viernes, 24 de junio de 2011

J Á T I V A



Desde la casa de campo de los Granero en los altiplanos de Bixquert, zona residencial de verano para muchas de las familias de Játiva, con el mayor y el menor de los castillos setabenses en la media distancia, la ciudad va quedando a nuestros pies al caer la tarde mostrándose ante los ojos del observador como una de las más importantes estrellas del Levante español. Ahí tenemos a la antigua Saetabis adornada con todas las ínfulas de la ciudad moderna, tapizada en su entorno por el verde mate de las huertas y de los naranjales. Estamos en Valencia, amigo lector. Campo abierto hasta el mar cercano bajo un celaje blanquiazul, vaporoso, el cielo valenciano que inmortalizó y que glorificó Sorolla.
La viví y la conocí como Játiva, hoy es Xátiva, ¿qué más da? No es otra que la vieja urbe que pisó Aníbal, que dio dos papas (Calixto III y Alejandro VI) a la Iglesia de Roma; que es patria de uno de nuestros grandes pintores del Siglo de Oro, José de Ribera, El Españoleto, nacido en este lugar el mismo año en que moría en Pastrana la Princesa de Éboli; que fue cuna de la primera fábrica de papel que funcionó en Europa, hecho con paja de arroz; que la mandó incendiar Felipe V por haberse mostrado a favor del Archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión, y bien que lo está pagando después de su muerte el desdichado rey, a la vista de su retrato expuesto a perpetuidad en el Museo Municipal del Almudí, colocado boca abajo; lugar de nacimiento, en fin, de una larga nómina de celebridades -además de los ya dichos- que prefiero omitir, ¡porque son tantos!, que tan sólo y en nombre de los demás citaré a uno sólo, a don Francisco de Paula Martí, inventor que fue de la taquigrafía.

Játiva es, que nadie lo dude, un de las más importantes ciudades no sólo de Valencia, sino de toda España. Fue sede episcopal en tiempo de los visigodos y capital de provincia durante el llamado trienio liberal (1820-1823). Todo lo dicho, y mucho más que sobre Játiva se podría decir, quedó como solidificado para la posteridad en lugares y monumentos que, como en la posible relación de personajes ilustres, siento la tentación de obviar, si bien me resisto a no hacer referencia a algunos de ellos, tan solo a cuatro, en representación de un conjunto que supera muy de sobra el número de veinte. Son éstos:

La Seu o Colegiata. Templo catedralicio de finales del siglo XVI, con crucero, girola y tres naves. En su museo se guardan algunas interesantes piezas pictóricas y de orfebrería, tales como las Tablas de San Sebastián y de Santa Elena, el cáliz de Calixto III, y la custodia mayor de Alejandro VI.
El Museo Municipal del Almudín, con una valiosa colección de pinuta barroca perteneciente al Museo del Prado; lienzos de Ribera, Del Mazo, Giordano, Vicente López, Benlliure entre otros, y el ya dicho Retrato de Felipe V.
La Real Fuente de los Veinticinco Caños. Construida hacia el año 1800 al gusto neoclásico, y dedicada en otro tiempo a abrevadero de caballerías.
El Castillo Mayor. Su origen es posiblemente romano. Conserva formas árabes y góticas en muros y torreones; de él merecen especial mención la llamada Puerta del Socorro, la capilla de la Reina María con la tumba del conde de Urgel y la que fuera prisión de los Reyes de Aragón. Singular mirador sobre los campos de su entorno, y estampas vivas de la Valencia histórica y monumental con alma propia.

(En la fotografía de A. Rovira "Panorámica de la ciudad de Játiva"

lunes, 30 de mayo de 2011

P E Ñ A F I E L

Peñafiel es pueblo de sonoros recuerdos en la historia de España. Peñafiel es centro de una comarca extensa de campos de trigal, de viñedos y de hortalizas a la que da nombre. Peñafiel, en fin, a la sombra de su celebre castillo sobre la estirada colina de rocas que lo sostiene, muestra al visitante la nobleza de su origen y el encanto infinito de sus piedras labradas, a la vera de uno de los ríos que mas saben de dichas y desdichas del alma castellana: el Duraton, que precisamente aquí, a las puertas de esta antigua ciudad de palacios y conventos, entrega al padre Duero las aguas que a lo largo de leguas y leguas por la ancha Castilla, fue recogiendo desde los altos de Somosierra donde era fuente.
Por uno de los puentes que cruzan sobre el río, entro en Peñafiel de buena mañana. La torre puntera del castillo se pierde al contraluz, arrojando sombras geométricas sobre las últimas casas. La Plaza de España es en este viaje a Peñafiel el primer destino. La Plaza de España tiene al mediodía una iglesia de porte renacentista que ahora emplean como Museo Comarcal de Arte Sacro; levanta un soberbio torreón y esta dedicada a Santa María. Al frente, en la misma plaza, las tiendas bajo soportal que al instante nos ponen en camino hacia la Plaza del Coso.
Después del castillo, la Plaza del Coso es por su originalidad lo más significativo de Peñafiel. En la Plaza del Coso se vienen capeando toros desde la Edad Media; espectáculo tradicional que el publico contempla desde los cientos de balcones adornados con arabescos que, según alguien explico, fueron colocados según su actual estructura a mediados del siglo XVIII sobre su primitiva planta medieval. En la Plaza del Coso tiene lugar otro de los acontecimientos mas coloristas, multitudinarios y emotivos, que el pueblo celebra cada año como remate su Semana Santa desde tiempo inmemorial. Se trata de la Bajada del Ángel en la mañana del domingo de Resurrección, y consiste en el descendimiento por medios mecánicos de un muchacho disfrazado de ángel que anuncia a la Virgen, colocada sobre las andas entre la multitud, la resurrección de Cristo. La visión plástica de la Plaza del Coso, rodeada de balcones de madera en sus cuatro caras con el castillo al fondo, traslada al espectador a tiempos remotos, a la España de los Austrias o antes aún, en aquel ideal escenario testigo de añosos acontecimientos escritos en legajos polvorientos o sobre la misma piedra, soporte tantas veces de pequeñas paginas con las que se hilvana el gran tapiz de la historia de los pueblos: «Santiago Fernández. Ha fallecido el día 15 de agosto a los 21 años de edad. Fue cojido por un toro. Año de 1896. R.I.P.», se lee sobre la plancha de piedra en un lateral de la Plaza del Coso.

En la villa de Peñafiel no es posible echar en olvido al autor de «El Libro de Patronio». El Infante don Juan Manuel, miembro importante de la realeza castellana allá por la primera mitad del siglo XIV, iniciador de la narrativa en nuestra propia lengua, fue su gran Señor, y así la tomo como lugar preferido de todos sus estados y centro de sus correrías literarias, cinegéticas, políticas, por la ancha Castilla de Cifuentes, de Garcimuñoz, de Galve, de Pozancos, donde puso punto final al «Libro de los Estados». Reyes y magnates tomaron como asiento a Peñafiel durante largas temporadas, y allí vino a nacer, sírvanos de ejemplo, el desdichado don Carlos, príncipe de Viana.
En la Plaza del Coso se encuentra la Oficina Municipal de Turismo que atiende con prontitud una amable señorita. Allí se recibe información acerca de lo mucho que puede verse en Peñafiel cuando se viaja a ciegas. En la oficina de turismo ofrecen material suficiente en concepto de guía y una tarjeta horario para realizar visitas, sin peligro a topar con las puertas cerradas de los museos o de otros monumentos de interés como ocurre con tanta frecuencia.
El Castillo se abre al publico en horario de verano, previo pago de una modesta aportación durante tres horas por la mañana y cuatro por la tarde. La visita al castillo de Peñafiel resulta instructiva y curiosa. Las proporciones de la fortaleza son enormes. Se trata de un edificio de forma alargada, cuya planta va dibujando el altiplano roquero que le sirve de base. Sus dimensiones son 210 metros de largo por 20 de ancho, con torre del homenaje colocada en mitad que alcanza una altura de 34 metros. En ambos lados de la torre quedan los patios que sirvieron de albergue alas caballerizas y guarniciones por sur, mientras que el aljibe y los almacenes ocupan el ala norte. El castillo se levanto por primera vez sobre el largo roquedal en el siglo X, se volvió a reconstruir a finales del XI, lo restauro de nuevo el infante Don Juan Manuel a principios del XIV; y un siglo mas tarde se le dio la estructura definitiva durante el reinado de Juan II. En el año 1917 fue declarado Monumento Nacional.
El nuevo Peñafiel, no obstante, es por todo lo demás una ciudad moderna, bien arbolada y pulcra, repleta de tiendas y de servicios. Una ciudad de calles estrechas donde la gente es amable y complaciente.
La iglesia y convento de San Pablo, a cuatro pasos de la Plaza del Coso, y el convento de Clarisas al otro lado del río, son monumentos a destacar con todo lo ya dicho. La fachada plateresca de la iglesia de San Pablo es toda una filigrana, sobre la que se disparan sin querer las cámaras fotográficas de los turistas.
- ¿Ha estado usted por aquí alguna vez cuando el Corro de los Toros?
- No señor ¿Eso que es?
-Pues las fiestas, las corridas, las capeas, y todo el jolgorio que tiene
lugar en la plaza y en sus alrededores para la fiesta de Nuestra Señora y de San Roque, a mediados de agosto.
Como en todos los pueblos y villas importantes de la Vega del Duero: de Burgos, de Segovia, de Valladolid, a estas alturas las capeas, las corridas de toros, las verbenas y las multitudinarias comparsas cantando por las calles, tuvieron y siguen teniendo en Peñafiel una importancia suprema. Los vinos exquisitos de la uva verdeja, de la albilla y la tinta del toro, que por aquí se dan, juegan su papel en esas ocasiones, que nadie lo dude. Es parte de un todo en el que se vienen conjugando, creo que de manera magistral, el peso de la tradición con la vaporosidad festiva de los nuevos tiempos, el espíritu veladamente socarrón del castellano viejo, con el ímpetu de la juventud olvidadiza y marchosa de finales del siglo XX.

viernes, 20 de mayo de 2011

PRIMAVERA EN SANTA MARÍA DE VERUELA

Por último entro en el claustro, donde ya reina una oscuridad profunda. La llama del fósforo que enciendo para atravesarlo vacila, agitada por el aire, y los círculos de luz que después luchan trabajosamente con las tinieblas. Sin embargo, a su incierto resplandor pueden distinguirse las largas series de ojivas festoneadas de hojas de trébol, por entre las que asoman con una mueca muda y horrible esas mil fantásticas y caprichosas creaciones de la imaginación que el arte misterioso de la Edad Media dejó grabadas en el granito de sus basílicas.
(G.A.Bécquer. "Desde mi celda", Carta Segunda)


No sé si es hoy el día de los poetas. Si no lo es debería serlo. El calendario corre de manera imparable y, en ocasiones como ésta, regalando un tiempo de promesa. Hace sólo unas horas que ha entrado la primavera. No hace mucho tiempo que, pensando en este día, me busqué lejos de nuestras fronteras provinciales un lugar emblemático donde la poesía y la primavera tuvieran por derecho propio un sitio inamovible, sin acceso a los estragos del tiempo ni a la fugaz memoria de los hombres; un lugar donde la piedra fuera poesía, donde el viento fuera poesía, donde el rumor del regato fuera poesía, donde hasta su nombre, en fin, fuera poesía.
Tuve que madrugar para aparecer en la ciudad de Soria de buena mañana. En Tarazona al filo del medio día, y en el monasterio de Veruela apenas despuntaba -luminosa y abierta en los llanos y vallejuelos que rodean al Moncayo- la tarde de una primavera adelantada.
Los ocupantes de un autocar estaban terminado de comer en la mesa común de un restaurante de barato que, por el momento y según me contaron, tan sólo abre los fines de semana. Tomé café en la barra del bar. A cuatro pasos la portona almenada que da paso al monasterio.
Desde que el poeta anduvo por aquí, en un intento inútil de recobrar la salud perdida, al monasterio de Veruela se viene buscando la sombra de Bécquer. Su espíritu enfermizo y sutil, delicado y doliente, se adivina flotando al viento como un cendal de finísimos tules por entre los arbustos y la maleza, por los senderos angostos y por las bruscas barranqueras que bajan del Moncayo, envuelto aún con el cierzo que lamió su piel blanquecina en aquellas horas de andar oteándolo todo, gozándolo todo, sufriéndolo todo, a una distancia prudencial por los alrededores de la abadía.
Al hablar del venerable monasterio aragonés, en el que hace poco tiempo me encontré y ahora nos ocupa, el poeta de las "Rimas" dejó escrito que su fama tenía como sillar de apoyatura el hecho de hallarse enterrados dentro de sus muros los restos mortales del fundador del mismo, el príncipe don Pedro Atarés, tronco de la ilustre familia de los Borja, y los de su mujer, dama piadosa y pudiente que edificó a sus expensas la catedral de Tarazona, y los de tantos descendientes directos que dieron fama al apellido peleando bravamente en Valencia al lado del rey don Jaime. Hoy, todos aquellos personajes son en Veruela remota mitología; un dato documental importantísimo, pero ni mucho menos la razón primera que acarrea cada sábado y cada domingo a cientos de visitantes, en busca de la sagrada paz y del sosiego que destila en tantas de sus páginas la obra escrita de Gustavo Adolfo.
Fue el fruto inmediato de una promesa la fundación en estos llanos del famoso monasterio de Santa María de Veruela. Cuenta la tradición que don Pedro Atarés, señor de Borja, se vio sorprendido en noche de caza por una terrible tormenta que le hizo temer por su vida en las faldas boscosas del Moncayo; y que fue la Virgen, luego de haberse encomendado devotamente a ella, quien lo sacó sano y salvo de tan comprometida situación, pidiéndole después que se erigiese en aquel mismo lugar un monasterio para recordar el milagro.
Los trabajos de la abadía comenzaron en 1146 y quedaron concluidos cinco años más tarde. La parte antigua marca el periodo de transición entre el románico decadente y el gótico que comenzaba a estirar con no poco pudor el punto medio en los haces de archivoltas de sus arcos. Los adarves recortados a pico y las murallas que entornan al monasterio, fueron colocados cuatro siglos después por el abad Lupo Marco, el verdadero renovador e impulsor de Santa María de Veruela.
La portada de la iglesia muestra al exterior todo el encanto de sus seis archivoltas con decoración comedida sobre sus arcos, limpia y diversa en la docena de capiteles que sostienen otras tantas columnas, obra de perfecto equilibrio, muy acorde con la época en la que se ejecutó y con el buen gusto de los expertos canteros aragoneses de aquella segunda mitad del siglo XII. El interior es una bella muestra del arte cisterciense. Se abre en tres naves, crucero y grandiosa cabecera con capillas absidales y girola. La bóveda, sobre arcos fajones y cruzada por nervadura, es todavía una estampa elocuente del momento justo de la Historia de la Arquitectura, donde el arte románico y el gótico se funden y confunden, dando lugar a un canto solemne en piedra elaborada que habrá de repetirse con mayor claridad aún en la estructura del claustro.
Pero volvamos a recuperar de nuevo la imagen perdida del poeta de los sueños. Allí, en las silenciosas celdas de Veruela, Bécquer dio a luz, una por una, las ocho cartas literarias que aparecen en sus obras completas, poniendo en orden las consejas y las viejas historias recogidas a la casualidad en sus habituales paseos a Trasmoz, a Añón, a Vera y a Litago, en tantas ocasiones acompañado de su hermano Valeriano, el pintor, cuya imagen se deja traslucir unida a la del poeta por aquellos ásperos recovecos que dibujan a su caída en la ladera Este las faldas del Moncayo.
De Trasmoz fue la Tía Casca y allí vivieron y murieron todas las brujas de las que nos habló Bécquer. La Tía Casca era para las gentes de Trasmoz la más cruel y la más desentrañada de todas las brujas que pudo dar aquella mala estirpe. La que despeñaron entre insultos y pedradas las gentes del pueblo por el precipicio que se abre a la subida al castillo, y de la cuál, el alma anda todavía penando por aquellos picachos abruptos e inaccesibles, persiguiendo a los infelices pastores que pasan por allí en los inviernos crudos y haciendo un ruido infernal entre las matas como si fuera un lobo, porque, después de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo la quisieron por suya.
El Escorial de Aragón llaman las gentes por aquellas tierras al monasterio de Veruela. Se trata de uno de los antiguos cenobios cistercienses que el genio promotor de aquellos antepasados fue levantando por la difícil geografía española de tierra adentro, y que aún siguen ahí, esperando, quién sabe si la mano amiga o el suspiro sin esperanzas de un iluminado que tornó en poesía la tierra que pisaron sus pies.

lunes, 16 de mayo de 2011

R I A Z A



«El campo de Riaza es bonito. El campo de Riaza cría unos huertecillos verdes y lucidos, y
muchas y frescas praderas para el ganado. El campo de Riaza, amén de la dehesa boyal, de mata de roble, guarda la dehesa del Alcalde, con sus quinientas obradas, y las de Borreguil de Pinarejo, de Pradorredondo, de Hontanares y de Mataserrano.»
(C.J.C. "Judíos, moros y cristianos")
Ahora es invierno. La villa de Riaza, a la que uno ha tenido ocasión de acudir en todo tiempo durante los últimos diez o quince años, es plaza predispuesta para el verano. El invierno en Riaza -lo dicen quienes allí pasan, día tras día, los cuatro o cinco meses que suele durar- es crudo y riguroso; lo han inventado para vivir en otras tierras, que no para éstas. Aunque -lo que son las cosas- durante la última década fracasó de manera estrepitosa la estación invernal de La Pinilla, la que muestra no lejos de allí sus laderas violentas al suroeste; y fracasó sólo por eso, por falta de nieve, por falta de unos inviernos rigurosos como los de antes, por falta de unos inviernos como hubiera cabido esperar.
Riaza está situado a poco más de cuatro o de cinco kilómetros de distancia de la provincia de Guadalajara, al otro lado del puerto de La Quesera, por donde figuran en el mapa las elevaciones más importantes de todo el macizo, por donde parece que restallan los oídos del caminante al subir, a causa de la altura, y luego le fuera volviendo la audición poco a poco.
-Oiga; pues yo también noto eso algunas veces. Parece como si uno se quedara sordo.
Cuando don Camilo pisó tierras de Riaza en aquel su ya lejano viaje por los campos de Castilla la Vieja, Riaza era otro pueblo. Las pinceladas acerca del paisaje a las que se refiere siguen siendo exactas, si bien, las praderas y la dehesa boyal de matas de roble, andan salpicadas por colonias enteras de chalés que han ido levantando los de Madrid, y por callejuelas de asfalto o de cemento entre unos y otros que recuerdan las vías de una antigua ciudad romana. Por entonces debió de ser como un proyecto en ciernes de ciudad residencial al amparo de los aires sanos de la sierra; hoy, lo es ya de manera consumada. Los cientos de chalés entornan al primitivo pueblo de jaboneros, de ganaderos y tejedores que tuvo fama; el de las robustas casonas solariegas de artístico balconaje, algunas de ellas con su escudo de armas esbelto en la fachada; el de las viviendas de una o de dos plantas como mucho; el de la Plaza Mayor soportalada que, para bien suyo, todavía existe.
No hace mucho que estuve en Riaza la última vez; aún no era invierno; habían comenzado a sentirse los primeros fríos y los veraneantes estaban ausentes; se habían marchado a Madrid y en el interior de algunos chalés se veían perros guardianes atados con cadenas.
Las sombras de la tarde iban cayendo sobre el pueblo. En el albero de la Plaza Mayor se dibujaba estirada a lo largo la silueta del ayuntamiento. En las diez, o veinte, o treinta tiendas que hay como fondo a los soportales que rodean la plaza, habían encendido ya las luces eléctricas. Los asadores, las pastelerías y los restaurantes abundan en la plaza. El reloj del ayuntamiento avisaba las seis en sonoros toques de campana.
Uno siente profundo respeto por estas plazas castellanas de tan marcada raíz, de tan refinado estilo, aunque ésta de Riaza no haya de soportar con tanta angustia el peso de la Historia, como sus vecinas y siempre admiradas de Ayllón o de Pedraza, ambas con recuerdos personales tan señalados -y tan olvidados también- como la del condestable don Alvaro de Luna, San Vicente Ferrer o el pintor Zuloaga.

Pocos pueblos castellanos podrían compararse con esta villa de Riaza en cantidad y en elegancia de balconajes, en suntuosidad de aleros sobre las recias casonas de hace uno o dos siglos, y que debieron de ser -todavía hay quienes lo recuerdan- la casa solar, no de acaparadores prestamistas ni terratenientes, sino de los dueños de inmensos rebaños de ovejas que le dieron fama, y que en tiempos no lejanos pastaban en las praderas serranas durante la primavera y el verano, y en los llanos extremeños de pastizal cuando por estas latitudes comenzaban a apuntar los primeros hielos de finales de octubre.
-Pues aún quedan algunos viejos en el pueblo que les tocó pasar el invierno con el ganado en Extremadura. Yo me libré por poco; pero mi padre fue pastor trashumante más de veinte años.
Se llamaba Juan el señor con el que hablé en Riaza. Volvía de la pradera del Rasero donde dijo que había pasado la tarde. Es ésta una amplia explanada de hierba que viene a caer entre la estación de servicio y las primeras casas, a la vera de las pistas donde están los hoteles y que llevan a la urbanización. En el Rasero hay un bonito Vía Crucis, con estaciones labradas en piedra alrededor y un Calvario de tres cruces, donde la gente suele acudir a sentarse cuando la bonanza de la mañana o de la tarde lo permiten.
-Aquí todo esto de los chalés lo empezó a mover un señor que le decían el doctor García Tapia. Y ahora ya lo ve, apuesto que hay más chalés que casas.
La población de Riaza apenas salta de las 1500 almas. En la época floreciente de los rebaños y de las pañerías, es decir, a finales del siglo XVIII, llegó hasta las 3000. Cuando viene el mes de julio y la colonia veraniega ocupa todas las viviendas de la urbanización, es posible que sobrepase de hecho la cifra de cinco mil personas, al reclamo de la excelente temperatura, de lo saludable del ambiente y de la relativa proximidad a Madrid.
-Oiga, ¿cómo se llama aquel cerro?
-¿Qué cerro?
-Aquel de las rocas y los marojos.
-Aquello no es un cerro. Aquello es una montaña. Se llama La Buitrera. Poco más a la derecha está el Alto de las Mesas, que es el que separa a las dos Castillas. Y a la caída, por esta parte, la ermita de la Virgen de Hontanares, nuestra Patrona.
Pero volvamos a la Plaza Mayor. Es aquí donde se hacen las corridas de toros. En mitad queda durante todo el año lo que pudiéramos llamar el ruedo, que no es redondo, sino ovalado, y en una de sus caras tiene tres o cuatro gradas de piedra donde sentarse y un escalón en la parte opuesta. La arena en la amplia zona central la conservan durante todo el año. En uno de los laterales queda solitario, sencillamente monumental, el edificio del ayuntamiento, con sus escudos, su balcón corrido y su carillón para dar la hora, en competencia con el campanillo de la torre chata de la iglesia que queda justamente detrás.
El tiempo ha ido pasando en Riaza. Tomo una taza de café con leche en un bar-restaurante que se llama "El Patio"; tiene una estructura castellana ejemplar. Pese a lo adelantado de la fecha, la de hoy ha sido una tarde apacible. La noche que ya se nos echa encima, y el frío de la noche que comienza a dejarse sentir, invitan a emprender el viaje de regreso. Entre dos luces, ya a la salida del pueblo, he sentido sonar unos cencerros por las praderas y los cercados que hay junto a la carretera.

viernes, 6 de mayo de 2011

C A Ñ E T E

Cuando se está a punto de entrar en Cañete, siguiendo de cerca las aguas del río, el paisaje se torna de una provocadora agresividad. Las peñas de arenisca van surgiendo a uno y otro lado del hocino, montadas en formas caprichosas que los siglos y los vientos, en efectiva labor conjunta con la de las aguas, se encargaron de modelar de forma admirable. A este paisaje, en donde los pinos mimbrean sus copas sobre los vértices de las rocas, le llaman los serrano la Boca de la Hoz. Muy pronto la histórica, la singular villa de Cañete.
La villa de Cañete cuenta con el común beneplácito de la comarca para ser considerada como la capitalidad de la Baja Serranía de Cuenca, allá por los primeros angostos y vegas del Cabriel.
La visita al pueblo natal del condestable don Álvaro de Luna, produce en quien hasta él se acerca por primera vez, cuando menos una impresión de curiosidad y extrañeza. Resulta muy difícil imaginarse, sin antes haberla visto, una ciudadela medieval en plena serranía, rodeada casi toda ella de enormes lienzos de muralla, con los restos de una antiquísima fortaleza roquera guardándola de los vientos de poniente y de los postreros soles del atardecer. Como saludo al visitante, se dejan ver cuando se llega una serie de casas suspendidas de la roca, a manera de anfiteatro en torno a una sombría depresión que los campesinos suelen sembrar de hortalizas cada primavera. Atrás, con la cumbre a pico como peana del cerro que lleva su nombre, un monumento al Sagrado Corazón mirando al pueblo.
Dice la Historia que Cañete fue anterior en el tiempo a las invasiones bárbaras, y que los visigodos la consiguieron dominar en tiempos de Witerico, a principios del siglo séptimo. Es posible que ya por entonces se diera comienzo a las obras de su castillo, que habrían de acabar definitivamente dos siglos más tarde. En el otoño de 1177, el rey Alfonso VIII, en acción guerrera casi simultánea a la reconquista de la ciudad de Cuenca, la recuperó del poder de los moros y la incorporó a la corona de Castilla.
En Cañete nació, todo parece indicar que en el año 1390 -hijo del Copero Mayor del rey Enrique III y de una humilde mujer de la villa, a la que la Historia reconoce por "La Cañeta"-, el gran maestre de la Orden de Santiago y condestable de Castilla don Álvaro de Luna, cerebro, voluntad, y poder, en la corte de Juan II; hombre capaz y ambicioso, enemigo de por vida de los Infantes de Aragón, a quien el rey, al que había servido con lealtad y ensombrecido tantas veces, mandó degollar en la Plaza Mayor de Valladolid a principios del verano de 1453. Queda como recuerdo en su pueblo natal una casona antigua, con arco de dovelas en el pórtico junto a la iglesia, a la que la gente tiene por costumbre reconocer, sin demasiado rigor, el Palacio de don Álvaro de Luna. Una estatua de bronce en lugar distinguido perpetúa su memoria.
Fue su primer marqués don Diego Hurtado de Mendoza, título de nobleza que recibió para sí y para sus descendientes por gracia de los Reyes Católicos.

Como es fácil suponer, una vez conocida su antigüedad y algunas de las principales notas características de su pasado, Cañete es pueblo de calles estrechas y evocadoras; de casonas antiguas acordes con el modo de vivir durante los siglos de su mayor esplendor. Las galerías serranas de elemental carpintería, los artísticos balcones de fina forja, se adornan en el buen tiempo de flores y parrales, lo que presta un encanto peculiar al pueblo viejo. Algunas de sus viviendas lucen todavía el tosco maderamen del entramado, del adobe o del mortero de cal, lo que se torna en rincones pintorescos cuando varias de ellas se reunen en juego sin igual con el ambiente agreste y grave del entorno.
El pueblo nuevo, el de los bares y las hosterías, las tiendas de comestibles y ultramarinos, las panaderías y las entidades bancarias, es la nota que advierte al visitante que Cañete no ha perdido, pese a su antigüedad manifiesta, el tren en marcha de los tiempos modernos. Su censo actual sobrepasa en poco el millar de almas.
En la porticada Plaza Mayor, de a principios del siglo XV, la Villa del Condestable justifica su condición capitalina sin que para ello le hayan de faltar motivos. Las columnatas de la castilla popular de tiempo de los Austrias, sostienen por encima de sus añosos fustes las maderas sobre las que descansan las viviendas que enmarcan, a modo de mirador, toda la plaza. Sigue siendo, como lo fue en pasados siglos, el centro vital y el corazón de Cañete. Una fuente posterior en hechura que el resto de la plaza, vierte de continuo sobre el pilón, agraciando su imagen y llenando el silencio de sus noches de rumores continuos. Como nota arquitectónica de mayor interés, además del conjunto general de la plaza, habría que señalar la portada renacentista de la iglesia de San Julián, obra por su aspecto de a principios del siglo XVII.
Si hubiera tiempo suficiente para verlo todo -y al llegar a Cañete es un elemento preciso con el que se debe contar-, conviene darse un paseo por las calles que se entrecruzan por la periferia de la plaza, siguiendo, más o menos, la misma dirección que marcan las murallas. Son murallas, con raíz musulmana, pero vueltas a levantar en el siglo XII y a restaurar en el XIX cuando las Guerras Carlistas, en las que se pueden observar fragmentos derruidos, otros en aceptable estado de conservación, y otros, en fin, remozados en época reciente quizás sin demasiada fortuna. Parece ser que fueron varias las puertas que sirvieron de entrada a los distintos barrios, de las que todavía existen en impecable estampa la de San Bartolomé; la de las Eras, con pluralidad de arcadas morunas, y la de la Virgen, románica del siglo XII, junto a la ermita patronal de Nuestra Señora de la Zarza.
Consta que la ermita de Nuestra Señora de la Zarza fue convertida en parroquia el año 1772. En ella se guarda y se venera la imagen de la celestial patrona de Cañete: una talla antiquísima de origen impreciso -aseguran que del siglo octavo-, con cofradía propia fundada posiblemente en los años álgidos de la Baja Edad Media. Las fiestas en su honor se celebran con gran pompa el 8 de septiembre de cada año. Es casi seguro, aunque el autor no la menciona, que en esta vieja ermita de Nuestra Señora de la Zarza tuvo lugar el hecho portentoso que relata Alfonso X el Sabio en una de sus famosas "Cantigas", aquella en la que una imagen puesta sobre el altar cambiaba de sitio de la noche a la mañana, tantas veces como el cura del lugar intentó dejarla en el sitio que él consideraba oportuno.
Cañete, vieja villa castellana de renombre, con reflejo en otra importante ciudad de Sudamérica próxima a los Andes, es toda un portento.

lunes, 25 de abril de 2011

SAN ESTEBAN DE GORMAZ

Estas son, en efecto, las tierras del Cid. Los pueblos, los riscos, la inmensa llanura de la vega, las piedras de las iglesias, hablan de don Rodrigo por estos pueblos. De las diferentes versiones acerca de la personalidad del autor del "Poema", en algunas se admite que pudiera tratarse de un juglar nacido en cualquiera de estas callejuelas, o de estas cuevas mil veces habitadas que hay por debajo del cerro del Castillo, en cuya solana asienta el pueblo; un castillo, por cierto, del que solo queda en pie un fosco murallón inaparente y el nombre, eso sí, porque los nombres en Castilla duran más que las leyendas y que las piedras de las catedrales. Las dos iglesias románicas de San Esteban son coetáneas del Campeador, y una de ellas, la de San Miguel al fondo de una costanilla, seguro que más antigua. El viajero busca en San Esteban de Gormaz -locura es confesarlo- la sombra de don Rodrigo el de Vivar, lo mismo que cuando pisa tierras de la Mancha sueña con don Alonso Quijano, al que desearía encontrar, a lomos de un Rocinante de vapor, cabalgando por aquellas llanuras.

Ixiendos´ va de tierra el Campeador Leal
de siniestro Sant Estevan, una buena çipdad

Y si ello puede servir al lector como un dato más de los que por lo general no refleja la Historia, bueno será apuntar que aunque por poco tiempo allí estuvo de niño el rey Alfonso VIII antes de que lo llevasen a Atienza huyendo de sus perseguidores los soldados de Alfonso II de León, su tío, que obligó a los arrieros atencinos a la heroica huida en la madrugada de Pentecos­tés de 1162, acción que todavía se recuerda cada año en esa misma fecha con la fiesta de la Caballada.
Hace algo más de un mes que anduve por San Esteban. El recuerdo ha reposado lo suficiente en el mullido colchón de la memoria como para referirse a la vieja villa de junto al Duero soriano sin pasión alguna, sin sentirse afectado por la visión reciente de las cosas, que siempre desfigura las imágenes, las impresiones, las palabras.
Unos chiquillos con cañas de pescar aguardan impacientes la picadura del pez sentados sobre la barbacana de un puente de piedra a la salida del caz. El puente está junto a la carretera, frente al arco de la villa que aún conserva por encima de la piedra clave el escudo de don Diego López Pacheco, el Grande, que fue conde de San Esteban durante las tres primeras décadas del siglo dieciséis, y no más porque murió joven.

El pueblo de San Esteban queda al fondo de una extensa vega de huertas que alimenta el río Duero, y bajo el sólido asiento del cerro cortado en vertical que sostiene las ruinas del Castillo, y desde cuya cima, según refieren las buenas gentes del lugar, la visión resulta impresionante. La calle Mayor es larga, soportalada, parte de la plaza en donde está el ayuntamiento y sube hasta el barrio antiguo en el que todavía es posible encontrarse con algunos rudimentos medievales. El nuevo ayunta­miento, al gusto y forma del que hubo antes, fue inaugurado en el año 1994 por la duquesa de Alba, condesa de San Esteban. Por la calle Mayor, ahora en uso exclusivo para peatones, se ven, unas tras otras, las casonas recias de la vieja ciudad, varias de ellas con paredones de entramado a partir de la primera planta, paredones castellanos, herrajes y balcones con pátina y aire de siglos, y escudos familiares franqueando a veces el muro por encima de los dinteles o por debajo de los aleros ennegreci­dos.
En los alrededores de la iglesia de San Miguel aún se ven algunas viviendas de adobe, de barro puro. A la puerta de sus casas, junto al emparrado, hay hombres mayores y mujeres que salen a la calle a ver quién pasa.
-Buenos días ¿Es ésta la iglesia de San Miguel?
-Sí, señor; ésta es.
La calle que sube hasta la iglesia es estrecha, y tiene como fondo el pórtico antiquísimo del famoso templo; famoso sobre todo por ser, según me han dicho, la más antigua de toda la región según el arte de los monjes de Cluny, aquel arte severo, espiritual, de los hombres del primer cambio de milenio, ideado parece ser como refugio de cuerpos y de almas en la hora fatal del fin de los tiempos, del exterminio definitivo de la raza humana anunciado por agoreros para el año mil y que, como es razón, no se produjo. Sin duda, la iglesia de San Miguel es pieza pionera del románico castellano, levantada seguramente en los últimos años del siglo XI. Alguien ha dicho, con relación a ella, que allí se inventó el pórtico arqueado de galería abierta a lo largo de un lateral. El paso del tiempo ha hecho mella en la piedra de los capiteles y de los arcos, de los que, por cierto, tiene dos cubriendo los estrechos ventanales que hay por encima de la cobertura exterior del pórtico.

Hemos salido por un momento al campo, al otro lado del ábside en tambor de la iglesia de San Miguel. Un poco más de cuesta por las calles más altas del pueblo nos llevan hasta la Virgen del Rivero. Un muchacho joven baja por la escalinata con unas llaves; seguramente que viene de enseñar la iglesia por dentro a algún turista. No han cesado las obras y los cambios, las reparaciones y los retoques, en la iglesia del Rivero durante los últimos siglos. El arreglo más reciente es de este tiempo nuestro. La espadaña, triangular con torreta como remate y doble vano en el campanario, se ve que es de piedra nueva, casi acabada de montar; antes se restauró en su totalidad el pórtico, se pulieron los arcos, se renovaron una buena parte de los capite­les, y se pusieron nuevas las maderas de la cubierta. En su origen y estilo es pareja, aunque bastante mayor, que la de San Miguel, si bien ligeramente posterior en el tiempo: «Esta iglesia de la Virgen del Rivero fue restaurada por la Junta de Castilla y León, siendo presidente el Excmo. Sr. Don Juan José Lucas. Agosto 1996».
La calle de Santa María -ahora todo es bajar- nos devuelve al San Esteban ajustado con los nuevos tiempos; al San Esteban de las plazuelas ajardinadas, de los comercios y de los restau­ran­tes, de los paseos románticos por la ribera del Duero a un lado y al otro de su famoso puente. Un pueblo para la historia; una reliquia sin parangón de aquella Castilla de leyenda donde se repusieron las hijas del Cid, después del mal trato que en el robledal de Corpes recibieron de sus esposos; un lugar para ver y para gozar a la caída de la tarde, cuando la fuerza del sol nos lleva a soñar en perdidos paraísos, y San Esteban de Gormaz lo es.

domingo, 10 de abril de 2011

ATIENZA PARA SOÑAR


La Villa Realenga se re­tuesta al pie de las peñas del castillo a eso de las doce. Se ve cómo los tithios, al decidir su enclave sobre la ladera del cerro, pensaron con profundidad de miras en los bruscos deva­neos de la climatología. El ambiente fogoso de Las maña­nas de verano sobre las igle­sias, sobre las plazuelas, y sobre los cuerpos y las almas de las buenas gentes de Atien­za, no es sino una reserva -quizás en esta ocasión un tanto desajustada- de energías que conviene guardar para cuando, en los crudos amaneceres que avecinan a la fiesta de la Na­vidad, se hielen las fuentes.

Atienza es villa antigua y señorial como Toledo y Salaman­ca, como lo son todas las vi­llas y ciudades de la vieja y señorial tierra de Castilla que quedaron registradas en el Li­bro de la Historia, o tal vez mucho más que casi todas ellas. El escritor ha caído sobre Atienza por enésima vez. En la presente ocasión lo ha hecho en compañía de nadie y con un fin inconcreto, con el simple fin de volverla a ver, de andar por sus calles, de respirar los aires limpios de la serranía, de disfru­tar de ella con solo mirarla y tenerla cerca, como se disfruta de una novia o de un paisaje hermoso que nadie ha llegado a profanar y del que, por aquellas del último fleco de la ilusión, uno suele consi­derar sin demasiado motivo como algo propio.

Los fuertes calores de este verano que atravesamos tienen a los atencinos descon­certados. En las tiendas de regalos de bajo el arco de Arr­ebatacapas, en el antiguo case­rón que ahora ocupa la farma­cia, en las oficinas de la caja de ahorros y a la sombra de los soportales de la Plaza del Tri­go no se habla de otra cosa.

- ¡Santísimo Cristo de los Cuatro Clavos, qué va a ser de nosotros!

La señora que sirve en el bar de la plaza de abajo se ha subido a la parra y ha cobrado el quinto de cerveza a precio de oro. El escritor -que tan sólo guarda de Atienza amistad y agradables recuerdos- lamenta que le hayan tomado por un apa­reci­do, que mientras unos, a los que en realidad ni les va ni les viene llevar a carreta­das los turistas a la noble y leal villa del pequeño rey Al­fonso, contándoles siempre que tiene ocasión los mil y un en­cantos que la Historia allí quiso dejar como señal, otros, que bien se le antoja se juegan en ello el pan de su familia, se obstinan por medio de abusos y de malas artes en tirarlos de allí, en ponerlos de patitas al otro lado de la muralla como quien arroja de su feudo a los tercos y molestos abejorros que liban de su sudor. Sirva como contraste la escueta reseña de prensa aparecida tiempo atrás y referente a la propia villa, en la que se decía que un grupo de universitarios de Guadalajara y Madrid, se habían jugado el tipo encima de los andamios y una larga semana de sus vaca­ciones, restaurando el soberbio artesonado de la iglesia de San Bartolomé, en campo de trabajo y sin pedir remuneración alguna por su quehacer. Son los eter­nos contrapuntos por los que el vivir de cada día se desen­vuel­ve, la hiel y la miel que nos ayudan a cruzar por este mundo en perfecto equilibrio; con­traste y equilibrio, sí; locura y gravedad, despojo y maravilla como la propia Atienza.

La torre del castillo se levanta inmensa sobre el roquedal ante el blanco nubarrón que, con un poco de suerte, acabará en tormenta antes que el día concluya. Cuando ello suceda, el escritor se encontrará lejos de aquí, se habrá despedido de las torres, de los escudos de piedra, de sus amigos los aten­cinos, para regresar bajo cual­quier pretexto en día no leja­no.

Por la pina callejuela que va desde San Gil a la Plaza de España, pasando a mitad por la evocadora fontanilla del Tío Victoriano, aquella que se ado­rna con el que dicen ser el verdadero escudo de Atienza sellando la pared, su­ben media docena de forasteros con el folleto explicativo que les acaban de dar en el museo. Pocos años ha cumplido desde el día de su inaugura­ción el Museo de Arte Religioso de la villa de Atienza. La obra magnífica de don Agustín se ha convertido desde hace un lustro en una de las más serias para mantener vivos los indiscutibles valores de la villa, precisamente aho­ra, cuando cualquier reminis­cencia del pasado, ligada más o menos a las ciencias humanas, no encuentran, ni mucho menos, en la moderna sociedad el res­paldo que merecen. Atienza en este sentido es toda ella una cantera sin fondo previsible, que merece la pena acondicio­nar y colocar en sitio bien visible para que el mundo -empezando, natural­mente, por el más próximo- se entere.

San Gil, Santa María del Rey, la Virgen del Val, San Bartolomé, La Trinidad... Atie­nza, por cualquier ala que se le mire, es toda ella una ex­plosión del arte románico, del buen hacer de la Edad Media. De aquella época, y aun más anti­guas, son las murallas primiti­vas y los sonoros restos de su castillo sobre la roca; y los rincones, y las callejas, y los arcos, que en la cuesta siempre con dirección al cerro, se en­tretienen en jugar unos con otros al más increíble de los juegos: al juego del silencio, de la soledad y de la noche. Son esas viejas calles atenci­nas a las que Pérez Galdós, en frase escueta y acertada, trató de irregulares y de que invitan al sonambulis­mo. Nada más cier­to y nada más actual. Atienza, por fortuna, parece vislumbrar en plazo no demasiado lejano un revivir al servicio del hombre de hoy. La villa parece que comienza a despertar, a resur­gir de sus cenizas como una nueva ave fénix en las sierras norteñas. el público se está interesando por venir a verla. Suena el nombre de Atienza en el mercadillo turístico donde se exponen a escala nacional aquellas piezas de la vieja España que van más allá de los meros artículos de bisutería.

Ahí, derramada desde hace siglos, al saliente, sobre la falda de un cerro cargado de historia, queda, en un postrero esfuerzo por sobrevivir después de los últimos reveses que le propinó el pasado, la sin par villa de Atienza; una parada en el tiempo que intenta a toda costa asegurar su pasaje en el vuelo charter de la modernidad. Una reliquia de aquella España de leyenda, para soñar y para ser soñada.