domingo, 23 de enero de 2011

PASTRANA,SEÑORA DE LA ALCARRIA


Extendida en la falda sur del cerro del Calvario, y arrastrando los pies hasta las huertas ahora sin fruto del valle del Arlés, Pastrana se ha encendido de luz en el atardecer del primer fin de semana del año. Pastrana, vieja y señorial como Toledo, late al mismo ritmo que la Ciudad Imperial en las páginas de la Historia. Pastrana es una villa ante la que en justicia uno debería descubrirse; una pequeña ciudadela castellana en donde la gente procura comportarse con dignidad al ritmo que marcan los tiempos. Los tiempos nuevos, que nos son los mejores para pueblos como éste en los que el pasado se hace presente en cada amanecida. Pastrana se ha visto en el aprieto irrenunciable de luchar contra ella misma, contra condición de pueblo venerable, intentando ponerse a salvo de su añosa impedimenta sin perder lo que tiene, y lo va consiguiendo malamente, con demasiadas dificultades. Y es que Pastrana, amable lector, se está quedando sin gente.
Estoy llegando a Pastrana. El convento de Carmelitas se alcanza a ver allá en la lejanía, al final de la vega y de los huertos, estirado sobre la leve prominencia que en su día eligieron para enraizar la Orden los monjes de Santa Teresa. El pueblo está ahora por debajo de nosotros. Al otro lado del valle, los barrios nuevos. Pastrana se ofrece ante los ojos del recién llegado con toda la fuerza de las ciudades que fueron mucho y que no se resignan a dejarlo de ser. Los tejados de la Colegiata destacan en mitad del augusto caserío con solemnidad, con mística arrogancia. Al fondo y sobre lo más alto, se luce al sol de la tarde la imagen sagrada del Corazón de Cristo, mirando al pueblo desde su elevado pedestal de caliza.
Vamos a entrar en Pastrana por donde no es costumbre; rodeando vega adelante y subiendo después por el camino del Convento. El antiguo cenobio carmelita lo ocuparon después los Padres Franciscanos y allí tuvieron después su seminario menor. El notable monasterio se ha convertido en hospedería, y hoy apenas queda el recuerdo de todo aquello. Las tierras y algunos rincones muy precisos en torno al convento, son un fantástico relicario para la Orden Carmelita y un referente para muchos de la literatura mística castellana. Ahí están las primeras capillas y oratorios en los que rezó la Santa de Ávila; la zarza milagrosa que da moras, pero no espinas, muy relacionada según la tradición con la Madre Reformadora; las cuevas en donde se alojaron e hicieron penitencia los primeros frailes; y el paisaje, en fin, reposado y sereno, con vista a tres vegas diferentes, donde es de razón y esa es la creencia, que se inspirase San Juan de la Cruz para aquella serie de versos, medio humanos y medio divinos, que componen su famoso “Cantico Espiritual”
En el camino del Convento la fuente de San Avero. San Avero dicen que fue el primer obispo de Pastrana en tiempo de los visigodos. El camino del Convento nos sube a Pastrana por una calle pina y estrecha que llaman “la Castellana”, en la que todo parece indicar que estuvo la casa donde vivió Santa Teresa durante su estancia en la villa con motivo de la doble fundación de conventos, según se dice en sus escritos, y donde debió de capear el temporal y sufrir las impertinencias y excentricidades que el acarreó el trato con la Princesa de Éboli.

Desde la típica plazuela de los Cuatro Caños, donde está su famosa fuente y donde es de fe que residió durante algún tiempo la reina doña Berenguela de Castilla, madre de Fernando III el Santo, se puede bajar hacia el antiguo barrio de San Francisco por la calle del Heruelo, o subir hasta la plaza del Deán por la de la Palma, donde todavía existe el arco blasonado de la Casa de la Inquisición. Por uno u otro itinerario, nos van saliendo al paso las casonas de hace siglos, con sus aleros oscuros y envejecidos, sus ventanales evocadores y alguna que otra enseña cargada de años y de interés.
Carretera abajo desde la plaza del Deán, nos sale al paso otra más pequeña, pero antigua como aquella, (justifico tu sonrisa, amigo lector) rotulada sobre un típico azulejo como Plaza del Moco, y más abajo, sobre la misma acera, nos queda a mano izquierda la Casa de Moratín, que después adquirió mesonero Romanos, y más tarde se empleó como colegio de religiosas. La abuela paterna de Leandro Fernández de Moratín era natural de Pastrana, y en esta casa que fue de su propiedad, pasó el insigne autor largas temporadas, incluso debió de escribir durante sus descansos alcarreños algunas de sus obras más conocidas, “El sí de las niñas”, por ejemplo.

La Plaza de la Hora es de manera oficial la Plaza de Pastrana. Todos los aires que corren por la Plaza de la Hora son aires renacentistas. La preside el famoso palacio que levantaron con gusto y con premura los primeros duques, es decir, don Ruy gómez de Silva y su mujer, doña ana de Mendoza y de la Cerda, Príncipes de Éboli. La historia de esta singular mujer, la Princesa, es harto conocida. Ahí está sobre el esbelto torreón lateral la reja que, más de cuatro siglos después, sigue testimoniando los años de prisión a que se vio sometida, dentro de su propio palacio, por real mandamiento de Felipe II, esta distinguida dama de la estirpe de los Mendoza. Una hora al día cuenta la historia que tuvo para ver, a través de los gruesos barrotes de esta reja, la vega del Arlés, el cielo azul de la alcarria, y el ir y venir de caballero y menestrales por la plaza de Palacio, que desde entonces se dio en llamar “Plaza de la Hora” en memoria del encarcelamiento que duró hasta el día de su muerte.
Las piedras del Palacio de los Duques, ahora restaurado y dispuesto para otros menesteres, toman a eso de la media tarde un tinte particular a oro envejecido. Por la barbacana de la plaza, los ancianos del pueblo se acercan a ver -es costumbre- las huertas de la vega. Algunos chiquillos corren en bicicleta alrededor del crucero de jaspe que se levanta en mitad de la plaza. La calle Mayor, la historiada calle Mayor de Pastrana se ha cubierto de sombra. La calle se ensancha al final, dando lugar a una nueva plazuela en la que se encuentra el Ayuntamiento, con su escudo municipal esculpido sobre la pared, y la iglesia Colegial en la cara opuesta.

La colegiata de Pastrana merece una referencia especial, un espacio del que no disponemos y que trataré afrontar de manera sucinta.
Esta iglesia se levantó sobre otra gótica ya existente, aprovechada como coro de la nave central. Su construcción fue ordenada por el obispo y señor de Sigüenza don Pedro González de Mendoza, hijo de los Príncipes de Éboli, allá por la tercera década del siglo XVII.
A esta hora de la tarde el interior de la iglesia se envuelve en la penumbra. Las vírgenes y santos del Antiguo Testamento en el retablo mayor, obra de Matías Jimeno, apenas se distinguen. El interior de la iglesia se distribuye en tres naves, capilla mayor y crucero. El coro es inmenso; está provisto de valiosa sillería al servicio del que en otro tiempo llegara a ser uno de los cabildos más numerosos de España.
Es tanto lo que aquí hay, que se precisa de un espacio mucho mayor para contarlo sin excesivos detalles; ocasión que antes tuve y que así se recoge en un librito que hace tiempo escribí con destino al servicio de esta iglesia. No obstante sería injusto obviar siquiera unas palabras con referencia a lo más visitado de este templo, y que ahora no puedo volver a ver por enésima vez, por estar sus puertas cerradas. Me refiero al Museo Parroquial, y a la Cripta-panteón de los duques, antes en diferentes espacios dentro de la Colegiata.
En el Museo Parroquial se exponen algunos recuerdos personales de los primeros duques, de Santa Teresa, y un número importante de piezas de arte entre las que se cuenta con los famosos tapices de Alfonso V de Portugal e importantes piezas de orfebrería, pinturas, esculturas, y una interesante colección de objetos y ropas dedicados al culto.
La cripta-panteón de los duques es subterránea. Se encuentra bajo el ábside. Allí, en sólidos sarcófagos de piedra con sus correspondientes epitafios, se guardan los restos mortales de la Princesa de Ébolia, de su esposo Ruy Gómez de Silva, de su hijo y promotor de esta iglesia, el obispo don Pedro, y de algunos más de los sucesores que han ostentando el título de duques de Pastrana, sobre todo en los primeros tiempos. Al pie, y en una especie de fosa común obligada por las circunstancias, fueron enterrados también parte de los restos del panteón de los Mendoza de Guadalajara -entre los que se encuentran los del celebre Marqués de Santillana- profanado por los soldados franceses de Napoleón durante la Guerra de la Independencia, y que aquí encontraron el debido acomodo.
¿Es, o no es, Pastrana un lugar con méritos suficientes para programar una visita? La primavera, ya cercana, es el momento ideal para ir a verla.


(En la fotografía, Panteón de los Duques de Pastrana en la cripta de la Colegiata)

domingo, 16 de enero de 2011

CHINCHILLA DE MONTEARAGÓN



"Chinchilla es un pueblo ruin, como todos los manchegos, agobiado como por una honda pena, gris y macilento como todos los poblados donde la gente no asoma los hocicos al tiempo, y en ella no estuve sino el tiempo justo que necesité para tomar el tren que me había de devolver al pueblo, a mi casa, a mi familia" (C.J.C. "La familia de Pascual Duarte")

La opinión de Pascual Duarte sobre Chinchilla, y en general sobre los pueblos manchegos, no es otra que la de un preso recién salido de la cárcel en la que acaba de pasar tres años de su vida, sin que tuviera los ojos ni el corazón como para ternezas y mucho menos como para deleites paisajísticos. Por supuesto que el párrafo es fruto de la imaginación de un joven gallego hasta entonces desconocido, Camilo José Cela, quien puso su primera pica en Flandes con la publica­ción de aquella novela, revolucio­nando en plena posguerra el arte de la narrativa que no es un mérito menor, pero que nada tiene que ver con la realidad de las cosas puestas sobre el terreno, y menos aún con lo que en la novela se dice acerca de Chinchilla, considerado hoy por algunos autores, en opinión que comparto, como uno de los pueblos más bellos de España.
Si nos ponemos a considerar la enorme diferencia que existe entre los pueblos más meridionales de nuestra región y los de las sierras del norte en la provincia de Guadalajara, nos daremos cuenta de que Castilla-La Mancha es una tierra de contrastes, quizás la más variada por cuanto a tipos y paisajes, costum­bres y maneras de vivir, de todas las comunidades autónomas de nuestro país.
Es verdad que mi estancia en Chinchilla de Montearagón fue breve, unas cuantas horas tan sólo de una tarde plácida de otoño. Digamos que una escapadilla a los confines casi de la región por las comarcas más alejadas de las nuestras.
Chinchilla es un pueblo antiguo. De las diversas opiniones acerca de su origen, me quedo con la más romántica e increíble de todas, con aquella que asegura que fue fundada por Hércules en el siglo séptimo antes de Cristo. Sus nombres: Cincilia, Teichea, Saltigis y Sintila, entre algunos más que se le atribuyeron en el pasado, sólo nos dan idea de una antigüedad que se advierte enseguida, cuando uno se pone en contacto con el núcleo urbano, incluso antes de haber entrado en él.
Las construcciones añosas, la inclinación de sus calles, la estampa férrea del castillo colocado en el extremo poniente de la colina sobre la que asienta el pueblo, todo nos habla -en el más libre y el más espontáneo de los lenguajes, que es el de la imaginación- de una ciudad medieval adaptada a las modernas maneras de vivir, pero sobre la que flota el espíritu de pasados siglos en su eterna condición de pueblo vigía, cima de roca y tierra sobre el altiplano desde el que Chinchilla domina, como desde los viejos faros de los puertos se domina el mar, el espectáculo indescriptible de la gran llanura manchega. Monteara­gón, Monte Arrago, que en el hablar de los griegos que anduvieron por aquí, no significaba otra cosa que monte de esparto, haciendo referen­cia a la planta textil que tanto abunda en las laderas del Castillo y en los baldíos de toda la comarca.
El castillo de Chinchilla se nos antoja desangelado en la distancia; le falta la torre del homenaje que desapareció en uno de los momentos aciagos de la Historia. En la torre, que ya no está, del castillo, dicen que pasó una larga temporada en calidad de preso el célebre cardenal, luego clérigo y guerrero, Cesar Borgia, acusado culpable de la muerte del duque de Gandía.
Pueblo y mirador, atalaya sobre el horizonte infinito, que con acierto supremo describe la seguidilla que todavía cantan las gentes del lugar, y bailan en los aconteceres festivos los grupos folclóricos de aquel rincón sin par de las tierras manchegas:

Desde el alto Chinchilla
se ve La Roda,
se ve La Roda,
Albacete y Almansa,
la Mancha toda.

Pero démonos una vuelta (ligera y a nuestro modo, como cuando advertimos momentos antes que la noche se nos echa encima) por las calles más céntricas y más antiguas de la vieja Cincilia. En la Plaza Mayor está el Ayuntamiento, que se timbra con un elegante medallón de piedra en altorrelieve desde el que se asoma en efigie Carlos III bajo una corona real. Junto al Ayuntamiento, obra del siglo XVI, bello por cuanto a fachada y rico por su interior en salas capitulares, queda la iglesia de Santa María del Salvador, trabajo modélico del siglo XV que, dicho sea como fue, se construyó sobre otro templo cristiano de finales del siglo XIII. La mandó levantar el marqués de Villena, don Juan Pacheco, señor de una porción inmensa de tierras y villas manchegas en tiempos de Enrique IV. En la iglesia se advierte variedad de estilos: portada gótica, cabecera renacentista, e interior barroco. Dentro de la iglesia, además de la bellísima reja de la capilla mayor, debemos referirnos a la imagen en alabastro de la Virgen de las Nieves, del siglo XV, que el pueblo de Chinchilla venera como Patrona.
En la calle que dicen Obra Pía hay una palacio del que se deben destacar los escudos de armas que sostienen sus muros y la formidable rejería de los balcones. No lejos, como residuo musulmán de tiempos de reconquista, existen unos baños árabes a los que no pude entrar por falta de tiempo. Calle de Diablos y Tiradores, del Hondón, Baja Despacio y calle del Infierno, son algunos de los nombres que anoté en mi cartera al andar por el casco viejo de Chinchilla.
De compras y recuerdos, el pueblo es un verdadero zoco en donde adquirir todo lo que se desee. Las piezas de cerámica y las alfombras urdidas al modo musulmán, deben de ser las estrellas del artesanado local. Allí se ven cuerveras expuestas a la admiración y a la venta, morteros para la salsa y el atascabu­rras, jarrones de ordeño, jarras comunes en diferentes modelos para servir en fondas y mesones el rico vino manchego, y no sé cuántos tipos de objetos más, todos ellos al gusto de nuestros antepasados, al hilo de la tradición, evocadores de usos y de costumbres ya idos.
Y queda para final del relato la visión fantástica de las casas-cueva que hay en el barrio del Hondón, cuando se sale de Chinchilla con el sol puesto. Es la sorpresa final que ofrece al visitante la ciudad antigua, y que aunque sólo sea por ello, bien vale la pena darse una vuelta por allí en el tiempo y en la hora oportunos. El otoño es para mi gusto el momento recomen­dable, aunque quienes no conocen Chinchilla suelen pasearse por él en temporada turística, es decir, en pleno verano, cuando el misterio que siempre esconden las ciudades de corte medieval, se aminora de un modo sensible. Las casas-cuevas, minadas en la roca, fueron en otro tiempo habitáculo de mendigos y de familias pobres. Alguien tuvo la idea feliz de pintar de cal las fachadas y las chimeneas de las cuevas, lo que dio como resultado en su conjunto un espec­táculo increíble, cuya imagen, remarcada por la luz tenue de las farolas que iluminan los toscos muros de enjalbegue cuando la penumbra apenas permite distin­guir las almenas del castillo, la visión se torna confusa entre lo real, lo fantástico, y el complicado mundo de los sueños. Hoy son artistas y poetas los que las habitan.
El campo de la Mancha se pierde en la oscuridad poco más tarde. La ciudad de Albacete deslumbra al viajero con reflejos diamantinos cuando, cerrada la noche, la pasa de largo por una de sus orillas. Aún queda mucha Mancha y mucha noche para caminar.
(En la foto, un detalle de las casas-cuevas)

domingo, 9 de enero de 2011

CIUDAD RODRIGO, EN LA ANCHA CASTILLA


Siguiendo el consejo de los hombres ilustres, que siempre será el mejor consejo que se pueda seguir, hace algunas semanas anduve por tierras de Portugal conociendo, contemplando y comparando, paisajes que jamás había visto, costumbres distintas a las nuestras, e intentando comprender aquella admiración tan sincera y tan profunda que don Miguel de Unamuno sintió por varias ciudades lusitanas, Coimbra y Guarda entre algunas más, y que fueron las últimas por las que pasé y en las que me detuve en el viaje de regreso.
Es preciso volver los ojos de la memoria a la Literatura para reconocer en la actual Coimbra aquella ciudad universitaria colmada de nostalgias y de romanticismo. Coimbra es hoy una ciudad moderna, escalonada a trechos delante de los ojos, con visiones impresionantes a la vera del caudaloso Mondego pocas leguas antes de morir en el Atlántico, en más que justificada rivalidad con el Duero y el Tajo, nuestros ríos, que siguen su mismo camino, uno más al norte y otro más al sur, pero en líneas casi paralelas con el ancho río de Coimbra. Conserva la ciudad, bastante remozada por cierto, su famosa Universidad en el más alto de sus barrios. Hay que subir mucha cuesta y luego bajar hasta llegar a ella. La Universidad de Coimbra, si bien sigue siendo la más prestigiosa del país vecino, se mantiene apegada a sus recuerdos, como enseña permanente de la cultura tardomedieval de la vieja Europa, a la par de las de Bolonia, Salamanca o Alcalá, y que Portugal conserva con el cariño, la veneración y el mimo con que se guarda una reliquia o un emblema, y en ello hace muy bien. Coimbra es una de esas ciudades nobles, que siempre encuentran en el corazón de quienes las conocen un rinconcito reservado para ellas. De Guarda, muy cerca ya de la frontera con el antiguo reino de León, situada en lo más alto de la Sierra de la Estrella luego de salvar un importante puerto de montaña, hay menos cosas que decir, una ciudad antigua invadida por la modernidad, de la que Unamuno concluyó al dejar escrita una frase tan evasiva como ésta: «El fruto mayor que de mi visita a Guarda he sacado es el poder decir alguna vez, cuando de Guarda se hable o se miente: también la he visto.» Casi cien años después, suscribo lo que en 1908 escribiera el insigne profesor.
Pero no es de Portugal de quien tenía previsto escribir hoy para nuestros lectores, sino de la primera ciudad española en importancia con la que nos encontramos al regresar por aquella ruta: Ciudad Rodrigo, la capitalidad del llamado Campo de Salamanca, tierra de cereales, de extensas superficies de dehesa donde pastan a cientos y a millares las reses bravas, dicen que de la mejor casta. Henos allí, sin haberla visto nunca, ante una de las ciudades más bellas y más señoriales de la Castilla de hidalgos que jamás llegamos a comprender en la escueta referencia de los libros de texto.
Allá debe de andar Ciudad Rodrigo con los quince mil habitantes en su censo como población de derecho. Un puente de piedra que nos recuerda al de su vecina Alba sobre el río Tormes, tiene Ciudad Rodrigo para cruzar el Ágreda ya en sus mismas puertas, para adentrarse en su imponente urbanismo de conventos y de palacios, de torres y de murallas, de templetes y de escudos heráldicos que, aparte de su significado histórico, son verdaderas obras de arte. De entre sus edificios más notorios conviene destacar un par de ellos, uno civil y otro religioso. El edificio civil es su viejo castillo del siglo XIV, mandado construir por Enrique II de Trastámara y convertido hoy en Parador Nacional de Turismo; por cuanto al más importante edificio religioso, sin duda nos referimos a su catedral de Santa María, situada en el corazón mismo de la ciudad, rodeada de motivos hacia los que se va la vista y que convendrá ir conociendo poco a poco.
La ciudad es mucho más vieja que su catedral y que su castillo. La reconstruyó y la repobló en el año 1100 aproximadamente el conde don Rodrigo González Girón, figura histórica a la que la ciudad debe también su nombre, pues mucho antes aún, hacia el siglo primero, la habían llamado Augustóbriga, nombre sonoro donde los haya en la Roma de los emperadores. Las murallas que la rodean en buena parte, y los profundos fosos que las siguen al pie, acrecientan el interés del visitante que precisa, no horas sino días, para identificarse con su imagen y con las glorias y aflicciones de su pasado, presente por vida en la asombrosa riqueza monumental que posee.
Hablaremos aquí, con el poco espacio para el detalle del que disponemos, de tres de sus monumentos más significativos y ya anunciados, comenzando por sus murallas, colosales, treinta metros de altura con más de dos metros de espesor tienen de cuerpo, por casi dos kilómetros y medio de longitud, asegurando la vieja urbe al tiempo que convierte en museo todo lo que hay dentro de su cerco. Como ocurre con Ávila, prototipo de ciudad amurallada, también Ciudad Rodrigo se ha hecho mayor y ha necesitado de más espacio, de ahí que la parte antigua sea como un cogollo en medio de la ciudad moderna que la rodea en todas direcciones, lo mismo que para bien o para mal han pasado a ser todas las ciudades históricas y artísticas, al menos de la vieja Europa.
El castillo de Enrique II ha sufrido importantes modificaciones para adaptarlo a Parador Nacional. Se inauguró para su nueva función en el año 1928, siendo por tanto el segundo en antigüedad de todos los paradores de turismo de nuestra red nacional.
La catedral de Santa María se encuentra en obras, supongo que de limpieza, en una buena parte de su fachada. Al haber sido construida a lo largo de cuatro siglos, del XII al XVI, sus estilos varían entre el románico y el renacentista, pasando por el ojival intermedio. Magnífico el apostolado de la “puerta de las Cadenas”, y las casi cuatrocientas pequeñas figurillas en piedra del “pórtico del Perdón”. Mas el peso de la leyenda queda dentro de la catedral, rebosa con sabores amargos en las numerosas tumbas de personajes notables que se guardan en las diferentes capillas repartidas por sus naves. Allí está enterrado, por ejemplo, el obispo golfo, aquel del que se dice que resucitó San Francisco de Asís y le dio un plazo de veinte días para arrepentirse de sus pecados antes de su segunda muerte. Y la tumba que allí conocen por la Coronada, donde descansan los restos de una mujer bellísima según el decir de las gentes durante años y siglos. Se llamó Marina Alfonso, muerta en 1253. Cuentan que, sabedor de la hermosura de aquella dama noble, un día pasó a conocerla el rey Alfonso X el Sabio y a proponerle ciertos abusos contra la honestidad; deseó poseerla, que para eso era el rey, y al negarse la dama, el monarca le prometió tomar dura venganza contra ella y contra su familia. La piadosa mujer lo citó en su dormitorio, se desnudó delante de él, y cuando todo parecía dispuesto para que el rey consiguiera su propósito, la mujer tomó una olla de aceite hirviendo y se dejó caer por todo el cuerpo. Murió a los pocos instantes. El Rey Sabio valoró el gesto heroico de aquella mujer en defensa de su honor y ordenó se honrase con una corona real la estatua yacente que pusieron sobre su tumba.
De nuevo fuera de la catedral, me encontré con un francés que tomaba fotografías de todo lo que se le ponía por delante. Algunas del templete que junto al ábside de la catedral levantó el pueblo en honor a sus héroes en la guerra contra Napoleón, batalla, por cierto, en la que se unieron para luchar contra el enemigo común ingleses y españoles, al mando de lord Wellington. Los gabachos sufrieron una aparatosa derrota, lo que valió al lord inglés el título de duque de Ciudad Rodrigo que siempre llevó con orgullo. Fue aquello en el año 1811. Supuse que el francés, que curiosamente me pidió por favor le tirase una instantánea junto al templete, llevaba una misión concreta en todo aquello, y no como recuerdo grato para la historia de su país.
En fin, vivir y viajar para ver, que ese es mi propósito en este trabajo de hoy, el de animar a nuestros lectores a viajar aprovechando la dilatada pausa del verano. No importa adonde. España es un muestrario infinito de bellezas naturales, de monumentos, de historia, de buena gastronomía que todo aprovecha, y si no que se lo pregunten a los extranjeros, europeos, americanos y nipones con cámara en ristre, que durante esta temporada invaden nuestras tierras. Será por algo.

domingo, 2 de enero de 2011

UNA SEMANA EN LAS ISLAS AFORTUNADAS


Ya hace tiempo que anduve por allí. Era un grupo bastante nutrido de miembros de la Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo llegados de la Península los que viajamos hasta las Islas en misión de esparcimiento y de trabajo, más de lo primero que de lo segundo, según el calendario previsto por la FEPET antes de partir. Varios de nosotros íbamos al Archipiélago Canario por primera vez, lo que suponía durante la estancia un esfuerzo y una atención especial por captarlo y asimilarlo todo. Recorrimos, casi en su totalidad, las dos islas que hacen de cabecera en aquel pedazo entrañable de la España total situadas en el Atlántico: Gran Canaria, primero, y Tenerife después. Las dos son harto conocidas por sus playas, por su clima benigno y por sus contrastes, sobre todo la isla de Tenerife, la mejor dispuesta para el turismo y la más visitada de todo el Archipiélago, a la que acuden a lo largo del año hasta dos millones de españoles procedentes de las demás regiones, y muy cerca diez millones de extranjeros, centroeuropeos y nórdicos la mayoría, de los cuales son muchos los que se quedan a vivir durante gran parte del año, cuando no de manera permanente.
Pese a su indudable interés y a sus reconocidos encantos, las Islas Canarias siguen siendo artículo de lujo para una mayoría de españoles. La distancia que nos separa, con el mar por medio, supone para muchos un inconveniente, hoy por hoy más imaginario que real. Personalmente entono el “mea culpa” por haber esperado tanto tiempo sin preocuparme seriamente por conocer aquellas tierras, tan diferentes y tan complementarias de lo que es nuestro mapa peninsular.
Las siete islas que forman el archipiélago pasaron a ser tierra española, tras largos y graves enfrentamientos con los aborígenes de raza berebere, a finales del siglo XV, cuando los conquistadores, Pedro de Vera y Fernando Guanarteme entre otros, consiguieron poderlas incorporar a la corona de Castilla, sentados en el trono a la sazón los Reyes Católicos. Entre los muchos privilegios de los que gozan las Islas, aparte de los puramente naturales como pudiera ser la bonanza perpetua de su clima y la rica flora autóctona, cifrada en centenares de plantas que tan sólo se dan en aquel suelo, conviene tener en cuenta cómo a mediados del siglo XIX se les premió con generosidad al ser consideradas como puerto franco, lo que supuso desde entonces gozar de un régimen especial, tanto económico como fiscal, orientado a favorecer las relaciones comerciales del Archipiélago con la Península y con el resto del mundo. De varios de los impuestos a cuyo pago estamos sometidos el resto de los españoles, quedan exentos los isleños y quienes viven allí. Los carburantes, por ejemplo, se sirven entre un treinta y cinco y un cuarenta por ciento más baratos de lo que nos cuestan en cualquiera de las provincias peninsulares, motivo principal por el que hasta hace poco la gente solía viajar hasta Canarias.
Los griegos ya consideraron como “Afortunadas” a aquellas islas, y a fe que no les faltaba razón al aplicarles tal calificativo, porque en realidad lo son. Tenerife, sobre todo al norte de la isla, con su exuberante vegetación y agricultura privilegiada, a la que se une con fuerza el turismo desde hace varias décadas, ofrece al visitante ciertos visos de paraíso lejano; razón que reafirman los paisajes lunares y las tierras volcánicas del interior, sobre las que destaca, inconfundible y hasta cierto punto amenazador, el padre Teide, el pico más alto de España junto soberbios roquedales (roques) y extensiones inmensas de lava petrificada que, hace todavía menos de un siglo, arrojó en estado incandescente el volcán dormido (no apagado) que guarda en sus entrañas. La costa sur, tanto o más apreciada por el turismo sedentario, marca el contraste con el resto de la simpar Tenerife.
A pesar de todo, y teniendo presente lo antes dicho en favor de la isla hermana, y por tanto rival en el común sentir de los isleños, quiero dedicar atención especial en este trabajo a Gran Canaria, un continente ínfimo si consideramos los grandes contrastes que se aprecian al viajar por ella. Igual que Tenerife, Gran Canaria aparece salpicada de hoteles y de urbanizaciones a lo largo de todas sus costas. Quizá demasiados hoteles y demasiadas urbanizaciones por lo que ello pudiera tener de amenaza a la singularidad natural de la isla. El clima es el común a todo el Archipiélago; sus playas, entre naturales y artificiales, casi todas chiquitas, pasan del medio centenar, y su clima varía de manera notoria entre el norte y el sur como consecuencia inmediata de los vientos alisios, en una superficie total no más allá de la cuarta parte de la provincia de Guadalajara; pero, eso sí, con una población de hecho que sobrepasa las setecientas mil almas, de las cuales, algo más de la mitad corresponden a la capital, a Las Palmas, situada en la costa norte, ciudad a la que la reina Isabel de Castilla otorgó este título a principio del siglo XVI, con el nombre de Ciudad Real de las Tres Palmas, enseña por la que la isla se sigue identificando cinco siglos después.
En tanto que la isla de Tenerife se distingue por los atractivos turísticos y económicos ya dichos, en Gran Canaria privan los culturales en torno a su etnología y a su pasado, de los cuales el resto de las islas carecen, por lo menos en su misma proporción. Hasta diez museos abiertos al público puede el viajero visitar en la ciudad de Las Palmas, todos ellos con muestras valiosísimas del pasado remoto de las Islas, o de la aventura española del Descubrimiento de América por cuanto al papel que desempeñó Gran Canaria en aquel hecho histórico, cuyo principal exponente es la llamada Casa de Colón, antigua residencia de los gobernadores de Gran Canaria, en donde pueden encontrarse interesantes documentos, maquetas en menor escala de las naves que guió Colón, incluso una reproducción en tamaño natural, más o menos exacta, de la estancia particular del Almirante dentro de la carabela Santa María. Algunas pinturas de los siglos XV y XVI, llevadas desde el Museo del Prado, también pueden verse allí, en el piso superior de un edificio histórico con un contenido esencialmente americanista.
El recuerdo, con infinidad de restos del pasado aborigen: utensilios, cerámica, pinturas, momias y cráneos cromañoides, sin duda el mayor del mundo civilizado con alcance hasta la Prehistoria, se puede admirar con sorpresa en el llamado Museo Canario, fundado en el barrio antiguo de la Capital en el año 1892.
La Casa-Museo Pérez Galdós, instalado en la que fue su casa natal, guarda parte del mobiliario y de los enseres personales que el insigne novelista empleó en sus viviendas de Madrid y de Santander, así como su biblioteca, convertida, además, en importante centro de estudios galdosianos. Y el Museo Diocesano de Arte Sacro, situado en el Patio de Naranjos de la Catedral, con valiosas esculturas, orfebrería y pinturas de los últimos cinco siglos; y el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología; y el Centro Atlántico de Arte Moderno, entre varios más a los que me gustaría añadir otros dos edificios memorables: el Teatro Pérez Galdós, del pasado siglo, y el moderno auditorio Alfredo Kraus, junto a la playa y a la enorme estatua en bronce, que mira al mar, del laureado tenor grancanario fallecido años atrás.
Tal vez sean otros los intereses por los que nuestros compatriotas peninsulares viajen a Canarias. La explosión turística producida hacia las Islas durante la segunda mitad del siglo XX, que se ha ido alimentando con infinidad de motivos diferentes que invitan a pasarse por allí, ha olvidado un poco lo puramente isleño, su historia y sobre todo su cultura, que no por eso deja de revestir un interés sobresaliente. Además de Carnavales y salas de fiesta, que en cualquiera de las ciudades y playas los hay la mar de atractivos, en Canarias cuentan muchas más cosas que ver y que gozar de ellas. Una tierra diferente que vale la pena conocer, pese a la distancia, como parte integradora de esta España tan injustificadamente ignorada a veces por los propios españoles.

jueves, 16 de diciembre de 2010

RONDA, LA DEL FAMOSO "TAJO"


Las niñas venían gritando
sobre pintadas calesas
con abanicos redondos
bordados de lentejuelas.
Y los jóvenes de Ronda
sobre jacas pintureras,
los anchos sombreros grises
calados hasta las cejas
.
(F.García Lorca)

Decir que la ciudad de Ronda es una de las más bellas y pintorescas de España suena a lugar común; pero lo es. Ronda cuenta con todos los aditamentos y bendiciones para serlo, y en ella están. Tengámosla, pues -yo para mi uso así la tengo, desde que anduve por allí-, como una de esas media docena de ciudades españolas ante las que es preciso descubrirse. Con tal disposición, aquí, atentos a todo el rigor de nuestros inviernos castellanos, nos preparamos para recordar, para meditar, para soñar, para escribir cuanto se nos ocurra acerca de aquella ciudad malagueña famosa por su impresionante Tajo, por su plaza de toros, por los bandoleros que en otro tiempo se ocultaron de la quema en la sierra cercana, y por sus grandes matadores de toros que fueron tres: Pedro Romero, Cayetano y Antonio Ordó­ñez, cuyas cenizas, las de Antonio, se extendieron no hace tanto por la arena de su viejo coso. Todavía hay más razones para ser recordada la hermosa ciudad de Ronda. Lo diremos después.
Cuatro o seis carreteras repartidas en estrella acuden de toda Andalucía a la ciudad de Ronda. La más espectacular de todas y la más difícil es quizá la que sube desde la Costa del Sol cortando por mitad su famosa Serranía, abrupta, violenta, de montañas altísimas por las que salta la cabra montés y otea el buitre leonado. En el corto espacio de veinte kilómetros desde los bordes del mar, la altura sube hasta muy cerca de los dos mil metros que alcanza en la cumbre el pico de la Torrecilla. A la caída, los pueblos blancos al respaldo de los montes.
La temperatura, tan suave en invierno que hay en la costa, desciende en media docena de grados cuando se llega a Ronda. La ciudad se nos presenta colocada sobre un altiplano estrecho y de forma alargada, con sus torres, sus murallas y sus palacetes, asomándose por el mediodía a la sierra y por el noroeste al valle inmenso por el que escapa el arroyo Guadale­vín, después de haber atravesado los tres puentes que unen la vieja con la nueva ciudad: el puente Árabe, el puente Viejo, y el puente Nuevo que es el nombre con el que los rondeños conocen al que cruza sobre el famoso Tajo, cuya altura raya los 98 metros hasta llegar al agua. El puente Nuevo, construi­do por Martín de Aldehuela en la segunda mitad del siglo XVIII es, sobre todos los demás motivos y monumentos, la enseña principal de la ciudad de Ronda.
Los monumentos más antiguos, como cabe pensar, se encuen­tran en el barrio viejo: las puertas de Almocabar y de Carlos V, las iglesias del Espíritu Santo y de Santa María la Mayor, los palacios de Mondragón y de Salvatierra, el minarete de San Sebastián y la Casa del Moro. Y al otro lado del Tajo la ciudad nueva, la que acoge a más de treinta mil habitantes de hecho y de derecho que viven de la mercadería y del turismo casi de forma exclusiva. En la parte nueva de la ciudad de Ronda está la Plaza de España, plagada de pequeños establecimientos donde comprar recuerdos; el parque-alameda con la estatua de Pedro Romero, y el teatro Espinel, y la Plaza de Toros. La Real Maestranza de Caballería de Ronda es para los amantes de la Fiesta un coso emblemático, histórico y monumental. Se construyó a la par que el puente Nuevo en la segunda mitad del siglo XVIII (1780-1784), y fue inaugurado una año después con un mano a mano memorable entre Pepe Hillo y Pedro Romero, este último el torero de la tierra, el legislador, el renovador y el teori­zante del arte de la Tauromaquia al que en su pueblo natal se le honra y se le venera. Las estatuas en bronce y a cuerpo entero de Cayetano -"es de Ronda y se llama Cayetano"- y de Antonio Ordóñez, hacen guardia sobre seguro pedestal a uno y otro lado de la puerta de los Maestrantes.
Resultaría interesante entrar en el pasado de Ronda. Las villas y ciudades con reminiscencia musulmana suelen gozar de un particular encanto, y Ronda es una de ellas. También sería un quehacer apetecible entrar en hechos y leyendas de bandoleros que anduvieron por aquella Serranía, a los que la ciudad ha dedi­cado un museo que los turistas pueden visitar. No obstante, con el efecto de la visita tan cercano en el recuerdo, uno desea destacar por razón de justicia la belleza urbanística de todo el conjunto, el inte­rés de sus rincones y monumentos imposibles de visitar en el breve espacio unas horas, la motivación de cara al extraño que despierta la ciudad aun en pleno invierno. Los turistas hacen turno de espera a la puerta de los restaurantes y se extasían mirando a sus monumentos más notables -del puente Nuevo y de la Plaza de Toros que los japoneses no entienden ni palabra-, y de lo espectacular de las vistas al campo desde cualquiera de los miradores.
Ciudad de artistas, de toreros y de intelectuales, ésta de Ronda. Las gentes de letras han perdido la partida en su ciudad natal frente a los toreros. Los guías de turismo ronde­ños remarcan ante sus grupos respectivos aquellos mitos de la torería ya dichos y apenas nombran de pasada a hijos tan ilustres como Vicente Espinel, padre de la famosa estrofa de diez versos que lleva su nombre y autor honorable de la "Vida del escudero Marcos de Obregón", nacido en Ronda en el año 1550, o el insigne filósofo y pedagogo don Francisco Giner de los Ríos, que allí nació en 1839, introductor del krausismo alemán en España y fundador de la Institución Libre de Ense­ñanza, que tantos nombres brillantes dejó en nuestra cultura del siglo XX.
Acabemos con unas pintas de pimienta y de sal para añadir a la ensalada rondeña cuyo grato sabor todavía conservamos entre los dientes. En la ciudad de Ronda cualquier servicio de cara al turista tiene su precio: los museos, las iglesias, la plaza de toros, las casonas históricas y los palacetes en los que haya algo que ver cuesta dinero. El hacer aguas menores en los servicios públicos tiene su tarifa obligada que la gente paga religiosamente al empleado que lleva el control. Sirva cuando menos la observación como simple anécdota, y que no sea inconveniente para darse una vuelta por allí. Queda en mano de sus autoridades el que estas cosas no se tengan que decir, por lo menos en letra impresa y en otros lugares de España, y aun del mundo. Ronda, amigo lector, al amparo del cielo andaluz y al antojo de todos los vientos de su Serranía, merece ser vista y disfrutada, desde luego que sí.

(En la imagen, un aspecto del "Tajo" de Ronda)

jueves, 9 de diciembre de 2010

ALBA DE TORMES


En la ribera verde y deleitosa
del sacro Tormes, dulce y claro río,
hay una vega grande y espaciosa,
verde en el medio del invierno frío,
en el otoño verde y primavera,
verde en la fuerza del ardiente estío.
Levántase al fin della una ladera
con proporción graciosa en el altura,
que sojuzga la vega y la ribera.
Allí está sobrepuesta la espesura
de las hermosas torres, levantadas
al cielo con extraña hermosura.
(Garcilaso de la Vega)

No se debe decir más, porque no se puede decir mejor que como lo hizo Garcilaso en ese corto manojo de versos arranca­dos de la Égloga Segunda. Así es el Campo de Salamanca, nada más que así, en la ancha vega que riega el Tormes a su paso por la villa de Alba.
"Alba de Tormes, mala de camas y peor de mesones", se ha venido diciendo de ella durante siglos. No es verdad. Media docena de restaurantes, hoteles, fondas y mesones con buen servicio, desmienten el dañoso aforismo del que pocas ciudades y villas pueden escapar, sobre todo si éstas son cabecera de comarca, pueblos distinguidos con tratamiento de ilustrísima, y Alba de Tormes es uno de ellos.
Como todas las villas y ciudades castellanas, Alba de Tormes es un producto del paisaje, del campo, de la noble condición de sus gentes a contar desde el día en que tomaron conciencia de lo que eran, y en el papel que habrían de desem­peñar en los caprichosos escenarios de la Historia; pero la villa de Alba es, además, un producto de la Literatura; pues, sonoros hombres y mujeres de letras pasaron por ella, y en ella vivieron o fueron a morir, siguiendo los vientos inapela­bles de su propio destino. Juan del Encina, Garcilaso, Lope de Vega, Calderón, son algunos de esos visitantes ilustres que, no sólo la honraron con su estancia, sino que con ella dejaron señal, le dieron nombre, y enriquecieron con su contacto de sabor a recia castellanía, tantas de sus obras en las que flota por encima del verso la suave brisa de la vega salmanti­na, que allí, en los campos de Alba, se respira y se pega a la piel.
Pero fue Teresa de Jesús, la que colmó con su fundación, y sobre todo con su muerte en el convento de la Anunciación, el vaso a rebosar del carácter de la villa. Alba de Tormes es toda ella un relicario de Teresa de Ávila. La personali­dad arrolladora de aquella venerable mujer descansa con fuer­za, creo que por igual, en las dos ciudades teresianas que todos conoce­mos: Ávila de los Caballeros y Alba de Tormes. En Ávila vio la luz por primera vez, y dentro de sus murallas le brotaron las primeras inquietudes; en Alba la inundó para siempre la segun­da luz, la luz irresisti­ble de los arrobamientos, de los éxtasis en los que a veces se le deshizo el alma. Allí, sobre el altar mayor de la iglesia conventual, se guarda lo que queda de su cuerpo tras el expolio al que lo sometió la piedad popular; un cuerpo sin corazón, sin brazos, que dentro de la misma iglesia se guardan incorruptos dentro de unas pequeñas urnas de cristal, a la vista de todos, y ante los cuales la gente se para a rezar. Allí -dicen que tal y como fue cuando murió la santa- queda la humilde celda en la que expiró un 4 de octubre (sería el 15 del mismo mes tras la reforma del calendario, llevada a cabo aquel mismo año de 1582), rodeada de unas cuantas religiosas de la Orden Carmelita, de la que ella había venido a reformar. Un muñeco, tallado con mucha piedad, pero con muy poco oficio, ayuda a imaginar sus últimas horas en el lecho de muerte, en la misma celda donde murió, ahora convertida en capilla, en relicario, en sagrado remanso de oración.
Pero salgamos de nuevo al exterior. La estampa general de la villa de Alba, con un largo puente de veintidós ojos a través de las tranquilas aguas del Tormes, con los campanarios de sus iglesias por encima de las casas, con el retocado torreón del castillo de los duques sobre la colina que domina el pueblo, es una de esas imágenes grandiosas, evocadoras, que se conservan impasibles en los entresijos de la memoria.
La gente entra a comprar recuerdos en los bajos de la casa conventual de San Juan de la Cruz, dedicada a museo en la misma plazuela. Alba de Tormes es centro obligado para el turismo por aquellas tierras, complemento o prolongación de la Salamanca artística aprovechando la misma ruta.
Hace algo más de un siglo, el P.Cámara, obispo de Sala­manca, inició la construcción de una basílica dedicada a Santa Teresa. El trazado fue obra del arquitecto Repillés y Vargas, el mismo que en su día llevó a término el proyecto para el edificio de la Bolsa de Madrid. Los trabajos fueron interrum­pidos en 1928, y muchos años después, en 1982, con motivo del cuarto centenario de la Santa, se cubrieron las ocho capillas laterales, dejando al descubierto el resto del edificio, la nave central que levanta en el azul del cielo castellano las ojivas neogóticas de los arcos que deberían sostener la cubierta del nuevo templo, penosamente inconcluso, y en cuyo interior llegaron a crecer en otro tiempo el jaramago y la ortiga como crecen entre las ruinas de los castillos abandonados. Las obras se van siguiendo lentamente. La basílica de Santa Teresa en Alba de Tormes será, si alguna vez llega a colmo, no sólo producto de la piedad, sino del empeño y de la paciencia. Dentro de las capillas se han colocado paneles con referencia a las distintas fundaciones de la reformadora de la Orden del Carmelo.
Y ya en el entorno, sobre un leve altozano desde el que se domina en contraluz al caer la tarde no sólo el pueblo, sino una buena parte de la vega del Tormes, se alza el corpudo torreón del castillo de los Duques de Alba -aquellos legenda­rios ya del linaje de don Fernando Alvarez de Toledo, el Gran Duque-, convertido hoy en museo de pinturas, y de documentos en los que se da cuenta de los inicios y de los momentos estela­res de la segunda casa nobiliaria española en títulos de grandeza.
Alba de Tormes, con su vega feraz y unos campos que dieron para vivir a precio de sudor a tantas generaciones de castellanos viejos, tiene hoy un nuevo escape de apoyo a su economía: el turismo. La iglesia de San Juan en la plaza Mayor, del siglo XII, con esculturas románicas que admirar, es tal vez la mejor muestra del mudéjar salmantino. El apostolado románico de la iglesia de San Juan, merece por sí solo un viaje a la villa; fue la estrella en la primera exposición de Las Edades del Hombre y lo ha seguido siendo en ediciones sucesivas. La iglesia de Santiago, al cabo de un curioso laberinto de callejuelas antiguas, también mudéjar; los conventos de Santa Isabel y de Las Dueñas; los obradores de alfarería albense, con sus famosos botijos adornados en forma de cola abierta de pavo real; el paisaje sereno de la vega, las páginas, rancias ya, de su pasado son, entre otros, valiosos motivos a considerar.
En la historia de Alba hay otra fecha crucial a tener en cuenta. El día primero de noviembre de 1982 les visitó el Papa de Roma, Juan Pablo II. El pontífice aterrizó en los llanos de la Dehesa, en plena vega, y vino a rezar ante los restos mortales de Santa Teresa con motivo de la clausura del cuarto centenario. El pueblo lo recuerda con un expresivo monumento en bronce a la vera de la catedral inconclusa, en donde apare­ce el Santo Padre con los brazos levantados salu­dando a la muchedumbre; un privilegio con el que cuentan muy pocas de las ciudades y de los pueblos de España. Alba ha querido conservar en pleno campo el estrado monumental de maderas y barras de hierro que utilizó el Pontífice durante el acto central de su estancia en la villa.
Alba de Tormes, santo y seña, otro de los nombres a tener en cuenta a la hora de explicar el porqué de la Castilla total como corazón de España.

jueves, 2 de diciembre de 2010

LA RODA


Es tan ancha Castilla, que del uno al otro de sus extremos, los campos, las gentes, y más aún las ciudades, parecen estar contrastadas, dispares, casi como si fuesen campos y gentes de un país distinto. He visitado durante los últimos tiempos dos ciudades castellanas en las que se da esa circunstancia: Alba de Tormes en el campo de Salamanca, y La Roda, en la Mancha albaceteña del Júcar.
Uno, que hasta hace muy poco -sólo el tiempo en el que ha procurado andar por la Mancha con los ojos abiertos, seriamente y fuera de toda impresión preconcebida- creyó que las tierras de Don Quijote, y con ellas sus ciudades y pueblos más representati­vos, eran mero producto de la literatura, un acopio de tópicos y de lugares comunes donde no se podría prescindir de los molinos de viento, de los rocines huesudos y rucios bonachones, llevando a lomos de unos y de otros a caballeros y escuderos, tales cuales tomaron forma y nombre en la gloriosa mente del autor. Uno, digo, se ha dado cuenta de que los campos y los pueblos de la Mancha guardan algo de eso, y mucho más tan fuera del alcance de todos; de que no son pueblos anodinos en los que nunca ocurre nada, en los que no hay sino calles encaladas, rectas como velas, con algún que otro escudo de piedra bajo los aleros, testimonio de viejos hidalgos que de algún modo todavía dan fe de haber sido aquel, y no otro, el escenario de la inmortal novela cervanti­na.
Ahora, casi a finales de siglo y de milenio, La Roda se ofrece delante de los ojos de quien la quiera ver, como una ciudad hermosa y llena de vida, como una ciudad emprendedora y capaz que sabe afrontar de manera elegante el reto de los nuevos tiempos, echando mano a su situación, a sus posibilidades, a la más que completa serie de valores heredados que no intenta ocultar, que gusta tener a la vista, dando todo ello lugar a lo largo de los años y de los siglos a la ciudad moderna cuyos pormenores, a raíz de la última visita, guardo frescos aún en la memoria.
Estamos en la Plaza Mayor del pueblo de La Roda. Casi catorce mil son las almas que alberga su casco urbano. Es ésta una plaza informe, amplia, con una fuente en mitad y una estrella de calles que parten en todas direcciones hacia lo que fue la ciudad vieja, y por extensión hacia el pueblo nuevo, el de las industrias y los almacenes. Una de estas calles sube hacia la iglesia parro­quial de la Transfiguración, dejando a un lado la augusta fachada esquinera de los Alcañavate, obra de a finales del XVI que, según los más viejos del lugar cambiaron de sitio, piedra a piedra, cuando levantaron el nuevo edificio que tiene al otro lado de la calle; y lo hicieron tan bien, que ni siquiera se nota.
La iglesia está poco más arriba. Alguien contó que allá, por las primeras décadas del siglo XVI, se comenzó a levantar el edificio según el gusto renacentista imperante, sobre la base de un castillo medieval (el de Robda), que en 1476 mandaron demoler los Reyes Católicos. Tiene tres naves la iglesia en su interior. Su estilo sería el columnario, si es que como tal se puede admitir dentro de los clásicos estilos arquitectónicos, debido a las suntuosas columnas que sostienen los techos del edificio, al tiempo que lo tajan en naves, y en la iglesia de La Roda son tres. Un cuadro del napolitano Lucas Jordán que representa la Adoración de los Reyes, una cúpula en hemisferio llamativa por encima del crucero, y un curioso museo en las sacristías, con piezas sobre todo rescatadas de los saqueos y profanaciones de la guerra civil, se distinguen dentro del templo como motivos más justificados que reclamen una visita. En una de las capillas laterales, el rayo de luz que sale de una cornisa ilumina el rostro de un cuadro de la Virgen; es Nuestra Señora de los Remedios la que se ve representada en aquella imagen, marcada en la mejilla con un cardenal que la leyenda atribuye al impacto del cayado que le lanzó un pastorci­llo, impresionado quizás por el fuerte resplandor en el instante de su aparición, entre La Roda y el vecino lugar de Fuensanta a la vera del Júcar.
Se precian los rodenses de la extraordinaria calidad de los "miguelitos", la estrella de la repostería local. Los miguelitos son unos pasteles azucarados, de hojaldre con crema pastelera y un sabor exquisito. Cuentan que es una especialidad relativamente moderna, por lo menos tal como se presentan y con ese nombre. No hace muchos fue un pastelero de la localidad quien comenzó a elaborarlos en su pequeña industria familiar; ahora son once las fábricas que los trabajan y que se encargan de distribuir por toda España. Es posible que el nombre de La Roda sea hoy más conocido lejos de sus fronteras por los famosos miguelitos que por el resto de los valores que el pueblo tiene para ofrecer: monumentos, vinos, plazas y calles ajardinadas, industrias en activo y en proyecto...
En la Posada del Sol, que ocupa uno de los edificios más emblemáticos y más antiguos de La Roda en plena zona centro de la ciudad, dicen que Cervantes se inspiró para situar la aventura del retablo de Maese Pedro, una de las más conocidas con las que nos encontramos en su obra inmortal. Los rodenses, amantes de lo suyo como no podía ser menos, maldicen la mano despiadada que desde los estrados del poder intentan apartar a su pueblo de la imaginaria Ruta del Quijote, tal vez la más importante a escala universal de cuantas rutas literarias existen en nuestra cultura occidental, y aun en la de todo el mundo.
Uno de los bulevares que tiene en sus barrios más distingui­dos la ciudad de La Roda, se abre con un arco en el que se recuerda a uno de los más ilustres de sus hijos, el académico don Tomás Navarro Tomás; digamos que el padre de la fonética y de la dialectología españolas. Viajó a los Estados Unidos de América por sinrazones de exilio, y allí murió, en Nortampton (Massachus­sets), a la edad de noventa y cinco años, el 17 de septiembre de 1979. No es mal momento éste de la reciente visita a su pueblo natal, para rendir nuestro pequeño tributo de gratitud al autor del "Manual sobre la pronunciación española" y del "Sentimiento literario de la voz", pues, presiento que, salvo una docena de estudiosos de nuestra lengua, día llegará en el que muy pocos más lo recuerden.
El viajero, que goza paseando de aldea en aldea, de ciudad en ciudad por las anchas tierras de Castilla, encontró en La Roda un motivo excepcional para señalarla harta de contenido entre las ciudades más importantes y variadas de las muchas que asientan, desde muy lejanos tiempos, sobre la rugosa piel de la Meseta. Por extramuros, al margen de la autovía que une Madrid con alicante, y que le corre al pie, las interminables llanuras de la Mancha: trigales acabados de rasurar, vides prometedoras cuyo fruto habrá de nacer con calidad reconocida, y de vez en cuando el tapete amarillo real de los pétalos en los girasoles.