martes, 17 de noviembre de 2009

LA LEYENDA DE LA PRINCESA ELIMA


Si hemos de admitir -y no hay nada especial que se oponga a ello- que la leyenda queda a mitad de camino entre la historia y la fábula, el hecho que hoy nos ocupa, por estar en el ánimo de las gentes desde tiempo inmemorial, por ir, además, adornado todo él de nombres conocidos y circunstancias muy concretas, arrancados de una época muy particular de la vida real y en momentos cruciales, por no decir álgidos, del pasado de la villa alcarreña en donde aconteció; el hecho, repito, aunque ande lo sobrenatural de por medio -o precisamente por ello-, está más cerca de la historia real que de la ficción, fruto, en este caso inviable, de alguna pía imaginación a la que eran tan dados los hombres de la Baja Edad Media, quizá para justificar una fe de la que carecían.
Es sabido de todos que el rey castellano Alfonso VI, al verse privado por su hermano Sancho del reino de León, acudió a Toledo para buscar cobijo al amparo del moro amigo Almamún, quien, en un alarde afectivo muy propio de la raza agarena, le regaló la villa de Brihuega para siempre en testimonio de amistad, así como muchas de las tierras de sus contornos y la quinta de su propiedad que por entonces poseía, bien orientada al sol de la Alcarria, balconada sobre la vega por la que corre el ríoTajuña.
Ocurrido el magnicidio de Zamora, Alfonso, hermano del rey muerto, recuperó su reino leonés al que habría de unir el de Castilla y más tarde Galicia. Por tales razones tuvo que abandonar la ciudad de Toledo que conquistaría después en 1085, una vez fallecido el moro amigo. Pero, lejos de estas tierras bajas de la Meseta, el joven monarca jamás pudo olvidar sus horas de la Alcarria, la serena tranquilidad del mirador de Brihuega, el encanto de su quinta que le regaló Almamún en contacto permanente con los rumores de las aguas que vierten al Tajuña. De ahí que pusiera especial interés en repoblarla con gentes traídas de sus reinos; pero no pudo ser; los castellanos viejos se negaron a plantar sus reales a perpetuidad en lejanas tierras que, no ha tanto, habían sido centro importante de un estado musulmán. Ante le dilema de razas y de credos planteado al rey por sus súbditos de León y de Castilla, hubo de decidirse, a falta de mejor solución, por traer una numerosa colonia mozárabe desde Córdoba, la capital del califato, que no dudó en instalar en aquel escogido lugar de la Alcarria, y de cuya sangre, carácter festivo, jocoso y bullanguero, los brihuegos son una pura muestra; si bien, el sentido cosmopolita de la vida en los últimos tiempos, el trato continuo con otras gentes vecinas, y la afición al viajar, está suavizando sensiblemente aquella manera tan personal de ejercer su conducta.
Se cuenta que, pasado el tiempo, la familia del rey moro de Toledo recordaba con nostalgia su antigua residencia estival en los valles de Brihuega, y que como guardasen a nivel familiar una buena amistad con el rey de Castilla, eran frecuentes las visitas de esparcimiento durante largas temporadas a la que más tarde se le habría de llamar, no sin razón "Villa de los Jardines".
En uno de aquellos períodos veraniegos que las princesas moras, hijas de Almamún, pasaron en la que en otro tiempo hubo sido quinta de los suyos, debió de ocurrir el hecho extraordina­rio de la aparición de la Virgen de la Peña, venerada Patrona de Brihuega, cuya leyenda, más o menos resumida, pudiera ser así:
La princesa Elima, o Zelima, había nacido, lo mismo que su hermana Casilda -luego Santa Casilda- de una esclava cristiana, cuyos principios en la religión se supone que debería de conocer aprendidos de su propia madre. Es el caso que en las serenas noches estivales de la Alcarria, la princesa, alma sensible y soñadora, acostumbraba a pasar muchas horas contemplando por las aspilleras de la torre mayor y desde los adarves del castillo, el placido panorama de la vega, adormeciendo su espíritu cada trasnochada con el murmullo de las aguas cantarinas que se despeñaban en el abismo, observando con admiración el fulgor nítido de los miles de estrellas que en las noches claras se asoman desde la bóveda celeste, centelleantes unas, inmóviles otras, a velar desde la altura el sueño en paz de aquel tranquilo retazo del campo de Castilla. Escenario ideal para escuchar de labios de sus hayas -cristianas a la sazón- los grandes misterios de su fe y los aleccionadores episodios de la vida de Cristo y de su Santísima Madre, mitad rigor evangélico, mitad fruto de la imaginación o del deseo. Un criado, Ponce de nombre, que con el apodo de Cimbre ha cruzado el umbral de los siglos al lado de su protegida o pupila, fue uno de los cristianos distinguidos que, en calidad de servidor, tanto tuvo que ver en la formación primera y en la subsiguiente conversión de la princesa Elima.
Cuenta la tradición que en una de aquellas noches de vela, cuando la princesa se encontraba sola, alimentando su alma con el silencio de los valles, levemente contrastados y de aspecto fantasmal a la luz de la luna, vio en la pequeña oquedad de unas rocas la imagen fulgurante de la Virgen María con su Hijo en brazos. Corrió al instante a dar la noticia a sus servidores que -añaden-, bajaron hasta el lugar exacto en donde la princesa había tenido la visión y, después de apartar cuidadosamente las breñas y los zarzales que cegaban la boca de la cueva, hallaron, efectivamen­te, una imagen sencilla de la Madre de Dios con el Niño sobre los brazos, la cual, bajo la advocación de "Virgen de la Peña", nueve siglos después, el pueblo honra y venera como Reina y Señora de Brihuega.
La iglesia -única parroquia que en la actualidad tiene la villa- queda enclavada sobre el mismo lugar de la roca en que la tradición asegura que ocurrieron los hechos, junto al castillo de la Peña Bermeja y mirando a la vega, que se extiende de saliente a poniente a sus pies profunda, rumorosa e infinita. Al fondo del ancho recinto ajardinado que llaman el Prado de Santa María, se encuentra el referido templo dedicado a la Virgen de la Peña, con origen en el último cuarto del siglo XII, como los de San Miguel y San Felipe, siendo también construido a instan­cias del arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada, otro más de los lejanos personajes que honraron con su presencia y engrandecieron con sus dádivas a la villa de Brihuega, conocida hoy más por sus famosos jardines que por su historia y por su leyenda.
(En la fotografía: aspecto actual de la cueva de la aparición)

Guadalajara, febrero 1998

2 comentarios:

  1. Bonita Historia que posiblemente sea una leyenda, como tantas en esos tiempos, que la imaginación volaba desmesuradamente.
    Hoy he ido a Molina de Aragón, como vivo a temporadas en la Serranía de Cuenca nos acercamos mucho a comprar. También un viaje fuimos al Monasterio de La Virgen de La Hoz, en Molina, me gustó mucho y creo que también tiene mucho de leyenda.
    Seguiré leyendo tus escritos que me gustan mucho.
    Un afectuoso saludo

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