miércoles, 27 de enero de 2010

UN VALLE, DOS VALLES, TRES VALLES



La pequeña Mesopotamia a que dan lugar las tierras de la Alcarria situadas entre los arr­oyos Ungría y Matayeguas, a no mucha distancia de la capital por los caminos de Iriepal, tu­vieron desde siempre para el coleccionista de paisajes y bus­cador de impresio­nes viajeras a campo abierto un encanto simpar.
Mira por dónde, amigo lec­tor, en tarde soleada de un ve­rano acabado de estrenar, me encuentro a la entrada de uno de estos pueblos míticos. Los chi­quillos que han venido con su familia a pasar el fin de sema­na, gritan como condenados por la primera bocacalle jugando a esconderse. Un abejaruco atra­viesa la carre­te­ra en vuelo ba­jo, dejando en el aire una este­la de espuma y de arco iris que se desvanece con la velocidad del rayo. Por el ventanuco de la ermita de la Concepción sólo se ven sombras. Los campos a estas alturas están cubiertos por un áspero peludo de mieses a punto de hoz. Allá lejos, al final de unas hazas, se deja ver el ro­llo, la picota jurisdiccio­nal que en siglos pasados otorgó al pueblo la categoría de villa. Entro en Atanzón.
Es la hora de los calores insoportables de a final de ju­nio. La torre del pueblo recibe con fuerza el sol de las cinco. Atan­zón bosteza adormilado a la espera de que decaiga, al cabo de un rato, el peso de la caní­cula.
Hace años que caí -creo que por estas mismas fechas y, segu­ro que también a esta misma ho­ra- por las calles que piso. Si enton­ces me pareció Atanzón un pueblo hermoso, un burguillo de la Alcarria lleno de vitalidad, ahora no me lo ha parecido me­nos. Llama la atención la limpí­sima plaza, pavimenta­da de lose­ta en cuadraditos rojos y amari­llos. En mitad la característica fuente de piedra y poco más arr­iba la estupenda fábrica de la parroquia de Nuestra Señora de la Zarza, una iglesia recién restaurada que muestra como po­cas, tanto en su exterior como en sus naves inte­riores y capi­llas, el distinguido empaque de lo que en otro tiempo debió ser, no sólo la iglesia, sino el pue­blo en su con­junto. El recuerdo, y sobre todo la influencia de los Gómez de Ciudad Real que fueron sus señores, todavía no se ha borrado.
Unas niñas se asoman a la plaza desde la barbacana de la iglesia, mientras tanto, un par de chavalines se mecen por rigu­ro­so turno en los colum­pios que hay perdidos en la hierba, entre la plaza del pueblo y el sombrío jardinillo de San Blas. Una pla­ca en lugar bien visible deja escrito: «Parque San Blas. Como homena­je a nuestros mayores que lo construyeron para generacio­nes venide­ras. Atanzón, 3.2.19­92». Escondidos por el sombraje del parque cantan los pájaros de dos, de tres, de cinco clases dife­rentes. A la caída el ancho valle del Mataye­guas que baja desde Aldeanueva, y que en cues­tión de minutos volveremos a contemplar todavía más al descu­bierto aguas arriba.
Y vamos viajando por tie­rras llanas, caminando entre campos de segunda clase rebo­santes de fruto. Las lluvias abundantes de mayo convirtieron estas hazas ásperas en un sober­bio tapiz de mieses dispuesto para la siega. La carreterilla cruza dibujando altibajos. A un lado y a otro los ruines oliva­res de la Alcarria, los encendi­dos pinavetes de la repoblación, las nogueras de espeso sombraje. Andamos salvando curvas y preci­pi­cios, ahora a contra­luz, hasta el siguiente valle, el de Cente­ne­ra.

El pueblo de Centenera toma el sol de la tarde que le viene por la espalda. Es éste un pue­blo mimado por sus alrededores. Centenera, situado al fondo de la mansa vega que los antiguos enriquecieron de hortaliza, sa­luda y despide a un tiempo a quien por allí camina con la fronda siempreviva de la chope­ra, con el afilado chapitel en bandolera de su afilada torre; la torre de la parroquial de la Asunción, sí, aquella en la que se lució su señor de señores don Carlos de Ibarra, comendador que fue de Villahermosa, caballero de Santiago, y de cuya obra y personali­dad hoy nadie se acuer­da; sit transit gloria mundi.
Campos desangelados y fie­les, campos de sudor. Un leve ramal, que nos entretiene duran­te cinco o seis minutos casi en dirección opuesta, da con noso­tros al fin en la villa de Al­dea­nueva. A la entrada del pue­blo me cruzo con un hombre y una mujer de edad cumplida montados en bicicleta. Se ve que son ine­xpertos y que lo hacen por prac­ticar deporte. La mujer llanea lentamente, no puede con su al­ma; el hombre, esa es la verdad, anda a ramal y media manta, su­dando la gota gorda.

Los de Aldeanueva de Guada­lajara suelen decir que su pue­blo natal tiene mucha historia. No saben exactamente por qué, pero lo dicen y se sienten com­placidos y honrados en su afir­mación.
- Como nuestra iglesia hay pocas por aquí. La arregla­ron estos años de atrás y quedó muy bien.
Solamente alcanzo a ver en la remozada plaza del pueblo a dos o tres hombres que reposas sentados a la sombra, junto a la puerta de un bar.
Aldeanueva tiene por sus calles un Vía Crucis muy bonito; un Camino del Calvario con ca­torce cruces de piedra en tamaño no menor al de una persona, que parte de los aledaños de la igl­esia y sigue sin perderse hasta la ermita de la Sole­dad, junto al romántico camino del cemente­rio. A la calle -nada más natu­ral- se la rotulo con el nombre de "Calle de las Cru­ces". La ermita, dice en clara leyenda, se construyó para "honra y glo­ria de Dios Nuestro Señor y de su bendita Madre. Año de 1690"
Desde el tambor románico del ábside, al respaldo de la iglesia, la visión hacia la vega es de verdadero ensueño a estas horas de la tarde tomada con el sol poniente. Aquí el tronco muerto de una olma; allá lejos, por encima de la vaguada, las ruinas de una iglesia o fortale­za que para los de la comarca es El Santo, un pueblo que se co­mieron las hormigas, y para los eruditos que no pisan la piel de la tierra, sino que palpan de tarde en tarde las polvorientas tapas de cartón de los legajos, pudieran ser los despojos del poblado de Santa Fe, que hace casi doscientos años se quedó sin gente.
Pero veamos la iglesia por dentro. Nos proporciona la llave y la ocasión Sagrario, y nos acompaña su marido, Víctor. Esta de Aldeanueva es una iglesia tardorrománica. La influencia mudéjar se advierte en su es­tructura. Se construyó en el siglo XIII, y fue restaurada -trabajo meritorio- en 1973. El interior es de nave única. Los materiales que aquellos hábiles constructores del Medievo em­plearon para levantarla son el ladrillo y la piedra caliza. La techumbre descansa sobre fortí­simas pilastras a través de tres arcos apuntados. Un arco triun­fal separa el presbiterio de la nave. En el centro casi geomé­trico del ábside se abren tres ventanucas de escasa luz, que mantienen en penumbra el inte­rior del templo. En la sacris­tía, uno vuelve a lamentar como ya lo hizo la primera vez que lo vio, el aspecto desastroso que por ignoran­cia o menosprecio ofrecen las pinturas al fresco, del siglo XVI, que hay sobre la pared; enseña de uno más de los injustificables desatinos que, so pretexto de la restauración, con frecuencia se cometen.
Aún hace calor en estos altos de la Alcarria. Aldea­nueva de Guadalajara, con su valle inolvidable, sus cruces de pie­dra, y su magnífica iglesia me­dieval, quedan aquí viendo co­rrer el tiempo. Testigo fiel de una época que -uno supone- no debe ser la más mala, ni tampoco la mejor, en la vida del pueblo.
(En la imagen, Calle de la Cruces en Aldeanueva de Guadalajara)

Guadalajara, verano de 1994

sábado, 9 de enero de 2010

VIAJE POR LA ALCARRIA DE ERNEST HEMINGWAY


Han transcurrido muchos años, casi sesenta, desde que suce­die­ron los hechos que en este trabajo estamos dispues­tos a traer a la memoria; no con intención crítica y, desde luego, eludiendo cualquier tipo de impresión peronal que se salga de lo mera y puramente literario, o si se quiere documental, por lo que supone el que haya sido uno de los más célebres escrito­res de nuestro siglo, Premio Nobel de Literatu­ra en 1954, quien se ocupó, no sin riesgo, de patear a pie los campos de batalla para enviar en el momento oportuno la correspondiente crónica a su periódico newyorquino, The New Republic, que lo sacaría a la luz en la edición del día 5 de mayo de 1937, es decir, casi dos meses después de haber ocurrido los hechos que en ella se cuentan.

Hemingway mantuvo en pie la atención de sus compatriotas durante una larga temporada, dándoles cumplida noticia del acontecer bélico de las tierras de España que, según todo parecía en prin­ci­pio, habría de durar mucho menos de lo que en realidad duró, precisamente por el rumbo que tomaron los acontecimientos guerre­ros aquí, en nues­tro suelo, a cuatro pasos de donde hoy de manera calmosa y pacífica intentamos convivir en orden y en mutuo enten­di­miento, aun dentro de las más diversas ideologías, fruto de la libertad encauzada que los españoles de final de siglo nos hemos impues­to para nuestro uso como traje a la medida.
La Batalla de Guadalajara, que tuvo como campo una buena porción de las tierras de la Alcarria, se libró durante los días del 8 al 14 de marzo de 1937, y según el párrafo que transcribo de la crónica de guerra de Hemingway, ha debido subir al podio -ignoro en qué posición respecto a otras- de los más sonoros enfrentamientos bélicos registrados en la Historia del Mundo. Escribe el honorable cronista:
«El autor de estos despachos ha pasado cuatro días estudian­do la batalla de Brihuega, recorriendo el terreno con los jefes que la dirigieron, con los oficiales combatientes que tomaron parte en ella, verificando las posiciones, siguiendo las huellas de los blindados, y afirma sin reservas que Brihue­ga tendrá un lugar entre las batallas decisivas de la historia militar del mundo».
Hemingway llegó a España el 16 de marzo de 1937. Vino con la intención de contar al mundo el final de la Guerra Civil que por aquellos días se vislum­braba. Salió hacia Madrid en automóvil pasando por Valencia a primeras horas del 22 de marzo. Hacía varias fechas que habían tenido lugar los tremen­dos sucesos ocurri­dos en el campo de Brihuega, pero todavía llegó a tiempo de contemplar con ojos de asombro escenas como las que él mismo refirió para los lectores de su periódico: «se apilan ametralla­do­ras abandonadas, cañones antiaéreos, morteros ligeros, granadas y cajas de munición para ame­tralladoras, y camiones empantanados, tanques ligeros y tractores se acumula­ban al costado de la carre­tera bordeada de árboles. En el campo de batalla situado en las alturas que dominan Brihuega, estaban diseminadas cartas y pape­les, mochilas, palas de cavar trinche­ras y, por doquier, los muertos».La redacción definitiva de los apuntes tomados a vuelapluma en el propio escenario de los acontecimientos, se haría días más tarde en la habitación de su hotel en Madrid, oyendo desde más lejos o desde más cerca los estallidos des­tructores de la avia­ción que por aquellas fechas actuaba en la capital de España. En otro párrafo distinto a los anteriores, el cronista escribe: «Los bosques de encinas situados al nor­deste del palacio de Ibarra, muy cerca de un brusco recodo de la carretera de Brihuega y Utande, toda­vía están llenos de muertos italianos que no han sido recogidos por los sepulture­ros; las huellas de los carros de asalto llevan al lugar en que murieron, no cobardemente, sino defendiendo posiciones hábil­mente preparadas para ametralladoris­tas y fusileros, en las que fueron descu­biertos por los carros de asalto y donde aún ya­cen»,Escribo estas líneas en el día justo en que se cum­plen los cincuenta y siete años del final de aquella batalla cruel, peno­sa, intolerable; fruto como en todas las batallas de todas las guerras de la ambición de unos pocos que descono­cen el valor de una vida distinta a la suya, del odio hasta el extremo de unos cuantos más, y del egoísmo diabólico de quienes tienen al alcance de sus manos el botón de poner las guerras en funcionamiento o la potestad de evitarlas. En aquella oca­sión no se evitó la tragedia.
Pero terminemos. Que la lección permanente del libro de la historia nos sirva para algo, nos sirva para mucho. Precisamente en el día de hoy, pero del año 1937, a cuatro o cinco leguas del cómodo escritorio en donde me hallo en este instante tan a gusto, teniendo como fondo la música gratifican­te de una sonata de Mozart, sucedían cosas tan terribles como éstas que apuntó al final de su crónica de guerra por los caminos de la Alcarria Ernest Hemingway: «Fue una batalla de siete días, duramente disputada, con la lluvia y la nieve inutilizando la mayor parte del tiempo los transportes motori­zados. El último día, durante el ataque final que rompe el frente de las tropas italianas y las pone en fuga, las condi­ciones atmosféricas apenas permiten a los aviones levantar vuelo; y ciento veinte aparatos, sesenta blinda­dos y alrededor de diez mil soldados gubernamentales derrotan a tres divisiones italianas de cinco mil hombres cada una. Es esta coordinación entre aviones, blindados e infantería lo que lleva hoy a la guerra a una nueva fase. Es posible que esto no les guste, y quizás quieran ver en ello propaganda, pero yo he visto el campo de batalla, los prisioneros y los muertos».No era la intención de quien esto escribe sacar a la luz recuerdos amargos, esa es la verdad; pero el momento ha sido oportuno, y siempre -aunque lo aquí dicho sea parte de una histo­ria ya no tan reciente- es tiempo de meditar sobre los propios errores para no caer en las mismas trampas que a menudo tiende la vida sin que nosotros se las pidamos.

Guadalajara, abril 1994

martes, 5 de enero de 2010

DESDE EL MAMBRÚ A LA ERMITA DE LA BIENVENIDA


Cada vez que, como conse­cuencia de tanto viajar, uno va teniendo una idea bastante com­pleta de la tierra que pisa, ocurre que cuanto de ella en­cuentra escrito le ofrece un extraordinario interés. Y así, hurgando en el pasado del pue­blecito serrano hacia el que ahora voy, me encuentro con una serie de datos que desconocía, tales como que tuvo al norte del caserío una fábrica de vi­drio; que sus vecinos solían padecer dolores reumáticos y fiebres inflamatorias; que las ciento cuarenta casas que lo integraban eran bajas y mal distribuidas, y que el empedra­do de la plaza y calles era el natural de su propio suelo. Lo cuenta en su Diccionario Geo­gráfico-Estadísti­co don Pascual Madoz, haciendo referencia al pueblo de Arbeteta en el año 1848. Lo de que la villa, como todos los demás pueblo de su entorno, pertene­cía a la dióce­sis de Cuenca, es asunto más conocido, pues bien sabemos que lo fue hasta mediados de nues­tro siglo, tiempo en el que la distribución territorial de las diócesis españolas se procuró ajustar a la que ya tenían las respectivas provincias desde 1833, de manera que la de Si­güenza entonces fue una de las que más hubo de modificarse.
Voy de camino por los bajos de Arbeteta. La ca­rretera y el arroyo corren parale­los al pie de la peña sobre la que se yergue lo que todavía queda de su antiguo castillo de los Condes de Medinaceli. Me detengo un instante para obte­ner una fotografía del castillo con esta perspectiva. Los cam­pesinos de Arbeteta siguen aún trabajando, con sabiduría y paciencia, en los huerte­ci­llos que hay junto al arroyo, al pie de la enorme roca que sostiene las ruinas de la fortaleza. Arriba, situadas como en línea a lo largo de la loma, las ca­sas del pueblo que comanda la estupenda torre de la iglesia parro­quial de San Nicolás, sobre cuyo chapitel metálico se mece a impulsos del viento la figura del nuevo Mambrú.
Le han dado la vuelta a la villa de Arbeteta durante la última década. El pueblo, cómo­do, limpio, seguro, nada tiene que ver con el que nos reseña Madoz, y muy poco con aquel otro que yo conocí hace una docena de años. Voy con direc­ción a la plaza. Algunos de los ancianos que hay sentados a la sombra en las esquinas, o junto a las portadas de redondos ar­cos, me miran con curiosidad. La de Arbeteta es una plaza hermosa. Todavía se pueden ver en su entorno las viviendas de los poderosos del pueblo cuando los hubo. Una de ellas conserva la galería corredi­za sobre co­lumnas de madera vieja. Frente a mí el moderno y funcional edificio del ayuntamiento, reh­abilitado en 1991; una casona antigua con tejadillo en ángulo sobre el balcón de la primera planta, y la torre barroca de la iglesia. En medio de la pla­za, solitaria, elegante, moder­na y rumorosa, la fuente surti­dor arrojando agua por cinco chorros que suben y bajan.
- Señoras, por favor ¿Me permitirían entrar un par de minutos a ver la iglesia?
- Sí señor, todo el tiempo que quiera. Hemos estado lim­pian­do y ya nos íbamos a casa.
La iglesia en su interior es de nave única, con crucero del que salen como dos capillas más, una a cada lado del pres­biterio. Tras el altar mayor, desnudo y sin retablo, preside la nave central una imagen de San Nicolás de Bari, obispo titular de la parroquia. Es una iglesia confortable, recién pintada. En una capilla ínfima que se abre a uno de los late­rales de la nave, hay una ima­gen de La Dolorosa.
Sobre la torre de la igle­sia se alza el nuevo Mambrú, interesante trabajo en metal del artesano de Alcolea, Antonio García Perdices. El anterior Mambrú, el que conocí hace años, aquel que dicen las leyendas tuvo amores con la Giralda de Escamilla, lo des­truyó un rayo. Escrito sobre una placa, a la puerta de la iglesia, se puede leer en rela­ción con la nueva veleta: "El Mambrú fue reimplantado por la Excma. Diputación Provincial siendo su presidente el Excmo. Sr. don Francisco Tomey, y al­calde don Agapito Martínez. 1-10-1988". Cando me voy dejo tras de mí una de las pla­zas más meritorias de la pro­vincia, por su lumino­sidad, por los edificios que la rodean, y por el gusto con el que los vecinos procuran cuidarla.
El pueblo de El Recuenco está situado por aquellas mismas sierras, a quince kilómetros de distancia al sur de Arbeteta. Ya estoy próximo a él. Un indicador de carretera anuncia que estoy tan sólo a 6 km. y a 27 de la villa de Priego. Uno se precia de conocer estos valle­juelos complicados y legenda­rios de las vertientes del arr­oyo Alcantud, incluso en su tramo mayor, ya en la provincia de Cuenca.
Hasta llegar al pueblo la carretera es difícil. Curvas y más curvas que, a veces, se cortan al derecho por desvíos de tierra y cantos apenas tran­sitables. Los monstruosos mura­llones de caliza quedan a tre­chos bordeando el camino; for­maciones rocosas, oscurecidas al puro contacto con la atmós­fera, dan carácter al pueblo que ya divisamos en la distan­cia; un pueblo escondido en los rayanos donde las tradiciones y las costumbres, la artesanía y otras prerrogativas, le dan una personalidad que ya quisieran para sí otras villas y ciudade­las de renombre. El pueblo que­da como desparramado en el va­lle, precedido de choperas y bajo la severa vigilancia del cerro de la Rastra, aquel que los romeros suelen hollar en procesión cada año para llegar a la er­mita patronal de Nuestra Señora de la Bienvenida.
Se adorna El Recuenco con un buen número de chalés en las orillas; viviendas cómodas para los veraneantes y para los ori­undos, que un día se marcharon y luego decidieron volver, con­scientes de que ninguna tierra como la propia cuna les brinda­ría la paz y el descanso que reclama la vida moderna.
Pienso que en pleno in­vierno el pueblo no cuenta con más de cincuenta almas como población de hecho. Tuvo mil antes de la emigración de los años sesenta. Fueron famosos los objetos de vidrio que sa­lían de cualquiera de sus tres fábri­cas. En El Recuenco se llegaron a fabricar las piezas más codiciadas del periodo pa­laciego de nuestra historia. Sabido es que algún rey de Es­paña se llegó a interesar per­sonalmente por los objetos de cristal salidos a la luz en esta villa, y que una gran par­te del instrumental conque fue equipada la Real Botica tuvo este origen. Todavía, las anti­guas redomas, los matraces y jarrones de El Recuenco, suelen viajar hasta el otro lado del mar como piezas de incalculable valor en las maletas de los coleccionistas. Los paisanos aseguran que sus abuelos solían salir con caballerías a vender el vidrio hasta la provincia de León.
Nada queda ya de todo aqu­ello. La última de las fábricas cerró sus puertas a principios del presente siglo, hace más de noventa años. Cuando estuve en el Recuenco la primera vez, los hombres y mujeres se dedicaban a cultivar el mimbre en su fe­raz veguilla del arroyo Alcan­tud. Tuvieron que dejarlo. Una especta­cu­lar bajada en los pre­cios aconsejó no trabajar en balde. Ahora el pueblo está ocupado por la gente mayor, un mínimo residuo de su antigua población. A pesar de todo, y gracias, creo yo, a los que acuden a él por temporadas, es un pueblo digno, elegante, y envidiable, más ahora en tiempo de verano cuando casi todas las casas se llenan de público.
Guadalajara,1995

domingo, 27 de diciembre de 2009

CONOCER MOLIMA



Plazuela de Tres Palacios,
allá en Molina la brava.
Palacios de la plazuela
donde tres niños jugaban,
dulces contra el amargor
negro de las circunstancias.
(J.A Suárez de Puga)
Henos hoy, al cabo del tiempo y de la distancia, en la nobilísima ciudad cabecera del viejo Señorío. Son incontables las veces que por éste o por aquel otro motivo tuvimos ocasión de ver como ahora vemos las torres almenadas y las murallas de su majestuoso castillo dibujadas entre la neblina de la vega que, paso a paso, van conduciendo al caminante hasta sus aledaños. Ahí, en los restos magníficos del pasado que se extienden vertiente abajo hasta las mismas puertas de la ciudad, se guardan, asidos a sus piedras centenarias, el vivir y la historia grande de las gentes de Molina.
El hecho fue así de sencillo. Un rey de Aragón que lo libera del poder sarraceno; un acuerdo entre dos por el que las tierras reconquistadas pasan a pertenecer a la corona de Castilla, y una entrega en calidad de Señorío a un noble personaje de aquel tiempo, don Manrique de Lara, que era a su vez vasallo del rey castellano Alfonso VII, y que pasaría a ser su primer señor a partir de entonces. Estamos en el siglo XII. Un fuero personal para aquel inmenso legado de tan duro enclave, al margen después de las ordenanzas castellanas y aragonesas durante un largo periodo de su historia, dieron lugar a un pueblo de característi­cas especiales y muy marcadas, un pueblo amante de lo suyo, afable y respetuoso, leal, sobre cuya piel curtida resbala la garra de la desunión y del menosprecio que da carácter a las gentes de nuestros días.
De nuevo he vuelto a clavarme de codos en la barandilla que sirve de mirador hacia el puente románico sobre el río Gallo, cuyas aguas, igual que las del Mesa, se me antoja que corren en dirección contraria a como deberían correr. A un lado el altivo Giraldo del convento de San Francisco, negro carbón y quieto como la muerte porque la mañana está tranquila. Luego la moderna avenida que los molineses titulan Paseo de los Adarves, su calle principal, bulliciosa y repleta de comercios, de restaurantes y de entidades bancarias como una pequeña Wall Street. Los ancianos, viejos zorros de la paramera, de Gallocanta o de la Serranía de Cuenca, con su característica cadencia molinesa en el decir, buscan un poquito de sosiego y de conversa­ción sentados a la sombra mientras que la gente bulle de un lado para otro.
-Yo soy de La Yunta -dice uno
-Y yo de Tortuera -explica otro después.
-Casi vecinos, pues -les digo.
-Ya lo creo. Y buenas mozas las que había entonces por aquellos pueblos. Todas éstas que andan ahora medio en cueros, nada de nada, ni chicha ni limoná, que decía un boticario que hubo en mi pueblo.
-Yo soy de Poveda -apunta un tercero. Seguro que ni le suena.
-Sí, que me suena. También conozco aquello. Es el pueblo de don Segundo.
-Ahí está la cosa. Algo primo mío era el Segundo. Que si la guitarra, que si no, hizo carrera. Fue un personaje importante el Segundo.
Ahora la calle del Chorro, la de las Tiendas, la Plaza de San Pedro, estrechas y sombrías en donde parecen desvanecerse, o revivir, aquellos años grises de primeros del pasado siglo. Calles en las que comparten vecinazgo los escudos de armas de las fachadas con la pescadilla fresca de los escaparates, con los artículos de regalo, con las prendas de vestir y con los cestos de fruta.
La Plaza de España se asoma a estas antiguas callejuelas con la gracia evocadora de sus rejas y de sus ventanales, orlada en cuadro por acacias moñudas de recortada fronda.
Con la amurallada fortaleza siempre por montera, que como es sabido comanda la torre que dicen de Aragón al norte de la ciudad vieja, uno deambula de acá para allá, de un lado para otro, conmovido por la intimidad de sus rejas, por el misterio de sus viejas calles enlosadas. Rincones donde se respira el pasado envuelto en la penumbra que proyectan los aleros sobre el pavimento humedecido, frío e intransitado. En un azulejo prendido en la cara trasera de una esquina se lee: "Calle de Quemadales". Uno piensa que el apelativo tendrá su aquel, parejo tal vez con la antigüedad de todos estos vericuetos.

De antiguas casonas y palacios
El hecho simple, pero muy significativo, de que en pleno siglo XVII viviesen en Molina nada menos que 286 familias distinguidas, entre nobles e hidalgos, nos pone en antecedente de que esta ciudad, alejada por situación de cualquier urbe importante, con todos los riesgos e inconvenientes que ello acostumbra llevar consigo, es ante todo una ciudad señorial por naturaleza, casi desde su fundación perdida entre el pliegue de los siglos, aparte de las singulares prerrogativas que la historia medieval hiciese recaer sobre ella. En Molina de Aragón, Molina de los Caballeros, Molina la Grande, como me gusta a mí llamarla, vamos a acostumbrar nuestras retinas a la esbeltez venerable de sus palacetes, de sus casonas solariegas en las que se muestran, cargados de mensaje, los escudos de armas pertenecientes a familias ilustres que las habitaron en tiempo inmemorial.
Henos pues aquí, apenas atravesar por su lomo el puente románico, en la plazuela que dicen de Tres Palacios, porque son tres, uno a cada lado, los que al pequeño coso de junto al Gallo asoman sus fachadas. Es la plazuela romántica y cautivadora a la que en hermosos versos cantó Suárez de Puga. Luego nos habremos de perder por callejas enrevesadas, en las que nos seguirán sorprendiendo muchas más casonas notables, como la del Virrey de Manila, con su escudo magnífico en un leve lateral que sale a la calle de Quiñones; la del Marqués de Villel; la casona familiar de los Arias, la de los Marqueses de Embid, la de los Garcés de Mancilla, la del obispo Díaz de la Guerra, sin contar ésta y aquella otra que, con su arco adovelado como enseña, llaman la atención e invitan a la curiosidad en lugares tan importantes para la vida molinesa como la Calle de las Tiendas o la mismísima Plaza de España, donde, ahora recuerdo, queda desierta y fuera de culto la iglesia de Santa María del Conde, una más de las seis o de las ocho que tuvo la ciudad, y que fue templo de la nobleza molinesa, mandada construir por su primer señor don Manrique de Lara, según cuentan los entendidos.
A la hora del paseo el público se sale a los Adarves. Es una calle ancha, moderna, con bulevar y bancos donde sentarse a la sombra de los árboles. Por el Paseo de los Adarves suelen verse en las mañanas del fin de semana gentes de casi todos los pueblos del Señorío, diversas entre ellas porque el terreno es extenso y diferente; pero que coinciden en ciertos rasgos comunes de los que siempre destacaron la afabilidad, la hospitalidad y la cordura para con quienes vienen de fuera.

De fiestas y otras particularidades
Hace tiempo, en un establecimiento chiquito de la calle de las Tiendas se podían comprar las "patas de vaca". El estableci­miento aquel ya no existe, y es preciso proveerse de esa especialidad gastronómica en una moderna pastelería del Paseo de los Adarves. Las "patas de vaca" son una especie de pasteles de gran tamaño, con forma a veces de media luna, que cuentan, no sin mérito, como enseña de la rica y variada repostería molinesa.
Pasaron los meses de verano y con él dos de las fiestas más importantes de la capitalidad del Señorío: las del Carmen, a mediados del mes de julio, con el desfile colorista de la llamada “Compañía de Caballeros de doña Blanca” durante la procesión, y las fiestas populares de San Gil a primeros del mes de septiembre, ricas en festejos y en participación de público, no sólo de gentes de Molina, sino de gran parte de los pueblos de su extensa comarca.
A partir de ahora, y así hasta bien entrada la primavera, la ciudad de Molina y sus contornos, se disponen a recibir y a soportar, como por allí es costumbre, las temperaturas más bajas que a menudo se registran en todo el país.

lunes, 21 de diciembre de 2009

PAISAJES DEL ALTO SORBE


Por Los Santos, la nieve en los cantos, dicen por aquí como en tantos pueblos de montaña perdidos en la rugosa piel de Castilla. El viejo refrán no siempre se ha cumplido. Me confieso, por afinidad y por recuerdos de juventud, un enamorado de aquellas serranías, de aquellos paisajes, de aquellos pueblecitos derramados sobre las vertientes grises de las sierras del Ocejón. Los conocí antes de la cruel sacudida y del despoblamiento; antes de que las nuevas modas hicieran mella en la pureza de pueblos de montaña, con todas sus singula­ridades y todos sus encantos, como víctimas inocentes de la tremenda reforma rural acaecida durante el último medio siglo. Las cosas han cambiado mucho en favor de la comodidad, que buena falta hacía para aquellos pueblos; pero a costa de su imagen bucólica; de la pureza de costumbres; de la limpieza de su paisaje bravío, amenazado hoy por tantos enemigos más o menos encubiertos de la madre Naturaleza.
A pesar de todo, aún resulta emotivo echarse ante los ojos el espectáculo gratuito de aquella serranía, sea cual fuere la época del año en la que uno desee andar por ella.
En la presente ocasión, quien esto dice se ha sentido un mero espectador; se ha limitado a contemplar, casi a vista de pájaro o de ave rapaz, las soberbias cumbres y las barranqueras de cuyo fondo comienzan a rampar, como obedeciendo a un misterioso encanto, aquellos pueblecitos.
La carretera sube bordeando laderas de tierra y de piedra oscura. Desde las afueras de Cogolludo hasta los pinares de Galve el espectáculo natural viaja con nosotros de manera progresiva. El regalo que a los ojos ofrece el campo va acrecentando en interés a medida que el tiempo transcurre. En un determinado momento, metidos en plena sierra, se alcanza a ver a lo lejos el oscuro caparazón del pueblo de Valverde, el más afortunado de cuantos pueblecitos salpican el Macizo, con el soberbio anfiteatro rocoso de la Chorrera poco más allá, bordeando la cumbre del padre Ocejón. Luego, la carretera se sostiene como una cinta alrededor, dibujando la forma de las montañas: aquí a la vera de una vertiente de jaras; allá sirviendo de cortante al páramo; más adelante sirviendo de peana a los elevados riscos, puntiagudos y del color plomo brillante que parieron los cerros, actuando siempre de mirador sobre las tierras vírgenes envueltas en el impecable celofán de la tarde.
Un indicador de carreteras señala algo más allá el desvío hacia Valverde, Zarzuelilla y Umbralejo, que vienen a caer hacia el poniente. Umbralejo es el pequeño lugar que ahora tenemos más próximo; no se alcanza a ver, queda agazapado en el fondo del barranco. Umbralejo es el pueblo que hace años compró el Estado, después de que sus vecinos hubieran decidido emigrar. Se restauró a base de dinero y de sentido común, y durante varias temporadas se viene utilizando como residencia juvenil destinada a actividades lúdicas al aire libre. Con sus vecinos, Valdepinillos y La Huerce, Umbralejo completaba aquel tríptico de pueblos negros, rurales hasta el extremo y encantado­ramente bucólicos, que por esta parte abría entre los pinos las puertas de la Transierra.
La Huerce, cabecera municipal, nos sale al paso poco después derramado en la espesura por debajo de la carretera. Sobre las copas del plantío, el pueblo de La Huerce se ofrece al fondo como una pequeña ciudadela de leyenda arrancada de los bravos parajes del Pirineo, de la estepa Andina o de los lejanos y perdidos paraísos del Himalaya. Durante los últimos años ha sido mucho el esfuerzo que La Huerce ha hecho por sobrevivir a los zarpazos sin piedad de los nuevos tiempos, por dignificar sus calles, por llevar el confort y la comodidad a sus hogares; lástima que en el empeño hayan podido perjudicar la antigua imagen de sus casas negras -las paredes y los tejados lo atestiguan-, aquellos tonos plúmbeos de cuando lo vi la primera vez y que dio carácter desde su fundación a los pueblos y a las aldeas de la comarca.
Entre La Huerce y Valdepinillos, un pequeño hato de vacas pace en los rebrotes que hay junto al camino. Las calvas desoladoras de los incendios forestales se dejan notar sobre las cotas más altas de los montes. Valdepinillos queda perdido a mitad del barranco, diseminado en la solana y rodeado de huertos. En Valdepinillos han procurado mantener con mayor rigor hasta el momento la imagen de aquel primitivo pueblecito de pastores, de gentes honestas y laboriosas, hechas a una con el ser y el sentir caprichoso del medio natural. Un montón de casas oscuras, no muchas más de una docena incluyendo el rústico edificio de su iglesia, forman el pueblo. Como en La Huerce, el vecindario se ha preocupado por mejorar en lo posible su condición de vida. El esfuerzo de los veraneantes ha sido decisivo. Valdepinillos, contemplado ahora desde lejos y al margen de los rigores que preludian el invierno, se nos antoja un lugar dichoso, extraordinariamente pacífico, libre de toda clase de complicaciones y de ataduras, donde pasar un verano memorable en contacto directo con la naturaleza.
Al cabo de una cuesta se entra en terreno boscoso. Los ejemplares magníficos del pinar nos siguen a un lado y al otro del camino. Hemos visto andar entre los pinos a los últimos buscadores de níscalos. La carretera desciende con dirección a Galve de Sorbe dibujando curvas y salvando recovecos. Más adelante, aprovechando el leve claro que se recorta por entre las copas de los pinos, se deja ver por un momento la silueta inconfundible del castillo de los Estúñigas con su duro torreón alzado sobre la muela. Los tejados ocre de la villa de Galve se comienzan a distinguir al otro lado de la ermita de la Virgen del Pinar. Como por arte de encantamiento, o simple­mente como muestra a campo abierto de la extraordinaria variedad de la sierra, los tonos del horizonte ahora cambian de color. Las montañas oscuras de arcilla y de piedra de pizarra que hemos dejado atrás, ahora se tornan blancas y calizas. Si no fuese porque uno conoce demasiado bien el terreno que pisa, llegaría a pensar que se encuentra en un país diferente. En la pradera rumian tranquilas, pacientes, mansas como el viejo corazón de los serranos, las reses del recrío.

Guadalajara, diciembre de 1996

jueves, 26 de noviembre de 2009

PASTRANA, UNA VISITA AL MUSEO FRANCISCANO


La visita al Museo Franciscano la había prometido al padre Víctor y la promesa la acabo de cumplir en fechas todavía recientes. Tenía que ver despacio, muy despacio, los bellísimos tesoros del Museo y la ocasión se presentó en la tarde gris de un domingo del mes de Enero, cuando la Natura­leza toda, y también los huertos de la vega del Arlés, esperan adormilados que la graciosa primavera de la Alcarria se acerque cargada de vida cuando llegue su tiempo. Las vegas del Arlés, vegas de granados y de hojas de laurel, revientan como revientan los claveles cuando el invierno se va. Para mí que los versos más hermosos de su "Cántico Espiri­tual" los escribió San Juan de la Cruz precisamente aquí, desde estos solitarios mirado­res que dan hacia los campos tras las tapias del convento, y en un manso atardecer de primave­ra.
Ocupa la que muy bien pudiéramos llamar "Exposición permanen­te de arte sacro conventual de la villa de Pastrana" las estancias de lo que antes fue iglesia del convento, así como los cuatro pasillos del viejo claustro carmelita, ahora cerrados en un cuadro casi perfecto, iluminados convenientemente y ambienta­dos con un canalillo sutil de música barroca, muy en consonancia con el ciento o más de obras de arte que cuelgan de los muros. El perso­naje principal de una gran parte de las pinturas expuestas es Santa Teresa de Jesús, con bellísimas referen­cias a su estancia en la ciudadela alcarreña, e imágenes de primera mano correspon­dientes a persona­jes memorables de su tiempo, relacionados con la doble fundación carmelita por parte de la Santa en esta Pastra­na de sus dolores, donde, naturalmen­te, no pueden faltar doña Ana de Mendoza y su esposo Ruy Gómez de Silva, príncipes de Éboli y duques de Pastrana, con detalles de sus rostros, tal vez los más reales y auténticos que se conocen.
Las obras que allí se conservan -casi todas ellas restaura­das e impeca­bles-, aparte de ser un muestrario simpar de pintura religiosa de los siglos XVII al XIX, llevan consigo en buena medida el estimable sobrevalor de la nota documental o histórica, verdaderos puntos de apoyatura que informan, luego de los siglos, tanto o mejor que los documentos escritos, acerca de los primeros pasos de la actividad carmelitana por estos lares, tan unidos, como bien sabemos, a la historia de la Orden reformada.
Cuenta el padre Víctor con su gracejo franciscano, que a él le gusta iniciar el recorrido por el museo siguiendo la dirección que Santa Teresa parece indicar a los visitantes desde un cuadro, de la Escuela Madrileña del XVII, que aparece colgado al fondo del primer pasillo en el antiguo claustro. La estupenda pintura representa al Príncipe de Éboli entregando a la santa Fundadora la ermita de San Pedro, primer edificio que los religiosos poseye­ron en la colina donde ahora está el convento, en presencia de dos monjes de la Orden; fray Juan de la Miseria y fray Ambrosio Mariano, con varias religiosas en comitiva.
En los cuatro pasillos es mucho lo que hay que admi­rar, ordenado y perfectamente iluminado a derecha e izquierda, donde van apareciendo algunas firmas conocidas -italianas sobre todo y otros trabajos anónimos- tales como la del propio fray Juan de la Miseria, Alonso del Arco, Juan Carreño, Paulus de Matthei, Fran­cis­co Rizi, y algunas imágenes en talla o piezas de valiosa orfebre­ría como pudiera ser una escultura, menudita en tamaño, de Luis Salvador Carmona, en la que se representa a San Pedro de Alcánta­ra. De la obra pictórica expuesta en los muros del claus­tro, son muy de destacar la serie dedicada a Santa Teresa y Pastrana, anónima del siglo XVII; la bellísima colección de santos (San Cirilo, San Dionisio, San Espiri­dión...), como los anteriores de la Escuela Madrileña y del mismo siglo; la entrañable reliquia que sobre viejos lienzos dejó por allí fray Juan de la Miseria, fraile cofundador, contemporáneo y pintor de la Madre Teresa; un Cristo atado a la columna, regalo personal de la Fundadora; un retrato antoló­gico de "Santa Teresa escrito­ra", y, en fin, una joyita en lienzo del XVII, obra de Francisco Rizi, en donde aparece representada la escena histórica, bien conocida por todos, en la que el duque de Gandía -luego San Francisco de Borja- prome­tió solemnemente, ante el cuerpo muerto y corrompi­do de la infanta Isabel, que jamás serviría a señor alguno que pudiera morir. Muchas de estas obras, como tantas más que se guardan en el museo, llevan escritos al pie textos explicativos que son, a la vez, auténticos documentos del ya lejano siglo de la fundación, al tiempo que verdaderas obras de arte ante las cuales bien merece la pena detenerse.
La iglesia del convento -ya se ha dicho- fue converti­da en sala de exposición, pieza fundamental del Museo Francisca­no. En ella los temas son más variados y diferentes. Aquí aparecen pinturas de escuelas más dispares, y algunos de los cuadros hacen referencia a temática franciscana, como pueden ser el "San Fran­cisco de Asís en oración" de autor anónimo del siglo XVIII, la "Crucifixión de los primeros mártires del Japón", anónimo también del siglo XVIII, o los "Niños Mártires" de José Nogué, pintado en Roma el año 1913. Pero destacan sobremanera las pinturas de Luca Giordano, las de Regino Páramo y algunas piezas curiosas, tales como "La Santa Faz" del siglo XVII, pintada al óleo sobre alabastro, y un magnífico "Cristo Yacente" en talla tres veces centenaria salida de los talleres de Gregorio Fernández.
Luca Giordano, pintor napolitano a quien sus contempo­ráneos conocían por "Luca fa presto", debido a la rapidez con la que terminaba sus obras, cuelga aquí un par de trabajos sencillamente admirables: uno de ellos representa a San Pedro en la noche tremenda de las negaciones; el otro nos muestra al Cireneo, ayudan­do a Cristo a levantarse en una de las tres caídas. Se trata, sin duda, de una réplica de otro similar pintado por Tiziano.
Regino Páramo, pintor del siglo XIX, tiene en la interesante pinacoteca del Convento Franciscano un "Via Crucis" incomparable. Cada una de las escenas del Camino del Calvario ocupa, como mínimo, la superficie total de un metro cuadrado, y está completo, es decir, catorce cuadros, que vienen a repre­sentar en su conjunto otro más de los importantes tesoros del museo. Del mismo autor se luce una bella representación de "La Santa Cena", en tamaño 2,35 x 1,64 metros, pintada en 1872 por encargo de este convento para presidir el salón del refectorio.
En fin, relatar con detalles la importancia y el interés de esta visita, a fin de cuentas y como siempre fugaz, llevaría un tiempo, y sobre todo un espacio del que no se dispone. Sirva la escueta referencia como crónica de apremio sobre este remanso de bienestar, estanque de gozos y de sorpre­sas increíbles, abierto a la admiración de quienes deseen disfrutar cualquier fin de semana probando el riquísimo cóctel que, en los espacios del antiguo convento, se ha conseguido al fin, mezclando la Historia y el Arte, la evocación y la religio­sidad en su medida justa, precisamente en aquel lugar, en uno de los rincones más emotivos de la Alcarria.
(Guadalajara, Febrero de 1994)

lunes, 23 de noviembre de 2009

BONAVAL EN EL ALTO JARAMA


Si algún día, amigo lec­tor, alguien te exigiera opinar acerca de los pueblos más pin­torescos de esta tierra en que vives; pueblos que el gran pú­blico desconoce, pero que ahí están como una realidad viva, puedes decir sin miedo a equi­vocarte que, escondidos en las solanas, en el fondo de los valles o en la cumbre misma de montículos y altiplanos de cua­lquier comarca, estos se pueden contar por centenares.
Hoy, aprovechando el as­pecto óptimo del día a la hora de la sobremesa, he decidido viajar hacia una de esas comar­cas escondi­das y sorprendentes que oculta como oro en paño la geografía guadalajareña. Vamos, pues, hacia las altas corrien­tes del Jarama buscando el halo bajomedieval de un monasterio derruido, el de Bonaval en las serrezuelas de Tamajón, a cua­tro pasos camino adelante del pueblecito de Retiendas, un lugarejo de sufridos pastores y de honrados campesinos, bello como pocos antes y después de las obras de pavimentación de sus calles. La imagen del puen­te de tres ojos sobre el arro­yo, con las casas escalona­das al fondo, recibiendo sobre las lomas de matorral los últimos tornasoles del sol de febrero, es una estampa que al fino ob­servador le suele quedar impre­sa en la retina para siempre.
Estamos en las orillas de Retiendas, al lado del puente. El camino que nos ha de llevar hasta el monasterio es un cami­no de herradura, un buen sende­ro para viajar a pie aunque nos obstine­mos en atravesarlo sobre el vehículo. Al final todo es posible. Robles, chopos, álamos enfermizos, encinas de tupido plumaje color de plomo, algún que otro nogal todavía desnudo en el fondo de la inmensa cal­dera por donde están las ruinas del monasterio, nos van acompa­ñando mientras pisamos la piel descarnada del camino.
Abajo, por las praderas que limitan con el tapial del monasterio, entre los matojos, se sienten las esquilas de un rebaño de ovejas. El pastor lleva terciada al hombro una manta que se ata a la espalda con un cordel, y las manos las tiene ocupadas por un bastón de madera de olmo y un aparato de radio. Cuando alguna res se pierde entre los brezos, el mastín se encarga de llevarla al orden a fuerza de mordiscos en el calcañal de las patas traseras. El pastor contempla la escena con pasivi­dad.
- Buenas tardes -le digo.
- Qué, a ver el convento -me responde.
- Sí señor. Por el aspecto de las piedras debió ser muy bonito. Da pena verlo hecho una ruina.
- Siempre lo hemos visto así. Cuando lo moros dicen que vivían frailes ahí dentro, y todo esto era huerta.
Por la explanada en la que pasta el rebaño hay grupos de piedras en círculo, encerrando montones de cenizas y de tron­cos a medio quemar. Los silla­res, perfectos, todavía en pie de la fachada, se ven a estas horas de la tarde como teñidos de oro viejo con los rayos del último sol que los alumbra en oblicuo. Sorprenden los artís­ticos capiteles que se alinean sobre las columnillas en haz de la portada. El arco principal, como todos los demás arcos que se ven sobre las ventanas del monasterio, cierra en punta, guardando por lo demás todos los detalles del arte románico de finales del siglo XII en que se construyó con la ayuda in­condicional del rey Alfonso VIII de Castilla.
Unas cuantas higueras lar­guiruchas de tanto estirarse para buscar el sol que apenas se deja ver por encima de los muros, es lo único que hay en la seria oquedad del monaste­rio. Por el suelo humedecido andan los cascotes de escombro, las latas de refresco, los pa­litroques que alguien tiró, y alguna que otra mata de zarza­mora y de jaramago, las espe­cies más comunes de los lugares en ruina. La yedra, el apretado chal de la yedra, se cuela de fuera a dentro por los rasgados ventana­les en ojiva que dan al norte, luego se pega de raíz en la nervada cúpula de un ábside.
- En verano vienen muchos turistas por aquí -grita el pastor desde lejos-. Se zambu­llen en cualquier poza del río, igual que los cochinos. Casi todos son de Madrid, por lo que se explican.
El río al que se refiere el pastor es el Jarama, limpio aún, que arrastra su caudal a un tiro de piedra del monaste­rio.
Estar en Bonaval y pasar de largo por su historia es poco menos que una irreveren­cia. Queda escrito que fueron unos monjes cistercienses veni­dos de Palencia en 1170 sus primeros moradores, acompañados de un tal Nuño que sirvió como su primer abad. Y allí estuvie­ron hasta el año 1821 en que lo abandonaron definitivamen­te, comenzando en aquel momento lo que, poco a poco, habría de convertirse en este montón de piedras malamente ordenadas, que aplana el espíritu y con­mueve los sentimientos de qui­en, por propio deseo o dejado llevar de la corriente, se ace­rca por aquí.
Me he atrevido, al fin, a subir hasta lo más elevado de los muros. El juego de los es­calones de caracol es una fina obra de ingeniería, pese a los precarios medios con los que debieron contar los artesanos que le dieron forma.
Encima del ábside central de lo que fue la iglesia, uno se deleita oteándolo todo. Las agujas afiladas de los ventana­les ponen sobre el abandonado recinto una nota de lejana so­lemnidad. Ni qué decir que los cantos de los monjes que allí vivieron se escapan por entre las rendijas de la sillería, a poco que uno se concentre en escucharlos. Aquí una columna roida por el peso de los si­glos, allá un hermoso capitel desportillado por el soplo de la barbarie, en la húmeda pared de la sacristía el nicho donde doscientos siglos antes guarda­ron los frailes sus útiles dia­rios para la ceremonia. Por el ventanuco en ajimez que se alza sobre la fachada, se cuela el sol de las cinco estrellándose al momento contra los sillare­jos de la bóveda que cubre el presbiterio.
Al cabo de mirarlo todo, de subir y luego bajar las es­cale­ras de caracol, el silencio se ha hecho completo. La tarde enmudeció sin que apenas se distingan en la distancia los campanillos del rebaño, el cho­car del viento contra las jam­bas de piedra moviendo débil­mente las hojas de yedra, el rumor del río, la paz del cam­po.
En Bonaval, los atardece­res del mes de febrero toman, sin que nadie sepa el porqué, un cariz distinto, se tornan en todo un símbolo. El frío es cada vez más intenso a la espe­ra de una noche sin esperanza; silencio sepulcral que hiela la sangre en un escalofrío largo, sin principio ni fin; sopor de muerte en medio de una natura­leza que invita a la vida. Es­to, sobre todo lo demás, es el augusto valle de Bonaval, donde quedan las ruinas de un monas­terio que hace casi dos siglos abandonaron los últimos monjes de la Orden del Císter.
(Guadalajara, 1995)