martes, 28 de septiembre de 2010

ORIHUELA DEL TREMEDAL



Orihuela del Tremedal es un pueblo blanco, con aire andaluz o valenciano, con bastantes calles y la plaza con una fuente en medio. En un cerro próximo se alza un famoso santuario, quemado por los franceses en tiempo de la guerra de la Independencia. Los tremedales o tembladeras son lugares cenagosos de turbas, que tiemblan y engañan, pues parecen firmes, y en ellos puede desaparecer a veces hasta un hombre a caballo.
(Pío Baroja, "La nave de los locos")

Acabo de dejar atrás la provincia de Guadalajara y el campo sigue igual, montañoso y abrupto. Las últimas propiedades del pueblo de Orea, el nacimiento del río Cabrillas y la Peña de la Gallina -el punto más elevado de estos confines del Señorío- se han quedado al margen cuando, consciente y seguro de adonde voy, sigo adelante por esta Sierra del Tremedal, una de las más pintorescas e interesantes del Sistema Ibérico, y no sé si también una de las más desconocidas, por lo menos para las gentes del centro peninsular. En este momento piso, por terreno boscoso a un lado y a otro, tierras de Teruel. Noguera, 18; Albarracín, 40, se puede leer en los indicadores de carretera que aparecen a la entrada del pueblo, de esta estupenda villa que cuenta por mérito propio como una de las más significativas e importantes del Bajo Aragón.
Orihuela del Tremedal presenta desde la entrada por la carretera de Orea una vista singular y solemne. A mano derecha, un murillo a modo de barbacana separa al pueblo de las huertas; a mano izquierda las primeras viviendas encaladas, con artística y rica rejería en las ventanas; y al fondo, arriba, tocando las nubes con su orondo chapitel de campanario aragonés, la iglesia de San Millán, que, según he sabido, se construyó bajo diseño del turolense José Martín de Aldehuela, uno de los más insignes arquitectos del siglo del barroco, y llevada a cabo por otros dos notables de su tiempo, Manuel Gilaberte y Juan Cavarría. Se comenzó en el año 1770 y cerró obras cinco años después. Estaba cerrada la puerta de la iglesia cuando subí hasta ella; treinta o más escalones de piedra de granito hasta alcanzar el pórtico. Mereció la pena. Me consta que posee un valioso retablo mayor de a finales del XVII, y un púlpito del XVIII, trabajo del escultor Manuel Collado, del que el pueblo y la feligresía se sienten orgullosos.
-Pues hombre; estando arriba, podía haber buscado al cura para que se la enseñe. Vive allí al lado. Le hubiera abierto la puerta con mucho gusto.
El río cruza por los bajos del pueblo paralelo a la calle Mayor. Pasa canalizado, y de una parte a otra se puede atravesar por medio de puentes; de tres o cuatro puentes separados no más de cien metros.
Las calles de Orihuela del Tremedal se muestran superpues­tas, como paralelas una encima de otra, dibujando perfectamente la inclinación de la ladera al mediodía sobre la que lo fueron construyendo. En el barrio alto se alza majestuosa la fábrica de la iglesia. Es en la primera de las calles a partir del río en donde quedan los establecimientos públicos, los bancos, los comercios, los bares, y un colegio de anchuroso patio al otro lado del río. En una especie de jardinillo, minúsculo y coquetón, frente por frente de la casona solar de los Franco Pérez de Liria, -la de las magníficas rejas, hoy convertida en estableci­miento bancario y en tienda de muebles-, hay una fuente con pilón abarrocado y orondo monolito que remata en un gallo de bronce. La imagen del gallo es muy frecuente en Orihuela. Aparece el gallo en el escudo municipal y lo tienen como enseña por cualquier parte. He preguntado cuál era la razón, y me han respondido que es por el nombre del río, el Gallo, el nuestro del Señorío Molinés, que, según las amables gentes de Orihuela, nace por aquellos pagos de la Sierra del Tremedal y, escondiéndose aquí, volviendo a aparecer allá, pasa a la provincia de Guadala­jara para morir en el Tajo, a la altura del Puente de San Pedro, como todos sabemos.
El gentil caballero al que pregunté por la casona de los Franco Pérez de Liria, sentía deseos de contarme más cosas. Seguro que hasta le hubiera gustado servirme de cicerone durante las dos o tres horas que anduve por el pueblo. No caí en la cuenta, pero seguro que me hubiera servido de mucho.
-¿Será usted periodista, por lo que veo? -pregunta.
-Bueno. Más o menos -le respondo.
-De aquí es un periodista muy conocido, ¿sabe?
-Tengo idea.
-Se llama Federico Jiménez Losantos.
-A quien yo admiro, leo y escucho a veces. ¿Viene mucho por aquí?
-No; no tiene tiempo. Cuando viene, enseguida se va.
- Es verdad. Yo creo que trabaja demasiado.
- ¿Usted sabe cuánto ofrecieron, pago en mano, por esa reja?
-Eso sí que no lo sé; ni me lo imagino.
-Dos millones de pesetas. No se la quisieron dar.
-Hicieron bien.
He subido hasta el santuario de la patrona de todas aquellas sierras. La información por cuanto a la distancia que me sirvió mi amigo de la calle Mayor no fue muy exacta; me habló de un kilómetro o poco más, cuando en realidad anda en torno a los cuatro, luego de un zig-zag continuo hasta llegar a él. Antes hay que pasar junto a una magnífica residencia de verano que llaman del Padre Polanco. Se encuentra el santuario sobre un tremendo peñascal, rodeado de pinos, y tiene alrededor una explanada despejada en suave ladera y un mirador desde el que se divisa, creo que sin exagerar, una gran parte de las sierras orientales del la provincia de Guadalajara y todo el Bajo Aragón hasta la mítica laguna de Gallocanta. Es difícil, salvo a mar abierto y desde la cubierta de un barco, encontrarse con un panorama tan completo, luminoso y lejano, como el que desde allí se ve. Orihuela queda en primer término, con sus tejados paralelos y de color rojizo, con sus casas blancas, con sus miles de ventanas recibiendo de frente el sol del medio día, con la iglesia de San Millán que aun en la distancia impresio­na su tamaño. El santuario de la Virgen del Tremedal data del siglo XII, si bien, el edificio que hoy podemos ver es obra de finales del XIX. Está enjalbegado de blanco todo él, salvo la piedra de la portada (tal vez del XVII) que queda a cara vista. La puerta está cerrada. Sopla el viento que sube desde los pinares de Orea; un viento frío con olor a resina. Por entre los pinos de al otro lado de la explanada se oye el canto de cien clases de pájaros. El murmullo del depósito del agua suena cuando te acercas a él, no lejos de los asaderos y de las barbacoas hechos de grandes aros concéntricos. El depósito del agua recuerda, por su forma piramidal en toscos redondeles, a la torre de Babel de las viejas enciclopedias escolares, o un panteón oriental de familia modesta.
El hotel "Los Pinares" queda en las afueras del pueblo, por donde las serrerías y la estación de servicio. Es un estableci­miento cómodo, limpio, elegante, donde sirven buen café a un precio módico y un ambiente acogedor. Sobre las paredes del salón principal hay algunas cabezas disecadas de jabalí y cuadros en madera con relieves de gran tamaño representando escenas locales, como el complejo hotelero "Montes Universales" o la aparición de la Virgen del Tremedal sobre los cielos de su santuario. Estamos a 7 kilómetros de Orea, a 51 de Molina y a 205 de Guadalajara, de donde salí de buena mañana y ahora regreso con el sol colándose por el parabrisas.

2 comentarios:

  1. Estimado José, Orihuela es un pueblo que he visitado en bastantes ocasiones, pues no está muy lejos del “mío” Molina de Aragón, y porque de allí era un tío mío; Ramón Berges, un magnífico pintor que inmortalizó en decenas de cuadros los paisajes de esta preciosa población serrana y turolense.
    Un sitio muy recomendable para comer es el mesón Santa Lucía, donde hacen un cordero asado delicioso; aunque también es verdad que en esta tierra se come bien en cualquier lugar, y además por precios muy económicos.
    Allí nace el río Gallo que cruza el Señorío de Molina de este a oeste, hasta desembocar en el padre Tajo, allá por el Puente de San Pedro.
    Y muy recomendable la visita a la Ermita de la Virgen del Tremedal, que otorga unas vistas increíbles.
    Un saludo

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