lunes, 23 de noviembre de 2009

BONAVAL EN EL ALTO JARAMA


Si algún día, amigo lec­tor, alguien te exigiera opinar acerca de los pueblos más pin­torescos de esta tierra en que vives; pueblos que el gran pú­blico desconoce, pero que ahí están como una realidad viva, puedes decir sin miedo a equi­vocarte que, escondidos en las solanas, en el fondo de los valles o en la cumbre misma de montículos y altiplanos de cua­lquier comarca, estos se pueden contar por centenares.
Hoy, aprovechando el as­pecto óptimo del día a la hora de la sobremesa, he decidido viajar hacia una de esas comar­cas escondi­das y sorprendentes que oculta como oro en paño la geografía guadalajareña. Vamos, pues, hacia las altas corrien­tes del Jarama buscando el halo bajomedieval de un monasterio derruido, el de Bonaval en las serrezuelas de Tamajón, a cua­tro pasos camino adelante del pueblecito de Retiendas, un lugarejo de sufridos pastores y de honrados campesinos, bello como pocos antes y después de las obras de pavimentación de sus calles. La imagen del puen­te de tres ojos sobre el arro­yo, con las casas escalona­das al fondo, recibiendo sobre las lomas de matorral los últimos tornasoles del sol de febrero, es una estampa que al fino ob­servador le suele quedar impre­sa en la retina para siempre.
Estamos en las orillas de Retiendas, al lado del puente. El camino que nos ha de llevar hasta el monasterio es un cami­no de herradura, un buen sende­ro para viajar a pie aunque nos obstine­mos en atravesarlo sobre el vehículo. Al final todo es posible. Robles, chopos, álamos enfermizos, encinas de tupido plumaje color de plomo, algún que otro nogal todavía desnudo en el fondo de la inmensa cal­dera por donde están las ruinas del monasterio, nos van acompa­ñando mientras pisamos la piel descarnada del camino.
Abajo, por las praderas que limitan con el tapial del monasterio, entre los matojos, se sienten las esquilas de un rebaño de ovejas. El pastor lleva terciada al hombro una manta que se ata a la espalda con un cordel, y las manos las tiene ocupadas por un bastón de madera de olmo y un aparato de radio. Cuando alguna res se pierde entre los brezos, el mastín se encarga de llevarla al orden a fuerza de mordiscos en el calcañal de las patas traseras. El pastor contempla la escena con pasivi­dad.
- Buenas tardes -le digo.
- Qué, a ver el convento -me responde.
- Sí señor. Por el aspecto de las piedras debió ser muy bonito. Da pena verlo hecho una ruina.
- Siempre lo hemos visto así. Cuando lo moros dicen que vivían frailes ahí dentro, y todo esto era huerta.
Por la explanada en la que pasta el rebaño hay grupos de piedras en círculo, encerrando montones de cenizas y de tron­cos a medio quemar. Los silla­res, perfectos, todavía en pie de la fachada, se ven a estas horas de la tarde como teñidos de oro viejo con los rayos del último sol que los alumbra en oblicuo. Sorprenden los artís­ticos capiteles que se alinean sobre las columnillas en haz de la portada. El arco principal, como todos los demás arcos que se ven sobre las ventanas del monasterio, cierra en punta, guardando por lo demás todos los detalles del arte románico de finales del siglo XII en que se construyó con la ayuda in­condicional del rey Alfonso VIII de Castilla.
Unas cuantas higueras lar­guiruchas de tanto estirarse para buscar el sol que apenas se deja ver por encima de los muros, es lo único que hay en la seria oquedad del monaste­rio. Por el suelo humedecido andan los cascotes de escombro, las latas de refresco, los pa­litroques que alguien tiró, y alguna que otra mata de zarza­mora y de jaramago, las espe­cies más comunes de los lugares en ruina. La yedra, el apretado chal de la yedra, se cuela de fuera a dentro por los rasgados ventana­les en ojiva que dan al norte, luego se pega de raíz en la nervada cúpula de un ábside.
- En verano vienen muchos turistas por aquí -grita el pastor desde lejos-. Se zambu­llen en cualquier poza del río, igual que los cochinos. Casi todos son de Madrid, por lo que se explican.
El río al que se refiere el pastor es el Jarama, limpio aún, que arrastra su caudal a un tiro de piedra del monaste­rio.
Estar en Bonaval y pasar de largo por su historia es poco menos que una irreveren­cia. Queda escrito que fueron unos monjes cistercienses veni­dos de Palencia en 1170 sus primeros moradores, acompañados de un tal Nuño que sirvió como su primer abad. Y allí estuvie­ron hasta el año 1821 en que lo abandonaron definitivamen­te, comenzando en aquel momento lo que, poco a poco, habría de convertirse en este montón de piedras malamente ordenadas, que aplana el espíritu y con­mueve los sentimientos de qui­en, por propio deseo o dejado llevar de la corriente, se ace­rca por aquí.
Me he atrevido, al fin, a subir hasta lo más elevado de los muros. El juego de los es­calones de caracol es una fina obra de ingeniería, pese a los precarios medios con los que debieron contar los artesanos que le dieron forma.
Encima del ábside central de lo que fue la iglesia, uno se deleita oteándolo todo. Las agujas afiladas de los ventana­les ponen sobre el abandonado recinto una nota de lejana so­lemnidad. Ni qué decir que los cantos de los monjes que allí vivieron se escapan por entre las rendijas de la sillería, a poco que uno se concentre en escucharlos. Aquí una columna roida por el peso de los si­glos, allá un hermoso capitel desportillado por el soplo de la barbarie, en la húmeda pared de la sacristía el nicho donde doscientos siglos antes guarda­ron los frailes sus útiles dia­rios para la ceremonia. Por el ventanuco en ajimez que se alza sobre la fachada, se cuela el sol de las cinco estrellándose al momento contra los sillare­jos de la bóveda que cubre el presbiterio.
Al cabo de mirarlo todo, de subir y luego bajar las es­cale­ras de caracol, el silencio se ha hecho completo. La tarde enmudeció sin que apenas se distingan en la distancia los campanillos del rebaño, el cho­car del viento contra las jam­bas de piedra moviendo débil­mente las hojas de yedra, el rumor del río, la paz del cam­po.
En Bonaval, los atardece­res del mes de febrero toman, sin que nadie sepa el porqué, un cariz distinto, se tornan en todo un símbolo. El frío es cada vez más intenso a la espe­ra de una noche sin esperanza; silencio sepulcral que hiela la sangre en un escalofrío largo, sin principio ni fin; sopor de muerte en medio de una natura­leza que invita a la vida. Es­to, sobre todo lo demás, es el augusto valle de Bonaval, donde quedan las ruinas de un monas­terio que hace casi dos siglos abandonaron los últimos monjes de la Orden del Císter.
(Guadalajara, 1995)

1 comentario:

  1. Como viajero me ha encantado tu blog, y ya lo he añadido al mio. Si no surge un contratiempo en el puente próximo pienso visitar parte de la provincia de Guadalajara.

    Saludos

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