viernes, 14 de mayo de 2010

TORRELAGUNA



Había pasado junto a Torrelguna en varias ocasiones, pero nunca estuve dentro de él. Siempre he tenido a esta nobilísima ciudadela del Valle de Jarama bajo su justa consideración, pero jamás había estado en sus calles. He ido, al fin, a Torrelaguna de manera exclusiva y no de paso, como el pueblo merece y en fechas todavía recientes. La distancia es corta desde Guadalajara. En media hora se puede llegar por carretera buena. El viaje en cualquier caso se verá recompensado, merece la pena.
Conocía algunos detalles históricos, y artísticos también del pueblo natal del Cardenal Cisneros, aunque no muchos, pero sí los suficientes como para tener una base en la que apoyar lo que allí me aportase la experiencia, y, ciertamente, me ha servido.
La tarde despedía un fortísimo olor a mies apenas había cruzado El Casar, entre las dos provincias. Abajo el calor del asfalto y el de las rastrojeras; arriba, nubarrones oscuros que a nadie extrañaría acabasen en tormenta cerrada al caer el día. Los picachos afilados en diente de sierra que se vislumbran adelante nos ponen en aviso de que estamos llegando a Torrelagu­na. La urbanización de Caraquiz, por su parte, nos recuerda que hemos entrado en las tierras llanas de don Juan de Vargas que aró Isidro Labrador, el santo Patrón de Madrid, vecino que fue de estos lares y cuya presencia tampoco debe pasar desapercibida cuando se viene a Torrelaguna. Luego el puente sobre el Jarama, el río con reminiscencias literarias que baja desde las sierras del norte jugueteando entre las dos provincias. A mano izquierda dejamos la carretera que sigue hasta Guadalix, para tomar la dirección en horquilla que nos colocará en cuestión de minutos dentro del casco urbano. Como referencia, la solitaria espadaña del antiguo convento Franciscano de la Madre de Dios, y más a la derecha la torre y chapitel renacentistas de la parroquial de Santa María Magdalena.
Torrelaguna es una ciudad antigua. Su fundación tal vez haya que buscarla en la Hispania romana de los emperadores; durante la dominación árabe estuvo amurallada; pero en los siglos XVI y XVII gozó de un esplendor que todavía se adivina, tal vez bajo la influencia y protección del Cardenal Cisneros, y que bien demuestran las múltiples casonas nobiliarias, los escudos heráldicos a centenares, y los múltiples enterramientos importan­tes que se conservan en la iglesia y que en seguida veremos. Se hundió más tarde, cuando la guerra de la Independencia, y ahí queda, como brillante reliquia del pasado para gozo de quienes quisieren dedicarle dos o tres horas de su tiempo, que es lo que yo hice.
La primeras impresión que produce Torrelaguna cuando uno entra en él, es la de encontrarse en el fondo de un valle feraz y próspero, de un valle colmado de vida y de vegetación. Conseguí sitio de aparcamiento inmediatamente, junto al primer cruce importante de calles, ya en la zona céntrica. Me acerqué a un jardinillo donde se divisaba de cerca el busto en bronce de algún personaje importante. El caserón contiguo es a manera de palacete al que en el pueblo dicen "La Casa Grande"; tiene un letrero sobre la añosa portada renacentista, en donde aún se puede leer: "Memento Homo"; ahora se emplea como casa-cuartel de la Guardia Civil: «A Cisneros, Cardenal y Regente de las Españas, en su villa natal de Torrelaguna. La Diputación Provincial de Madrid. 14-10-1960», se lee bajo el busto que en su propio pueblo han dedicado al que a ellos gusta llamar "El Gran Cardenal".
Pasaría después bajo el arco de San Bartolomé, y al momento, sólo cruzando un callejón que no tiene nombre, estaría en la Plaza Mayor. Me llevó, sin necesidad de ver el pináculo, el sonido de las campanas de la torre que estaban tocando a muerto. En la Plaza Mayor se concentran los monumentos más importan­tes que tiene la villa. En la Plaza Mayor está el Ayuntamiento con una gran inscripción sobre el muro que recuerda al Cardenal Cisneros, y en frente la Cruz de Piedra, instalada en 1802 sobre una grada, con cerca de cuatro metros de altura, que señala el lugar exacto donde estuvo la casa en que nació el ilustre Franciscano en 1436; y allí viene a caer el convento de Francis­canas Descalzas y la soberbia fachada y torreón de la iglesia parroquial de la Magdalena.
La iglesia de Torrelaguna fue reconstruida por Cisneros sobre otra románica ya existente en el siglo XV. Se adorna, en cuantos espacios medianamente tiene ocasión, con el escudo ajedrezado del Cardenal. Tiene en su interior tres naves, y es muy interesante el juego de nervaduras que recorre la bóveda de la nave central. El retablo mayor es una pieza de enorme mérito, con dorados refulgentes que preside una imagen de la Magdalena, obra, según dicen, de Luis Salvador Carmona, el glorioso imaginero del XVII que dio forma al Cristo del Perdón de la iglesia de Atienza. Sorprende la cantidad de enterramientos que cubren, creo que un su totalidad, el piso de la iglesia, y, desde luego, la calidad artística y el misterio de algunos más que cunden por las capillas, con imágenes orantes de buena talla, que representan a personajes ilustres que allí vivieron en la época de mayor efervescencia para la ciudad, es decir, la primera mitad del siglo XVII, como en la de San Felipe, donde quedan las figuras en piedra de D.Felipe Bravo y de doña Petronila Pastrana, su mujer, esculpidas en 1626.
Es mucho lo que hay que decir acerca de aquella maravilla arquitectónica que ennoblece a Torrelaguna; pero es justo salir a la calle para palpar el ambiente de la pequeña ciudadela en una tarde cualquiera de verano.
La calle de las tiendas parte desde la misma Plaza Mayor. Es una calle peatonal, y en ella están la mayor parte de los establecimientos de Torrelaguna, que no son pocos: es la calle del Cardenal Cisneros. Entré primero a comprar unas postales en un estanco, y luego una especialidad de la casa en la pastelería que hay poco más adelante en la misma acera. A la especie de bollos que adquirí les llaman soplillos, seguro que por la cantidad de aire que llevan dentro. Noto que, tanto el señor del estanco como la chica de la pastelería, son gente amable.
- Hermoso pueblo tienen.
- No está mal. Es muy bonito. Aquí, la historia y los monumentos pesan mucho.
- Cinco mil habitantes, más o menos.
- En verano es posible que sí. En invierno nos quedamos en la mitad, escasamente.
- Viene gente de Guadalajara.
- No; y no será porque hay mala comunicación, que tanto por Uceda como por El Casar se viene enseguida.
Se podría estar horas y horas recorriendo Torrelaguna; y horas y horas también contando el sinfín de impresiones que allí se recogen, pero que por falta de tiempo, y sobre todo de espacio, se deberán quedar sin decir.
Otra calle principal, la Cava, lleva hasta el convento de Carmelitas y hasta el arco de Burgos. El arco de Burgos guarda una cierta semejanza con los de Sigüenza de la Travesaña, en el barrio del Castillo. Sobre el potente dovelaje del arco de Burgos aparece, romántica y solitaria, una imagen que desde su hornacina acrecienta el silencio según va entrando la tarde.
Volvía casa. Lo hice por el mismo camino por el que llegué. También se puede regresar por Uceda. Tanto por una parte como por la otra se atraviesan muy pronto las corrientes serranas del Jarama, cuando todavía es y huele a río. La tormenta acabó por manifestarse en un discreto festival de truenos y de luces en el firmamento. Luego la lluvia; un turbión leve que apenas sirvió para refrescar el ambiente hostil de la tarde y para cargar el aire del campo de un olor a ozono característico.
"Nueva Alcarria" 1996

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