jueves, 9 de septiembre de 2010

ALMAGRO



Ancha es Castilla; pero mucho más ancha, más luminosa, más fértil, más infinita, lo es aún por estas llanuras manchegas donde el campo no tiene fin y los caminos se estiran en carrete­ras rectas que no acaban nunca. Es difícil andar por tierras de la Mancha sin caer en los lugares comunes que la atenazan desde que Cervantes escribió El Quijote y que, para bien suyo, a pesar de su sol ardiente y de su inenarrable monotonía, o quizá por eso, se ha convertido en la más universal de las comarcas españolas.
No es mal momento éste de principios de primavera para andar por la Mancha. Los agricultores de Herencia, de Pedromuñoz, de Puerto Lápice, de Valdepeñas, sueñan con aplicar la cuchilla a la cosecha de cereal en ciernes, mientras que los racimos, todavía en embrión, buscan acomodo bajo la cruz de las cepas. Cuarteles planos sembrados de girasol, de cebada, de olivar en las laderas suaves que a menudo dibuja el campo, de vid en los grandes espacios de majolar reservados para ello, y de tarde en tarde, los molinos de viento alineados a lo largo de las colinas. Esto es la Mancha. La llanura es inmensa. Tras los campos de vid, cruzados por caminos que acaban perdiéndose en la distancia, surgen otra vez los viñedos al pie del oterillo leve de olivar que ondula el horizonte; y abajo, salpicando los campos entre los majuelos y la barbechera, las casillas blancas de guardar los aperos durante la noche, de mantener el hato a la sombra hasta la hora de la comida. Luego, otra vez la carretera recta, la autovía, el ferrocarril, y siempre la inmensa plataforma manchega que las gentes de esta tierra saben cultivar como verdaderos maestros.
Los pueblos de la Mancha son grandes; aparecen lejos unos de otros, aunque todos se dejan ver desde lo alto de los campana­rios. Por donde ahora voy, casi todos los pueblos tienen como sobrenombre el de la orden militar a la que pertenecieron, la de los calatravos: Calzada de Calatrava, Moral de Calatrava, Bolaños de Calatrava..., y a cuya cabecera, la histórica villa de Almagro, estamos a punto de llegar.


Ya estamos en Almagro. Desde fuera de sus límites es ésta una ciudad manchega conocida por sus famosas berenjenas adereza­das, por la gracia y el arte simpar de sus encajes, y por la reliquia de su Corral de Comedias que es en su género único en el mundo. Son éstos, qué duda cabe, tres de los atractivos más importantes que tiene Almagro, pero no los únicos; pues cuando uno alcanza con toda la fuerza del sol los primeros edificios, y se pone la villa entera delante de los ojos, se da cuenta de que ante todo y sobre todo Almagro es una ciudad monumental, morada retrospectiva de una raza de hidalgos manchegos al estilo de don Alonso Quijano el bueno, cuyo recuerdo convertido en piedra heráldica sobre las fachadas de sus casonas y palacetes, se aproxima al centenar, dejando a un lado la media docena de iglesias y conventos memorables, y, desde luego, la magnífica plaza acristalada que tanta fama le dio, muestra de la gran variedad del urbanismo español, en este caso con claras reminis­cencias nórdicas, debido, según me contaron, a los señores condes de Fuggfer, banqueros del emperador Carlos V, que desde la propia Almagro administraron las minas de mercurio de Almadén hace más de cuatro siglos.
Bajo los soportales de la Plaza Mayor están abiertas al público las tiendas de objetos de regalo, donde se muestran, algunos de ellos colgados de las columnas de piedra, los finos encajes de manufactura local, los platos de cerámica, los más variados objetos que la habilidad de los hombres y mujeres de la Mancha han sido capaces de imaginar y de convertir en utensilio o pieza de adorno doblando el mimbre. En uno de los extremos de la plaza, como elemento ornamental ocupando el centro de un sombrío jardín, la estatua ecuestre del adelantado de Chile don Diego de Almagro, detalle evocador en el que sus paisanos no escatimaron medios.
Pero vamos a perdernos sin un orden previsto desde la Plaza Mayor por las calles y por los vericuetos del lugar al amparo de los últimos soles del mes de abril; un sol que en los pueblos de la Mancha ya se deja sentir. Los escudos arrastran la sombra de sus relieves por el blanco encendido de las fachadas en los diferentes palacios. Las rejas vienen a ser a veces una original exposición de formas, trabajadas artísticamente en las viejas ferrerías manchegas, tal vez de la propia Almagro. Varias de las fachadas son todas ella una filigrana visual, un deleite para la vista y para la imaginación. Los palacios de los condes de Valparaíso, del señor marqués de Torremejía, de Rosales, la Casa del Prior, y otras casonas más en las que habitaron cuando la España Imperial otros tantos caballeros, son en Almagro el sello perdurable de sus grandezas ya idas. Algunas de estas fachadas manchegas encontraron réplica, cuando no sirvieron como punto de referencia, para bastantes edificios coloniales de la América descubierta por Colón, donde nombres sonoros de estas tierras tuvieron tanto que ver y que decir en asuntos de fundación y de primer urbanismo.
Hace un mes que anduve por Almagro. Los turistas se dejan ver de forma esporádica y en muy pequeños grupos por las tiendas de souvenirs de la Plaza Mayor. A mediados de agosto, cuando allí tenga lugar otra nueva edición de los Festivales de Teatro Clásico, el pueblo se llenará de ellos. Cuando los turistas recorren el pueblo cámara en ristre, gafas de sol y sombrero de lona, se detienen ante la puerta del Corral de Comedias bajo los soportales de la plaza que suelen encontrar cerrado; luego se marchan hacia la iglesia tardogótica de la Madre de Dios; hacia la de San José de estilo jesuítico, muy cerca del antiguo colegio de la Compañía de Jesús; hacia la iglesia de San Agustín del siglo XVII, y hacia el convento de la Encarnación de monjas dominicas, para acabar la ruta, bien como clientes o como meros visitantes, en el de San Francisco, que después de una restaura­ción a fondo se convirtió en Parador Nacional de Turismo, uno de los más importantes establecimientos hoteleros de toda la región manchega. Hay visitantes que se acercan hasta la ermita de las Nieves, en las afueras, fundada por decisión testamentaria de don Alvaro de Bazán, famosa por ser una muestra extraordinaria de azulejería talaverana, y por la plaza de toros anexa al santuario con el cortijo del marqués de Santa Cruz en un mismo conjunto.
Es tarde. El sol ha teñido de color sangre el horizonte y los tejados de Almagro. Los muros de cal viva reflejan la luz vespertina con resplandor de fuego. Las piedras de San Bartolomé y de la Madre de Dios parecen de oro viejo que acabará brillando por encima de las cúpulas. A medida que la tarde se va, la llanura manchega se adormece; aparecen las luces eléctricas en las esquinas de los pueblos, y se dejan ver al acercarse a ellos los letreros luminosos de los escaparates. Una ráfaga de viento sopla sobre las tierras llanas. Enseguida anochece.

jueves, 2 de septiembre de 2010

TORRECIUDAD EN EL SOMONTANO ARAGONÉS


Entre las ciento y más imágenes de la Virgen que se guardan en el muestrario de advocaciones de Torreciudad, se echa en falta la de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona, que en el mes de mayo del año 1992 anduvo por allí como pere­grina, con más de dosmil guadalajareños y el obispo de la Diócesis, por entonces Monseñor Pla y Gandía, al frente de la nutrida peregri­nación. El santuario queda a cuatrocientos kilómetros de nuestra capital, allá por el Somontano Aragonés, pasada la ciudad de Barbastro.
De todas las regiones de España y de muchos países ex­tranje­ros, aparecen allí representaciones de la imagen patro­nal de cada uno de los sitios, y que en su día presidió los actos de culto del santuario en honor a su advocación y en reconocimiento a sus devotos, que, en el caso de Guadalajara, viajaron hasta aquellos parajes pirenaicos de forma masiva.
Es cierto que se llevó a Torreciudad la imagen auténtica, la verdadera y única imagen de Nuestra Señora de la Salud, y que, naturalmente, no se iba a dejar allí; pero así lo han hecho otras expediciones romeras que tuvieron a bien dejar como recuerdo una réplica en tamaño menor que ahora ocupa, junto a todas las demás, su lugar correspondiente en los pasillos del santuario con la carteleta explicativa al pie. No es denuncia el que se saque a colación la tal deficiencia después de tanto tiempo; se trata de una falta enmendable que a quien corresponda se le debe plantear, y hacer que llegue por el medio que se considere más oportuno la imagen de la Virgen de la Salud, si no en pequeña reproducción escultórica, sí en fotografía debidamente enmarcada, para que conste donde tiene que constar, y Guadalajara figure por derecho en donde le corresponde.
He vuelto a Torreciudad hace sólo unos meses, después de aquella romería memorable con las gentes de nuestra tierra. Dudo que existan muchos lugares tan impresionantes, tan admi­rables, tan tranquilos como aquel, a pesar de su situación en medio de una naturaleza bravía y de los cientos de visitantes que llegan a diario.
Las gentes del Somontano conocen muy bien la historia de una devoción que data de 1084, nada menos, un año antes de la reconquista de Guadalajara por Alvar Fáñez, pero que, por razones que explicaremos con brevedad, ha adquirido durante los últimos veinticinco años dimensiones universales como lugar de romerías.
La historia de Torreciudad toca tan de cerca los terrenos de lo sobrenatural, que a veces se confunde con ellos. Diga­mos que todo comenzó un día cualquiera de 1904, cuando una buena señora de Barbastro, doña Dolores Albás, acudió en peregrinación a la pequeña ermita, colocada sobre una escarpa rocosa a la vera del Alto Cinca, ahora embalse del Grado, para pedir la curación y ofrecer a la Virgen a su hijo Josemaría, de dos años de edad y desahuciado por los médicos: «Me traje­ron mis padres —solía recordar más tarde Mons. Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei—. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo».
Fue Mons. Escrivá de Balaguer quien en el año 1956 pensó en la construcción del santuario; idea en la que le secundaría un importante grupo de personas. Las obras, llevadas a cabo con el apoyo y la aportación económica de un número grande de personas, comenzaron en 1970 bajo la dirección del arquitecto Heliodoro Dols, y concluyeron cinco años más tarde. El templo se abrió al culto en el mes de julio de 1975, precisamente con el solemne funeral por el hoy Beato Josemaría, fallecido en Roma dos semanas antes.
El santuario está construido todo él con ladrillo de barro cocido puesto de manera magistral. Una torre rectiforme de treinta metros, eleva el campanario hacia las alturas. A su pie queda el templo, sin una sola columna en su interior; las capillas de los confesionarios; los pasillos abiertos en arcos hacia el paisaje de agua y montaña, con artística azuleje­ría sobre el muro en donde están representa­dos los quince misterios del rosario. A un lado el Centro de Formación Social, y al fondo, al otro lado de la amplia expla­nada, la Oficina de Información. No hay bares en todo el recinto, ni en sus alrededo­res, tampoco tiendas de objetos religiosos ni vendedores ambulantes, que de alguna manera pudieran romper el ambiente de recogimiento con el que se concibió el santuario.
Destaca en el interior del templo el magnífico retablo esculpido en alabastro, obra de Juan Mayné, cuyas dimensiones son catorce metros de alto y casi diez de ancho, y se compone de ocho grupos escultóricos divididos en tres calles, en el que se ven representadas otras tantas escenas de la vida de la Virgen. En la calle central comparten espacio preferente el óculo donde está el Sagrario, y el bellísimo camarín de Nues­tra Señora de Torreciudad rodeada de ángeles. En los montan­tes, aparecen sobre sus peanas varios patronos e intercesores del Opus Dei: Santo Tomás Moro, San Pío X, San Nicolás de Bari, el Santo Cura de Ars, Santa Catalina de Siena, San Pedro y San Pablo, además de los tres arcángeles y del Ángel Custo­dio, de los cuales era singular­mente devoto el Beato Josema­ría.
Su escasa antigüedad, pues se trata al fin y al cabo de un santuario construido durante la segunda mitad del siglo XX, justifica el que no sea demasiado conocido por el gran públi­co, como otros lo son con antigüedad de siglos. No obstante, al encontrarse situado más o menos a mitad de camino entre dos centros marianos de vieja tradición: Zaragoza y Lourdes, sí que éste de Torreciudad que hoy nos ocupa, ha servido para establecer una ruta factible de recorrer durante un fin de semana, de hito en hito, de casa en casa, bajo el amable hospedaje de la Madre de Dios.
Y para que recuerde quien, o quienes de verdad competa, insisto en que se echa en falta la imagen de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona, entre el ciento y más de advocaciones marianas que hasta el momento completan aquel muestrario variadísimo, que tanto interesa y llama la atención de los miles de visitan­tes que cada año pasan por allí.

martes, 24 de agosto de 2010

ORGAZ, LA DE LOS FAMOSOS CONDES



«Un rico de Orgaz es alto, enjuto y grave como el caballero de la mano en el pecho, tiene unas piernas de zancuda, unas barbas heroicas, los mejores perros del contorno, una escopeta algo vieja, pero que no cambiaría por nada, y un escudo en su portón. En el casino moracho se habla de cotizaciones, de ventas, de escrituras o hipotecas. En el casino de Orgaz no se oye hablar más que de cacerías, de liebres, de perdices, de jabalíes. Y alguna vez, de Dulcineas... (Urabayen Guindo "Estampas del camino")
La villa de Orgaz, situada sobre una hondonada que divide en dos el arroyo Riánsares, en plena ruta de Toledo a Ciudad Real por Los Yébenes, se suele recordar hoy por su famoso Conde, don Gonzalo Ruiz de Toledo, aquel que El Greco hizo inmortal con su cuadro de la iglesia toledana de Santo Tomé, pintura a la que también debe el difunto su paso a la posteridad mientras que el mundo exista, curiosa circunstancia que en el mundo del arte se da con bastante frecuencia. No obstante, la antigua Orsa u Oria de los musulmanes no fue sólo eso, pues se trata de una de las villas más importantes de nuestra región tomando como punto de partida aquellos tiempos oscuros que precedieron a la conquista de Roma; si bien, su momento álgido le llegaría posiblemente a partir de 1520, año en que el emperador Carlos I otorgó el título de Conde de Orgaz a don Álvaro Pérez de guzmán, alguacil mayor de Sevilla.
De su historia más remota sobresale el dato de haber sido el primer señor de Orgaz don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid en persona, por título recibido en Burgos al casarse con Jimena Gómez de Gormaz, nacida en Orgaz e hija del conde de Gormaz, quien fue muerto a manos del Cid para vengar las ofensas inferidas a su anciano padre, Diego Laínez.
Estamos en la Mancha, amigo lector: grandes extensiones de vid nos rodean por todas partes, laderas y llanos de olivar surgen a menudo en el paisaje, la loma gris de los Montes de Toledo se funde con el cielo manchego un poco en la distancia, las vías del tren de alta velocidad no muy lejos..., y en las calles de Orgaz, el sol impío de la media mañana que obliga a los viandantes a caminar por las aceras que dan a la sombra. Los ancianos charlan plácidamente sentados sobre los bancos, al pie de los árboles de un parque. En el frontal de las casa, de muchas de las casas de Orgaz, hay escudos de piedra que sobresalen del blanco de la pared.
No pasan los turistas por Orgaz de una manera reglada y sistemática, aunque, como todas las villas castellanas avaladas por el correr de los siglos, tiene algunos monumentos importantes ante los que detenerse. La iglesia parroquial y el castillo de los Condes merecen una visita, siempre que ambos edificios tengan las puertas abiertas y se encuentren en condiciones de ser visitados.
Aseguran en Orgaz que las obras de su iglesia las dirigió Churriguera, allá por la quinta década del siglo XVIII, siguiendo escrupulosamente los cánones del estilo barroco ya en decadencia. Se levantó el nuevo templo para sustituir al anterior que, llegado el momento, resultó pequeño. El escudo familiar que se luce en la portada corresponde al cardenal de Borbón, con cuya licencia se realizaron las obras, si bien, los gastos ocasiona­dos, que no serían pocos, corrieron en buena parte a expensas del vecindario, que puso en práctica todos los medios de recaudación posibles, incluso organizando algunas corridas de toros a caballo con aquel fin. La portada de la iglesia, de línea precisa, aunque en exceso recargada como corresponde a los gustos de la época, es toda una lección de equilibrio y de vistosidad, un milagro de la arquitectura barroca con una remota inspiración renacentista de tiempos precedentes.
El castillo es otro de los monumentos de interés con los que cuenta la villa manchega. El castillo ocupa en Orgaz un lugar poco común. Como palacio que fue y residencia de sus Condes, está situado en el llano dentro de la villa. Desde fuera se nos presenta como una sólida obra de mampostería originaria del siglo XV, magníficamente conservada a la vista de su torre mayor, sus garitones volados, almenas recogidas y ventanales chiquitos; si bien, por dentro no hay nada que ver; el ladrillo debió de ser el elemento principal como relleno de interiores, pero que de hecho contrasta hoy por su lamentable estado con el magnífico aspecto que el castillo-palacio tiene desde fuera.
Por cuanto al origen del castillo es válida la teoría de que fuera algún descendiente de Martín Fernández, ayo del rey Pedro I, quien comenzase las obras, y es hasta posible que el mismo las llegase a terminar. Lo que sí consta como cierto es que en el siglo XVI pasó a pertenecer a los Pérez de Guzmán, condes de Orgaz, reseñando como dato de interés que grupos de orgaceños, partidarios del movimiento comunero, libraron una dura pelea dentro del castillo contra los ejércitos del Emperador, muy superior en número de efectivos y de material a lo que ellos poseían, durante los últimos días del mes de marzo del año 1521, es decir, meses después a la toma de posesión del título de condes y del castillo por los Pérez de Guzmán. Dos siglos más tarde, ya a mediados del XVIII, la fortaleza orgaceña se encontraba con una buena parte de su interior convertida en ruina, y así ha seguido hasta nosotros.
En su libro "Estampas del camino", Felix Urabayen, escritor a pie de aquellos que tomaron nuestra tierra como tema central para sus ensayos sociogeográficos, señala al hablar de Orgaz cómo la Villa de los Condes fue por tradición el pueblo rival de su vecina Mora de Toledo. Destaca a la primera como la villa oficial de aquella subcomarca manchega, y a Mora como la villa de los hidalgos, los terratenientes y los grandes industriales creadores de bienestar. Así lo dejó escrito el atrevido viajero: «Orgaz es cabeza burocrática de partido, con gran disgusto de Mora, que en secreto tal vez le envidia esta primicia, sin perjuicio de sentir un profundo desdén por sus vecinos. Algo parecido a lo que ocurre entre Barcelona y Madrid, a quien en pequeño se asemejan bastante ambos rivales. Si Mora, por su actividad, su espíritu industrial y su fondo trabajador y ahorrativo recuerda algo a Barcelona, Orgaz, con sus empleados, escribanos, abogados, vagos, señoritos y hasta un cogollo de aristocracia, podría ser el Madrid de la provincia.»Sin duda, aquellas posibles diferencias están hoy mucho menos marcadas. Todas las provincias y todas las comarcas tuvieron algo así que todavía prevalece, aunque remotamente, en la memoria colectiva de sus vecinos; queda la literatura para traerlas al recuerdo y para perpe­tuarlas como un viejo valor. En todo caso ahí queda la histórica Orgaz, cuna de doña Jimena y sede de sus famosos condes que inmortalizó el Greco en el más famoso de sus cuadros.

(En la imagen, un aspecto de la iglesia de Ogaz)

viernes, 13 de agosto de 2010

LOECHES


No está tan lejos de nosotros Loeches como para que, al menos para mí, haya sido hasta hoy una villa desconocida. Había pasado muchas veces por sus orillas, cruzando desde Alcalá de Henares a la Nacional III por Arganda, pero jamás saqué un minuto de tiempo para conocerla, para andar por ella.
Loeches es pueblo de paso por su situación, asentado en un terreno árido y de poca fortuna. Después de haber estado en él, pienso además que es un pueblo adormilado, escondido un poco en el refugio de su propia identidad como el buen paño, pero que, también como el buen paño, corre el riesgo de su deterioro por inacción, por falta de ese oxígeno vitalizador que necesitan las cosas, y que deben tomar, claro está, con la debida cautela y en dosis justas.
La villa de Loeches es un lugar de contrastes: calles planas y cuestudas; viviendas cómodas de moderna estampa y recias casonas encaladas de primeros de siglo; viejitas meditadoras sentadas a la sombra de los portales y niños que gritan al sol y corren bicicleta; pueblo y ciudad; el hoy y el ayer sobre un mismo tapete; balcones floreados de colorines y paredones roídos sosteniendo algún escudo de piedra; terraza de bar y chapitel de monasterio.
Acabamos de estrenar el otoño y en Loeches aún hace calor. El hombre del quiosco, bajito él y de escueto parlamento, me ha dicho que no tiene postales para vender, que vaya al estanco.
-¿Y dónde es el estanco?
-Allí.
El allí del hombre del estanco está justo al otro lado de la plaza. La señora del estanco es más expresiva, más servicial, más amable. Se nota que la señora del estanco está acostumbrada a tratar con el público y a que le pregunten qué es lo más interesante que tiene el pueblo.
-El convento. Lo más interesante que hay en Loeches es el convento. Mucha gente viene a verlo aposta desde muy lejos. No siempre se puede ver, porque las monjas son de clausura y la mujer que lo enseña no tiene un horario fijo. A veces hay que avisarle para que suba.
-¿Queda cerca de aquí?
-Sí; aquí no hay nada lejos. Pueden ir en coche; y a pie subiendo por aquellas calles de enfrente. Enseguida se ve la torre.
Efectivamente, desde la plaza de Loeches, se llega en seguida al convento de Dominicas, cuyo majestuoso chapitel plomizo se alcanza a ver muy pronto, apenas subir las primeras calles. Luego es el sentido común el que te va acercando hasta el sorprendente edificio barroco, copia exacta o reproducción, por lo menos en la fachada, del convento de la Encarnación de Madrid, obra maestra, como tantas más que aún testifican su calidad de magnífico arquitecto, de Juan Gómez de Mora y de su discípulo Alonso Carbonell.
Este bello monumento que tengo frente a mí, y al que procuraré entrar si me fuera posible, lo fundó don Gaspar de Guzmán y Pimentel, valido de Felipe IV, y su esposa doña Inés de Zúñiga, condeduques de Olivares, duques de San Lucar la Mayor, de Medina de las Torres y marqueses de Eliche. Lo mandó edificar para su propio enterramiento y para el de los suyos, y quiso que fuera regentado por Dominicas por ser don Gaspar descendiente de Santo Domingo.
Un largo corredor entre columnas nos lleva hasta la estancia sombría y silenciosa en la que se encuentra el torno de las religiosas. A través del torno, las madres sirven postales, recuerdos y cajitas de golosinas o repostería conventual en cuyo arte son maestras.
-Fotografías no se pueden hacer en el panteón. Los señores duques lo tienen prohibido.
Los fundadores colmaron el convento y el palacio anexo de pinturas extraordinarias de Rubens, de Tiziano, de Tintoretto y no sé de cuántas maravillas más que ahora son historia. Se las llevaron los franceses cuando la Guerra e la Independencia con un enorme cargamento de candelabros de plata, de orfebrería y de ornamentos sagrados. Los lienzos de Rubens han sido sustituidos por frescos, bellísimos también, de Fernando Calderón, sobre los motivos religiosos que representaban aquellos robados y de cuyo paradero nadie sabe nada.
La casa de Olivares pasó a ser panteón de la casa de Alba tras el matrimonio de don Francisco Alvarez de Toledo, décimo duque, con doña Catalina de Haro y Guzmán, duquesa de Olivares. El nuevo panteón ocupa parte del antiguo palacio; lo mandó construir en memoria de sus padres el decimoséptimo duque, don Jacobo Fitz-Stuart y Falcó, y asistió a la primera misa la Emperatriz Eugenia de Montijo. Se trata de una sala poligonal, simétrica, de gran capacidad, con friso, cúpula, y ventanales con vistosas vidrieras de color azul. Allí está enterrado el Condedu¬que de Olivares y su esposa doña Inés de Zúñiga, en un enterra¬miento discreto y vertical. El panteón guarda cierta semejanza con el de los Reyes de El Escorial y con el maltrecho de los Mendoza en el antiguo convento de San Francisco de Guadalajara. Pero conviene anotar que el mausoleo principal, el más vistoso e importante de todo el panteón es el de doña Francisca de Montijo, esposa del decimoquito duque de Alba, con bellísima estatua yacente sobre el túmulo, para la que posó su propia hermana, nada menos que la Emperatriz Eugenia. Es obra, según me contaron, del escultor inglés Juan Bautista Clésinger, a la sazón yerno de la escritora George Sand, la amante y compañera en su retiro balear del músico Federico Chopín.
El convento de las MM.Dominicas de Loeches está desprovisto de su antiguo tesoro, de las muchas y valiosas riquezas con las que lo dotaron sus fundadores. Dijo de él Marañón que su verdadero tesoro todavía prevalece y que jamás le podrá ser arrebatado, el tesoro de su Historia. Sí, el recuerdo desvaído del pasado entre aquellos magníficos salones que se encargan de cuidar unas cuantas religiosas apartadas del mundo; a la espera de servir de urna sepulcral a los miembros de la noble familia de los de Alba, donde la tierra caliza de aquellos campos desangelados les aguarda como sala de espera a la eternidad.
Merece la pena darse un paseo hasta Loeches. Un pueblo activo de nuestros contornos en el que, como de lo antedicho puede deducirse, siempre hay algo que ver.

martes, 3 de agosto de 2010

EN EL BARRANCO DE LA HOZ


Con el verano iniciando el descenso, pero muy a punto para viajar como cada mes de agosto por estas tierras, hoy les invito a recorrer durante unos minutos por los caminos de la memoria aquel sitio sin par donde los molineses veneran a Santa María de la Hoz, su patrona y reina. No es otra la intención de quien esto escribe sino la de animarles a emplear un día de su vida en recorrer aquella maravilla natural, tan respetada y tan querida por cualquier molinés, y, por otra parte, tan ajena a los intereses de tantos como ignoran su existencia.
El gran prodigio de la Creación, regalo generoso para las tierras de Molina -quizá como compensación a otras deficiencias, tales que la tristeza de su medio rural a la que le tiene sometida la despoblación sufrida durante las últimas décadas- es, sin duda, motivo excelente para sacudirse de buena mañana la pereza y ponerse en camino con la seguridad de no regresar defraudados.
Si en la vida de cada uno existen momento inolvidables, que de cuando en cuando se procuran traer a la memoria con cierto deleite, debo confesar que la imagen del agua corredora del río Gallo entre las piedras de su cauce a la sombra de las choperas, son para mí tema de evocación frecuente. Unos minutos de soledad, sentado plácidamente sobre la hierba que hay junto al santuario en el más absoluto silencio, es un paréntesis que jamás pasara inadvertido en la vida de quienes hayan corrido en alguna ocasión con aquella experiencia.
El fenómeno aéreo -en competencia, no sé si leal o desleal de las peñas con el cielo molinés- que se da en el Barranco, es una imagen que permanece grabada en el ánimo de los que andan por allí con la misma exactitud y con la misma fijeza de un panorama cinematográfico bien cuidado.
En la realidad de lo que es actualmente el Barranco de la Hoz y su santuario mariano, entran, en una proporción pareja, toda una serie de factores a los que desearía referirme aquí, aunque brevemente. Serían, por una parte, el valor del paisaje y la aportación paciente del medio natural hasta conseguir aquel rincón tan cargado de surrealismo, que sirve de escenario a la ermita y al complejo lugar donde se esconde; por otra el hecho humano, es decir, la tradición, la historia verdadera, y un poco también esa pincelada de leyenda que actúa como el condimento para hacer más apetecibles y de mejor paladar los bocados de la Historia.

Sucedió por aquellos complicados vericuetos de la quebrada que, a mediados del siglo XII, un pastor de Ventosa perdía una res en tarde de vigilancia por aquellos contornos. como buen pastor que era, dejó en lugar seguro al resto de la manada y se dedicó a buscar por aquellos angostos de junto al río a la res extraviada. Llegó la noche. El pastor, desconcertado por aquellos tremendos volúmenes de piedra fantasmal, comenzó a sentir miedo. Surge de pronto una luz potentísima entre las peñas que ilumina el barranco y le hace el mirar casi imposible. El oído sólo puede escuchar los rumores cantarines de las aguas del Gallo. Una imagen de la Virgen se comienza a distinguir, al fin, sobre el tosco pedestal de roca. La res perdida aparece inamovible, adormilada, a los pies de la Señora. Era una súbita aparición con tintes sobrenaturales. La noticia se extendió con rapidez por todo el contorno, y el silencioso escondrijo se convirtió muy pronto en sede principal de veneración para las gentes de la comarca, que ha volado hasta nuestros días por encima de los peñascos, de las distancias y de los siglos.
El santuario, tal y como hemos oído contar y así lo hemos visto escrito, es tan antiguo como el milagro y como el propio Señorío Molinés considerado como unidad de pueblos y de tierras. Eso es lo que sacamos en conclusión una vez puestas en su sitio las fechas en que ocurrieron los acontecimientos a los que nos acabamos de referir. Existiendo ya la primitiva ermita debajo de las peñas, y la pequeña residencia que en sus albores debió de existir, entraron los canónigos seglares de San Agustín que se encargaron del sagrado lugar durante algunos años. don Fernando de Burgos, personaje casi mítico, sería hacia la primera década del siglo XVI su gran mecenas, primer patrón y padre de todo aquel complejo animador de devociones; pues fue él quien corrió con los gastos de la ampliación de la ermita, quien la retocó y restauró, quien mandó añadirle una hospedería como refugio de peregrinos y una casa para el ermitaño. A partir de entonces, el santuario de la Hoz, empleando como razón eficiente el ya tricentenario milagro de la aparición y su propio encanto natural, se convirtió en lugar de peregrinaciones al que debieron de acudir, siglo tras siglo, personajes de notable condición llegados de lejos, entre los que es oportuno contar a los reyes Sancho IV el Bravo, la emperatriz Isabel, Felipe II, y ya en nuestro siglo el rey Alfonso XIII.

Situados en la explanada de la hospedería, nos disponemos a entrar bajo el arco que da paso al santuario. Dentro ya, la imagen solemne de las peñas de la Hoz adquieren una nueva dimensión en contraste con las maderas de la galería y con las formas arquitectónicas, los relieves y las curiosas serigrafías con las que se recubrieron los muros. A la puerta de la ermita se llega después de subir unas cuantas escaleras de piedra. La portada principal es tardorrománica, del siglo XIII; remata con el águila coronada del escudo familiar de don Fernando Burgos, leyenda incluida que recuerda al caminante el nombre de su benefactor. Un bello poema de Suárez de Puga deja escrito sobre la pared el sentir del poeta hacia la vieja parra del santuario. Por unos instantes el viento mueve las ramas de los pinos que hacen equilibrios sobre las crestas del Barranco.
Pasemos a la ermita. La puerta está entreabierta. en este momento no hay nadie en su interior. Las nervaduras de piedra que corren por el techo recogen como en un puñado la penumbra y el silencio del pequeño templo. La imagen de la Virgen de la Hoz está colocada en el lugar más visible al otro lado de la verja, ocupando la única hornacina con la que se abre en mitad su retablo barroco. La imagen de la Virgen corresponde a una talla medieval, románica, suponemos que sedente, con la cara ennegrecida como casi todas las que se conservan de aquel tiempo. Va vestida con un manto blanco, bordado en filigranas de oro. Artísticamente la imagen ganaría en valor si pudiéramos verla en su forma original, sin el devoto aditamento de los ropajes. Las chapeletas que encienden quienes pasan por allí, lucen mortecinas encima de un añal. El sol de la tarde molesta al salir de la ermita.

Las mesas de piedra que hay junto al río se ven vacías entre sombra y sol. Más arriba y más abajo los pescadores lanzan una y otra vez las cucharillas y los anzuelos en las corrientes y en los remansos del río. La hora y el lugar invitan a gozar abiertamente de lo natural en su esencia más pura. Saben bien de ello las gentes que acuden de tierras lejanas a gozar del espectáculo durante el buen tiempo. Por nuestra parte, tan sólo nos queda apuntar en el rincón de los recuerdos que ésta es la enésima vez que pasamos por allí, encontrándolo todo tan novedoso e impactante como el primer día.

viernes, 23 de julio de 2010

NOVIERCAS, EN LA VIDA DE BÉCQUER


Noviercas es nombre de pueblo. Es el nombre de un pueblo de Castilla. Un pueblecito de doscientas personas, situado entre las villas de Gómara y Ágreda en la provincia de Soria, donde vivió durante largas temporadas Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta del amor y del dolor, que pasó su vida malamente escribiendo versos inolvidables, y prosas con un algo divino entre sus líneas, por los lugares hacia los que el destino le quiso llevar: por Sevilla donde nació en 1836, por Madrid en donde comenzó a darse a conocer entre infinitas estrecheces y sacrificios, por Toledo, por Veruela, por Trasmoz, y desde luego por Noviercas, el pequeño pueblecito al que llegué hace sólo unos días. Conocía todos los lugares becquerianos antes dichos, a excepción de Noviercas, un pueblo en el que el poeta debió de pasar muchas de las horas más amargas de su vida. Allí vivía su mujer, Casta Esteban, hija del médico rural, allí nacieron probablemente los tres hijos fruto del matrimonio: Gustavín, Jorge y Emilín, (según les llama en sus cartas de familia), y allí pasaron temporadas largas cada verano al amparo económico del padre de ella, cuando los avatares torcidos de la vida -y en la de los poetas suelen ser cosa harto frecuente- afloraban en el ambiente familiar durante años y años. Mi estancia en este pueblecito de agricultores, en una mañana clara de otoño, supone ver cumplida una vieja ilusión, que días después todavía celebro con cierto sabor agridulce -no acierto a decirlo de otra manera- en los pliegues del alma.
Creo que en la obra literaria de Bécquer nunca se hace referencia expresa al pueblo de Noviercas. Sí que lo hizo alguna vez en las cartas a su mujer interesándo se por ella y por los niños, cuando por razones de trabajo o de salud tuvo que vivir apartado de su familia. Tal vez por eso en el pueblo se le considere tan poco, o al menos así me lo ha parecido a mí. Ni una calle, ni una plaza, ni siquiera el olvidado rincón donde, envuelta en las sombras de su memoria, de la ruina y el abandono, todavía se mantiene en pie la que fue su casa.
Existe una pequeña exposición con recuerdos del poeta junto al ayuntamiento, que no pude ver por llegar fuera de hora; pero pienso que la atención oficial hacia su persona ha sido escasa, casi nula, durante el siglo y pico que ya se cuenta de su fallecimiento. La gente, en cambio, es encantadora; te explica todo lo que ellos han oído contar relacionado con el poeta, y si les preguntas dónde vivió, te acompañan hasta el rincón en el que se encuentra la casa, en un entrante de la calle del Moral, y que no me explico cuáles han debido ser las razones para que no lleve su nombre, si es que a las autoridades les parece una consideración excesiva rotular, no una calle, sino la plaza del pueblo, como "Plaza del poeta Gustavo Adolfo Bécquer". ¡Cuántos pueblos y ciudades lo hubieran deseado! Pero los castellanos somos como nos pintó Machado, y a menudo salen a flor de piel en nuestro comportamiento esas "cosas" que tanto desdicen del viejo señorío de esta tierra.
Me hubiera gustado conocer cómo era aquel pueblo en el siglo en el que vivió el poeta. El soberbio torreón árabe que se alza como enseña de poderío en uno de los ángulos de la plaza, nos viene a decir que Noviercas gozó de cierta importancia mil años atrás y en las primeras centurias que le siguieron hasta su reconquista. La iglesia parroquial, dedicada a los santos niños Justo y Pastor, es un monumento digno de aquella importancia pretérita, de la que destacaríamos su interesante portada plateresca, de piedra magníficamente trabajada y con una tonalidad veladamente ferruginosa, como la piedra del torreón árabe, su vecino y competidor en altura, cuatro o cinco siglos más antiguo, pero con unos materiales extraídos quizá de la misma cantera. En esta iglesia, cerrada durante toda la mañana, recibieron las aguas del bautismo dos -el mayor y el menor- de los tres hijos de Gustavo Adolfo y de Casta Esteban cuando las relaciones familiares todavía no habían llegado a malograrse; pues es sabido que el matrimonio se rompió definitivamente en 1868, dos años antes de la muerte de Bécquer en Madrid, vísperas de Navidad, herido de tisis y según sus biógrafos en el más triste de los abandonos. Fue vox populi en toda la comarca que el hecho de su separación, entre algunas posibles razones más, de puro carácter, se debió a las extrañas relaciones de Casta, su mujer, con el Rubio, un jactancioso de Noviercas de nombre Hilarión, del que se cuentan acciones tremendas, y que a las gentes del pueblo les dio por decir que el último de los hijos de Casta tenía su misma cara.
Hay un acontecimiento en el saber popular de este pueblo soriano que esclarece algo aquellas sospechas. Tras la muerte de Bécquer, en diciembre de 1870, su viuda contrajo segundas nupcias con un desconocido, con un recaudador de contribuciones bastante mayor que ella. Cuentan que una noche de carnaval, cuando el matrimonio volvía a casa después de un baile de máscaras, se cruzó delante de ellos un enmascarado oculto entre andrajos y con una soberbia cornamenta sobre la cabeza, del pecho le colgaba un cartel que decía "Gustavo Adolfo". Sonó un disparo de revolver y en ese momento se desplomaba al suelo en las sombras de la noche el cuerpo muerto del nuevo marido de Casta. Quienes oyeron el disparo comenzaron a murmurar que el asesino había sido el Rubio. Creo que jamás se supo nada de aquella muerte ni nadie acusó a nadie de tan cobarde crimen, seguramente por miedo ante las reacciones violentas del matón.
Uno, que lejos de su ambiente geográfico habitual piensa en estas cosas dando un paseo por las calles en la mañana soleada de Noviercas, toma café en un bar cercano a la carretera, donde con la efigie del poeta colocada al lado del televisor, unos cuantos hombres entrados en edad juegan una partida de cartas animadamente.
El pueblo se encuentra situado sobre un alto. El respaldo de la iglesia sirve de mirador sobre la vega del Araviana, inmensa, que en lejanos tiempos dicen que dio pasto suficiente para mantener una cabaña de veinte mil ovejas, hoy campo de labor a modo de caldera limitada en la media distancia que, al menos para mí, es el mayor de los parques eólicos que existen en España, donde cientos de hélices giran sopladas por el viento, todas en la misma dirección, al mismo ritmo, para producir energía, no poesía. Intento imaginar lo que el poeta sevillano pensaría hoy acerca del paisaje aquel que tuve delante de los ojos, el más grande de nuestros líricos del siglo XIX, precisamente allí, sobre la tierra repleta de hierbas secas que yo pisé y que tantas veces él debió de pisar en los lentos atardeceres de aquel campo abierto a tierras de Aragón y de Castilla.
Sobre los cielos de Noviercas, cada madrugada y cada ocaso viaja suave, como a vuelo de golondrina, el espíritu doliente de un poeta que hizo suspirar a media España cuando en nuestro país la poesía ocupaba el honroso lugar que le pertenece, hoy injustificadamente olvidada: Quién, en fin, al otro día,/cuando el sol vuelva a brillar,/de que pasé por el mundo,/quién se acordará.

“Nueva Alcarria”, septiembre de 2003.
(En la fotografía: la casa de Noviercas donde vivió G.A.Bécquer)

jueves, 15 de julio de 2010

ALCALÁ DEL JÚCAR


Recuerdo haber tenido en mis manos en alguna ocasión un grueso volumen, enriquecido con estupendas fotografías en color, en el que, a criterio de su autor, aparecían los pueblos más bonitos de España: unos doscientos pueblos en total. Me sorprendió gratamente ver que una de las mejore fotografías de las que el libro contenía en su interior, había sido elegida para adornar su portada, algo así como si de todos los pueblos que integraban su contenido, fuera ese el caporal, el que pudiera servir como ningún otro para representar las bellezas de todos los demás, aunque aquellos fuesen el resto de los pueblos de España. No he conocido este pueblo hasta fechas recientes, y debo decir que no seré yo el que contradiga al autor del libro referido a la hora de opinar. Reconozco que sólo he visto una pequeña parte de los ocho o de los diez mil pueblos que se reparten entre las diferentes provincias de nuestro país, pero es posible que haya visitado un millar de ellos en distintas regiones, y de todos, te confieso amigo lector, que es éste el que más me ha impresionado, el más completo por cuanto a paisaje, a originalidad, a monumentalidad, a eso, en fin, que sólo la Naturaleza es capaz de conseguir en correcta colaboración con la mano del hombre.
Hablo de Alcalá del Júcar, un pueblo de la provincia de Albacete, recostado a la caída de un enorme peñascal de caliza, que ocupa el centro de un meandro dibujado por el cauce del río Júcar en su camino hacia el Mediterráneo. La profunda garganta de paredes verticales en cuyas márgenes se sostiene el pueblo, tengo la seguridad de que es única, si no en el mundo, si por lo menos de la península Ibérica. Las viviendas se internan dentro de la roca en las paredes de la hoz, y en lo más alto el castillo galano del Marqués de Villena, testigo de su particular historia. Es el paso del agua, quien en su continuo correr desde la tarde de la Creación se ha encargado de abrir las hoces y de cortar a cuchillo aquellos muros naturales a una y a la otra margen del río.

Se llega hasta Alcalá del Júcar por carreteras llanas, abiertas entre los viñedos del campo de la Manchuela. Se puede llegar desde la ciudad de Albacete por las Casas de Juan Núñez, o desde la Nacional III, como yo lo hice, apartándose en Minglanilla y siguiendo carretera adelante por Casas Ibáñez hasta la impresionante hondonada de Alcalá, a la que se desciende por una madeja de curvas que continúan hasta los cauces del río salvando la considerable altura que le separa de los altos, del barrio que llaman Las Eras, porque en tiempos ya idos, cuando el pueblo se desenvolvía por medios agrícolas, allí debieron de estar las eras para la trilla, un quehacer que no todos los que ahora viven allí, dedicados en buena parte a trabajos varios relacionados con el turismo, deben recordar siquiera.
El cerro al que abraza el río convirtiéndolo en una soberbia península de caliza se llama Alcarra, nombre impuesto por los árabes que durante años y siglos anduvieron por allí, y que traído a nuestro idioma quiere decir algo así como “Casa de Dios”, y del que probablemente se derive también el que lleva el pueblo: Al-kala, que a su vez significa “fortaleza”.
En el año 1986, veinte años atrás escasamente, la central holandesa Philips convocó un concurso de alcance universal con el fin de premiar a las ciudades y monumentos mejor iluminados de todo el mundo. Alcalá del júcar participó en dicho reto y obtuvo el tercer premio, superado únicamente por la torre Eiffel de París y por la Gran Mezquita de Estambul, lo que nos da idea de cómo puede ser ante los ojos del espectador cuando cierra la noche. Cuatro años antes, en el verano de 1982, el pueblo ya había sido declarado con el mejor criterio Conjunto Artístico-Histórico; título que avala suficientemente cuanto llevamos dicho, y lo que ha venido a ser durante las dos o tres últimas décadas en que las autoridades y muchos de los vecinos se dieron cuenta de que el futuro del pueblo se encontraba en saber colaborar, inteligentemente, con lo que ya había puesto la Naturaleza y enfocar su porvenir pensando en el turismo. Mas no siempre fue así, tal y como se desprende de lo que en 1850 dejó escrito don Pascual Madoz en su célebre Diccionario Geográfico-Estadístico, y que literalmente fu esto: «Las casas abiertas en su mayor parte en estos (peñascos) son lóbregas, sin desahogo ni ventilación, de donde proviene la fetidez que se nota en el pueblo y su insalubridad, pues son frecuentes las calenturas pútridas e intermitentes; las calles escalonadas, sin permitir un espacio que pueda servir de plaza, son resbaladizas, tortuosas e incómodas.»
Ha pasado un siglo y medio desde aquella visión romántica, pero que se me antoja muy real. El pueblo es hoy completamente distinto. Las casas serán casi todas las mismas, y así que siguen abiertas en el interior de la roca; sólo la fachada y algún espacio muy escaso dedicado a portal salen hasta las estrechas calles de lo que es la cueva, una cueva profunda en la que se van abriendo habitaciones a derecha e izquierda de un largo pasillo corredor; poca ventilación, como es fácil suponer, pero que sus moradores (medio millar escasamente en las tales viviendas) procuran resolver con extractores y con otros modernos medios.
Abajo, al otro lado del río y pegado a su orilla, se encuentran los restaurantes, la magnífica iglesia parroquial de San Andrés, el colegio público, las tiendas de recuerdos, el puente medieval que atraviesa el cauce, y hasta una playita artificial y un embarcadero puesto al servicio de quienes lo deseen usar y prefieran recorrer la mansa curva remando sobre las tranquilas aguas del río, y ver desde allí la otra cara del pueblo, la que cae vertical junto a la orilla, a cuyo murallón natural vienen a parar algunas de las cuevas después de atravesar de parte a parte la colina de roca.

Algunas de las cuevas, de claro origen árabe todas ellas (Masagó, Diablo, Garadén), han sido ampliadas y puestas al servicio de la explosión turística que trajeron los nuevos tiempos, y así nos encontramos con servicio de bar, discoteca, sala de exposiciones, o pequeño museo etnológico en el que se muestran enseres del pasado la mar de curiosos e interesantes.
A la Cueva del Diablo, que es la que pude visitar en las pocas horas que estuve allí, se puede pasar y verlo todo por un precio módico (tres euros por persona con derecho a consumición). Esta es una de las cuevas que atraviesan por una galería la montaña de parte a parte. Es fácil que si te pasas por allí te reciba en persona el mismo Diablo. El diablo de Alcalá del Júcar se llama Juan José Martínez García, personaje encantador que luce unos bigotes tersos, erguidos y descomunales, artífice y señor de todo lo que hay allí; un hombre que igual escribe versos que pica en el interior de la cueva hasta ampliarla y adaptarla a su gusto; un hombre que te abre las puertas del museo y luego se va. El museo contiene infinidad de piezas y de objetos extraños: un toro o un avestruz disecados, una vieja gramola, la pieza molar de un mamut, la cornamenta de un ciervo, la antigua máquina de proyectar películas. El museo ocupa completo el espacio de lo que en tiempos ya lejanos fue el cine local.