sábado, 14 de noviembre de 2009

EL CRIMEN DEL ERMITAÑO


Hace algunos meses apareció en esta misma sección un trabajo con motivo de mi última visita al paraje y caserío cifontino que conocemos por la Cueva del Beato. Un buen amigo del periódico, maestro de periodistas, al que admiramos y del que siempre procuramos aprender, don Luis Monje Ciruelo, me comentó días después que, a su modo de ver, había incurrido en una omisión importante a la hora de dar cuerpo al referido escrito, pues no tuve en cuenta, ni siquiera había hecho velada referencia al famoso "crimen del ermitaño", cometido por aquellos alrededores, y que tanto dio que hablar y que escribir en los periódicos españoles, ya va para cien años. Se lo agradecí infinitamente al veterano maestro, y me prometí tapar esa laguna por cuanto se refiere al conocimiento de la Provincia lo antes que me fuera posible. Creo que ya estoy en condiciones de hacerlo. Lo dejó escrito el doctor Layna Serrano en la generosa fuente de su producción, donde me he acercado a beber, precisa­mente por el caño que tituló "Historia de la villa de Cifuentes" y que no ha mucho reeditó magníficamente la editorial Aache, bajo la dirección y control del doctor Herrera, quien, a su vez, abordó el tema con amplitud en su libro de 1993 dedicado a Cifuentes.
Ocurrió por aquellos años (hablamos de 1904) que atendía como ermitaño los servicios del santuario un vecino del pueblo al que llamaban El Pastor. El sitio, bien por tratarse de un rincón apacible de viejas piedades, o por la excelencia del paraje en la solana, dando vista a las variopintas veguillas alcarreñas que desde allí se divisan, contaba con el pláceme de los comarcanos, que a menudo acudían hasta él en cualquier época del año.
Es razón de fe para los cifontinos que un buen día se presentó ante el párroco de la villa y arcipreste de la comarca un hombre de extraño porte, de mediana edad y estatura, ataviado con todos los cordones, hábito y capucha, propios de la Orden de San Francisco, y que iba provisto de un documento extendido por el obispo Minguella, en el que se autorizaba al extraño persona­je, de nombre Bibiano Gil, a residir en el santuario como ermitaño, a cuidar de las instalaciones y a recoger limosna destinada al sostenimiento del mismo. Ello significaba el cese del Pastor en su oficio de santero, usurpado por aquel desconoci­do; si bien, el nuevo inquilino le ofrecía la oportunidad de seguir ocupando la vivienda, y de poderlo sustituir como ermitaño siempre que decidiera marchar a lejanas tierras a pedir limosna, lo que, como luego se vio, solía poner en práctica con bastante frecuencia.
Dicen que a partir de entonces la limpieza y el orden en el santuario mejoraron de manera increíble; que la iglesia comenzó a verse limpia y las imágenes sin polvo como no lo habían estado nunca. Revistió los altares con sabanillas y llenó los cajones de la sacristía de modestos ornamentos. Todo, fruto de las limosnas que el bueno de Bibiano Gil iba recogiendo en pueblos y villas de provincias lejanas, a las que solía caminar a golpe de cayado apenas la bonanza del tiempo lo hacía aconsejable.
Luego serían los bancales abandonados de alrededor los que se favorecerían del trabajo personal del nuevo ermitaño: recogió el agua de los diferentes canalillos que brotaban en la ladera para formar un estanque, trazó pasadizos, allanó tablares para poder cultivar un huerto, incluso colocó algunos bancos, al sol o a la sombra de los árboles, para que la gente se pudiera sentar. Bibiano Gil salía a los pueblos próximos solamente para ayudar a quienes necesitaran de él, nunca a pedir limosna, a oir misa y ayudar al párroco tanto en la iglesia del Salvador como en el convento de monjas. Si algún día le sobraba tiempo, lo empleaba en visitar o acompañar junto al lecho a los ancianos y a los enfermos.
Nadie supo jamás quién era ni de dónde había venido aquel personaje tan singular, que en tan sólo unos meses se había ganado la amistad y el afecto de las gentes de la comarca. Su educación esmerada, y la más que supuesta buena relación con personas distinguidas en tantos lugares de España, dieron pie a pensar que su origen no andaría muy lejos de ser, como entonces se decía, de los de alta alcurnia. Se indagó mucho para saber algo de él, se le vigiló y hasta se le siguieron los pasos para conocer algo de su vida en tiempo anterior al de su llegada a Cifuentes; pero todo fue inútil, nadie pudo averiguar detalle alguno de su pasado, y cuando se le preguntaba de modo discreto cambiaba de conversación dejando madurar la incógnita y haciendo crecer el misterio entre la gente en torno a su persona, hasta dar lugar a suposiciones de lo más extrañas y pintorescas, tales como que era hijo de un acaudalado señor que no quiso reconocerlo hasta la hora de su muerte en que le dejó en herencia todos sus bienes, hecho inesperado que movilizó a los supuestos herederos y lo buscaban para darle muerte, razón por la cuál vino a refugiarse, disfrazado de monje, al tranquilo rincón de la Alcarria en donde transcurre nuestra historia.
Los cifontinos y las buenas gentes de aquellos pueblos se extrañaron cuando, después de haber regresado de una larga gira pidiendo limosna, dejaron de ver al ermitaño ayudar a misa cada mañana como en él era costumbre y no aparecer por el santuario cada tarde ni en el resto del día. Cundió la opinión de que había sido asesinado a causa de la herencia, si bien, eran más los que pensaban que, efectivamente, había sido asesinado, pero no por personaje desconocido alguno, sino por El Pastor, el ermitaño anterior a él, que como todos sabían nunca le perdonó que el quitara el puesto.
El pueblo denunció al Pastor como asesino ante la autoridad judicial. La acusación, sin otras pruebas más que el simple decir, dio con él y con su mujer en la cárcel. Ambos se negaron de manera tajante a reconocer los hechos de los que se les inculpaba. Varios vecinos acudieron al juez manifestando que el cadaver pudo haber sido arrojado al fondo de un pozo profundo que queda a quince minutos de camino del santuario. Pasaron los días, y sin prueba alguna que siguiera manteniendo la acusación, el juez pensó poner en libertad a los detenidos. La noticia había tomado sitio en la prensa diaria de todo el país y era seguida por los lectores con interés. Las rondas de mozos cantaban coplas basadas en el suceso. El pueblo insistía un día y otro en que se explorase la sima donde suponían podría encontrarse el cadáver de Bibiano.
Por fin se dio orden de explorar el fondo de la sima valiéndose de un cabrestante que llevaron desde las minas de plata de Hiendelaencina, a cuyo extremo se ató por la cintura convenientemente al albañil Perfecto García. La expectación por parte de los vecinos de cifuentes, de los periodistas y de las autoridades que asistieron al comprometido espectáculo, fue grande. Durante varios minutos el silencio fue total entre la gente. Al rato, oyeron como salida de ultratumba, la voz trémula de Perfecto García pidiendo que lo volvieran a subir, porque había dado con el cadáver a más de cuarenta metros de profundi­dad.
El cuerpo destrozado de Bibiano Gil, envuelto en su hábito franciscano y con la cabeza aplastada a golpes de piedra, venía sujeto, casi podrido, en la punta del cabrestante. El suceso había concluido al fin. Cuando la multitud que presenció el hallazgo regresaba de nuevo a Cifuentes, se encontró con algunos hombres del pueblo que venían hasta ellos, para anunciar a las autoridades que El Pastor había dicho la verdad, acababa de confesar su crimen en la cárcel.
Desde entonces (año 1905, según consta), ante el altar mayor de la ermita en la cueva del Beato, donde fue enterrado su cuerpo, se lució una lápida de piedra ofrecida como muestra de gratitud por "El pueblo de Cifuentes a su ermitaño". El origen, no obstante, de Bibiano Gil, sigue siendo un misterio.


Guadalajara, 2001

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