viernes, 5 de noviembre de 2010

ALARCÓN


Recuerdo cómo hace bastantes años, siendo todavía un adolescente, tuve ocasión de conocer por primera vez la vieja villa de Alarcón en la provincia de Cuenca, por entonces más vieja que nunca. Casi todos sus monumentos se sostenían en pie con la ruina como amenaza, y su futuro se vislumbraba oscurecido a corto plazo. Fue por entonces cuando César González Ruano, tan conocedor y tan amigo de estas tierras, publicó un artículo conmovedor en defensa de esta estrella del Renacimiento llamada a desaparecer, si antes no se le ponía remedio. “Nueva York arruinado -argumentaba en su artículo- podría reconstruirse; Alarcón, por ejemplo, en ruinas, es una pérdida definitiva que ningún presupuesto humano puede levantar.”
El artículo del recordado periodista, pudo tener su importancia en aquel momento crítico para el futuro del pueblo; pues muy pronto se comenzó a restaurar su castillo con un fin muy concreto: convertirlo en Parador Nacional de Turismo. Y una vez comenzada la cadena, con uno u otro propósito se fueron arreglando iglesias, pavimentando calles, y aportando un importante soplo de vida nueva al pueblo de labradores, que cambió de aspecto y de porvenir en un espacio de tiempo relativamente corto; hoy, aquel pueblo de la Manchuela conquense ha visto centrado su futuro en el turismo de manera exclusiva, con el apoyo de los muchos residuos de su pasado y por la belleza natural de su entorno, ambos con un interés excepcional.
A pesar de todo, y aunque la sangre arterial que trajo nueva vida libró al pueblo de una ruina más o menos previsible, con esta villa de Alarcón , como con tantas más de la dormilona geografía castellana, hemos sido injustos. Poco a poco, comenzando por los propios conquenses y por los habitantes de las provincias vecinas, la gente va tomando la costumbre de acercarse por allí en grupos reducidos, pero continuos. De tarde en tarde, los lugareños ven cómo un autobús, ocupado por estudiantes o por turistas, se estaciona a la sombra de cualquiera de sus torres o junto a los viejos muros de alguna de sus iglesias.

Uno de los más sonoros conjuntos monumentales que los castellanos tenemos a nuestro alcance, y por extraña paradoja uno de los lugares menos conocidos de las tierras de Cuenca, es por derecho y merecimiento la enriscada villa de Alarcón, el de las “Siete Torres”, el que después de su posterior adecentamiento por el que se sustrajo de la ruina hace medio siglo, se ha convertido en un soberbio escaparate cultural y paisajístico, en donde sobresalen, galanas y severas, victoriosas sobre las lluvias y los vientos de varios siglos, las almenas de sus torreones, las espadañas de sus iglesias rizando el azul turquí en los serenos atardeceres del cielo de la última Mancha, mientras que el Júcar, el río de las aguas verdes que baja desde la sierra, lo abraza en apasionada contorsión, como un engarce magnífico en torno a una piedra preciosa de proporciones extraordinarias, que la Naturaleza tuvo a bien sacar a la claridad del día en la tarde de la creación del mundo, y que la Historia se encargó de ir puliendo en una labor callada, perseverante, estupenda.
Hubo de ser fundada esta villa por los árabes con el nombre de Al-Arkon (atalaya), lo que deja sin valor aquella otra antigua teoría que aseguraba haber sido un hijo de Alarico, el rey visigodo, quien la mandó levantar en honor de su padre, y que su denominación primera fue la de Alaricón, del cual derivaría el nombre que ahora tiene.
Pocas ciudades viejas, y pocas villas con su pasado envuelto en la leyenda, merecen tanta atención y tanto respeto como esta que ahora nos ocupa. Sobre el tremendo roquedal que trenza el Júcar en su cauce medio, se ofrece al viajero en lo más alto la antigua fortaleza del marqués de Villena, el castillo que consiguió reconquistar para el rey Alfonso VIII el bravo caballero don Fernán Martínez de Zeballos, escalando -dicen- la torre del homenaje, valiéndose de dos puñales que iba introduciendo para avanzar entre las juntas de la piedra. La fortaleza, que si antes sirvió de parapeto y de punto de mira cuando las luchas entre cristianos y moros, hoy es un remanso de calma y de sosiego, convertida en lujos parador sobre el arco natural de las aguas del río donde todo es hermoso.
Alarcón se estira como a caballo sobre la loma a la vera del Júcar, desde la Plaza del Infante don Juan Manuel, que es la plaza del pueblo, hasta los muros del castillo. Aquí y allá, siguiendo las aceras de las calles, aparecen los lujosos blasones de familias alistadas en la nómina de la alta nobleza castellana, torres y pequeñas fortificaciones estratégicas que fueron algo y hoy se yerguen, piedra sobre piedra, para hacer más singular el paisaje.

Cualquiera de las cinco iglesias que tuvo Alarcón: Santa María del Campo, San Juan Bautista, la Trinidad, Santo Domingo de Silos, y Santiago, regalan al recién llegado con algún detalle especial que las distingue, con algún motivo de asombro que siempre será razón para detenerse al menos delante de sus fachadas. En la de Santo Domingo se conserva una bella portada tardorrománica y una torre de finales del XVI. La iglesia de San Juan Bautista, que ocupa todo un lateral de la plaza del Infante don Juan Manuel, está restaurada con meticulosidad y tiene por asiento el mismo solar que en tiempo anterior a ella ocupó otra románica de la que nada queda; en su interior se consumó hace algunos años un proyecto en apariencia increíble: la pintura mural de mil metros cuadros de superficie (incluidos todos los muros laterales y la techumbre) obra del joven pintor conquense Jesús C. Mateo, según las tendencias pictóricas de finales del siglo XX, y que sin duda es uno más de los alicientes con los que cuenta cualquier turista para visitar la villa. La iglesia de la Trinidad ofrece a quienes a ella se acercan el impacto primero de su portada plateresca, en donde aparecen, bastante desgastados por cierto, los escudos del obispo Ramírez de Villaescusa y del marqués de Villena. Y luego la de Santa María del Campo, la parroquial, la más interesante de todas por el momento, la de la portada de piedra en filigrana bajo arco de Esteban Jamete, y el retablo manierista que luce en su interior, obra del mismo artista, vecino de la ciudad del Júcar en el siglo XVI, cuyo recuerdo queda patente en Garcimuñoz, en la catedral de Cuenca con su famoso “arco”, y en esta noble villa de las riberas del Júcar.
Han sido el turismo y el renaciente interés por el arte los que hicieron el milagro imposible de resucitar Alarcón y ponerlo en marcha para otra nueva andadura, remoto espejismo de aquel de la posguerra que pude conocer cuando todavía era un niño, y que en 1944 describía el académico don Luis Martínez Kleiser, en crónicas cuyas ajustadas palabras parecían desmoronarse como las piedras de Alarcón, como la vieja sillería de sus siete torres.
No cuenta esta villa como una más de las históricas por conocer en los planes de viaje para las gentes de nuestra provincia, y que son varias; pero es otra perlita -lo puedo asegurar- de las muchas que adornan la región en la que vivimos y que, por tanto, también son nuestras. La invitación a nuestros lectores para conocer Alarcón queda hecha. Sólo es cuestión de un poco de ánimo, de fijar una fecha, y de emprender el viaje. Así de sencillo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

ROA DE DUERO


A nadie debe extrañar que Roa, la Rauda de los celtíbe­ros, fuese conocida por gentes nómadas desde la más remota antigüedad. El altiplano que ocupa la villa, balconada de cara al río Duero al cabo de una vertiente que aun en automó­vil cuesta trabajo subir, fue de gran servicio para la autodefensa de tantas tribus primitivas que de continuo se veían amenazadas por otros pueblos o por huestes viajeras que con frecuen­cia atravesaban la Meseta por aquellos fecundos valles, cuyas tierras planas, ahora sembradas de cereal, de viñedo o de forraje, han sido centro de codicias durante siglos y siglos desde la Edad del Hierro, tiempo aquel del que todavía quedan restos como para que los arqueólogos intenten ajustar cabos en el sensible cañamazo sobre el que se ha de tejer el cómo y el porqué de nuestras raíces como pueblo de Occidente, que más tarde, muchos siglos después, daría lugar a esta raza caste­llana nuestra, con sangre de infinitas etnias, y con una cultura que fue tomando cuerpo en la coctelera de la historia a partir de Túbal, el hijo de Jafet y nieto de Noe, a quien tantos historiadores han señalado como el primer hombre, que escapado de la Biblia, pisó en nuestro suelo no mucho después del Diluvio Universal.
Dicen los eruditos que fueron los vacceos el primero de los pueblos de la antigüedad que asentó por los para­jes de la vega media del Duero, que tomarían aquel poyal como atalaya ventajosa para la guerra cuerpo a cuerpo, y, desde luego, como enclave insustituible para el ataque cuando la artillería, ya desde su etapa más rudimentaria, comenzó a contar como el recurso de mayor utilidad en los enfrentamientos bélicos de la Edad Moderna, pongamos media docena de siglos atrás en el cómputo del tiempo a partir de hoy. En el ahora apacible Paseo del Espolón, en la villa de Roa de Duero, mirando a la vega, hay una enorme bombarda de a principios del XV que nos lleva a refrescar la memoria.
Roa, más conocida hoy como sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen de los buenos vinos de la Ribera del Duero, es ante todo historia. Muy cerca de allí, en Castrillo de Duero, nació en 1775 Juan Martín Díez, El Empecinado, y allí lo vieron matar sus paisanos en la "ominio­sa década", después de haberlo torturado cruelmente como si de una fiera salvaje se tratara, metido en una jaula de hierro. Allí fue a morir en 1517, marcado por la edad, y agotado por el cansan­cio y por la res­ponsabilidad del mando como regente, el carde­nal Jiménez de Cisneros, cuando viajaba a lomos de una mula hacia los puertos de mar del norte de España, donde pensaba recibir en buena hora y descargar el peso de la regencia sobre Carlos I, el rey adolescente con la cabeza llena de pajaritos por entonces, luego poderoso emperador y hábil monarca de las Españas, al que no llegó a conocer siquiera. Allí murió un hijo de Fernando III el Santo, que según se ha escri­to no fue un ejemplo de virtud, precisamente. Y allí se lucen, sobre las fachadas de los más destacados edificios, los escudos nobilia­rios de tantas familias con apellidos de noble resonancia en toda la comarca burgalesa: los Velasco, de la Cueva, Zúñiga Avellaneda, conde de Miranda del Castañar, ante cuyos nombres entran ganas de descubrirse, cuánto más ante sus emblemas. Cosas de la gloria efímera, que el soplo de la vida se acaba por llevar, dejando señal de permanente en los epita­fios de sus tumbas y en los escudos murales -auténticas mara­villas, por cierto, algunos de ellos- como los que allí pueden verse, reflejando el sol de la mañana, en la fachada principal de la excolegiata de Santa María, y que corresponden a los apellidos de la Cueva y Velasco, sostenidos por dos salvajes que pisan cabezas de esclavos.
Es difícil no recordar a quienes han estado en Roa la fachada de su iglesia de Santa María, obra de transición, de extraordi­naria belleza, donde los mejores detalles ornamentales y arquitectóni­cos del Renacimiento tardío castellano quedan patentes. En el interior conservan capillas, historiadas y ricas en verjas del XVI, como la de los Burgos y la de los señores condes de Siruela, sin pasar por alto la imaginería de la misma época, excepcional­mente representada por una Trinidad de autor anónimo y por un altorrelieve policromo del XV, obra magnífica de Diego de Siloé.
Era día de mercado y la Plaza Mayor se encontraba plagada de tenderetes y de expositores de productos a la venta, de gentes de la comarca y del propio Roa que habían acudido al coso a comprar a eso de la media mañana para no quedar mal con la diosa costumbre. En otro de los laterales de la plaza, haciendo ángulo con la fachada principal de la iglesia de Santa María, queda el edificio del ayuntamiento, donde un guardia municipal y dos señoritas empleadas atienden con prontitud al público de manera amable, dato a destacar por no ser en otros lugares demasiado frecuente. Y luego a ver el pueblo; un pueblo al que también se le reconoce como experto por tradición en el cultivo de su vega, como destilador de alcoholes y como productor o fabricante benemérito de pastas para sopa.
Entre la fronda de un jardinillo anexo a la plaza de toros, allí donde los raudenses llaman la Cava, está el monu­mento en bronce con el que el pueblo recuerda a perpetuidad al más conocido de sus personajes históricos, El Empecinado. Aparece de cuerpo entero, y tiene sujeta con cadenas entre las piernas la silue­ta recortada del mapa de España, por cuya libertad contra la atadura del emperador francés Napoleón, peleó en guerrillas tantas veces y dio su vida en 1825, odiado, azotado y escupido, como perro rabioso.
Casi al otro extremo de la localidad, bien cruzando por la Plaza Mayor o por la calle comercial de Santo Domingo, en el ya dicho Paseo del Espolón -muy semejante en estructura a los paseos marítimos de las ciudades costeras del Mediterrá­neo, pero dando vistas, no al mar, sino al río Duero, que baja escoltado por frondosas alamedas, y a la vega fertilísima que llega hasta la ciudad de Aranda, todo en línea recta-, queda un tanto disimulada bajo las plataneras la efigie de Cisneros, un busto de bronce sobre alto pedestal que en 1995 le dedica­ron los Amigos de la Historia de Roa, y que uno piensa que no es para menos. Allá, lejos, rayando el horizonte, se deja ver sobre la colina gris la silueta de un castillo famoso: el de Peñafiel por tierras de Valladolid, que abre en los ánimos hoy cansados del caminante el deseo de perderse algún día por allí, quizás no demasiado tarde.
Los productos propios del lugar: el queso de oveja, los asados de cabrito y de cordero tan famosos, no sólo allí sino en toda la comarca, los exquisitos vinos de la Vega del Duero, el blanco pan de sus trigales, son materia de especialización gastronómica, a los que uno tan sólo se atreve a calificar de excelentes.
((Monumento a "El Empecinado" en Roa de Duero)

viernes, 15 de octubre de 2010

SACEDÓN EN LA ALCARRIA DE LOS PANTANOS



Hoy traemos a nuestra sección semanal un lugar de la provincia con nombre especialmente conocido. Una de esa media docena de villas de Guadalajara que suenan en todas partes. En el singular carácter de Sacedón ha tenido mucho que ver su cercanía al río Tajo, y la realidad de sus manantiales que el tiempo ha dado en convertir en leyenda, con la Casa Real como protagonista en algún momento de su pasado. Sacedón es un lugar de origen impreciso y con una bien marcada personalidad entre los pueblos y villas de la Alcarria. Hay mucho que ver y mucho que contar acerca de Sacedón, de lo que en el presente reportaje apenas se da breve noticia.

He llegado a Sacedón de buena mañana. Cualquier momento es bueno para entrar en Sacedón; pero las diez de la mañana es una hora óptima. El primer sol del otoño ilumina a toda luz los campos de la Alcarria, y las barcas de los últimos veraneantes se advierten en la cercana distancia flotando sobre el remanso del pantano.
En la cafetería Angui andan sirviendo chocolate con churros a los últimos clientes de la mañana. Siempre que viajo por estos llanos ribereños suelo pararme a tomar el chocolate con churros en la cafetería de Ángel, un establecimiento reconocido en Sacedón con un aspecto que en mucho recuerda a los viejos casinos castellanos de los que, pienso que por desgracia, quedan tan pocos.
Thermida parece que pudo ser su primer nombre que tuvo como lugar habitado por el hombre. El emperador Carlos I concedió a Sacedón en 1553 el título de villazgo. Por Sacedón de los Baños fue conocido después durante mucho tiempo, y muy bien por Sacedón de las Aguas podríamos conocerlo ahora también, en periodo de abundancia, cuando el embalse viene a estar lleno prácticamente hasta la mitad de lo que es capaz.
Son muchas y muy diversas las características que distinguen a éste del resto de los pueblos de la provincia de Guadalajara, incluidos los de la propia Alcarria. El agua, qué duda cabe, ha sido una de ellas a lo largo de toda su historia, quizás la más sobresaliente; pero además hay que añadir a esta villa su condición de cabecera de la comarca, su papel en determinados momentos de la historia, sus tradiciones y sus leyendas; datos que nunca deben faltar en el perfil de cualquier villa o ciudad castellana que se precie.
Sacedón hace largo rato que acabó de despertar. Se han abierto las tiendas, y los despachos y oficinas de carácter oficial han empezado a prestar sus primeros servicios a la gente de la comarca. Se nota cómo poco a poco y dadas las fechas en las que nos encontramos, el pueblo se ha ido despidiendo del ajetreo propio del verano y entrando, digamos, en la vida normal. Ese carácter tan peculiar de villa porteña, que durante dos o tres meses cada año -siempre que las aguas del pantano lo hacen posible- destila el vivir diario de Sacedón, se va desvaneciendo a medida que el verano desaparece, devolviéndolo de nuevo a su verdadero ser, sin que por ello pierda ni una sola prerrogativa de las que hablábamos antes.

Antes de entrar en la plaza, e iniciar de hecho un paseo matinal por las calles de Sacedón, que es al fin para lo que he venido, me detengo un instante frente a la mítica estatua de la Mariblanca, perpetuo memorial de la Isabela, que los sacedoneros de tiempo atrás hicieron muy bien, antes de que fuera tarde, en salvar de la voracidad de las aguas y dejarla como enseña en uno de los lugares más céntricos de la villa. La Mariblanca es una escultura de mármol blanco, visiblemente maltratada por el paso del tiempo, que cuenta como principal mérito el del lugar de su procedencia. Se sabe que fue a manera de capricho personal del rey Fernando VII, que quiso presidiera desde su pedestal la fuente más importante del Real Sitio.
En la Isabela, a una hora de camino a pie desde Sacedón y ahora bajo las aguas del pantano de Buendía, mandó construir Fernando VII, como en un intento último para que su segunda esposa Isabel de Braganza, cuyo nombre le dio, fuese capaz de concebir al hijo deseado, al amparo de sus aguas casi milagrosas; pues ya se sabía que siglos atrás habían curado de reumas al Gran Capitán, y de otras enfermedades a distintos personajes conocidos de todos; pero que en la reina -¡vaya por Dios! -no surgieron ningún efecto; como tampoco las famosas del Solán de Cabras lo harían después en la persona de su tercera mujer, la reina Josefa Amalia de Sajonia, a quien luego de construirle un nuevo palacio y de bañarse en sus aguas, salió como había entrado, sin el menor indicio de poder ser madre, aunque eso sí, con un cuadernillo de versos escritos, bastante malos por cierto, que le inspiraron los aires de la Serranía de Cuenca, el contacto directo con tan bello espectáculo natural y haber bebido durante una larga temporada de las aguas más delicadas de Europa.

El edificio del ayuntamiento, banderas al aire en su balcón al fondo de la Plaza Mayor, o de la Constitución, algunos establecimientos de servicio a un lado y al otro, distribuidos así mismo por las inmediaciones en las calles cercanas, y la portada renacentista de la iglesia de la Asunción, cerrada a esta hora, forman el centro vital más importante de la villa.
Y a partir de allí las calles y las plazuelas que completan el urbanismo de Sacedón a todo lo largo y ancho: Calle Mayor, Calle de la Fuente, del Olmillo, Calle de Isaac Peral, Plaza de Colón… Caigo al final frente a la fachada dieciochesca de la ermita o pequeña iglesia de la Cara de Dios. Las formas oscurecidas de la piedra se rematan en un airoso campanil con doble vano orientado al mediodía. Es esta una ermita muy cuidada, de cargada ornamentación interior, cúpula en hemisferio al gusto rococó y en el ábside, entre los dorados de un oportuno retablillo, se alcanza a ver una pintura mural de la Santa Faz. Se trata de la venerada imagen de la Cara de Dios, Patrona de la villa, cuyo origen y devoción popular tienen como base un acontecimiento insólito ocurrido en aquel mismo lugar, y que resumido pudo ser así:
Cuenta la tradición que fue aquí donde, el 29 de agosto de 1689, un catalán llamado Juan de Dios, refugiado a la sazón entre los pobres que solían acudir a diario al hospitalillo de Nuestra Señora de Gracia, es­tampó en actitud blasfema la punta de su puñal contra la pared al verse burlado por la joven Inés que, según se dijo, llevaba seducida. Al des­clavar el puñal a la mañana siguiente, se descascarilló la placa del ye­so que cubría la pared, apareciendo milagrosamente la imagen del Santo Rostro con la señal del acero hendida sobre la sien derecha. La actual iglesia de la Cara de Dios se levantó más tarde a raíz de aquel memora­ble suceso, y en ella recibió durante más de dos siglos el fervor y el cariño de los hijos de Sacedón la milagrosa imagen, hasta que en 1936 fue destruida a tiros de fusil.

El carácter eminentemente alcarreño en usos y costumbres de los habitantes de Sacedón, queda de manifiesto en su arraigada afición a los toros desde tiempos muy antiguos. Se habla del siglo XVII cuando ya en el pueblo pudo darse algún, o algunos, espectáculos taurinos, a manera de preámbulo de lo que la Fiesta Nacional -ahora tan amenazada en un determinado sector de la nación española- llegaría a ser en el futuro. Esto lo pienso al pasar junto a su centenaria plaza de toros, inaugurada en el año 1906: todo un memorial de tardes célebres que cuentan con sitio propio y muy destacado en la historia de la villa. Y así es comprensible que todavía se recuerde entre muchos los aficionados de toda la comarca la presencia en esta plaza de figuras de tanto peso en el planeta de los toros como la del alcarreño Saleri II, que actuó como matador en el año 1920, o las de Luís Miguel Dominguín, Antoñete, Antonio Bienvenida, y toda una amplia nómina de figuras que, con sóla su presencia, honraron a esta coso y a esta afición en temporadas memorables del pasado siglo; y como más reciente, la alternativa de otro importante diestro de la Alcarria, Sánchez Vara, tomada en esta plaza con Luís Francisco Esplá como matador donante y El Fandi como testigo del acontecimiento. Esto ocurrió en la tarde del 30 de agosto del año 2000.

Puedes imaginarte, lector amigo, que no es sólo esto, ni siquiera tal vez lo más importante que puedes encontrar en Sacedón si no lo conoces y algún día te decides a venir hasta él. Durante este tiempo, y desde hace algunos meses a hoy, quizás sea el agua del embalse, la ancha superficie azul punteada de barcas, lo que más te llame la atención en tu visita. La llegada de las aguas cambió, creo yo, la manera de ser y de vivir de este antiguo pueblo de labradores. Hoy, sigo creyendo, en Sacedón se vive de manera diferente; si bien, la esencia, el poso de los años y de los siglos, cargado de tantas pinceladas como le dejó el correr del tiempo, lo sigue conservando de manera bien visible.
Es mucho más lo que se puede ver y, desde luego, contar de Sacedón. Ahí lo tenemos, a la vera de las aguas azules del embalse por un lado, y al pie del cerro de la Coronilla por otro, con la solemne imagen en piedra labrada del Sagrado Corazón sobre la cumbre, bendiciendo con los brazos abiertos sus días y sus noches desde aquella mañana del mes de octubre de 1956 en la que se inauguró; obra magnífica del escultor Nicolás Martínez que, como el famoso Redentor del monte Concorvado de Río de Janeiro, se ha convertido, además y desde entonces, en una de las enseñas más queridas de esta singular villa alcarreña.

(En la fotografía, el Ayuntamiento en la Plaza Mayor)

lunes, 4 de octubre de 2010

VIAJE A EL BURGO DE OSMA


Los que vivimos en el centro de la Península estamos lejos del mar, no gozamos del privilegio de poder contemplar fundido el horizonte en la lejanía ni de escuchar cada noche y cada madrugada el romper de las olas contra los acantilados; pero gozamos por situación de otros beneficios de los que carecen los que habitan en la costa. En la vida todo es evaluable, incluso las ventajas y desventajas del lugar en que se vive. Digo esto porque al españolito medio de tierra adentro, soñador de mares y de playas cunado apunta el verano, nos falta mucho por ver de esta tierra nuestra, de la Castilla histórica y monumental a la que ahora, con los actuales medios de comunicación y las buenas condiciones de los caminos, podemos permitirnos visitar en una sola jornada, en viaje de ida y vuelta, de sol a sol, con tiempo suficiente para ver, disfrutar, y sobre todo aprender, con tanta reliquia del pasado perdida por ahí a muy pocas horas, o minutos quizá, de viaje en automóvil.
Hace algunas fechas tuve que desplazarme hasta la villa de Miedes de Atienza, en las sierras norte de la provincia de Guadalajara. Un pueblecito señorial que todo castellano debiera conocer. Eran las once de la mañana. En las afueras de Miedes hay un indicador de carretera que informa de la distancia que separa a este pueblo de la ciudad histórica de El Burgo de Osma: 41 kilómetros; media hora de camino llevando el coche a una velocidad moderada. Media hora que luego se convertirá en bastante más, porque resulta imposible viajar por Castilla con los ojos cerrados, sin detenerse aquí y allá. Aquí ante un arco o un trozo de muralla cargado de siglos, símbolo cuando menos de lejanas grandezas; allá, ante la silueta en el horizonte de un castillo que valdría la pena conocer. En este caso, el aquí fue el pueblo de Retortillo, ya en tierras de Soria, con su artística puerta de la muralla, de verdad sorprendente; el allá surgiría poco más adelante, con las ruinas sobre un otero del castillo de Gormaz, junto a sus piedras habría de pasar necesariamente. Y al cabo de más tierras llanas de rastrojo y girasol, de arroyuelos exangües y de pueblecitos con altivos campanarios y solitarias ermitas en las afueras, la venerable Oxama de los celtíberos, coetánea de Numancia y de Termancia en la llanura soriana, origen de la actual villa de de Osma y de su prolongación, El Burgo, cuya torre de la catedral destaca en la distancia como cabecera que es de aquella diócesis. La hora de llegada, la del medio día. Quedaba toda una tarde por delante.
La ciudad de El Burgo de Osma tuvo su explosión turística hace cinco o seis años con la muestra regional de las Edades del Hombre. He preferido volverla a ver de nuevo, lejos de toda aglomeración de público, digamos que en su ser natural, aunque la afluencia de forasteros se haga notar en los días de verano como corresponde a una ciudad con tantos recursos históricos y artísticos como allí pueden verse.
No es posible adquirir la pericia suficiente como para ser capaz de resumir en dos otres folios de escritura la realidad de ciudades tan densas en contenido como esta de El Burgo y tantas más como tenemos repartidas por la ancha geografía castellana, de ahí que mi trabajo de hoy no ande falto, como en tantas ocasiones, de más deficiencias que defectos, que a pesar de todo alguno habrá. Acabo de entrar en la Plaza Mayor por una calle contigua que viene desde la antigua Universidad de Santa Catalina, que, por cierto, conserva una portada plateresca magnífica. A un lado y al otro de la Plaza Mayor, vistos frente por frente, aparecen según mi criterio los edificios segundo y tercero en importancia que, en un recorrido no demasiado minucioso, el viajero puede encontrar en las calles de El Burgo. Me refiero al Hospital barroco de San Agustín y al Ayuntamiento. El primero lo sería, sin duda, la Catedral, que visitaremos poco después.
Entre la Plaza Mayor y la Plaza de la Catedral, doscientos metros de distancia entre una y otra, se suceden a mano izquierda una serie continua de soportales sobre columnas, y a un lado y al otro las tiendas, muchas tiendas, pensando en el turista varias de ellas y en los vecinos de la ciudad y de los pueblos de la comarca las restantes. En los restaurantes y casas de comidas del casco antiguo, se ofrece al posible cliente la especialidad de la casa, o de la comarca toda: el cordero asado o guisado, la trucha, las sopas de ajo a la soriana, los pimientos rellenos de codorniz, las perdices en compota a la castellana antigua o la liebre a la pobreza celestial. Toda una tentación.
Y más adelante la Catedral, el primero de los signos que sellan la importancia de su pasado, el emblema perdurable por siglos y siglos de su preponderancia histórica como ciudad episcopal. De la primitiva catedral románica, fundada en el siglo XII por San Pedro de Osma sobre las ruinas de un monasterio visigodo, quedan visibles muestras en el claustro y en la ventana de la sala capitular. Ya a mediados del siglo XIII se fue dando forma con moldes góticos al templo catedralicio que hoy podemos ver como sustituto de aquel otro mandado levantar por el Santo Obispo. Las modificaciones y aditamentos se fueron sucediendo con el paso de los años según el gusto de los nuevos estilos arquitectónicos que venían imperando en la civilización occidental, hasta el punto de que la torre barroca que destaca sobre la ciudad en la distancia, es obra del siglo XVIII, levantada para reponer a la torre medieval que se desplomó en el año 1734.
¿Y qué ver en el interior de la catedral del Burgo de Osma? En principio, y como más a la vista, un estupendo retablo de Juan de Juni, las verjas de Juan Francés, los trabajos de Sabattini y el reloj de péndola real "con muestras de horas, minutos, instantes, días, lunas, con sectores y sonerías para doce tocatas." Y si además entramos en la biblioteca, nos encontraremos con documentos antiquísimos, algunos de ellos sellados hasta con cuatro sellos pendientes; con la Biblia gótica, el Speculum virginum, la Tabla de las iglesias del mundo, las Etimologías, y el Apocalipsis del Beato de Osma con bellísimas miniaturas del siglo XI, entre otros muchos ejemplares más de códices e incunables, de libros y de documentos varios.
Aparte de todo lo dicho, y de tanto más como se queda por decir con referencia a una de las ciudades más significativas de la vieja Castilla, los amigos de la naturaleza que por definición debiéramos serlo todos, tenemos a un paso verdaderos parajes para gozo de la vista y del espíritu, tales como el conocido Cañón del Río Lobos, con su garganta espectacular horadada por la corriente, su bosque de sabinas y de vegetación ribereña, siempre a la vista de los múltiples ejemplares del buitre leonado que anidan sobre las peñas. Tan sólo el acceso desde Ucero hasta la ermita templaria de San Bartolomé, vale pena ponerse en camino.
Historia, monumentos, rocas y paisajes, rica gastronomía, son algo así como los puntos cardinales hacia los que nos movemos la gente de esta tierra. Pero...¡Nos falta tanto por ver!

martes, 28 de septiembre de 2010

ORIHUELA DEL TREMEDAL



Orihuela del Tremedal es un pueblo blanco, con aire andaluz o valenciano, con bastantes calles y la plaza con una fuente en medio. En un cerro próximo se alza un famoso santuario, quemado por los franceses en tiempo de la guerra de la Independencia. Los tremedales o tembladeras son lugares cenagosos de turbas, que tiemblan y engañan, pues parecen firmes, y en ellos puede desaparecer a veces hasta un hombre a caballo.
(Pío Baroja, "La nave de los locos")

Acabo de dejar atrás la provincia de Guadalajara y el campo sigue igual, montañoso y abrupto. Las últimas propiedades del pueblo de Orea, el nacimiento del río Cabrillas y la Peña de la Gallina -el punto más elevado de estos confines del Señorío- se han quedado al margen cuando, consciente y seguro de adonde voy, sigo adelante por esta Sierra del Tremedal, una de las más pintorescas e interesantes del Sistema Ibérico, y no sé si también una de las más desconocidas, por lo menos para las gentes del centro peninsular. En este momento piso, por terreno boscoso a un lado y a otro, tierras de Teruel. Noguera, 18; Albarracín, 40, se puede leer en los indicadores de carretera que aparecen a la entrada del pueblo, de esta estupenda villa que cuenta por mérito propio como una de las más significativas e importantes del Bajo Aragón.
Orihuela del Tremedal presenta desde la entrada por la carretera de Orea una vista singular y solemne. A mano derecha, un murillo a modo de barbacana separa al pueblo de las huertas; a mano izquierda las primeras viviendas encaladas, con artística y rica rejería en las ventanas; y al fondo, arriba, tocando las nubes con su orondo chapitel de campanario aragonés, la iglesia de San Millán, que, según he sabido, se construyó bajo diseño del turolense José Martín de Aldehuela, uno de los más insignes arquitectos del siglo del barroco, y llevada a cabo por otros dos notables de su tiempo, Manuel Gilaberte y Juan Cavarría. Se comenzó en el año 1770 y cerró obras cinco años después. Estaba cerrada la puerta de la iglesia cuando subí hasta ella; treinta o más escalones de piedra de granito hasta alcanzar el pórtico. Mereció la pena. Me consta que posee un valioso retablo mayor de a finales del XVII, y un púlpito del XVIII, trabajo del escultor Manuel Collado, del que el pueblo y la feligresía se sienten orgullosos.
-Pues hombre; estando arriba, podía haber buscado al cura para que se la enseñe. Vive allí al lado. Le hubiera abierto la puerta con mucho gusto.
El río cruza por los bajos del pueblo paralelo a la calle Mayor. Pasa canalizado, y de una parte a otra se puede atravesar por medio de puentes; de tres o cuatro puentes separados no más de cien metros.
Las calles de Orihuela del Tremedal se muestran superpues­tas, como paralelas una encima de otra, dibujando perfectamente la inclinación de la ladera al mediodía sobre la que lo fueron construyendo. En el barrio alto se alza majestuosa la fábrica de la iglesia. Es en la primera de las calles a partir del río en donde quedan los establecimientos públicos, los bancos, los comercios, los bares, y un colegio de anchuroso patio al otro lado del río. En una especie de jardinillo, minúsculo y coquetón, frente por frente de la casona solar de los Franco Pérez de Liria, -la de las magníficas rejas, hoy convertida en estableci­miento bancario y en tienda de muebles-, hay una fuente con pilón abarrocado y orondo monolito que remata en un gallo de bronce. La imagen del gallo es muy frecuente en Orihuela. Aparece el gallo en el escudo municipal y lo tienen como enseña por cualquier parte. He preguntado cuál era la razón, y me han respondido que es por el nombre del río, el Gallo, el nuestro del Señorío Molinés, que, según las amables gentes de Orihuela, nace por aquellos pagos de la Sierra del Tremedal y, escondiéndose aquí, volviendo a aparecer allá, pasa a la provincia de Guadala­jara para morir en el Tajo, a la altura del Puente de San Pedro, como todos sabemos.
El gentil caballero al que pregunté por la casona de los Franco Pérez de Liria, sentía deseos de contarme más cosas. Seguro que hasta le hubiera gustado servirme de cicerone durante las dos o tres horas que anduve por el pueblo. No caí en la cuenta, pero seguro que me hubiera servido de mucho.
-¿Será usted periodista, por lo que veo? -pregunta.
-Bueno. Más o menos -le respondo.
-De aquí es un periodista muy conocido, ¿sabe?
-Tengo idea.
-Se llama Federico Jiménez Losantos.
-A quien yo admiro, leo y escucho a veces. ¿Viene mucho por aquí?
-No; no tiene tiempo. Cuando viene, enseguida se va.
- Es verdad. Yo creo que trabaja demasiado.
- ¿Usted sabe cuánto ofrecieron, pago en mano, por esa reja?
-Eso sí que no lo sé; ni me lo imagino.
-Dos millones de pesetas. No se la quisieron dar.
-Hicieron bien.
He subido hasta el santuario de la patrona de todas aquellas sierras. La información por cuanto a la distancia que me sirvió mi amigo de la calle Mayor no fue muy exacta; me habló de un kilómetro o poco más, cuando en realidad anda en torno a los cuatro, luego de un zig-zag continuo hasta llegar a él. Antes hay que pasar junto a una magnífica residencia de verano que llaman del Padre Polanco. Se encuentra el santuario sobre un tremendo peñascal, rodeado de pinos, y tiene alrededor una explanada despejada en suave ladera y un mirador desde el que se divisa, creo que sin exagerar, una gran parte de las sierras orientales del la provincia de Guadalajara y todo el Bajo Aragón hasta la mítica laguna de Gallocanta. Es difícil, salvo a mar abierto y desde la cubierta de un barco, encontrarse con un panorama tan completo, luminoso y lejano, como el que desde allí se ve. Orihuela queda en primer término, con sus tejados paralelos y de color rojizo, con sus casas blancas, con sus miles de ventanas recibiendo de frente el sol del medio día, con la iglesia de San Millán que aun en la distancia impresio­na su tamaño. El santuario de la Virgen del Tremedal data del siglo XII, si bien, el edificio que hoy podemos ver es obra de finales del XIX. Está enjalbegado de blanco todo él, salvo la piedra de la portada (tal vez del XVII) que queda a cara vista. La puerta está cerrada. Sopla el viento que sube desde los pinares de Orea; un viento frío con olor a resina. Por entre los pinos de al otro lado de la explanada se oye el canto de cien clases de pájaros. El murmullo del depósito del agua suena cuando te acercas a él, no lejos de los asaderos y de las barbacoas hechos de grandes aros concéntricos. El depósito del agua recuerda, por su forma piramidal en toscos redondeles, a la torre de Babel de las viejas enciclopedias escolares, o un panteón oriental de familia modesta.
El hotel "Los Pinares" queda en las afueras del pueblo, por donde las serrerías y la estación de servicio. Es un estableci­miento cómodo, limpio, elegante, donde sirven buen café a un precio módico y un ambiente acogedor. Sobre las paredes del salón principal hay algunas cabezas disecadas de jabalí y cuadros en madera con relieves de gran tamaño representando escenas locales, como el complejo hotelero "Montes Universales" o la aparición de la Virgen del Tremedal sobre los cielos de su santuario. Estamos a 7 kilómetros de Orea, a 51 de Molina y a 205 de Guadalajara, de donde salí de buena mañana y ahora regreso con el sol colándose por el parabrisas.

martes, 21 de septiembre de 2010

GALICIA AL OTRO LADO DEL CRISTAL


No hace mucho tuve ocasión de pasar unas jornadas en Galicia con un centenar de periodistas y escritores de turismo, miembros de la FEPET, que tuvo a bien celebrar su congreso nacional en aquella región de nuestras costas. Éramos profesionales de todas las regiones de España los que compartimos aquellas jornadas de estudio y de contemplación directa con la ciudad de Pontevedra, sorprendente, injustamente desconocida, como cuartel general de sesiones y de hospedaje.
Galicia -por lo menos para los que somos de tierra adentro- tiene la virtud de sorprender a cada paso. Las ciudades y los pueblos gallegos, sus gentes y sus rincones infinitos y diferentes; sus costumbres, vividas con la autenticidad del alma gallega como parte de la historia y del paisaje, son en aquella entrañable región toda una mística ante la que no queda otro remedio que descubrirse. Es esa Galicia para soñar, en contraste con esta tierra nuestra, tan distinta dentro del marco general de los pueblos que en cualquier dirección integran el puzle de la Península.
Lo más normal sería por mi parte hablar aquí de sus grandes ciudades: Compostela, Vigo, La Coruña, la propia Pontevedra, que, después de haberla conocido, ha cambiado en mí de manera favorable la idea que tenía de Galicia como consecuencia de otros viajes. Pero no; por el respeto que también merece lo desconocido, lo que no suele entrar en los planes del viajero, y bien que valdría la pena contar con ello, hablaré de dos lugares muy concretos que vislumbro como al otro lado del cristal, rebosantes de interés, en los que la gente no se suele detener y en los que nunca piensa. Uno de ellos, la isla de San Simón, entraba en los programas del Congreso; el otro, la pequeña ciudad de Allariz, la encontraríamos casi por casualidad en el viaje de regreso.

El pequeño paraíso de San Simón
Esta de San Simón y su vecina de San Antonio son dos islas ínfimas, unidas la una a la otra como hermanas siamesas por un puente de no más de cien metros construido en 1838. Se encuentra al fondo de la Ría de Vigo y es parte del concello de Redondela desde 1977. Le llaman la “Isla de los poetas”, porque ya en la más remota antigüedad fue cantada por Mendinyo, y porque muchos escritores y poetas han ido sucumbiendo después al encanto de su misterio. La historia, unida al paisaje, son los dos pilares sobre los que se apoya esta isla sorprendente, nunca más intensa y comprometida que la que allí se vivió a lo largo de los siglos.
Con una superficie inferior a medio kilómetro cuadrado, sombreada de eucaliptos y de boj, la isla de San Simón conoció en el siglo XII a los caballeros templarios que construyeron en ella una ermita. Durante el periodo de peste sufrido en aquellas costas a finales del siglo XVI, allí encontraron refugio los monjes del no lejano monasterio de Poio. San Simón sufrió saqueos por parte de moros y de vikingos; por allí anduvieron haciendo de las suyas los corsarios de Francis Drake, y poco después sería la armada inglesa la que convertiría las serenas aguas de su entorno en un cruzar incesante de disparos durante el hundimiento de los galerones de Rande.
Leprosería, cárcel, albergue de vacaciones, la isla ha sido escenario de las más dispares tragicomedias que a veces suele proporcionar el correr diario en la vida de los pueblos. Ahora, en horas de calma por fin, se va a dedicar a espacio eminentemente cultural. Lo que fue leprosería y prisión, será un lujoso hotel una vez acondicionados los edificios, y el resto de las construcciones, rehabilitadas también, se dedicarán a congresos y a estudios relacionados con el mar, a biblioteca y a museo. Para mi uso, se trata del más preciado paraíso de toda Galicia.

Allariz, toda un monumento
La ciudadela de Allariz, cabecera de un dilatado concello a la vera del río Arnoia, nos salió al paso, ya en la provincia de Orense, en el viaje de vuelta. Desde 1971 Allariz es Conjunto Histórico Artístico, un pueblo que muestra al que anda por sus calles la impronta de su recia personalidad. Fueron los suevos los que la fundaron con el nombre de Vila Aliarici, que gozó de los privilegios de un fuero concedido por Alfonso VII, y que Sancho IV nombró como “Llave del Reino de Galicia”, al mismo tiempo que extramuros iba tomando cuerpo una importante colonia judía.
Palacetes, casonas solar; fue en el siglo XVII cuando se levantaron los principales monumentos civiles y la mayor parte de las viviendas en piedra sillar que flanquean sus calles. Las nuevas maneras de hacer frente a la vida han convertido a la antigua villa de cultivadores y artesanos del lino con más de cincuenta talleres, de curtidores como oficio hasta épocas bien cercanas a la nuestra, en un importante enclave para el turismo, completo y variadísimo: iglesias románicas, un parque etnográfico con sus museos de tejidos y de cueros; otro de juguetes; otro de iconos con un interesante contenido en piezas únicas de carácter religioso de los siglos XII al XIX; el llamado Ecoespacio de Rexo en la parroquia de Requeixo de Valverde, con la intervención del artista vasco Agustín de Ibarrola en pinturas y esculturas sobre la roca; y en fin, su exquisita gastronomía especializada en dulces, licores y quesos, que la hacen famosa en toda la comarca. Era día de fiesta, cuando en compañía de nuestras respectivas esposas, el Dr. Herrera Casado y yo entramos en Allariz. “Festa do boi” se anunciaba en los carteles dentro de los escaparates. Fiesta del toro, conseguimos traducir, y lo hicimos bien.
La fiesta del toro se celebra en Allariz durante los diez días anteriores a la festividad del Corpus. Cientos de hombres y de mujeres de todas las edades, ataviados con ropajes de época (de judíos y de cristianos de la Baja Edad Media) organizan una procesión pagana por las principales calles del pueblo precedida de un grupo de gaiteiros, a la que siguen nutridos grupos de diferentes comisiones gremiales según el oficio de sus antepasados: tejedores, panaderos, taberneros, curtidores, llevando en andas a un muñeco de tamaño natural al que “veneran” tras de él con bailes y cantos burlescos. Una vez terminada la procesión será un toro enmaromado el que haga el recorrido por el mismo itinerario.
Se cuenta que en el siglo XIV vivía en Allariz una importante colonia judía, pudiente en lo económico, que residía confinada fuera de la ciudad en el barrio de San Esteban. Cuando llegaba la festividad del Corpus, cada año la población cristiana salía a la calle engalanada con los mejores tejidos, portando en piadosa procesión bajo palio la custodia con el Santísimo Sacramento, y viéndose en la necesidad de entrar cada año al recinto judío antes de entrar al convento. Era aquel el instante esperado por la población judía para desahogar su odio contra la manifestación cristiana, gritando e insultando a los que iban en la procesión. Un hidalgo de la villa, Xan de Ardua, hombre de profundas convicciones religiosas, decidió acabar para siempre con aquella situación de ofensa y de desorden, para lo cual se puso al frente de la procesión en el año 1317 montado a lomos de un toro enmaromado y de cumplida cornamenta, al que seguían varios de sus criados portando sobre los hombros sacos llenos de hormigas. Dicen que cuando aparecieron los judíos al otro lado de la muralla para reventar la procesión, entre cornadas y lluvia de hormigas, la población rebelde puso pies en polvorosa, sin que los enfrentamientos en fecha tan señalada se volviesen a repetir.
Con la Guerra Civil, dejó de celebrarse la “Festa do boi”, que fue recuperada muchos años después con mayor entusiasmo, pues según un importante autor gallego “El buey vive escondido en el corazón de los alaricanos”.
Ni qué decir, que a pesar de la distancia, si la ocasión se presenta, es esta villa uno de los principales enclaves de la Galicia callada, que aconsejamos anoten en su agenda.

(En la fotografía, un aspecto de la isla de San Simón)

jueves, 16 de septiembre de 2010

AYLLÓN


Salgo de las tierras de Guadalajara por los páramos de Villacadima, allá por el alto de la Rivilla en la Sierra de Grado. La tarde se presenta oscura en las vegas del Aguisejo y es casi seguro que comenzará a llover de un momento a otro. A la altura de Grado del Pico comienza a descargar después de un trueno la nube de verano. Minutos más tarde el cielo queda limpio. En Grado hay una hermosa iglesia de origen románico, con atrio cegado, media docena de arcos que no se lucen, entre los que se deja ver parte de unos capiteles que son puro modelo. Por Santibáñez, Estebanvela y Francos, la gente no sabe si salir a pasear por la carretera o esperar un rato más a que el campo se oree. Santibáñez de ayllón, con su elevada torre dieciochesca por encima de la arboleda, se me antoja al pasar un bello motivo para estampa de calendario. En Estebanvela andan de preparativos pensando en la romería a la ermita del Padre Eterno, la más famosa y multitudina­ria de toda la comarca, que cada año se celebra el domingo de la Santísima Trinidad. Más campos de frutal, más veguillas de mies sin sazonar y de arboledas a lo largo del río, y luego Ayllón. Fue esta villa cabecera de comunidad, con más de veinte pueblos de su contorno, en la antigua federación de Segovia. La conocí hace un cuarto de siglo, cuando el azote del despoblamien­to sacudía con fuerza irresistible a todos -sin excepción- los enclaves castellanos del medio rural. Veinte años después descubro que la villa ha resistido con garbo, y hasta con elegancia, el tirón de las últimas décadas. Hoy es Ayllón una ciudadela elegante, acogedora, señorial, en donde a uno se le antoja que su escaso millar de habitantes debe vivir a gusto.
Rodeo la zona céntrica y me llego hasta la antigua portada de la muralla cortando por una desviación que llaman travesía de Los Adarves. De hecho voy a entrar al pueblo bajo el doble arco de la muralla, estampado de escudos, que da paso al magnífico palacio de los Contreras, con su artística fachada isabelina, salpicada de enseñas heráldicas, con imposta a manera de alfiz labrada con oficio, y arquitos de diferentes trazados en cada una de las ventanas. Recuerdo que hace años, aún no sé cómo, alguien me llevó al palacio de don Juan Contreras. Guardo en la memoria la imagen de una habitación empapelada con materiales hechos a mano algo más que centenarios, y algunas tallas importantes en algún lugar, de entre las que quise ver una Virgen del Rosario de la escuela castellana de los Carmona. El dueño era un señor elegante, alto de estatura, entrado en edad, que me enseñó todo lo que allí había y de lo que pasado el tiempo recuerdo muy poco.
La Plaza Mayor aparece plagada de vehículos. Bajo los soporta­les de la Plaza Mayor están los bares y una buena parte de los reconocidos establecimientos comerciales de los que se abastece la villa y varios de los pueblos de su contorno. La imagen grandiosa de la Plaza Mayor es una de esas que difícilmen­te desaparecen de la memoria. La fachada del ayuntamiento es de doble arquería, restaurada, pero guardando su línea primitiva y su vieja elegancia. A mano derecha del ayuntamiento, según lo miro desde el centro de la plaza, se alza el esbelto campanario de la parroquial de Santa María, con sus múltiples vanos para las campanas calando en lo más alto la enorme paleta de sillería. A mano izquierda del ayuntamiento queda la más importante nota medieval de toda la villa: la iglesia de San Miguel, con bella portada románica de transición y ábside del mismo estilo y época. sobre la alta espadaña de la iglesia de San Miguel, la cigüeña machaca el ajo en un castañoleo que resuena por toda la plaza.
La iglesia de Santa María está precedida por sombrío jardini­llo en cuyo centro se alza una cruz de piedra. El interior de la iglesia es de nave única con crucero. Bellísimo el retablo mayor de impecables dorados, en el que distingo una imagen de San Cristobal y otra de la Madre de Dios en lugar destacado, como corresponde a la titular de la parroquia. Un cumplido coro con tramado de cancela y órgano de tubos, anoto en mi cartera como detalles más interesantes de cuanto vi en los escasos minutos que estuve en el interior del templo.
Un grupo de chiquillos se divierten chapoteando el agua de la fuente redonda de la plaza. Por la calle de San Miguel uno se pierde oteando los rincones de la villa. Las calles de Ayllón son limpias, homogéneas, señoriales, muchas de ellas franqueadas con escudos como las calles de Atienza, de Pedraza o de Santiago de Compostela. Las calles de Ayllón se llaman de San Juan, del Ángel del Alcázar, del Dr.Tapia, de Manuel de Falla, de Pellejeros, del Obispo de Vellosillo... En la plazuela del Obispo de Vellosillo está el Museo de Arte Contemporáneo y la Biblioteca Pública. El edificio es uno de los más representativos de la pasada nobleza de la villa. La fachada es toda ella un escaparate de motivos palaciegos: una portada elegante que encuadran en perfecta simetría cuatro balcones y siete escudos de piedra con diferentes motivos y tamaños. En su interior se distingue una sólida escalinata que sube desde la primera planta hasta la galería del piso alto en donde está la biblioteca.
De las iglesias más viejas y olvidadas, justo será hacer referencia a los restos románicos de la de San Juan, y a la escasa señal del siglo XII en la ermita de San Sebastián. Por un momento alcanzo a ver las ruinas del viejo convento de San Francisco, o del ex-convento, como lo reconocen en el pueblo. Se ha dicho que el convento franciscano de Ayllón lo fundó en persona el propio Francisco de Asís, tal vez en uno de los viajes que el santo hizo por España como peregrino a Compostela. Lo que sí parece hasta documentalmente cierto es que en el convento vivió alguna temporada el que fue regente de Castilla, y luego rey de Aragón, don Fernando de Antequera, quien con el condesta­ble don Alvaro de Luna -cada uno en su época-, desterrado aquí después de su primera derrota por parte de los nobles, convirtió a la villa durante el tiempo que en ella estuvo en el lugar más cortejado de Castilla, por encima incluso de la misma ciudad de Segovia. No parece pasar del turbio campo de la leyenda, pero también se ha escrito que en esta villa pasó los días de Cuaresma del año 1304 doña María de Molina, madre del rey Fernando IV, por ser uno de los pocos lugares del reino donde no le faltaría pescado durante las fechas de abstinencia que señalaba la Santa Madre Iglesia.
El sol de las ocho reaviva el espíritu emprendedor de la villa. Los patos navegan de un lado para otro bajo los puentes en las tranquilas aguas del río Aguisejo, que atraviesa el pueblo canalizado y solemne, transparente y limpio como mandan los cánones de la buena compostura. Un matrimonio de avanzada edad pasea por los jardines de junto al río, mientras que un grupito de adolescentes contemplan desde el barandal el nadar suave de los patos que se van de retirada a la caída del sol.
No es día de mercado en Ayllón. Ignoro si aún lo son, pero hace años, los días de mercado eran días de excepcional movimien­to; horas señaladas de compraventa que solían rematar -y esa fue su fama- con los jugosos asados, de los que don Dionisio Ridruejo dejó escrito en cierta ocasión que era éste «el punto de la geografía castella­na donde ese producto llega a las cimas de la sublimi­dad».
Por mi parte celebro el reencuentro con el pueblo amigo tomando cerveza fresca en un bar de los soportales. Luego dejo Ayllón con el ambiente propio de los atardeceres de un fin de semana; con su Plaza Mayor soportalada; con sus casonas ilustres, sus iglesias y sus recuer­dos.