viernes, 13 de agosto de 2010

LOECHES


No está tan lejos de nosotros Loeches como para que, al menos para mí, haya sido hasta hoy una villa desconocida. Había pasado muchas veces por sus orillas, cruzando desde Alcalá de Henares a la Nacional III por Arganda, pero jamás saqué un minuto de tiempo para conocerla, para andar por ella.
Loeches es pueblo de paso por su situación, asentado en un terreno árido y de poca fortuna. Después de haber estado en él, pienso además que es un pueblo adormilado, escondido un poco en el refugio de su propia identidad como el buen paño, pero que, también como el buen paño, corre el riesgo de su deterioro por inacción, por falta de ese oxígeno vitalizador que necesitan las cosas, y que deben tomar, claro está, con la debida cautela y en dosis justas.
La villa de Loeches es un lugar de contrastes: calles planas y cuestudas; viviendas cómodas de moderna estampa y recias casonas encaladas de primeros de siglo; viejitas meditadoras sentadas a la sombra de los portales y niños que gritan al sol y corren bicicleta; pueblo y ciudad; el hoy y el ayer sobre un mismo tapete; balcones floreados de colorines y paredones roídos sosteniendo algún escudo de piedra; terraza de bar y chapitel de monasterio.
Acabamos de estrenar el otoño y en Loeches aún hace calor. El hombre del quiosco, bajito él y de escueto parlamento, me ha dicho que no tiene postales para vender, que vaya al estanco.
-¿Y dónde es el estanco?
-Allí.
El allí del hombre del estanco está justo al otro lado de la plaza. La señora del estanco es más expresiva, más servicial, más amable. Se nota que la señora del estanco está acostumbrada a tratar con el público y a que le pregunten qué es lo más interesante que tiene el pueblo.
-El convento. Lo más interesante que hay en Loeches es el convento. Mucha gente viene a verlo aposta desde muy lejos. No siempre se puede ver, porque las monjas son de clausura y la mujer que lo enseña no tiene un horario fijo. A veces hay que avisarle para que suba.
-¿Queda cerca de aquí?
-Sí; aquí no hay nada lejos. Pueden ir en coche; y a pie subiendo por aquellas calles de enfrente. Enseguida se ve la torre.
Efectivamente, desde la plaza de Loeches, se llega en seguida al convento de Dominicas, cuyo majestuoso chapitel plomizo se alcanza a ver muy pronto, apenas subir las primeras calles. Luego es el sentido común el que te va acercando hasta el sorprendente edificio barroco, copia exacta o reproducción, por lo menos en la fachada, del convento de la Encarnación de Madrid, obra maestra, como tantas más que aún testifican su calidad de magnífico arquitecto, de Juan Gómez de Mora y de su discípulo Alonso Carbonell.
Este bello monumento que tengo frente a mí, y al que procuraré entrar si me fuera posible, lo fundó don Gaspar de Guzmán y Pimentel, valido de Felipe IV, y su esposa doña Inés de Zúñiga, condeduques de Olivares, duques de San Lucar la Mayor, de Medina de las Torres y marqueses de Eliche. Lo mandó edificar para su propio enterramiento y para el de los suyos, y quiso que fuera regentado por Dominicas por ser don Gaspar descendiente de Santo Domingo.
Un largo corredor entre columnas nos lleva hasta la estancia sombría y silenciosa en la que se encuentra el torno de las religiosas. A través del torno, las madres sirven postales, recuerdos y cajitas de golosinas o repostería conventual en cuyo arte son maestras.
-Fotografías no se pueden hacer en el panteón. Los señores duques lo tienen prohibido.
Los fundadores colmaron el convento y el palacio anexo de pinturas extraordinarias de Rubens, de Tiziano, de Tintoretto y no sé de cuántas maravillas más que ahora son historia. Se las llevaron los franceses cuando la Guerra e la Independencia con un enorme cargamento de candelabros de plata, de orfebrería y de ornamentos sagrados. Los lienzos de Rubens han sido sustituidos por frescos, bellísimos también, de Fernando Calderón, sobre los motivos religiosos que representaban aquellos robados y de cuyo paradero nadie sabe nada.
La casa de Olivares pasó a ser panteón de la casa de Alba tras el matrimonio de don Francisco Alvarez de Toledo, décimo duque, con doña Catalina de Haro y Guzmán, duquesa de Olivares. El nuevo panteón ocupa parte del antiguo palacio; lo mandó construir en memoria de sus padres el decimoséptimo duque, don Jacobo Fitz-Stuart y Falcó, y asistió a la primera misa la Emperatriz Eugenia de Montijo. Se trata de una sala poligonal, simétrica, de gran capacidad, con friso, cúpula, y ventanales con vistosas vidrieras de color azul. Allí está enterrado el Condedu¬que de Olivares y su esposa doña Inés de Zúñiga, en un enterra¬miento discreto y vertical. El panteón guarda cierta semejanza con el de los Reyes de El Escorial y con el maltrecho de los Mendoza en el antiguo convento de San Francisco de Guadalajara. Pero conviene anotar que el mausoleo principal, el más vistoso e importante de todo el panteón es el de doña Francisca de Montijo, esposa del decimoquito duque de Alba, con bellísima estatua yacente sobre el túmulo, para la que posó su propia hermana, nada menos que la Emperatriz Eugenia. Es obra, según me contaron, del escultor inglés Juan Bautista Clésinger, a la sazón yerno de la escritora George Sand, la amante y compañera en su retiro balear del músico Federico Chopín.
El convento de las MM.Dominicas de Loeches está desprovisto de su antiguo tesoro, de las muchas y valiosas riquezas con las que lo dotaron sus fundadores. Dijo de él Marañón que su verdadero tesoro todavía prevalece y que jamás le podrá ser arrebatado, el tesoro de su Historia. Sí, el recuerdo desvaído del pasado entre aquellos magníficos salones que se encargan de cuidar unas cuantas religiosas apartadas del mundo; a la espera de servir de urna sepulcral a los miembros de la noble familia de los de Alba, donde la tierra caliza de aquellos campos desangelados les aguarda como sala de espera a la eternidad.
Merece la pena darse un paseo hasta Loeches. Un pueblo activo de nuestros contornos en el que, como de lo antedicho puede deducirse, siempre hay algo que ver.

martes, 3 de agosto de 2010

EN EL BARRANCO DE LA HOZ


Con el verano iniciando el descenso, pero muy a punto para viajar como cada mes de agosto por estas tierras, hoy les invito a recorrer durante unos minutos por los caminos de la memoria aquel sitio sin par donde los molineses veneran a Santa María de la Hoz, su patrona y reina. No es otra la intención de quien esto escribe sino la de animarles a emplear un día de su vida en recorrer aquella maravilla natural, tan respetada y tan querida por cualquier molinés, y, por otra parte, tan ajena a los intereses de tantos como ignoran su existencia.
El gran prodigio de la Creación, regalo generoso para las tierras de Molina -quizá como compensación a otras deficiencias, tales que la tristeza de su medio rural a la que le tiene sometida la despoblación sufrida durante las últimas décadas- es, sin duda, motivo excelente para sacudirse de buena mañana la pereza y ponerse en camino con la seguridad de no regresar defraudados.
Si en la vida de cada uno existen momento inolvidables, que de cuando en cuando se procuran traer a la memoria con cierto deleite, debo confesar que la imagen del agua corredora del río Gallo entre las piedras de su cauce a la sombra de las choperas, son para mí tema de evocación frecuente. Unos minutos de soledad, sentado plácidamente sobre la hierba que hay junto al santuario en el más absoluto silencio, es un paréntesis que jamás pasara inadvertido en la vida de quienes hayan corrido en alguna ocasión con aquella experiencia.
El fenómeno aéreo -en competencia, no sé si leal o desleal de las peñas con el cielo molinés- que se da en el Barranco, es una imagen que permanece grabada en el ánimo de los que andan por allí con la misma exactitud y con la misma fijeza de un panorama cinematográfico bien cuidado.
En la realidad de lo que es actualmente el Barranco de la Hoz y su santuario mariano, entran, en una proporción pareja, toda una serie de factores a los que desearía referirme aquí, aunque brevemente. Serían, por una parte, el valor del paisaje y la aportación paciente del medio natural hasta conseguir aquel rincón tan cargado de surrealismo, que sirve de escenario a la ermita y al complejo lugar donde se esconde; por otra el hecho humano, es decir, la tradición, la historia verdadera, y un poco también esa pincelada de leyenda que actúa como el condimento para hacer más apetecibles y de mejor paladar los bocados de la Historia.

Sucedió por aquellos complicados vericuetos de la quebrada que, a mediados del siglo XII, un pastor de Ventosa perdía una res en tarde de vigilancia por aquellos contornos. como buen pastor que era, dejó en lugar seguro al resto de la manada y se dedicó a buscar por aquellos angostos de junto al río a la res extraviada. Llegó la noche. El pastor, desconcertado por aquellos tremendos volúmenes de piedra fantasmal, comenzó a sentir miedo. Surge de pronto una luz potentísima entre las peñas que ilumina el barranco y le hace el mirar casi imposible. El oído sólo puede escuchar los rumores cantarines de las aguas del Gallo. Una imagen de la Virgen se comienza a distinguir, al fin, sobre el tosco pedestal de roca. La res perdida aparece inamovible, adormilada, a los pies de la Señora. Era una súbita aparición con tintes sobrenaturales. La noticia se extendió con rapidez por todo el contorno, y el silencioso escondrijo se convirtió muy pronto en sede principal de veneración para las gentes de la comarca, que ha volado hasta nuestros días por encima de los peñascos, de las distancias y de los siglos.
El santuario, tal y como hemos oído contar y así lo hemos visto escrito, es tan antiguo como el milagro y como el propio Señorío Molinés considerado como unidad de pueblos y de tierras. Eso es lo que sacamos en conclusión una vez puestas en su sitio las fechas en que ocurrieron los acontecimientos a los que nos acabamos de referir. Existiendo ya la primitiva ermita debajo de las peñas, y la pequeña residencia que en sus albores debió de existir, entraron los canónigos seglares de San Agustín que se encargaron del sagrado lugar durante algunos años. don Fernando de Burgos, personaje casi mítico, sería hacia la primera década del siglo XVI su gran mecenas, primer patrón y padre de todo aquel complejo animador de devociones; pues fue él quien corrió con los gastos de la ampliación de la ermita, quien la retocó y restauró, quien mandó añadirle una hospedería como refugio de peregrinos y una casa para el ermitaño. A partir de entonces, el santuario de la Hoz, empleando como razón eficiente el ya tricentenario milagro de la aparición y su propio encanto natural, se convirtió en lugar de peregrinaciones al que debieron de acudir, siglo tras siglo, personajes de notable condición llegados de lejos, entre los que es oportuno contar a los reyes Sancho IV el Bravo, la emperatriz Isabel, Felipe II, y ya en nuestro siglo el rey Alfonso XIII.

Situados en la explanada de la hospedería, nos disponemos a entrar bajo el arco que da paso al santuario. Dentro ya, la imagen solemne de las peñas de la Hoz adquieren una nueva dimensión en contraste con las maderas de la galería y con las formas arquitectónicas, los relieves y las curiosas serigrafías con las que se recubrieron los muros. A la puerta de la ermita se llega después de subir unas cuantas escaleras de piedra. La portada principal es tardorrománica, del siglo XIII; remata con el águila coronada del escudo familiar de don Fernando Burgos, leyenda incluida que recuerda al caminante el nombre de su benefactor. Un bello poema de Suárez de Puga deja escrito sobre la pared el sentir del poeta hacia la vieja parra del santuario. Por unos instantes el viento mueve las ramas de los pinos que hacen equilibrios sobre las crestas del Barranco.
Pasemos a la ermita. La puerta está entreabierta. en este momento no hay nadie en su interior. Las nervaduras de piedra que corren por el techo recogen como en un puñado la penumbra y el silencio del pequeño templo. La imagen de la Virgen de la Hoz está colocada en el lugar más visible al otro lado de la verja, ocupando la única hornacina con la que se abre en mitad su retablo barroco. La imagen de la Virgen corresponde a una talla medieval, románica, suponemos que sedente, con la cara ennegrecida como casi todas las que se conservan de aquel tiempo. Va vestida con un manto blanco, bordado en filigranas de oro. Artísticamente la imagen ganaría en valor si pudiéramos verla en su forma original, sin el devoto aditamento de los ropajes. Las chapeletas que encienden quienes pasan por allí, lucen mortecinas encima de un añal. El sol de la tarde molesta al salir de la ermita.

Las mesas de piedra que hay junto al río se ven vacías entre sombra y sol. Más arriba y más abajo los pescadores lanzan una y otra vez las cucharillas y los anzuelos en las corrientes y en los remansos del río. La hora y el lugar invitan a gozar abiertamente de lo natural en su esencia más pura. Saben bien de ello las gentes que acuden de tierras lejanas a gozar del espectáculo durante el buen tiempo. Por nuestra parte, tan sólo nos queda apuntar en el rincón de los recuerdos que ésta es la enésima vez que pasamos por allí, encontrándolo todo tan novedoso e impactante como el primer día.

viernes, 23 de julio de 2010

NOVIERCAS, EN LA VIDA DE BÉCQUER


Noviercas es nombre de pueblo. Es el nombre de un pueblo de Castilla. Un pueblecito de doscientas personas, situado entre las villas de Gómara y Ágreda en la provincia de Soria, donde vivió durante largas temporadas Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta del amor y del dolor, que pasó su vida malamente escribiendo versos inolvidables, y prosas con un algo divino entre sus líneas, por los lugares hacia los que el destino le quiso llevar: por Sevilla donde nació en 1836, por Madrid en donde comenzó a darse a conocer entre infinitas estrecheces y sacrificios, por Toledo, por Veruela, por Trasmoz, y desde luego por Noviercas, el pequeño pueblecito al que llegué hace sólo unos días. Conocía todos los lugares becquerianos antes dichos, a excepción de Noviercas, un pueblo en el que el poeta debió de pasar muchas de las horas más amargas de su vida. Allí vivía su mujer, Casta Esteban, hija del médico rural, allí nacieron probablemente los tres hijos fruto del matrimonio: Gustavín, Jorge y Emilín, (según les llama en sus cartas de familia), y allí pasaron temporadas largas cada verano al amparo económico del padre de ella, cuando los avatares torcidos de la vida -y en la de los poetas suelen ser cosa harto frecuente- afloraban en el ambiente familiar durante años y años. Mi estancia en este pueblecito de agricultores, en una mañana clara de otoño, supone ver cumplida una vieja ilusión, que días después todavía celebro con cierto sabor agridulce -no acierto a decirlo de otra manera- en los pliegues del alma.
Creo que en la obra literaria de Bécquer nunca se hace referencia expresa al pueblo de Noviercas. Sí que lo hizo alguna vez en las cartas a su mujer interesándo se por ella y por los niños, cuando por razones de trabajo o de salud tuvo que vivir apartado de su familia. Tal vez por eso en el pueblo se le considere tan poco, o al menos así me lo ha parecido a mí. Ni una calle, ni una plaza, ni siquiera el olvidado rincón donde, envuelta en las sombras de su memoria, de la ruina y el abandono, todavía se mantiene en pie la que fue su casa.
Existe una pequeña exposición con recuerdos del poeta junto al ayuntamiento, que no pude ver por llegar fuera de hora; pero pienso que la atención oficial hacia su persona ha sido escasa, casi nula, durante el siglo y pico que ya se cuenta de su fallecimiento. La gente, en cambio, es encantadora; te explica todo lo que ellos han oído contar relacionado con el poeta, y si les preguntas dónde vivió, te acompañan hasta el rincón en el que se encuentra la casa, en un entrante de la calle del Moral, y que no me explico cuáles han debido ser las razones para que no lleve su nombre, si es que a las autoridades les parece una consideración excesiva rotular, no una calle, sino la plaza del pueblo, como "Plaza del poeta Gustavo Adolfo Bécquer". ¡Cuántos pueblos y ciudades lo hubieran deseado! Pero los castellanos somos como nos pintó Machado, y a menudo salen a flor de piel en nuestro comportamiento esas "cosas" que tanto desdicen del viejo señorío de esta tierra.
Me hubiera gustado conocer cómo era aquel pueblo en el siglo en el que vivió el poeta. El soberbio torreón árabe que se alza como enseña de poderío en uno de los ángulos de la plaza, nos viene a decir que Noviercas gozó de cierta importancia mil años atrás y en las primeras centurias que le siguieron hasta su reconquista. La iglesia parroquial, dedicada a los santos niños Justo y Pastor, es un monumento digno de aquella importancia pretérita, de la que destacaríamos su interesante portada plateresca, de piedra magníficamente trabajada y con una tonalidad veladamente ferruginosa, como la piedra del torreón árabe, su vecino y competidor en altura, cuatro o cinco siglos más antiguo, pero con unos materiales extraídos quizá de la misma cantera. En esta iglesia, cerrada durante toda la mañana, recibieron las aguas del bautismo dos -el mayor y el menor- de los tres hijos de Gustavo Adolfo y de Casta Esteban cuando las relaciones familiares todavía no habían llegado a malograrse; pues es sabido que el matrimonio se rompió definitivamente en 1868, dos años antes de la muerte de Bécquer en Madrid, vísperas de Navidad, herido de tisis y según sus biógrafos en el más triste de los abandonos. Fue vox populi en toda la comarca que el hecho de su separación, entre algunas posibles razones más, de puro carácter, se debió a las extrañas relaciones de Casta, su mujer, con el Rubio, un jactancioso de Noviercas de nombre Hilarión, del que se cuentan acciones tremendas, y que a las gentes del pueblo les dio por decir que el último de los hijos de Casta tenía su misma cara.
Hay un acontecimiento en el saber popular de este pueblo soriano que esclarece algo aquellas sospechas. Tras la muerte de Bécquer, en diciembre de 1870, su viuda contrajo segundas nupcias con un desconocido, con un recaudador de contribuciones bastante mayor que ella. Cuentan que una noche de carnaval, cuando el matrimonio volvía a casa después de un baile de máscaras, se cruzó delante de ellos un enmascarado oculto entre andrajos y con una soberbia cornamenta sobre la cabeza, del pecho le colgaba un cartel que decía "Gustavo Adolfo". Sonó un disparo de revolver y en ese momento se desplomaba al suelo en las sombras de la noche el cuerpo muerto del nuevo marido de Casta. Quienes oyeron el disparo comenzaron a murmurar que el asesino había sido el Rubio. Creo que jamás se supo nada de aquella muerte ni nadie acusó a nadie de tan cobarde crimen, seguramente por miedo ante las reacciones violentas del matón.
Uno, que lejos de su ambiente geográfico habitual piensa en estas cosas dando un paseo por las calles en la mañana soleada de Noviercas, toma café en un bar cercano a la carretera, donde con la efigie del poeta colocada al lado del televisor, unos cuantos hombres entrados en edad juegan una partida de cartas animadamente.
El pueblo se encuentra situado sobre un alto. El respaldo de la iglesia sirve de mirador sobre la vega del Araviana, inmensa, que en lejanos tiempos dicen que dio pasto suficiente para mantener una cabaña de veinte mil ovejas, hoy campo de labor a modo de caldera limitada en la media distancia que, al menos para mí, es el mayor de los parques eólicos que existen en España, donde cientos de hélices giran sopladas por el viento, todas en la misma dirección, al mismo ritmo, para producir energía, no poesía. Intento imaginar lo que el poeta sevillano pensaría hoy acerca del paisaje aquel que tuve delante de los ojos, el más grande de nuestros líricos del siglo XIX, precisamente allí, sobre la tierra repleta de hierbas secas que yo pisé y que tantas veces él debió de pisar en los lentos atardeceres de aquel campo abierto a tierras de Aragón y de Castilla.
Sobre los cielos de Noviercas, cada madrugada y cada ocaso viaja suave, como a vuelo de golondrina, el espíritu doliente de un poeta que hizo suspirar a media España cuando en nuestro país la poesía ocupaba el honroso lugar que le pertenece, hoy injustificadamente olvidada: Quién, en fin, al otro día,/cuando el sol vuelva a brillar,/de que pasé por el mundo,/quién se acordará.

“Nueva Alcarria”, septiembre de 2003.
(En la fotografía: la casa de Noviercas donde vivió G.A.Bécquer)

jueves, 15 de julio de 2010

ALCALÁ DEL JÚCAR


Recuerdo haber tenido en mis manos en alguna ocasión un grueso volumen, enriquecido con estupendas fotografías en color, en el que, a criterio de su autor, aparecían los pueblos más bonitos de España: unos doscientos pueblos en total. Me sorprendió gratamente ver que una de las mejore fotografías de las que el libro contenía en su interior, había sido elegida para adornar su portada, algo así como si de todos los pueblos que integraban su contenido, fuera ese el caporal, el que pudiera servir como ningún otro para representar las bellezas de todos los demás, aunque aquellos fuesen el resto de los pueblos de España. No he conocido este pueblo hasta fechas recientes, y debo decir que no seré yo el que contradiga al autor del libro referido a la hora de opinar. Reconozco que sólo he visto una pequeña parte de los ocho o de los diez mil pueblos que se reparten entre las diferentes provincias de nuestro país, pero es posible que haya visitado un millar de ellos en distintas regiones, y de todos, te confieso amigo lector, que es éste el que más me ha impresionado, el más completo por cuanto a paisaje, a originalidad, a monumentalidad, a eso, en fin, que sólo la Naturaleza es capaz de conseguir en correcta colaboración con la mano del hombre.
Hablo de Alcalá del Júcar, un pueblo de la provincia de Albacete, recostado a la caída de un enorme peñascal de caliza, que ocupa el centro de un meandro dibujado por el cauce del río Júcar en su camino hacia el Mediterráneo. La profunda garganta de paredes verticales en cuyas márgenes se sostiene el pueblo, tengo la seguridad de que es única, si no en el mundo, si por lo menos de la península Ibérica. Las viviendas se internan dentro de la roca en las paredes de la hoz, y en lo más alto el castillo galano del Marqués de Villena, testigo de su particular historia. Es el paso del agua, quien en su continuo correr desde la tarde de la Creación se ha encargado de abrir las hoces y de cortar a cuchillo aquellos muros naturales a una y a la otra margen del río.

Se llega hasta Alcalá del Júcar por carreteras llanas, abiertas entre los viñedos del campo de la Manchuela. Se puede llegar desde la ciudad de Albacete por las Casas de Juan Núñez, o desde la Nacional III, como yo lo hice, apartándose en Minglanilla y siguiendo carretera adelante por Casas Ibáñez hasta la impresionante hondonada de Alcalá, a la que se desciende por una madeja de curvas que continúan hasta los cauces del río salvando la considerable altura que le separa de los altos, del barrio que llaman Las Eras, porque en tiempos ya idos, cuando el pueblo se desenvolvía por medios agrícolas, allí debieron de estar las eras para la trilla, un quehacer que no todos los que ahora viven allí, dedicados en buena parte a trabajos varios relacionados con el turismo, deben recordar siquiera.
El cerro al que abraza el río convirtiéndolo en una soberbia península de caliza se llama Alcarra, nombre impuesto por los árabes que durante años y siglos anduvieron por allí, y que traído a nuestro idioma quiere decir algo así como “Casa de Dios”, y del que probablemente se derive también el que lleva el pueblo: Al-kala, que a su vez significa “fortaleza”.
En el año 1986, veinte años atrás escasamente, la central holandesa Philips convocó un concurso de alcance universal con el fin de premiar a las ciudades y monumentos mejor iluminados de todo el mundo. Alcalá del júcar participó en dicho reto y obtuvo el tercer premio, superado únicamente por la torre Eiffel de París y por la Gran Mezquita de Estambul, lo que nos da idea de cómo puede ser ante los ojos del espectador cuando cierra la noche. Cuatro años antes, en el verano de 1982, el pueblo ya había sido declarado con el mejor criterio Conjunto Artístico-Histórico; título que avala suficientemente cuanto llevamos dicho, y lo que ha venido a ser durante las dos o tres últimas décadas en que las autoridades y muchos de los vecinos se dieron cuenta de que el futuro del pueblo se encontraba en saber colaborar, inteligentemente, con lo que ya había puesto la Naturaleza y enfocar su porvenir pensando en el turismo. Mas no siempre fue así, tal y como se desprende de lo que en 1850 dejó escrito don Pascual Madoz en su célebre Diccionario Geográfico-Estadístico, y que literalmente fu esto: «Las casas abiertas en su mayor parte en estos (peñascos) son lóbregas, sin desahogo ni ventilación, de donde proviene la fetidez que se nota en el pueblo y su insalubridad, pues son frecuentes las calenturas pútridas e intermitentes; las calles escalonadas, sin permitir un espacio que pueda servir de plaza, son resbaladizas, tortuosas e incómodas.»
Ha pasado un siglo y medio desde aquella visión romántica, pero que se me antoja muy real. El pueblo es hoy completamente distinto. Las casas serán casi todas las mismas, y así que siguen abiertas en el interior de la roca; sólo la fachada y algún espacio muy escaso dedicado a portal salen hasta las estrechas calles de lo que es la cueva, una cueva profunda en la que se van abriendo habitaciones a derecha e izquierda de un largo pasillo corredor; poca ventilación, como es fácil suponer, pero que sus moradores (medio millar escasamente en las tales viviendas) procuran resolver con extractores y con otros modernos medios.
Abajo, al otro lado del río y pegado a su orilla, se encuentran los restaurantes, la magnífica iglesia parroquial de San Andrés, el colegio público, las tiendas de recuerdos, el puente medieval que atraviesa el cauce, y hasta una playita artificial y un embarcadero puesto al servicio de quienes lo deseen usar y prefieran recorrer la mansa curva remando sobre las tranquilas aguas del río, y ver desde allí la otra cara del pueblo, la que cae vertical junto a la orilla, a cuyo murallón natural vienen a parar algunas de las cuevas después de atravesar de parte a parte la colina de roca.

Algunas de las cuevas, de claro origen árabe todas ellas (Masagó, Diablo, Garadén), han sido ampliadas y puestas al servicio de la explosión turística que trajeron los nuevos tiempos, y así nos encontramos con servicio de bar, discoteca, sala de exposiciones, o pequeño museo etnológico en el que se muestran enseres del pasado la mar de curiosos e interesantes.
A la Cueva del Diablo, que es la que pude visitar en las pocas horas que estuve allí, se puede pasar y verlo todo por un precio módico (tres euros por persona con derecho a consumición). Esta es una de las cuevas que atraviesan por una galería la montaña de parte a parte. Es fácil que si te pasas por allí te reciba en persona el mismo Diablo. El diablo de Alcalá del Júcar se llama Juan José Martínez García, personaje encantador que luce unos bigotes tersos, erguidos y descomunales, artífice y señor de todo lo que hay allí; un hombre que igual escribe versos que pica en el interior de la cueva hasta ampliarla y adaptarla a su gusto; un hombre que te abre las puertas del museo y luego se va. El museo contiene infinidad de piezas y de objetos extraños: un toro o un avestruz disecados, una vieja gramola, la pieza molar de un mamut, la cornamenta de un ciervo, la antigua máquina de proyectar películas. El museo ocupa completo el espacio de lo que en tiempos ya lejanos fue el cine local.

domingo, 27 de junio de 2010

CRIPTANA


"He llegado a Criptana hace dos horas; a lo lejos, desde la ventanilla del tren, yo miraba la ciudad blanca, enorme, asentada en una ladera, alumbrada por los resplandores rojos, sangrientos, del crepúsculo. Los molinos, en lo alto de la colina, movían lentamente sus aspas; la llanura bermeja, monótona, rasa, se extendía abajo".
(Azorín."La ruta de Don Quijote")


Criptana es por excelencia la ciudad manchega de los molinos de viento. Los molinos de viento son la enseña y distintivo de Criptana. No he podido saber cuál es en este instante el número exacto de molinos que hay en Criptana. He contado hasta doce, pero es probable que haya alguno más. El número de los molinos de viento que hay sobre la serrezuela de Criptana es algo que ha variado con el tiempo. En El Quijote se habla de "treinta o pocos más, desaforados gigantes, con quien hacer batalla"; hacia el año 1750, el Marqués de la Ensenada puso en catálogo treinta y cuatro molinos; cien años después, don Pascual Madoz contabilizó veintisiete; y otros cien años más tarde, es decir, hacia 1950, eran sólo tres los que quedaban, con estos nombres: Infante, Sardinero y Burleta. Se han restaurado algunos de ellos, ahora son doce o más los que alzan sus aspas en el Cerro de la Paz de Campo de Criptana, que los turistas prefieren como primer atractivo. Sardinero, Culebro, Lagarto, Pilón, Burleta, Infante, Poyatos, Quimera, Cariari, Inca Garcilaso, son los nombres de algunos de ellos, casi todos cumpliendo alguna misión específica pensando en el turismo, aparte de la meramente decorativa de la cual se beneficia el pueblo. El molino Culebro, por ejemplo, está dedicado a Museo de Sara Montiel, el Pilón es Museo del Vino; el Poyatos funciona como oficina de turismo, y el Inca Garcilaso sirve como Museo de Artesanía.
Las callejuelas que quedan al pie del altiplano en donde se airean los referidos monumentos a merced de las corrientes del aire, llevan casi todas ellas nombres de personajes saca¬dos de la inmortal obra de Cervantes. Campo de Criptana, tal y como lo hemos podido ver al andar por sus calles, es un re¬cuerdo continuo al autor del Quijote, que tiene por culmen la magnífica estatua en bronce que en su memoria colocaron en un lateral de la Plaza Mayor.
El pueblo se extiende hasta el llano ocupando casi todo él la suave ladera que baja desde los molinos hasta las vías del ferrocarril. El nombre de Campo de Criptana, del que siempre dude si era tal o era Criptana solamente, pareció ser el más acorde con el que referirse a un tiempo a los tres primitivos núcleos de población que lo integraron, a saber, Criptana, El Campo y Villajos.
Alguien me explicó en Criptana que durante largos años de la Baja Edad Media, sus tierras fueron campo de batalla entre cristianos y moros después de la conquista de Cuenca, circuns¬tancia que se agravó con la derrota de Alarcos, y así hasta la batalla de las Navas de Tolosa -todo bajo el reinado de Alfonso VIII de Castilla-, que trajo, entre otras consecuencias, el fin del dominio musulmán por aquellos contornos.
Pero Campo de Criptana es además uno de los pueblos más importantes de aquella provincia de Ciudad Real de pueblos grandes, y tanto o más sonoro que muchos de ellos, no sólo por su presencia en la literatura española de éste y de pasados siglos, sino más bien por lo que representa en el conjunto general de las tierras de la Mancha, y porque ha dado al mundo de la fama nombres tan reconocidos como el del músico Luis Cobos o la actriz Sara Montiel, quienes, además, y en un gesto que les honra, hacen honor a su patria chica siempre que llega la oportunidad de hacerlo.
Se ha dicho -y va de anécdota- que es tanto entre las gentes de Criptana su apego a la literatura, que mantienen como dogma de fe la creencia de que don Alonso Quijano existió como personaje de carne y hueso, y que era natural y vecino de aquellos pagos, y que fue en su tiempo uno más de los caballeros de la Hermandad de los Treinta Hidalgos que hubo en el pueblo hasta bien entrado el siglo XVIII. Son, nadie lo duda, reflejos de la importancia universal de la obra cervantina, que revolucionó las tierras de la Mancha y cuyo influjo no ha cesado, ni cesará probablemente en mucho tiempo, como prueba el que todos los pueblos, villas y aldeas de la comarca, se crean en el derecho de haber sido escenario de algún pasaje de El Quijote, sin otro argumento a veces que la buena intención, cuando no el deseo de favorecerse tomando parte de la llamada Ruta de Don Quijote, en la que todos quieren estar, siendo muy pocos, en cambio, los nombres que en el libro aparecen escritos por mano de Cervantes. Al autor se ha intentado repetidas veces regalarle alguna ciudad manchega como cuna, más por celo hacia la persona que universalizó sus tierras, que por el ruin deseo de apropiarse de lo que no le corresponde; lo que parece humanamente comprensible.
En la Plaza Mayor, haciendo ángulo con el renovado edificio del ayuntamiento, y junto al vistoso parque donde los más viejos del lugar pasan las horas muertas hablando de la cosecha de vid, se levanta la torre de la iglesia de la Asunción; dicen que la más alta de toda la provincia hasta que en el año treinta y seis fueron demolidas ambas, torre e iglesia, y con ellas su magnífico retablo mayor de Berruguete. Ha sido sustituida por otra con chapitel de pizarra, no menos galana, pero que se deja notar la falta de aquella primitiva, de cuyas formas góticas todavía guardan memoria los ancianos y las viejitas manchegas que en las calles de Criptana se sientan a la sombra de sus casas cada tarde viendo al mundo correr.
Campo de Criptana es un pueblo blanco, como ya lo era en tiempos de Azorín y como lo fue siempre. El color blanco refleja los rayos del sol y evita que el calor penetre a través de los muros. Campo de Criptana es tal vez el más blanco y decoroso de todos los pueblos de la Mancha. De cuando en cuando un fuerte azul prusia destaca sobre el blanco hiriente de las paredes distinguiendo una puerta, un rodapié, la franja estirada de un friso. Y no lejos, blanco también como el sueño de los ángeles, el santuario patronal de la Virgen de Criptana, ocupando otro altozano de generosa explanada, continuación quizá de la Sierra de los Molinos, desde donde se domina, hasta que la vista se pierde, la inmensa llanura manchega que limita, muy en la lejanía, la línea del horizonte sobre el mar de los campos.
(En la fotografía: Criptana. Cerro de la Paz)

miércoles, 16 de junio de 2010

SAN CLEMENTE



Muy cerca de los siete mil habitantes cuenta hoy como población de hecho la segunda en importancia de las villas que la provincia de Cuenca tiene en tierras de la Mancha. La primera sería Tarancón, según el censo. Una de las ciudades menos conocidas de nuestra región, ésta de San Clemente, y una, en cambio, de las que más tienen que decir, por lo que consideramos oportuno presentarla en este escaparate de papel de prensa que, con una periodicidad indeterminada, traemos a nuestros lectores en esta sección de andar y ver por las tierras de nuestro contorno, ordinariamente provincial, y regional de manera extraordinaria como es el caso que hoy nos ocupa.
Los modernos medios de transportes son rápidos y cómodos, de ahí que procuremos ampliar, también en la distancia, las rutas de lo que consideramos nuestro. Castilla-La Mancha es una comunidad autónoma consolidada, y buena cosa es que hagamos lo posible, cada cual en lo que esté de su parte, por conocerla y, si se cuenta con medios, también por darla a conocer.
El río Rus, manchego de nombre y de condición -¡Voto a Rus!, dice Sancho alguna vez en El Quijote- es parte de la vida de San Clemente y, desde luego, enseña de su origen, de su manera de estar, incluso de sus devociones más arraigadas como veremos después.
Hubo autores de la importante cantera de historiadores conquenses que dejaron en sus escritos al referirse a esta villa manchega -Fermín Caballero y Torres Mena entre ellos- noticia de una lápida antiquísima, desaparecida quizás a consecuencia de las guerras, en la que se podía leer. "Aquí yace el honrado caballero Clemente Pérez de Rus, el primer hombre que hizo casa en este lugar e le puso el nombre de San Clemente. Falleció en la era del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, mil y ciento treinta y seis años". Siglo XII, como puede verse, y Clemente de nombre su fundador que puso al recién creado caserío el del santo de su onomástica. Nada queda de aquel primitivo caserío en la villa actual, pues lo más antiguo que subsiste como monumento, quiero recordar que la que allí dicen la Torre Vieja, antigua, señorial y almenada, que es probable se construyera en la primera mitad del siglo XV, siendo rey de Castilla Juan II y señor de aquellas tierras don Juan pacheco, Marqués de Villena, quien consiguió para San Clemente el título de villa en el año 1445.
Pero es, sobre todo, la ciudad tal y como ahora la vemos lo que en este momento nos interesa. El San Clemente con el que dio comienzo el siglo XXI es una ciudad próspera, cuyos recursos son especialmente destacables para el vivir diario de sus habitantes los que se derivan de la agricultura, sobre todo del cultivo y explotación de la vid, del ganado, del comercio y de los servicios. Fue, y todavía lo sigue siendo, cabecera de partido judicial y capitalidad de una comarca extensa, lo que se deja sentir de manera especial en el comercio. Una de sus calles céntrica, la calle Boteros, peatonal, tiene a derecha e izquierda establecimientos comerciales de todo tipo ocupándola en toda su longitud. En el extrarradio son varias las factorías y cooperati­vas que existen en pleno funcionamiento, de las que se surten a lo largo del año, casi sin excepción, todos los pueblos de la comarca, especialmente por cuanto se refiere a la fabricación y elaboración de vino, productos alimenticios, y talleres mecánicos orientados a la venta, tratamiento y reparación de maquinaria agrícola. En los hoteles, mesones y restaurantes de San Clemente, como en casi todos los de la tierra manchega, a uno le pueden servir a la hora de comer, si así lo desea, lo más selecto de la cocina tradicional de aquellas tierras, a saber: morteruelo, atascaburras de bacalao, migas ruleras, gazpacho y pisto manchego, además de cualquier plato de la cocina nacional propio de otras regiones, y como detalle de su exquisita repostería, la famosa tarta de las monjas clarisas; productos todos ellos con cierta reminiscencia quijotesca, sabrosos, fuertes y atrevidos, como lo es por lo general la cocina manchega, tal vez la más conocida a nivel internacional de todas las cocinas españolas debido, claro está, a la universal obra de Cervantes.
Dignos de ser visitados en San Clemente son, entre algunos más, el edificio del Ayuntamiento, obra renacentista del siglo XVI, con dos plantas y dos series superpuestas de siete arcos cada una, y escudo real como remate en el centro; la iglesia parroquial de Santiago; la iglesia de la Compañía de Jesús; el Pósito, con el majestuoso, aunque mal llamado, "arco romano", pues data del siglo XVII; la ermita de la Cruz Cerrada, el convento de Trinitarias, el palacio del Marqués de Valdeguerrero, la antigua Audiencia Real... Todo un amplísimo escaparate de documentos en piedra que hablan del pasado esplendoroso de la villa y de las muchas familias de apellido ilustre que vivieron en ella.
Y así, traída a colación la nobleza sanclementina de otros siglos, es éste el momento de recordar a nuestros lectores en tierras de la Alcarria que, miembro de una de aquellas familias con tinte de nobleza, en concreto de la casa de los Quiroga, nació en San Clemente el 27 de abril de 1811 Lolita Quiroga Capopardo, en religión Sor Patrocinio, la venerable "Monja de las llagas", quien, después de una vida activa al servicio de Dios y de su Orden, encontró la muerte en Guadalajara a la edad de ochenta años, y aquí en nuestra ciudad, en una capilla lateral de la iglesia de las Concepcionistas Franciscanas (Iglesia del Carmen), reposan sus restos esperando la hora final al toque de trompeta.
A ocho kilómetros de distancia desde San Clemente se encuentra en pleno campo manchego el santuario de la Virgen de Rus, centro principal de devoción mariana para aquella comarca que la venera por patrona. Existe la costumbre de llevar a hombros hasta San Clemente a la imagen de la Patrona el domingo de Pentecostés, para ser devuelta a su santuario cuarenta días más tarde. Los cuatro banzos de subastan en el ayuntamiento, previo anuncio, y la puja sube a cifras que sobrepasan el millón y los dos millones de pesetas. Se forman grupos de veinticuatro banceros que se van turnando de cuatro en cuatro a lo largo del recorrido. Durante el resto del año, el santuario de Rus y las praderas de sus alrededores, son lugar de esparcimiento para las gentes de la comarca que acuden hasta allí con cierta frecuencia.
Ni qué decir que, como nota final a este haz de renglones escritos sobre la marcha, el deseo de quien lo dice es invitarles a visitar la Mancha del Rus, pieza importante en el puzle de nuestra región, y de paso invitarles sobre todo a que conozcan San Clemente, una villa del Siglo de Oro, enseña y capitalidad de todas aquellas tierras.

(En la fotografía, Plaza Mayor y Ayuntamiento de San Clemente)

martes, 8 de junio de 2010

MANZANARES EL REAL



Como una consecuencia del turismo por aquellas sierras, el pueblo de Manzanares el Real en tierras de Madrid, antes Real de Manzanares, es hoy muy diferente al que pintan las estadísticas y los tratados de geografía humana anteriores a la década de los años sesenta: «un pueblecito pobre a la sombra de un castillo suntuoso, que nos devuelve a la memoria el ilustre nombre medieval de los Mendoza». Como una consecuencia del turismo, habrá que repetir, el pueblo de Manzanares, a la vera del río del que tomó nombre, se ha convertido -más aún durante las jornadas calurosas del verano que obligan al público a huir de la ciudad- en un hervidero de gentes que suben hasta las peñas graníticas del alto cauce para gozar por muy poco dinero del regalo natural de aquellos contornos, gentes de humilde condición muchas de ellas, a las que su economía apenas les permite desplazarse unos cuantos kilómetros de la capital para regresar a casa cuando pinta la anochecida. Yo he visto, en una de esas tardes soleadas del mes de agosto, a los bañistas ocupar las sendas de tierra que se abren como serpentinas entre los berruecos; esconderse a la sombra de los árboles que hay a la orilla del alto Manzanares; librase del sol de las seis zambullidos en las aguas claras del río; hacer una escapada de cuando en cuando hasta los chiringuitos en sombra a tomar un refresco revitalizador con la espalda pelada por el sol. Arriba, los peñascos abruptos, desgastados por la erosión -todo el cerro son peñas-, de la Pedriza, el regalo providencial y único de aquellos alrededores, con los altos del Yelmo y del Mirador dibujando la cumbre; una montaña de granito albo que pone ante los ojos del viajero uno de los paisajes más originales y bravíos que haya podido dar al suelo de España la madre Naturale­za, tan dispar y variopinta en tierras de Castilla.
Son muy antiguos en su origen todos estos pueblos del antiguo condado. Lo dicen los restos arqueológicos encontrados en algunas de sus cuevas (Los Alcores, La Lobera, Peña Rubia). Manzanares, el pueblo, se remonta como lugar habitado con entidad propia a los turbios años de la repoblación, al período medieval del que tanto se ha dicho y del que tan poco se sabe de manera fidedigna y documentada. Parece ser que fueron gentes de distintas procedencias sus primeros pobladores: segovianos, familias enteras de las sierras de Soria, navarros y musulmanes de las riberas del Darro entre otros, los que se instalaron por primera vez bajo aquellos impresionantes roqueda­les de junto al río de manera permanente. Alfonso X, el rey Sabio de Castilla, incorporó aquellas tierras a la corona; y, tras haber sido objeto de largos pleitos entre segovianos y madrileños, en los que hubo de mediar la realeza, el rey Juan I las donó en 1383 a don Pedro González de Mendoza, aquel que años más tarde le salvaría la vida en Aljubarrota a costa de la suya, y cuyo comportamiento heroico recogió el romance:

El caballo vos han muerto;
sobid, Rey, en mi caballo...
El advenimiento de los Mendoza supuso una consideración de privilegio para esta villa cabecera. En ella se instalaron durante largas temporadas el Almirante de Castilla don Diego Hurtado de Mendoza y su hijo don Iñigo, primera Marqués de Santillana y primer Conde del Real de Manzanares, quienes habitaron en el antiguo castillo, o Castillo Viejo, nombre con el que el pueblo reconoce las ruinas que todavía quedan al otro lado del río, cuyas piedras en buena parte se emplearon más tarde en la construcción del nuevo, del Castillo de Manzanares que ahora vemos, de la augusta fortaleza y palacio que engalana aquellas vertientes del paisaje serrano, y que mandó levantar de nueva planta otro don Diego, el primer duque del Infantado, hijo del autor de las Serranillas, y que se encargaría de concluir su hijo don Iñigo. Como el Palacio del Infantado de Guadalajara y la iglesia convento de San Juan de los Reyes de Toledo, el castillo de Manzanares es obra de Juan Guas, y está labrado igual que aquellos en el llamado "estilo Isabel", una variante con sello mendocino del arte renacentista, del que aquella noble familia fue mecenas e impulsora.
Hasta hoy, y de un modo muy especial durante los últimos años, el castillo de Manzanares ha sido objeto de profundas transformaciones; la última es de hace poco más de veinte años, dirigida por el arquitecto González Valcárcel, que separó con vistas a su posterior utilización el patio interior y algunas de sus torres. En los salones, cuidando escrupulosamente el estilo original del edificio, se desarrollan actos culturales del más variado cariz; dentro de él tienen lugar congresos, y están dotados de los más modernos adelantos de la tecnología, como pudieran ser los equipos de traducción simultanea, por sólo poner un ejemplo. Varios de sus muros aparecen revestidos con artísti­cos tapices del siglo XVII, que el viajero puede visitar libremente en horarios al efecto, tanto de mañana como de tarde. En la moderna historia del pueblo cuentan como fecha memorable la del 25 de junio de 1981, día en el que dentro de los muros del castillo se dio comienzo al proceso autonómico de la Comunidad de Madrid.
Pero en Manzanares el Real hay muchos más motivos que reclaman una visita. Aparte del paisaje pétreo, incomparable, de La Pedriza, y del señorial castillo de los Mendoza, merecen ser considerados según su valor e interés la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, obra de las primeras décadas del XVI con detalles anteriores, en donde concurren los tres estilos más característicos de la antigüedad clásica posmedieval: una nave románica, gótico el presbiterio, y renacentista el pórtico acolumnado.
El pantano Marqués de Santillana, azulado y limpio como corresponde a las aguas destinadas al consumo humano, ocupa a la entrada del pueblo las tierras llanas que en otro tiempo pudieron ser huerta o pastizal. En torno al castillo y a la iglesia de Las Nieves puede verse, creo que tan sólo una muestra, del Manzanares de hace más de medio siglo, del pueblo de pastores y gentes del campo que lo habitaron tras la desaparición definitiva del influjo mendocino, hasta le impulso turístico de los últimos treinta años. Al recorrer las calles del nuevo Manzanares, uno se encuentra con nombres acordes con su interés cultural; calles dedicadas a pintores famosos: Calle Goya, Velázquez, Zurbarán, El Greco, Fortuny; a investigadores y hombres de ciencia: Calle Ramón y Cajal, Juan de la cierva, Severo Ochoa, Leonardo da Vinci; de fauna familiar por aquellas sierras: Calle del Aguila, del Ruiseñor, de la Golondrina, Avenida del Gato...; una muestra, al fin, de esta ciudadela amarrada con fuerza a la raíz de Castilla, y que ha sabido girar -circunstancia obliga- en ángulo abierto según vinieron soplando por aquellos lugares los vientos de la modernidad.
"Nueva Alcarria", 28 de noviembre de 1997

(En la imagen, vista lateral del castillo de Manzanares)