taurina El Tentadero. Homenaje póstumo a D.Marcial Lalanda. Chinchón, 19.10.1991". En la mente de los más maduros del lugar, de las buenas gentes que de ello fueron testigos, queda vivo el recuerdo de aquellos graciosos capotazos y desplantes de Cantinflas durante el rodaje de la película "La vuelta al mundo en ochenta días", experiencia única en la vida del célebre actor mejicano Mario Moreno, pues, fuera de lo previsto en el guión, la gente pudo ver cómo se le cayeron los pantalones en pleno representación. Consta que la plaza se estrenó como real coso taurino en el año 1502, con una corrida a la que asistió el primer rey Felipe que tuvimos en España, el Hermoso, yerno a la sazón de los Reyes Católicos y aficionado, como parece ser, al recio arte de la Tauromaquia.

            Como recuerdo antes de abandonar el pueblo, una botella de anís comprada en cualquiera de sus tres destilerías -antes fueron siete-, una horca de ajos como segundo producto típico de la tierra, y fotografías, muchas fotografías para las que en Chinchón jamás faltarán motivos. 
(En las fotografías: La típica "Plaza Mayor", "La inconfundible Condesa de Chinchón", y un aspecto del "Parador-Restaurante".)