lunes, 9 de mayo de 2016

ANDAR POR CASTILLA ( IV ): ATIENZA (Guadalajara)


«En la falda oriental de un cerro coronado por gigantesco castillo en ruinas, el más insolente guerrero de piedra que cabe imaginar, está edificada la Muy Noble y Muy Leal Villa realenga. Sus casas son feas y caducas, rodeadas de un misterio vivo, sus calles irregulares invitan al sonambulismo; en sus ruinas se aposenta el alma de los tiempos muertos.» (B.PÉREZ GALDÓS. “Narváez”)

            Mucho se ha escrito sobre Atienza, y muchos fuimos los que, con mejor o peor suerte, le dedicamos horas de nuestra vida. Horas para conocerla, horas para llorar su derrota, horas para gozar de su verdad como villa admirada y admirable; horas, en fin, que jamás fueron tiempo perdido ante la nueva imagen de la “Muy Noble y Muy Leal villa realenga”, en la que, unos más y otros menos, todos aportamos nuestro granito de arena para sacarla de las sombras; todos, sí, aunque con menor intensidad tal vez los propios atencinos, salvo conocidas excepciones, naturalmente, circunstancia ésta que ya apuntaba en 1934 el doctor Layna, su historiador más riguroso y profundo.
            A la villa de Atienza hay que acercarse con cariño, cuando menos con el respeto que merecen todas aquellas viejas ciudades castellanas en las que se fue modelando, en sesiones de guerras y de concordias, la Historia de España. Atienza, para mal suyo, sabe más de acontecimientos dolorosos que de horas de dicha; y si no, ahí tienen a la roca fuerte para que se lo pregunten, a sus murallas y sus arcos para dar fe.
            La villa se ha quedado sin gente; pero ahí está, cuidada como nunca, cómoda como nunca, ordenada como nunca, y dispuesta a mostrar al mundo lo que aún quedó escondido en sus iglesias, después de los crueles y continuos saqueos a los que la sometió el devenir de los tiempos; pues, muy poco tiene que agradecer la hermosa Atienza a los caprichos de la Historia ajenos a ella, a los desalmados intrusos que tuvo por huéspedes en lejanos momentos de su existencia; sirva de ejemplo el expolio llevado a cabo por las tropas napoleónicas del general Duvenet, gobernador militar de la Soria invadida, quienes al apoderarse por sorpresa de Atienza, desmantelaron bárbaramente el castillo, saquearon hogares, desvalijaron iglesias e incendiaron cerca de cien viviendas humildes pertenecientes a honrados trabajadores de los barrios de Puertacaballos, de la Trinidad y de San Bartolomé, en los arrabales. Hoy, los tres son extramuros, ni barrios siquiera. Atienza no se rehízo en su antigua grandiosidad de villa bien poblada. su número de habitantes es exiguo, pero ahí queda su encanto bien patente, y su magnífico tesoro artístico, pasado al olvido el recuerdo de aquellas cargas de objetos de supremo valor arrancados de sus iglesias, que a lomo de caballerías se llevaron a su país los soldados gabachos, y que, como bien se te ocurre pensar, lector amigo, jamás le han devuelto.
            Pero entramos en Atienza con los pies sobre el suelo y en su realidad de hoy. La Atienza de finales de siglo es una villa sorprendente. Los fue siempre, pero en este tiempo nuestro lo es de una manera muy especial. Ejemplo de las pequeñas ciudades castellanas colmadas de sugerencias. Arriba el castillo sobre las rocas, o mejor aún, la torre del homenaje sobre la roca, a manera de proa de un tremendo portaviones fosilizado que en su sueño utópico de navegar sobre la ancha Castilla, allí soltó amarras y allí quedó anclado para siempre, contemplando mientras el mundo es mundo el correr de los siglos por la ciudad vieja que tiene a sus plantas, recibiendo de por vida las aguas frías y los vientos crudos que le vienen de la sierra. Y los soles también, limpios y acristalados, como en ninguna otra parte.
            Aquí, la iglesia del Salvador, en visión cenital desde el boquete en la muralla que abrieron a tiro de cañón; Allá, el atrio porticado de San Bartolomé, la iglesia del Cristo a medio desclavar, del Cristo de Atienza; más cerca, la de la Trinidad que desportilló el rayo; y más cerca aún, la de Santa María del Rey, cuya portada sur da un carácter solemne al cementerio; y lejos, al otro lado del vallejuelo, la de Santa María del Val, la más antigua de todas, donde los frailecillos de piedra juegan a contorsiones en el arco románico de la portada. La venerable, la hermosa Atienza de la Plaza del Mercado junto a San Juan, que es la única parroquia del pueblo, la impresionante, la que sin detrimento de su hermosura invita a recogerse con sólo pasar a través de su puerta bajita, que está abierta de par en par.
            -Me quedo, mire usted, con el retablo mayor.
            -Y yo con el Santo Cristo de Carmona.
            -Y yo con el órgano.
            En la iglesia de San Juan reza una anciana. Entro en silencio y me detengo a contemplar, como casi siempre, las bellísimas pinturas de Alonso del Arco que adornan el retablo. En las iglesias de Atienza hay dos detalles que nunca me canso de mirar: las pinturas del retablo de San Juan y la capillita rococó de la Trinidad, que, según parece, regaló a la villa el rey Felipe V.
            -Oiga: ¿Y el Cristo del Perdón no le gusta?
            -Mucho. Sí, señora. Siempre que vengo me detengo unos minutos delante de él.   
            Hace algo de frío en la Plaza del Mercado. Por una calleja en cuesta, próxima al arco de Arrebatacapas, se deja ver la torre del castillo sobre las peñas en una imagen conjunta irrepetible, de pintura de cuadro.
            El arco de Arrebatacapas es una de las principales puertas que tuvo la muralla. Una más de las enseñas de Atienza, a cuyo través el viento sopla impetuoso en las tardes crudas y en las noches de cellisca. Los atencinos eso lo conocen bien, y lo sufren, pero lo disculpan y no lo cambiarían por nada del mundo. Al pie del arco de Arrebatacapas quedan los tres zoquillos donde se venden los souvenirs, los recuerdos consistentes en antigüeda­des y en atalajes característicos de la serranía, difíciles de encontrar en alguna otra parte.
            Cuando se está en Atienza, se corre el riesgo de encender la pasión, de convertirse en esclavo de lo que los ojos ven o de lo que el corazón siente. En la otra plaza, en la de España, frente a los soportales del ahora remozado edificio del Ayunta­miento con su escudo y campanil, está la fuente barroca de los tres delfines, la que en un principio se colocó abajo, junto a la ermita del Humilladero en el año de 1784, «reinando la majestad del señor don Carlos III que Dios guarde. Y luego, calle abajo, en un rinconcillo orientado a la solana, la fuente del Tío Victoriano, con el verdadero escudo de Atienza sobre el frontis en bien conservados relieves.
            Por estas cuestudas calles de Atienza anduvo el rey Felipe V, y el Empecinado, y el general Hugo, y don Benito el de los Episodios que tanto y tan bien escribió sobre Atienza; y el moro Almanzor, y Alfonso VIII, mucho antes que los demás, cuando las calles tan solo fueron campos. Hoy suelen ser personas mayores y turistas los que se ven por ellas.

            Más abajo está el pretil y la barbacana de la antigua iglesia de San Gil, la que en tiempos contó con el privilegio de ser iglesia-asilo. Dentro queda el primero de los dos grandes museos con los que cuenta la villa. En este momento la puerta está cerrada. Una serie de azulejos, encuadrados en marco de buen herraje, explican al visitante lo que allí hay y a quién es debido: «Iglesia de San Gil, Siglo XII. Museo de Arte Sacro y Paleontológico. La Villa de Atienza agradece la gran labor realizada para el montaje de este Museo al párroco de esta Villa, Don Agustín González Martínez. Con gran afecto le ofrecemos este merecido homenaje. Atienza, Mayo 1991.» Hay quienes aseguran que todavía es de más valor, por lo menos en piezas únicas de Paleontología, el museo de abajo, el de San Bartolomé, inaugurado en el verano de 1996.
            Desde el pretil de la iglesia museo de San Gil, se deja ver el ábside en ruinas del antiguo convento de San Francisco, con las únicas arcadas ojivales que tiene Atienza; y el camino entre hierbas por donde, en la mañana de Pentecostés, desfilan hasta la ermita de la Estrella los cofrades de La Caballada, con más de ocho siglos de historia castellana bajo sus capas.
            La tarde anda de caída. Por la fuente romana del hondo de San Bartolomé, no lejos de la Puerta de la Salida, pasa un anciano que viene desde la Virgen del Val. El hombre regresa empujado por las sombras. Es un señor abierto y conversador, al uso de los viejos hidalgos castellanos. Gusta saberlo todo.
            -Y dice usted – me pregunta-, que con lo que va a contar a la gente se enterarán bien de lo que es Atienza.

            -Pues, no lo sé – le respondo-. Es difícil; tan difícil como explicar a un ciego el color de una naranja. Atienza es para verlo con los ojos. Pero, yo creo que de algo sí que servirá.

lunes, 2 de mayo de 2016

ANDAR POR CASTILLA (III) ALMAZÁN (Soria)



«Almazán, con sus murallas, al lado del Duero, con su hermosa plaza con soportales, sus puertas, sus cubos y torreones, presentaba agradable aspecto. Vio las iglesias, el palacio de la plaza, la sillería roja; anduvo por la parte alta del pueblo, metiéndose por las callejuelas. Contempló las casas de adobe, torcidas y derrengadas, de color arcilloso las tapias de los corrales, con bardas de ramas revocadas con manteo de barro y paja.» (PIO BAROJA. “La nave de los locos”)

            Almazán es otra de las importantes ciudades castellanas de nuestro entorno a las que es posible ir y regresar de nuevo en el mismo día después de haberla visto, y bien que merece la pena. Conocía Almazán de haber cruzado alguna vez por sus orillas camino de Soria. Desde Atienza, por tomar un punto conocido de referen­cia, se llega sobradamente en media hora. La carretera es buena, y el tiempo, por lo menos en el fin de semana que anduve por allí, corrió a mi favor en pleno mes de agosto.
            Cuenta la villa actualmente con una población de hecho superior a las seismil almas. Se nota apenas entrar que es una ciudad viva, una ciudad en movimiento que cambió durante las últimas décadas aquel otro aspecto de villa de agricultores y ganaderos, por el que ahora presenta, mucho más dinámico y cosmopolita. Como "Ciudad del mueble" la anuncia un cartel en las afueras. Cuando uno se adentra, cruzando bajo el primer arco ojival en la muralla, se da cuenta de que la otra Almazán, la de las iglesias y los palacios de junto al Duero, la real villa de tan rancio abolengo en siglos pasados, también está allí, conviviendo en cordial entendimiento -porque con buena voluntad y un poco de sentido común todo es posible- con la ciudad al día, con la de las megafonías y los ordenadores, y el asfalto, y las velocidades vertiginosas, como corresponde a una plaza de su categoría donde el peso de la historia se deja sentir.
            Se ve que Almazán es una ciudad de origen antiguo, una ciudad mora, según anuncia su nombre (Al-Mahsan, el fortificado) y asegura la Historia. La repobló en 1128 el rey Alfonso el Batallador.

            Acabo de pasar al centro de la ciudad bajo el imponente arco ojival de la muralla. He entrado en la Plaza Mayor: una iglesia, un palacio sobre soportales, un edificio magnífico de finales del siglo XIX con reloj concejil, otro arco en la muralla. En medio, presidiendo el espacioso y ajardinado recinto de la plaza, la estatua en bronce del más insigne de los hijos que ha dado Almazán, el jesuita y teólogo en Trento Diego Laynez. Por lo que acabo de ver, la iglesia está dedicada a San Miguel y es románica, construida en el siglo XII; el palacio es el de los Hurtado de Mendoza, después lo fue de los condes de Altamira, terminado de levantar en el año 1590 en su actual estructura y dentro del gusto renacentista de la época; el otro edificio destacable es el Ayuntamiento, con un balcón corrido que ocupa toda la fachada y una torreta con carillón para dar las horas. Bajo la esfera del reloj aparece escrita en letras de forja la fecha 1886 en que se debió instalar. El arco lateral en la muralla es una más de las cuatro puertas que tiene la villa, por la que se baja hasta la iglesia de Santiago, o de Jesús, que veré más tarde, y a las alamedas del Duero. A la sombra de los soportales, sentados sobre los bancos, los ancianos y los más jóvenes se resguardan del fuerte sol de la media tarde. A espaldas de la estatua de Diego Laynez se recorta en el azul de la tarde la artística torre de San Miguel, con sus ocho caras y sus ocho vanos del campanario. Queda constancia documental, según me han dicho, de que en el primitivo palacio de los Mendoza estuvieron durante tres meses del año 1496 los Reyes Católicos, las infantas y el príncipe don Juan, quien alargó la estancia por siete meses más.
            La que llaman de Palacio es una calle antigua, limpia, evocadora. A mitad de la calle de Palacio viene a caer la portada de otra iglesia románica, la de San Vicente, dedicada en la actualidad, según indica un cartel adosado al muro, a Aula de Cultura del Ayuntamiento. No he podido entrar, la encuentro cerrada a cal y canto. El ábside de la iglesia de San Vicente me ha recordado los de la Trinidad y San Gil de las iglesias de Atienza.
            Por unas callejas próximas he venido ahora a caer en otra iglesia en servicio. Tiene todo el aspecto exterior de las iglesias castellanas del siglo XVIII. Luce, bajo el campanario y bajo la portada, un escudo episcopal tallado en relieve. Se trata, me ha dicho su párroco, de la iglesia de San Pedro, en realidad la primera y principal parroquia de Almazán. Hay en su interior un bellísimo retablo barroco, con dorados de la mejor factura y en perfecto estado de conservación.
            Todavía me he quedado sin ver algunas iglesias más, como la de Santa María y el convento de la Merced. En este convento de mercedarios murió en 1648 el poeta y dramaturgo del Siglo de Oro fray Gabriel Téllez, más conocido por Tirso de Molina, aquel que se formó en Alcalá y profesó en el convento de la Merced de Guadalajara, el mejor de nuestros dramaturgos  de siglos atrás en el conocimiento y tratamiento del carácter humano, con un montón de obras famosas legadas gratuitamente a las gentes de su tiempo y a los que vendríamos después.

            Aún he tenido tiempo para bajar, con un poco de prisa porque la tarde va de caída,  a la iglesia octogonal de nave única que -salvando las distancias a favor de lo nuestro, me ha recordado el panteón de la Vega del Pozo- en el pueblo conocen por la de Jesús, cuando en realidad es su titular el apóstol Santiago. Tiene un curioso campanario blanco, con linterna de azulejos y de maderas deterioradas, y una magnífica portada de forja que me da paso. Dentro hay ocho altares, uno en cada cara. En el altar del fondo hay una imagen de Jesús Nazareno, algo parecida al Jesús de Medinaceli, aunque no igual, y al que el pueblo profesa desde antiguo una gran devoción.
            De nuevo en la Plaza Mayor uno se da cuenta de que Almazán es una ciudad hermosa, con mucho que ver sin que para ello sea preciso adentrarse en los entresijos de su pasado. Detrás de la iglesia de San Miguel, en un lateral de la plaza, hay un mirador la más de oportuno que da vistas a una espaciosa vega, al Almazán de las arboledas espesas "que lame el Duero" y que, inevitablemente, nos hacen recordar a don Antonio Machado, el poeta de Soria y de Castilla, pese a ser andaluz. Más abajo el puente sobre el río, con el contraste del intenso tráfico que aguanta sobre sus pilastras a esas horas de la tarde. Y al otro lado del puente, la playa artificial, la que reaviva los veranos de la villa, una playa en las aguas del Duero plagada de bañistas hasta que cierra la noche.

            A la salida, salpicando el azul las primeras estrellas, es preciso detenerse a comprar, en cualquiera de los establecimientos que las anuncian, sus famosas “yemas”, una variedad exquisita de la repostería conventual, yemas huecas y azucaradas, que tienen su sede y asiento en la vieja Castilla, y Almazán, y Soria, no te olvides, quedan en su núcleo central, en su mismo corazón, y como tal lo son y así se consideran.

lunes, 25 de abril de 2016

ANDAR POR CASTILLA ( I I ) ALBA DE TORMES (Salamanca)


«En la ribera verde y deleitosa
del sacro Tormes, dulce y claro río,
hay una vega grande y espaciosa,
verde en el medio del invierno frío,
en el otoño verde y primavera,
verde en las fuerzas del ardiente estío.
Levántase al fin della una ladera
con proporción graciosa en el altura,
que sojuzga la vega y la ribera.
Allí está sobrepuesta la espesura
de las hermosas torres, levantadas
al cielo con extraña hermosura»
(GARCILASO DE LA VEGA)

            No se debe decir más, porque no se puede decir mejor que como lo hizo Garcilaso en ese corto manojo de versos arrancados de la Égloga Segunda. Así es el campo de Salamanca, nada más que así, en la ancha vega que riega el Tormes a su paso por Alba.
            «Alba de Tormes, mala de camas y peor de mesones» se ha dicho de ella durante varios siglos. No es verdad. Media docena de restaurantes, hoteles, fondas y mesones con buen servicio, desmienten el dañoso aforismo del que pocas ciudades y villas pueden escapar, sobre todo si éstas son cabecera de comarca, pueblos distinguidos con tratamiento de ilustrísima, y Alba de Tormes es uno de esos pueblos.
            Como todas las villas y ciudades castellanas, Alba de Tormes es un producto del paisaje, del campo, de la noble condición de sus gentes a contar desde el día en que tomaron conciencia de lo que eran, y del papel que habrían de desempeñar en los caprichosos avatares de la Historia; pero la villa de Alba es, además, un producto de la Literatura; pues, sonoros caballeros e ilustres mujeres de letras pasaron por ella, y en ella vivieron o fueron a morir, siguiendo los vientos inapelables de su propio destino. Juan del Encina, Garcilaso, Lope de Vega, Calderón, son algunos de esos visitantes ilustres que, no sólo la honraron con su presencia, sino que en ella dejaron valiosa señal, le dieron nombre, y enriquecieron con su contacto de sabor a recia castellanía, tantas de sus obras en las que flota por encima del verso la suave brisa de las vegas salmantinas, que allí, en los campos de Alba, se respira y se pega a la piel.

            Mas fue Teresa de Jesús la que colmó, con su permanencia y con su muerte en el convento de la Anunciación, el vaso a rebosar del carácter de la villa salmantina. Alba de Tormes es un relicario de la Santa. La personalidad arrolladora de aquella venerable mujer se advierte con fuerza, creo que por igual, en las dos ciudades teresianas tan ligadas a ella: Ávila de los Caballeros y Alba de Tormes. En Ávila vio la luz por primera vez, y en ella brotaron sus primeras inquietudes por lo sobrenatural; en Alba la inundó para siempre la segunda luz, la de los arrobamientos, la de los éxtasis divinos en los que a veces se le deshacía el alma. Allí, tras una potente reja, sobre el altar mayor de la iglesia conventual, se guarda la urna que contiene lo que queda de su cuerpo tras el expolio al que lo sometió la piedad popular; un cuerpo sin corazón, sin brazos, que dentro de la misma iglesia se guardan incorruptos dentro de unas pequeñas urnas de cristal, a la vista de todos, y ante los cuales reza la gente. Allí -dicen que era así cuando murió la Santa- queda la humilde celda en la que expiró un 4 de octubre (sería el 15 del mismo mes tras la reforma del calendario, llevada a cabo aquel mismo año de 1582), rodeada de unas cuantas religiosas de la Orden Carmelita, de la que ella había venido a reformar. Un muñeco, tallado con mucha piedad, pero con muy poco oficio, ayuda a imaginar sus últimos momentos en el lecho de muerte.
            Pero salgamos de nuevo al exterior. La estampa general de la villa de Alba, con un largo puente de veintidós ojos a través de las tranquilas aguas del Tormes, con los campanarios de sus iglesias por encima de donde vive la gente, con el retocado torreón del castillo de los duques sobre la colina, es una de esas imágenes magníficas, evocadoras, que se conservan impasibles en los entresijos de la memoria.
            Hace poco más de un siglo, el P.Cámara, obispo de Salamanca, inició la construcción de una basílica dedicada a Santa Teresa. El trazado fue obra del arquitecto Repillés y Vargas, el mismo que en su día llevó a término el proyecto para el edificio de la Bolsa de Madrid. Los trabajos fueron interrumpidos en 1928, y muchos años después, en 1982, con motivo del cuarto centenario de la Santa, se cubrieron las ocho capillas laterales dejando al descubierto el resto del edificio, la nave central que levanta en el azul del cielo castellano las ojivas neogóticas de los arcos que deberían sostener la cubierta del nuevo templo, penosamente inconcluso, y en cuyo interior crecen -crecían, al menos cuando yo lo vi- el jaramago y la ortiga como entre las ruinas de los castillos abandonados. Dentro de las capillas se han colocado paneles con referencia a las distintas fundaciones de la reformadora de la  Orden  del Carmelo.

            Y ya en el entorno, sobre un leve altozano desde el que se domina en contraluz al caer la tarde no sólo el pueblo, sino una buena parte de la vega del Tormes, se alza el corpudo torreón del castillo de los Duques de Alba -aquellos ya legendarios del linaje de don Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque-, convertido hoy en museo de tapices, y de documentos en los que se da cuenta de los inicios y de los momentos estelares de la segunda de las casas nobiliarias españolas en títulos de grandeza.

            Alba de Tormes, con su vega feraz y unos campos que dieron para vivir a precio de sudor a tantas generaciones de castellanos viejos, tiene hoy un nuevo escape de apoyo a su economía: el turismo. La iglesia de San Juan en la plaza Mayor, del siglo XII, con esculturas románicas que admirar, es tal vez la mejor muestra posible del mudéjar salmantino. El apostolado románico de la iglesia de San Juan, merece por sí sólo una visita a la villa; fue la estrella en la primera exposición de las Edades del Hombre. La iglesia de Santiago, al cabo de un curioso laberinto de callejuelas antiguas, también mudéjar; los conventos de Santa Isabel y de Las Dueñas; los obradores de alfarería albense, con sus famosos botijos adornados en forma de cola extendida de pavo real; el paisaje sereno de la vega, las páginas, rancias ya, de su pasado, son entre otros, valiosos motivos a considerar.

            En la historia de Alba hay otra fecha capital a tener en cuenta. El día primero de noviembre de 1982 les visitó el Papa de Roma, San Juan Pablo II. El pontífice aterrizó en los llanos de la Dehesa, en plena vega, y vino a rezar ante los restos de la Madre Teresa con motivo de la clausura del cuarto centenario dedicado a ella. El pueblo lo recuerda con un expresivo monumento en bronce a la vera de la catedral inconclusa, en donde aparece el Santo Padre con los brazos levantados saludando a la muchedumbre; un privilegio con el que cuentan muy pocas de las ciudades y de los pueblos de España. 

domingo, 24 de abril de 2016

ANDAR POR CASTILLA ( I ) ALARCÓN (Cuenca)


“Ciudades delicadísimas son éstas que un día fueron ciudades del genio Español. Son como venerables ancianas a quienes puede matar un soplo de mal entendido o mal llevado aire. Nos engaña la cantidad de los problemas, de ciertos problemas, y en cambio no nos paramos en la consideración de la calidad. Nueva York arruinado podría reconstruirse. Alarcón, por ejemplo, en ruinas, es una pérdida definitiva que ningún presupuesto humano puede levantar.”
                                                                  (CESAR GONZÁLEZ RUANO)

         Con esta villa de Alarcón en la Manchuela, como con tantas más de la dormilona geografía castellana, hemos sido injustos. Poco a poco, comenzando por los propios conquenses y por los habitantes de las provincias colindantes, la gente ha tomado la costumbre de acercarse por allí en grupos reducidos, pero continuados. De tarde en tarde se ve cómo un autocar, ocupado por estudiantes o por turistas, se estaciona a la sombra de cualquiera de sus torres o a la vera de los viejos muros de alguna de sus iglesias.
         Uno de los más sonoros conjuntos monumentales que los castellanos tenemos a nuestro alcance, y como paradoja uno de los menos conocidos de las tierras de Cuenca es, es con sobrado merecimiento la enriscada villa de Alarcón, el pueblo de las Siete Torres, el que luego de su restauración por parte de las instituciones y de los vecinos- lo que le ha permitido sustraerse de la ruina desde hace dos o tres décadas-, se ha convertido en un soberbio escaparate cultural y paisajístico, en el que sobresalen, galanas y severas, victoriosas sobre las lluvias y los vientos de muchos siglos, las almenas de sus viejos torreones, las espadañas de sus iglesias, rizando el azul turquí en los oscuros atardeceres del cielo de la Mancha, mientras que el río, el Júcar de las aguas verdes que baja de la sierra, lo abraza con apasionada contorsión, como un engarce magnífico en torno a una piedra preciosa de inmensas proporciones, que la Naturaleza tuvo a bien sacar a la luz del día en la tarde de la Creación, y la Historia, maestra y artífice, se encargó de ir puliendo poco a poco, pausadamente, al lento ritmo de los tiempos, en una labor callada, perseverante, estupenda.

         Los orígenes de Alarcón, lo mismo que los de tantas villas castellanas marcadas con la pátina de su antigüedad desde tiempos que nadie conoce, desde tiempos en los que la historia y la leyenda se entrecruzan con su serie de argumentos improbables, son cuando menos turbios, a los que hoy una teoría, mañana otra, intentan sacar a la luz.
         Hubo de ser fundada esta villa, según las creencias más recientes, por los árabes, con el nombre de Al Arkon (atalaya), lo que deja sin valor una antigua hipótesis, que aseguraba haber sido un hijo del rey visigodo Alarico, quien lo mandó levantar en honor de su padre, y que su primer nombre fue el de Alaricón, del cual deriva éste por el que hoy lo conocemos.

         Pocas ciudades viejas, y posibles villas en las que se cierne la leyenda por cualquier esquina, merecen tanta atención como ésta que nos ocupa. Sobre el corpudo roquedal que trenza el Júcar se ofrece al viajero, como pegada al horizonte en el romántico contraluz de la tarde manchega, la vieja fortaleza del Marqués de Villena, señor que fue de aquella y de otras villas más en muchas leguas a la redonda; el castillo que pudo reconquistar para el rey su señor, don Alfonso VIII de Castilla, el bravo caballero don Fernán Martínez de Zeballos, escalando -dicen- la torre del homenaje valiéndose de dos puñales, uno en cada mano, que iba introduciendo al subir entre las juntas de las piedras. Una vez que se logró la conquista, y la fortaleza de Alarcón se incorporó a la corona de Castilla, era el año 1180, se pobló con los nobles extremeños y montañeses que habían intervenido en la recuperación, siendo ellos sus primeros habitantes.
         La fortaleza, que si antes sirvió de parapeto de pendencias, o de férreo punto de ataque, según soplara el viento -sangre sobre las peñas de la hoz, a diestro y siniestro-, hoy es una isla de calma y de sosiego, un lujoso Parador de Turismo sobre el arco natural que a sus plantas dibujan las aguas del río, donde todo es hermoso.
         Desde la plaza del Infante don Juan Manuel hasta las puertas del castillo el pueblo se estira sobre una loma a la vera del Júcar. Aquí y allá, junto a las aceras de cualquier calle, aparecen lujosos blasones de familias alistadas en la nómina de la alta hidalguía castellana, torres por doquier y pequeñas fortificaciones estratégicas que antes fueron algo y hoy se yerguen, piedra sobre piedra, solas sobre su adusta peana de riscos, tan solo para singularizar el paisaje.
         Cualquiera de las cinco iglesias que tuvo Alarcón: Santa María del Campo, San Juan Bautista, la Trinidad, Santo Domingo de Silos, y Santiago, ofrecen al recién llegado algún motivo de asombro y alguna otra razón, más que justificada, para detenerse como interesado observador. De lo que tiene delante de los ojos.
     
    En la iglesia de Santo Domingo se conserva una artística portada protogótica y una torre de finales del XVI. La de San Juan Bautista, en la plaza del Infante don Juan Manuel donde está el ayuntamiento, aparece restaurada con meticulosidad, y tiene por asiento el solar de otra anterior románica de la que nada queda; en su interior se está llevando a cabo lo que no hace mucho era tan solo un proyecto ilusorio y hoy una realidad palpable: la pintura mural sobre mil metros cuadrados de superficie, obra del joven pintor conquense Jesús. C. Mateo, según las tendencias de la pintura de finales de siglo, y que es muy posible pueda en lo sucesivo acarrear hasta la villa de Alarcón a partir del año dos mil -tiempo en el que se ha previsto estén terminadas- más turistas e incondicionales del arte, que entre el castillo, la iglesia y el paisaje, todos juntos. La iglesia de la Trinidad ofrece a quienes hasta ella se acercan el impacto de su portada plateresca, con los escudos del obispo Ramírez de Villaescusa y del marqués de Villena. Y luego la de Santa María del Campo, la parroquial de la villa, la más interesante de todas por el momento, la de la portada de piedra en filigrana incomparable bajo arco monumental de Esteban Jamete, y el retablo manierista que luce en su interior, obra magnífica del mismo artista francés, vecino de la ciudad de Cuenca en el siglo XVI, cuyo recuerdo quedó patente en el cercano  lugar de Garcimu­ñoz, en la catedral de Cuenca con el arco que lleva su nombre, y en esta noble villa de Alarcón alzada sobre las aguas del Júcar.

         Fueron el Turismo y el renaciente interés por el arte lo que hicieron el milagro imposible de resucitar Alarcón y ponerlo en marcha para otra nueva andadura, remoto espejismo de aquel de la posguerra que pude admirar cuando era niño, el mismo que en el año 1944 describía el académico don Luis Martínez Kleiser, en crónicas cuyas ajustadas palabras parecían desmoronarse como las piedras de sus siete torres.

martes, 28 de octubre de 2014

RECORDANDO LA VILLA DE HORCHE


No es la corta distancia que la separa de la capital, ni tampoco el abierto carácter de sus gentes, lo que permite contar a la villa de Horche entre la media docena de pueblos más importantes de la Provincia. Todo podría influir, qué duda cabe, pero es preciso hurgar en los plie­gues de la Historia, en la singular condición de sus morado­res, y en esa apretada nómina de personajes de renombre que salieron de allí, para dar con una explicación más o menos acorde con la realidad de lo que es la villa.
            Hace algunos años que el pueblo de Horche se tomó como una pequeña ciudad residencial, y bien que lo parece. Desde la entrada por la ermita de la Soledad hasta la otra ermita, la de San Roque, ese es todo su aspecto; sin contar, desde luego, con los modernos barrios de casas blancas, el nuevo pueblo, el Horche residencial del que antes hablábamos. Una placa de artística azulejería pegada sobre un enorme peña al desnudo que invita a leer: "Aquí nació el 5 de marzo de 1692 Juan Talamanco, autor de la Historia de Orche. La asociación cultural Juan Talamanco en su trescientos aniversario (1692-1992). Horche 1992."
            La calle que viene hasta el pueblo desde la ermita de la Patrona, es ancha y sombreada; con los hotelitos y los chalés de uno y otro lado recuerda aquellas largas avenidas de los viejos balnearios, que en tiempos dieron la impresión de ser residencia de reyes -algunos lo fueron-, y de los que en tierras de la Alcarria hubo por lo menos dos, a saber: el balneario de Mantiel y los baños de La Isabela. Uno y otro, en diferente pantano, corrieron la misma suerte.
            Desde la bajada de la calle de San Roque, por una calle­juela estrecha en flanqueada de bodegas subte­rrá­neas, se va hasta la plaza de toros. Horche tiene en las afueras una plaza de toros de moderna estampa, luminosa y bien ventila­da, una plaza de toros que sirve de mirador sobre el pueblo y sobre el magnífico valle que forman a la caída las vegas del Ungría y del Tajuña, dos de nuestros ríos, alcarreños donde los haya.

            A la Plaza Mayor se baja enseguida por una calle muy pina del barrio del Albaicín, junto con el de San Sebastián uno de los más antiguos entre los ba­rrios de Horche; se ha dicho que el Albaicín se pobló con familias de moros rebeldes traídos desde las Alpujarras, y de cuyo paso por aquí después de tantos siglos, quedó a perpetuidad el nombre del barrio, y tal vez un remoto no sé qué en el carácter de sus pobladores, de los de siempre, de los que nacieron y vivieron allí.
            La Plaza Mayor es cuadrada. Como final de la calle de San Roque y principio de la calle Mayor, las dos en vertiente, la plaza queda ligeramente inclinada. Un grupo de jubilados conversa animadamente sentados sobre un banco bajo los soportales del ayuntamiento. La Plaza Mayor, soportalada y céntrica, lleva en su estructura a pesar de las reformas el sello de las viejas plazas castellanas, y en sus calles adyacentes prevale­ce la impronta personal de las antiguas mansiones de la Alca­rria, con sus aleros salientes, sus ventanucos expresivos, sus rincones de leyenda y sus artísticas rejas y balcones de buena forja. La Plaza Mayor de Horche goza de un carácter muy personal, su fuente en mitad, frente a la balconada del ayuntamiento, ha experimentado durante los últimos años algunos ligeros cambios, pero siempre la misma y en el mismo lugar..
            Por la calle de la Iglesia hace esquina con la cuesta de San Sebastián el taller de los herreros. La calle de la Igle­sia, y sus paralelas, escaleras arriba o escaleras abajo, son el cogollo del Horche de pasados siglos, del Horche personal y diferente. La alta cúpula de la iglesia de la Asunción se distingue al fondo. La iglesia de Horche es de las más capaces y mejor cuidadas de toda la diócesis. En el silencio interior de la iglesia de Horche palpita el ser y el estar de las imágenes en los retablos como algo vivo, acallado en la más estricta soledad de la tarde por el tic-tac del reloj que se deja sentir sobre una de las columnas del presbiterio. En esta iglesia ejer­ció su ministerio pastoral durante dos años don José Mora Velasco, beatificado en 1992, y del que probablemen­te ni aun los más viejos del lugar guarden memoria; como tampoco, qui­zás, la guarden de don Ignacio Calvo y Sánchez, nacido allí en 1864, "curam de misae et ollae", traductor del Quijote al latín macarrónico cuando fue seminarista en Toledo, y coautor con su paisano don Tomás Bravo y Lecea de una novela de carác­ter local a la que titularon "La flor de la Alcarria; silueta de una predestinada", a nado entre el realismo de la época y el tremendismo  que después se pondría en moda.


            Pese a lo harto conocido que fue el origen de la villa, o tal vez por ello, los horchanos no se dan por conformes si no se pone en singular estima lo que es suyo y solamente suyo, a saber: el antiguo lavadero y la fuente vieja de los cuatro caños con su pilón anexo; sus bodegas subterráneas, algunas con varios siglos de existencia, que durante los últimos años han ido tomando una importante notoriedad; la grandeza de su pasado, anterior a la reconquista; los tonos festivos de sus rondas de guitarras, laudes y panderetas, y la calidad insuperable del pan de sus hornos. Con el tiempo -de hecho ya cuenta entre sus actuales méritos- habrá que añadir la gran importancia de su factoría artesanal de escultura religiosa, magníficamente trabajada, que ha llegado a conquistar mercados más allá de nuestras fronteras nacionales, lo que no es poco decir; y, sin duda, la importancia y nombradía de sus fiestas locales con el empeño de los horchanos por que no decaigan, sino porque vayan a más.
            Desde un improvisado mirador, caminando por sus calles, contemplo con admiración el panorama que ponen delante de los ojos en la media distancia los nuevos barrios, el movimiento y vitalidad de un pueblo que ha hecho frente a los nuevos tiempos no sólo con acierto y sabiduría, sino incluso hasta con cierta elegancia.    
            La tarde se nos va. El sol se ha tiñendo de un rojo sanguino a medida que cae sobre el horizonte, al otro lado de los llanos que ocultan a la capital por el poniente. Un avión a reacción parte en dos el cielo de la Alcarria de un intenso color azul. Con los mil ojos de sus ventanas mirando a la vega, la villa se dispo­ne a entrar en la anochecida. Una bandada de chiquillos juegan y gritan junto a la antigua iglesia de San Sebastián.         


miércoles, 29 de enero de 2014

UNA VISITA A NUEVO BAZTÁN


Ocurre a veces que el exceso de material del que se dispone excede a las posibilidades del escritor a la hora de enfrentarse con la media docena de cuartillas que tiene previstas para el trabajo que piensa realizar; lo normal suele ser que ocurra lo contrario. Pues a la vista de las notas que tomé en mi libreta de apuntes y de los folletos que me facilitaron en el Centro de Interpretación, pienso que tengo información suficiente como para escribir un libro -bastante interesante, por cierto-, lo que no es mi propósito. Así que me encuentro en la complicada situación de tener que resumir, después de un corto viaje a un lugar, cercano a nosotros, que bien vale la pena conocer.
            Nuevo Baztán, nuestro protagonista de hoy, viene a caer a unos quince kilómetros de distancia de Mondéjar y a veinte de Alcalá en direcciones distintas. Se trata de un palacio del siglo XVIII, con una iglesia anexa, fundados y mandados construir por un navarro insigne, don Juan de Goyeneche y Gastón, con la participación personal por cuanto a lo artístico de otro notable de su tiempo, don José Benito de Churriguera. La finalidad inicial de su fundación no fue otra que la de llevar a efecto, por primera vez en España, las teorías económicas de la Francia del XVII en aquel lugar, amplísimas en contenido como proyecto, pero que han pasado a la historia como un fracaso debido a las tendencias socioeconómicas que le siguieron y que acabarían con que aquel complejo fabril en poco más de medio siglo. Muy pronto fue apareciendo en torno a estos monumentales edificios, lo que sería el primer poblado de trabajadores y empleados del naciente Nuevo Baztán, así como toda la serie de fábricas que completaban el qué y el porqué de tan grandiosas las instalaciones. Fábricas de de sombreros, de paños, de jabón, de vidrios finos, de papel, de munición, de aguardientes, y de tantos productos más, como correspondía a tan admirable complejo, cuyo funcionamiento pudo durar desde el año 1715, en el que se instalaron las fábricas de sombreros, de munición y textiles, hasta el 1778 que fue cuando se produjo el cierre de las últimas fábricas de papel, sombreros y aguardientes.
            El personaje central de toda esta historia, don Juan de Goyeneche, nacido en Arizcun, Valle de Baztán. Ejerció en vida como Tesorero de las reinas mariana de Neoburgo, esposa de Carlos II, y de María Luisa de Saboya e Isabel de Farnesio, esposas de Felipe V: Fue señor de Belzunce en Navarra, y de Illana, Saceda, La Olmeda y Nuevo Baztán, asentista de la Marina y fundador de “La Gaceta de Madrid”, que más tarde pasaría a ser el “Boletín Oficial del Estado”. Su palacio en la madrileña calle de Alcalá es ahora la sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En memoria de su tierra natal fue cofundador de la Real Congregación de San Fermín de los Navarros, encargada de organizar cada año la Javierada en Nuevo Baztán. Falleció en su palacio del Nuevo Baztán en 1735 y fue enterrado en la cripta de su iglesia.

            Al margen de la bellísima estampa de la iglesia y del palacio, obra magnífica en único conjunto, montados en piedra berroqueña bajo el soplo y la inspiración artística de José de Churriguera, el resto de lo que pudiéramos considerar como poblado residencial e industrial, señorial también del siglo de la Ilustración; al margen, digo, quedan solamente las viviendas tricentenarias y unas calles de añejo señorío en donde apenas vive gente -sesenta habitantes, me dijeron-, contando algún bar-restaurante, un surtidor de gasolina en la carretera y muy poco más. La plaza jardín, frente a la iglesia, donde he podido ver el pino más voluminoso que conozco, da a este noble lugar un ambiente propicio. El Centro de Interpretación y Museo queda en un lateral del Palacio, con la estatua en bronce del Fundador junto a la puerta de entrada.
            Tres torres se alzan sobre la magnífica portada barroca de la iglesia que preside desde su hornacina central una estatua en piedra de San Francisco Javier. Las tres torres rematan en artísticos chapiteles recubiertos con placas de pizarra. No me fue posible -y bien que lo sentí- conocer su interior, pues sólo se abre la puerta durante los actos de culto que coincidieron con mi estancia allí., ni era día de visita guiada, ya que entendí que las hay. Para evitar que esto ocurra conviene informarse previamente a través del Centro de Interpretación cuyo teléfono es el 91 873 6238. No obstante, puedo adelantarte que consta de una nave central con crucero, presbiterio y coro elevado con amplia balconada orientada hacia el altar mayor. El retablo, igual que la portada exterior está dedicado a San Francisco Javier, cuya imagen de exquisita concepción barroca lo preside. En el subsuelo de la iglesia existen dos criptas de distinto tamaño dedicadas a enterramientos. En la cripta menor se encuentra enterrado don Juan Goyeneche y otros miembros de su familia; la cripta mayor estuvo destinada a enterramiento de personas distinguidas de la población.
           
Del palacio sólo es posible ver la parte exterior, en fachada común con la iglesia y un torreón esquinero coronado con bolones de piedra. El arquitecto supo distinguir para su ejecución, entre servicio religioso y función civil en el aspecto de la fachada, dentro de un mismo conjunto. Conviene advertir que ambos edificios están comunicados por dentro, de tal manera que el palacio carece de capilla u oratorio, función que en su momento desempeño la propia iglesia. El patio del palacio, con portada en arco de medio punto sometida ahora a restauración es espacioso, tiene forma rectangular y se le conoce como Plaza de Fiestas. Según he podido saber fue en su momento el origen del poblado, donde empezaron a funcionar las primeras fábricas; ahora en evidente estado de semiabandono.
            Tan sólo me resta hacer una breve referencia final al Centro de Interpretación, puesto al servicio del visitante. Lo atendían cuando pasé por allí dos mujeres y un hombre; personas atentas, serviciales, y encantadas de que el visitante no se marche de allí sin un conocimiento más o menos completo de lo que antes fue y de lo que ahora es Nuevo Baztán. Enseguida me aconsejaron, junto con Andrés mi acompañante, que dedicásemos quince o veinte minutos a ver el audiovisual preparado para mejor conocer el sitio y lo más importante de su pasado. Ciertamente me gustó: riqueza de imágenes y un cumplido guión que van desarrollando dos buenos actores, vestidos de época, representando a don Juan de Goyeneche y a don José Benito de Churriguera. Sencillamente magnífico.

            En el museo se expone un buen surtido de instrumental y productos de los que allí se fabricaron, así como un pulcro maniquí ataviado al detalle con el uniforme de fusilero del Regimiento de Infantería de Lombardía, de 1718.

(En las fotografías: Iglesia, palacio, y estatua en bronce del fundador José de Goyeneche)   

sábado, 9 de febrero de 2013

EN LOS VIEJOS BARRIOS DE SIGÜENZA


            Me gusta viajar hasta Sigüenza. Lo hago siempre que tengo que resolver algún asunto, real o provocado ex profeso, y procuro que no sea demasiado el tiempo transcurrido entre una y otra vista; pues Sigüenza, lo mismo que Pastrana, se han convertido al cabo de los años para quien esto dice en una necesidad. Sigüenza, amigo lector, es una ciudad vieja con un enorme contenido, con demasiada historia adormilada en sus piedras oscuras, y con demasiado arte en sus capillas y conventos como para dejarla olvidar. Una ciudad antigua, sí, pero como tantas antiguas ciudades castellanas más, ha procurado no perder el ritmo de los nuevos tiempos, y a fe que ha conseguido su propósito con largueza. Sigüenza, por su historia, por su monumentalidad y por su atractivo, es una de las ciudades más interesantes de España; de ahí que, con un motivo concreto, o sin él, a uno se le ocurra deleitarse escribiendo sobre Sigüenza, como es el caso de hoy.  
            Pocas experiencias debe de haber tan placenteras y sedantes, tan gratificantes y aleccionadoras, como un paseo a pie en día de otoño, en tarde de verano o en mañana de invierno, por las calles de la vieja ciudad de Sigüenza; por ese trozo de ciudad que se extiende entre la Catedral y el Castillo, desde la Casa del Doncel hasta el arquillo romántico del Portal Mayor en la muralla, donde uno ha de esforzarse cada vez que sube en atar corta la imaginación para que no vuele hacia épocas lejanas teniendo tan allí, siempre en su sitio, la realidad palpable, no sé si viva, pero en ningún caso muerta o moribunda, de lo que tiempos pasados nos dejaron a perpetuidad como regalo. Pisar sus piedras, vagar por la sombra de los añosos edificios que delimitan sus calles, es algo así como viajar por no sé que extrañas artes al corazón mismo de la Castilla de nuestros bisabuelos, a la Castilla de nuestros clásicos poblada de malandrines, de artesanos y clérigos de cara blanca, hechos a vivir en la penumbra de cualquier esquina, en el obrador de un convento o en la sacristías de alguna catedral.
             En Sigüenza, la Calle Mayor y su paralela que rotulan de Arcedianos, se empinan al subir entre los cruces de las dos Travesañas. Todavía quedan en los húmedos portales de las casas en este barrio antiguo de Sigüenza, recuerdos turbios de aquellas pequeñas mercaderías de los siglos de penuria, de cuando había muy pocas cosas que ofrecer y el pueblo llano contaba aún con menos medios para conseguirlas.
            Una anciana sube la calle jadeante con la cesta de la compra que llenó en el mercadillo de la Puerta del Toril. Es sábado y los aledaños de la Plaza Mayor son durante la mañana un mercado abierto para los seguntinos y para los forasteros que acuden puntuales desde los pueblos vecinos.
            Ahí, más arriba, luce su arcada románica la iglesia de San Vicente Mártir, la iglesia de los barrios altos, la que después de su restauración se muestra a quienes pasan por allí con tanto esplendor como el que tuvo en el glorioso siglo de don Cerebruno, el obispo que en la Alta Edad Media sembró la ciudad de joyas arquitectónicas según el estilo al uso: el románico, naturalmente, como la triple arcada de la Catedral o la no menos artística de la iglesia de Santiago en plena cuesta.
            Uno se ha dado cuenta al subir por estos laberintos de que la gente de Sigüenza siente un respeto profundo por las calles que piso, y que el viajero de ocasión prefiere perderse por estos rincones de piedra desgastada y de silencio, donde todo tiene algo importante que decir: las torres remozadas del Palacio del los Obispos convertido en Parador Nacional, la Plazuela de la Cárcel, la Casa del Doncel, el escueto arquillo del Portal Mayor cargado de misterios, el Hospital de San Mateo, donde hubo una botica con el más artístico botamen de Talavera que jamás se haya podido conocer, y que para mal suyo y de toda Sigüenza se tragó el demonio en tiempos de la Guerra Civil, el primitivo Ayuntamiento, la Posada del Sol de la que se habla en El Quijote apócrifo de Avellaneda, los cubos maltrechos de la muralla, las portadas de las iglesias adornadas con florituras y con bellísimos entrelazados de piedra, el silencio anodino de sus rincones adornados con farolas a imitación de aquellas que iluminaron las noches con el aromático crepitar de la resina, luego con el acetileno y más tarde con el filamento incandescente de la lámpara de Edison que acrecienta el silencio, el misterio, y la soledad en cada esquina.
 
            ¿Quién es capaz de ofrecer a la vista y al corazón algo más atractivo que estas calles de Sigüenza en un espacio tan pequeño como el suyo? Abajo, como fondo a las hileras de casas blasonadas y de balcones con magnífico herraje, las torres almenadas de una catedral que fue iglesia y que fue fortaleza. El maestro Ortega que hoy encabeza nuestro trabajo, escribió ante la misma visión que ahora tengo ante las pupilas de la imaginación, frases como estas: «…tuvo que ser a la vez castillo; sus dos torres cuadradas, anchas, recias, brunas, avanzan hacia el firmamento, pero sin huir de la tierra, como acontece con las góticas. No se sabe qué preocupaba más a sus constructores: si ganar el cielo o no perder la tierra.»
             Y las calles se alzan de puntillas, desparramadas sobre la cuesta, a concurrir en la Plaza del Castillo. La Calle Mayor es la única que no cambia de nombre en toda su longitud, es Calle Mayor desde que empieza hasta que termina. No ocurre lo mismo con sus paralelas, que aun siendo la misma calle su nombre se parte en dos, como la de Villegas y la de Arcedianos, una a continuación de otra; o en tres, como la de Comedias, San Vicente y Jesús, cortadas en perpendicular a distinta altura por las dos Travesañas: la Baja y la Alta. Entre unas y otras se entrecruzan callejones sombríos, con casonas deshabitadas algunos de ellos, pero que ponen ante la vista de quienes las quieran mirar la seriedad de sus piedras ennegrecidas y la filigrana de sus rejas y balcones, comidos de orín, pero con el sello de las viejas herrerías de Sigüenza.
             Perdona lector que haga memoria de una experiencia personal que revivo casi siempre que paso por Sigüenza. Tuve amistad en vida con su familia de pintores, pues ya han muerto los tres: Fermín Santos y sus hijos Antonio y Raúl, que en alguna ocasión dedique minutos a contemplar su obra y su trabajo en la calle de San Roque. Los pintores de Sigüenza, principalmente don Fermín, se han convertido, al menos para mí, en iconos de la ciudad. Y Mariano Canfranc, el cincelador, el artista de la imagen valiéndose del metal que él convierte en maleable -cobre, plata, oro- y transforma en imágenes irreproducibles que a veces superan el trabajo a pincel sobre el lienzo; uno de los pocos, muy pocos, menos de diez que existen en España. A veces, cuando dispongo de tiempo para ello, me gusta visitar a Mariano en su estudio-taller de la calle Seminario. Unos y otros, artistas y artesanos, que de todo existe en Sigüenza, mantienen encendida la vela de la tradición en una ciudad castellana donde el hecho cultural sigue siendo su verdadero brillo. No debemos echar en olvido que estamos hablando de una de las pocas ciudades españolas que contó con Universidad casi desde sus inicios, y que durante siglos ha sido uno de los focos culturales más importantes de nuestro país.        
            No es la primera, ni será la última vez que ando por aquí sin una misión concreta, sin nada en particular que me atraiga hacia la ciudad medieval aparte de su vejez tan honrosa como olvidada. Las ciudades, como los seres vivos, nacen, crecen, tienen su momento de esplendor, su decadencia, y mueren al fin. Sigüenza, la ciudad, ha pasado por todas ellas menos por la que atañe a su desaparición. Sigüenza no muere; va renovando sus células cada cuanto tiempo, y de ahí su admirable variedad según los barrios. Pero, uno no sabe por qué, venera devotamente sus calles más antiguas, donde vivieron sus hijos ilustres, los sabios, los artesanos, los guerreros, los labriegos y los hortelanos, los mendigos que pedían limosna en la puerta de la Catedral, de esta catedral-castillo que la distingue, que es la verdadera estrella de la ciudad y la que, como corazón del casco antiguo, aporta el mayor interés y casi toda la nombradía que bien tiene y que bien merece desde sus inicios como sede episcopal.